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Chapter 4. Continuous availability and manageability

4.5 Operating system support for RAS features

España fue un día —delante de Inglaterra— el país más avanzado en técnicas de rescates submarinos. Hoy, los Estados Unidos aventajan a ambas naciones, por los prodigiosos métodos que emplean sus arqueólogos y por el aleccionamiento de sus buzos, especializados en escudriñar los pecios. El florecimiento del comercio con el próspero virreinato de Nueva España (y a través suyo, con China y Filipinas) produjo un tal incremento de la navegación que trajo inevitablemente aparejado un aumento correlativo de los accidentes marítimos y, en contrapartida, de las medidas de rescate para salvar cuanto se pudiera de hombres y mercancías: sobre todo, de las no perecederas y de gran valor, tales como el oro y la plata de México y Perú, las esmeraldas colombianas y las perlas de las Antillas. Tres flotillas de salvamento estaban continuamente alertas en México, Panamá y Cuba (concretamente en los puertos de Veracruz, Porto Bello y La Habana) para acudir allá donde se supiera que una catástrofe naval se había producido, con el propósito de llegar antes que los piratas (esas aves carroñeras de nuestra especie), cosa que no siempre fue posible. Los lucayos de las Bahamas, los caribes de Florida y los indios naturales de las Pequeñas y Grandes Antillas eran expertísimos pescadores de perlas y esponjas, y fueron colaboradores de inapreciable valor de nuestros marinos y pilotos para el rescate de objetos sumergidos. No obstante, aunque acostumbrados a bajar a grandes profundidades a pulmón libre, su capacidad de resistencia tenía un límite, lo que motivo que los españoles agudizaran su ingenio e inventasen en el siglo XVII el primer instrumento específicamente diseñado y construido para exploraciones en el fondo del mar. Se trataba de una gigantesca campana de bronce, en cuya parte superior había una hilera de ventanillas de cristal. Al ser descendida a los pecios colgada de un cable, de suerte que penetrase en el agua en perfecta verticalidad, el aire que había en ella no tenia por donde escapar, de modo que el submarinista que rastreaba los fondos podía penetrar en el mágico artefacto, descansar, reponer aire en sus pulmones y contemplar el entorno. Con este procedimiento, muchos y muy valiosos cargamentos fueron recuperados a través de esos siglos en que España podía denominar al Atlántico el Mare Nostrum, como los romanos bautizaron a «su» Mediterráneo.

Ello no es óbice para que, en su tiempo, hubiese piraterías contra los romanos, y en el nuestro, contra los españoles. En el año 1715, diez de nuestros galeones, con un cargamento de oro y plata valorado en catorce millones de pesos españoles de entonces, se hundieron frente a las costas de Florida. Las flotillas de salvamento salieron inmediatamente de La Habana, y cuando ya habían recuperado varios millones de pesos llegaron los corsarios ingleses desde sus guaridas de Jamaica y las Bahamas, mataron a los rescatadores, se quedaron con cuanto aquellos recuperaron y prosiguieron ya, por si solos y sin estorbos, la búsqueda de lo que quedaba. Raro que no fueran honrados en Londres, por

su proeza, con un título nobiliario, como hizo la reina Isabel I, tan amiga de piraterías, con Francis Drake y Walter Raleigh.

Aunque muchas de las historias de corsarios en el Caribe son ciertas, y los riesgos que representaban para nuestro comercio, evidentes, no hay que pensar que nuestros navíos estaban inermes ante sus ataques. Estos se atrevían con naves solitarias, que fueron dispersadas por las tormentas y aisladas del núcleo de la expedición principal; pero con las grandes flotas, no. Los mayores enemigos de la navegación no fueron nunca los Drakes, Morgans, Raleighs, Watlings y demás ralea, sino los huracanes. En manos corsarias podría perderse un buque o dos... pero no toda una flota. Cuando estas se hundieron integras, fue siempre a causa de los tifones, de los que pongo dos pavorosos ejemplos históricos en mi novela Escrito en las olas. En mis muy imperfectos apuntes tengo anotadas las siguientes escuadras que sucumbieron enteras a causa de los huracanes: la de Bobadilla (unas veintiocho naves), en 1502; la de 1622, capitaneada por el galeón Nuestra Señora de Atocha; la de 1641, de la que se ha descubierto recientemente el pecio de Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción, de la que ya di noticia; la de 1715, en la que se salvo solo uno de sus once galeones; la de 1724, con sus cuatrocientos mil kilos de mercurio, por no hablar de las naves perdidas por Colon, los Pinzones, Diego Bastida, Solís o Magallanes, cuya escuadra contaba con cinco naos (Victoria, San Antonio, Santiago, Concepción y Trinidad), de las que solo una, la primera, pilotada por Elcano, consiguió salvarse y circunvalar la Tierra...

En verdad que la histórica frase de Felipe II «No envié a mi escuadra a luchar contra los elementos» hubiesen podido pronunciarla todos sus antecesores y sucesores, desde que España fue unificada hasta la pérdida de sus últimas provincias de ultramar.

¡Qué bello seria que nuestra patria, bien a través de instituciones filantrópicas, bien de su propia marina de guerra, participase en estos rescates por medio de acuerdos con los países soberanos de las aguas territoriales, de los que son modélicos los establecidos entre la Republica Dominicana y las compañías privadas estadounidenses especializadas en arqueología submarina! España contaría para ello no solo con expertísimos marinos profesionales, sino con una riqueza de la que carecen las demás naciones: los archivos que contienen los relatos de los hundimientos, las declaraciones de los supervivientes y la situación exacta en que —en el Atlántico, el Pacifico o el Indico— naufragaron «nuestros» buques. Pero sobre todo contaría con el entusiasmo que se deriva del posesivo que acabo de entrecomillar. Porque, en verdad, se trata de «nuestros» navíos, de «nuestra» historia, de esas «nuestras» glorias navales, que dieron por fruto el parto de un mundo e hicieron redonda la Tierra con la estela de solo «nuestras» naves. Y si bien los tesoros que allí se descubrieran fueron un día «nuestros» tesoros, los muertos que allí se hallaren siguen siendo «nuestros» muertos.

España no puede, no debe, estar ausente de estas modernísimas investigaciones que están poniendo a flote nuestra historia sumergida. Y con esto doy por concluido este tema en la esperanza y el deseo de que caigan en buena tierra estas semillas que soplo hacia nuestras costas desde esta orilla americana de un mar que un día fue «nuestro» mar.

Tercera parte