II. Expiration of Multigranular Temporal and Spatio-Temporal Objects
4.2 T ODMGe The reference model
En la década de los noventa los científicos sociales caen fascinados ante los espacios de sociabilidad que se abren en Internet, lo mismo que muchas otras personas que descubren con asombro esos vibrantes colectivos en los que individuos diseminados geográficamente dialogan de manera animada. “Encontrar a la Well fue como descubrir un mundo pequeño y acogedor que había estado floreciendo sin mí, oculto entre las paredes de mi casa […] una subcultura de gran envergadura crecía al otro lado del conector de mi teléfono y me invitaban [sic] a crear algo nuevo” (1996 [1993]: 15), así es como describe Howard Rheingold a mediados de los noventa a una de esas comunidades, The Well, que se convertirá en el paradigma de la comunidad virtual en Internet (Smith, 1992; Hafner, 2001; Matei, 2005). Diferentes disciplinas comienzan a realizar las primeras investigaciones sobre las formas de sociabilidad a través de Internet y una buena parte de los trabajos están investidos por la fascinación de sus autores ante fenómenos que en esos momentos constituyen experiencias sociales absolutamente novedosas y que representan al mismo tiempo considerables desafíos para sus métodos de investigación (Hine, 2000; Ito, Okabe y Matsuda, 2005). Esta respuesta no es muy diferente de la que una década más tarde otros autores vuelven a mostrar por otros fenómenos como la Web 2.0 (Beer y Burrows, 2007; Scott, 2007); por eso tiene un punto de injusticia y poca sensibilidad histórica los reproches que algunas revisiones (Wellman, 2004) hacen a esta primera literatura por quedar seducidos por Internet en esos momentos.
La Internet de la última década del siglo XX es una Internet textual y limitada (en cuanto al número de usuarios y las posibilidades generales de acceso); y aunque la World Wide Web comienza a popularizarse a mediados de la década cuando aparecen los primeros navegadores gráficos, Internet sigue siendo un mundo austero en recursos pero tan extraño y exótico como el que representaba para los antropólogos decimonónicos los pueblos distantes; pero a diferencia de estos, las realidades de Internet resultan en principio mucho más accesibles. De manera que para muchos de los primeros investigadores, la proximidad y accesibilidad hace de Internet un objeto de estudio óptimo. Sentados frente al
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ordenador de su despacho, muchos de estos investigadores comienzan a realizar observaciones participantes sin necesidad de grandes viajes ni recursos (Markham, 1998).
Comunidades virtuales
Pese a esa austeridad de recursos, los científicos sociales descubren en aquella Internet de la década de los noventa colectivos vibrantes de individuos diseminados geográficamente cuyas relaciones se sostienen mediante comunicaciones repetidas, habituales y prolongadas a lo largo de tiempo que están mediadas por sus ordenadores; y pese a que no comparten una presencia física el resultado de esas relaciones es el desarrollo de sólidos vínculos e incluso comunidades. En uno de los primeros trabajos que se realizan, Nancy K. Baym (1995) analiza el humor en un grupo de noticias dedicado a la discusión de las comedias televisivas. Cientos de personas distribuidas geográficamente intercambian a diario mensajes y comentarios sobre sus series favoritas. En 1992, cuando comienzan su estudio etnográfico, circulan unos 3.000 mensajes mensuales en el grupo, a mediados de la década sobrepasan los 10.000 y el grupo se ha dividido en varias secciones, cada una de ellas dedicada a una cadena de televisión. Baym describe cómo el humor impregna las discusiones del grupo y contribuye a la producción de solidaridad entre sus miembros y a la construcción de las identidades individuales y de una identidad colectiva compartida (Baym, 1995). Y como otras autoras, Baym acaba por considerar a esos colectivos como verdaderas comunidades: comunidades virtuales (1998).
La investigación social de Internet está modelada desde los noventa y hasta bien entrada la primera década del siglo XXI por el concepto de comunidad virtual (Silver, 2004; Ardévol, 2004). En 1993, Howard Rheingold, a la sazón periodista, escribe un libro que se acaba siendo la referencia durante una década para buena parte de la literatura sobre Internet. Rheingold relata en La comunidad virtual. Una sociedad sin fronteras (1996 [1993]) sus propias experiencias en la The Well, un espacio de conversación en Internet que se torna en el paradigma de la comunidad virtual para toda una generación de estudios posteriores (Smith, 1992; Hafner, 2001; Matei, 2005). La definición que el autor hace de la comunidad virtual tomando a The Well como referente se convierte en norma durante los años siguientes: “las comunidades virtuales son agregados sociales que surgen de la Red cuando una cantidad suficiente de gente lleva a cabo estas discusiones públicas durante un tiempo suficiente, con suficientes sentimientos humanos como para formar redes de relaciones personales en el espacio cibernético” (Rheingold, 1996: 20). Pero por mucho que la investigación social de Internet se oriente durante más de una década hacia el estudio de las comunidades virtuales, se trata de una noción controvertida (Baym, 1998; Wellman y Giulia, 1996; Smith y Kollock; 1999) y desde el primer momento hay una intensa discusión sobre la naturaleza de esos colectivos que se prolonga a lo largo de los años. A finales de la década de los noventa Peter Kollock y Marc Smith discuten sobre si las comunidades online son verdaderas comunidades (2003 [1999]) y unos años después Andrew Feenberg y Maria Bakardjieva (2004: 37) siguen formulando esa cuestión: “¿son todos los grupos online comunidades virtuales?”, asunto que casi 15 años después de sus primeros trabajos sobre el humor en los grupos de discusión Nancy K. Baym aún discute (Baym, 2007).
Culturas de Internet
Constituidas a través de tecnologías textuales, las conversaciones, debates e intercambios que se producen en esos colectivos reformulan muchas de las convenciones de la comunicación oral y escrita. El chat, los grupos de noticias, los boletines (BBS), los mundos virtuales de mazmorras y dragones (MUD)… son todos ellos tecnologías fundadas en el texto a través de las cuales se constituyen contextos para interacciones sociales significativas. Así que no es de extrañar que una buena parte de las aproximaciones que piensan en esos colectivos como comunidades asuman sus realizaciones textuales y la trama simbólica que producen como culturas. Algunos de estos autores se inspiran explícitamente en las propuestas culturalistas de Clifford Geertz (Pacagnella, 1997; Reid, 1991, 1994; Abdelnour, 2002); su metáfora sobre la cultura como texto encuentra en estos espacios de Internet lo que algunos interpretan como la realización material más precisa. Así que en un estudio que hace de los chat a principios de los noventa, Elizabeth Reid vincula directamente la cultura del colectivo con su identidad: “la identidad simbólica –la realidad virtual- del mundo de la comunicación mediada por computadores es una cultura rica y diversa que comprende habilidades altamente especializadas, lenguaje y sentidos simbólicos compartidos” (Reid, 1991 t. p.10)11. Aunque un resultado de estas culturas sea literalmente un texto escrito, como en el caso de los chat, diversas autoras y autores señalan cómo no pueden entenderse simplemente como culturas escritas, sino como culturas que se están escribiendo (Mayans, 2002a), tribus en tiempos real, dirá Rheingold (1996: 227); la distinción introduce el tiempo de la sincronía comunicativa (en el caso del chat y otras tecnologías) como un elemento fundamental para comprender la naturaleza de esas culturas. Annette Markham, que realiza a finales de los noventa otra de las primeras monografías etnográficas sobre Internet, Life Online. Researching real experience in virtual space (1998), ahonda sobre el asunto: “desde esta perspectiva, la comunicación mediada por computadora es al mismo tiempo el proceso y el producto, medio y resultado. Las “culturas” online son multitudes de conjuntos de textos autorreferenciales en evolución permanente, que influyen y son influidos por los lectores y escritores y la voluntad de los individuos de tratar como real estos textos y sus constructos de sus estructuras sociales asociales” (Markham, 1997: 5 t. p.).
De manera que si la comunidad se convierte en el referente empírico en torno al que se articulan la investigación social de Internet, la noción de cultura constituye el concepto que, aunque en ocasiones no se explicita, sostiene teóricamente la mayor parte de los trabajos sobre las comunidades virtuales, muy especialmente los de orientación etnográfica. En una revisión que David Silver (2004) realiza de la literatura de lo que denomina estudios de Internet, el autor selecciona tres obras cuyos títulos evidencian la relevancia que este concepto ha tenido hasta ese momento y los matices en su articulación. No es una simple
10 Las citas cuya traducción he elaborado yo mismo figuran como “t. p.”: traducción propia.
11 Las referencias literales que aparecen sin indicar el número de su página, salvo error u omisión por mi
parte, pertenecen a textos que se encuentran online o a versiones de textos online (ya que pueden existir ocasionalmente otras versiones con paginación). En algunos casos se trata de revistas publicadas en Internet que carecen de paginación, como First Monday, en otros casos son documentos de diverso tipo que han sido publicados en Internet, y en otras ocasiones obras de las cuales he utilizado por
imposibilidad de conseguir otra versión aquella que ha sido publicada en Internet aunque carezca de paginación, como es el caso de esta tesis de Elizabeth M. Reid.
Antropología de lo digital
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coincidencia que en todos ellos se haga referencia, justamente, a la cultura como elemento central: Steve Jones (ed.), Virtual Culture: Identity and Communication in Cybersociety (1997); David Bell, An Introduction to Cybercultures (2001); y David Trend (ed.), Reading Digital Culture (2001). Pero hay importantes matices en la articulación específica del concepto de cultura. En ocasiones designa a la producción simbólica que se elabora en los contextos de sociabilidad mediados por Internet, sin matices, es lo que en ocasiones se designa como cibercultura (Bell, 2001; Lévy, 2001 [1997]), cultura virtual (Jones, 1997) o cultura digital (Trend, 2001). Una segunda concepción vincula cada forma cultural con tecnologías específicas, de manera que los usuarios de chat comparten una cultura diferente a la de los usuarios de Usenet o de los bloggers; la cultura es el producto de la práctica de dispositivos específicos, lo que lleva a pensar en términos de cultura blogger, cultura chat o cultura Usenet (McKinnon, 1992; North, 1995). Hay una última aproximación que piensa en términos de culturas aquellas realizaciones situadas y concretas de colectivos particulares que se constituyen a través de una tecnología específica; un determinado chat en el cual hay una cierta cultura, o un determinado foro con una cierta cultura distinta a la de otro foro; como los participantes del grupo de series que Nancy K. Baym analiza (1995); su cultura, caracterizada por elementos como el humor, sería diferente de la que pudiera encontrarse en un grupo con una temática diferente.
Limitaciones
Pero si los conceptos de comunidad y de cultura han servido para articular buena parte del estudio de Internet durante los últimos tres lustros (Silver, 2004) resulta, como señala John Postill, cada vez más necesario explorar otros conceptos alternativos –también al de red social, que ha ganado presencia en los últimos años-. Una de las razones para ello es que recurrir a esos dos conceptos de manera sistemática limita las posibilidades de dar cuenta de la diversidad de formas de sociabilidad que se articulan a través de Internet o que incorporan Internet a ellas (Postill, 2008). Es debido reconocer la relevancia que los estudios de Internet han tenido en desvelar que las interacciones mediadas por estas tecnologías permiten la construcción de contextos sociales significativos y por lo tanto son realidades empíricas relevantes para la indagación antropológica –un proceso en el cual las etnografías han sido particularmente relevantes (Ardévol, 2004)-. Sin embargo, su orientación hacia el estudio de la cultura y la comunidad ha dejado de lado muchas otras realidades relevantes vinculadas a las tecnologías de Internet. La cuestión principal es, y pese a su evidencia se le ha prestado poca atención, que la producción de culturas y comunidades es sólo la excepción, y no la regla, de lo que acontece a través de Internet. Sólo excepcionalmente se producen culturas y se crean comunidades en Internet; el resto de lo que acontece no puede encajarse en ese marco conceptual, y eso no implica que sea menos interesante para la antropología o el estudio sociocultural de esos fenómenos. Siendo así, el reto para el investigador será buscar estrategias analíticas alternativas para la construcción de su objeto de estudio; en las dos últimas secciones regreso sobre esta cuestión abierta al desarrollar el marco teórico del análisis de las prácticas.