los ayllus, que estaban encargados de repartir-chhalay y presidir los rituales de la hoja de coca-k’inturikuy en la comarca de las cordilleras de tata Qurupuna y mama Sulimana (tierras altas de Arequipa). La producción y distribución de la hoja de coca era sagrada y era un atributo del estado Inca, advierte John Murra (2002 [1983]). Mi padre me señaló que esta labor le habría sido encargada a su linaje desde tiempos muy remotos, probablemente desde el tiempo de los Incas. Y como somos ocho hermanos, mi padre nos fue alternando para que le acompañáramos en sus viajes que hacía para intercambiar entre los ayllus y realizar los rituales de la coca. En estas andanzas yo y mis hermanos le seguíamos arreando nuestro burro don Mariano. A estos encuentros en torno a la hoja de coca se debe mi granero-taqi de mitos-cuentos, ritos-técnicas e historias-vivencias de la vida cotidiana. Un buen manojo de estos cuento que escuché durante los recorridos y las estadías en las familias y los tambos, son vivencias que relato en este trabajo. El murmullo de voces de los ch’isikatas que se iba memorizando en mí no se limitan solamente a ese espacio geográfico como tal, sino que abarcan espacios mucho más grandes como lo son las tierras altas de Arequipa, donde se ubican las cordilleras de Qurupuna y Sulimana.
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Imagen Nº 21. Las tierras de sus majestades tata Qurupuna y mama Sulimana34
Saywarikuy: el ritual del viaje imaginario casi en un estado de trance
Para viajar a la tierras de sus majestades mi padre nos despertaba al tercer canto del tercer gallo, o sea a las 4 de la mañana. Nos reunía alrededor del altar mayor de nuestros santos y vírgenes. Nos hacía rezar y pidiendo permiso del Apu-majestad principal del pueblo de Yauri iniciaba el ritual del saymarikuy. Colocaba una pareja de inciensos sobre el altar y los encendía. Cuando los inciensos prendían con el primer fósforo, era buena señal. Entonces, mi padre daba lectura al humo del incienso. Si el humo se levantaba en una fina columna, era buen augurio. Era el camino que se nos
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abría para llegar a nuestro rumbo sin ningún problema. Si el incienso no ardía y el humo se levantaba oscilante, era mal augurio. Mi padre decía: “en vano estamos viajando, el camino está chueco, seguro que otros viajeros nos han adelantado y han comprado los cueros de llama y las cecinas que íbamos a intercambiar con la hojas de coca”. Pero, por lo general, el incienso que prendía mi padre ardía finamente levantándose en columna hasta el techo. Entonces mi padre agarrando el incienso nos sahumaba para que le acompañáramos en el viaje. Decía que a los dueños de los lugares por donde íbamos a pasar teníamos que ir bien limpios y oliendo a sagrado. A los que se quedaban en casa les recomendaba para que sean obedientes con mi madre. Entonces mi padre agarrando los platitos de incienso, les daba vueltas al lado izquierdo y comenzaba a enumerar y contar las historias de los dueños de los lugares por donde íbamos a pasar. Mientras los enumeraba iba proyectando los chhalay-intercambios que íbamos a hacer en cada uno de los lugares. El viaje tenía que salir recto en fila, sin problemas, tal como nos había trazado el camino el humo del incienso. Entonces mi padre nos hacía cerrar los ojos y comenzaba a proyectar el camino que íbamos a recorrer en la geografía y el paisaje mítico que recelaban peligros y requerían rituales. Comenzaba diciendo:
“Abuelos y abuelas tata Qurupupuna y mama Sulimana estamos en ruta, espéranos. Estamos saliendo de la casa tu hijo Polanku (se refiere a mi hermano) y tu hija Mausitun (se refiere a mi hermana) arreando nuestro burro Mariano. Ahora estamos pasando el Mulli-puxo. Aquí habita el gato–quwa dueño del granizo. Le hemos ofrecido puñado de quinua para no descargue la granizada, para que guarde su rayo fulminante. Ahora estamos pasando por las pampas de Pararani. Aquí le hemos saludado a la tía abuela la zorrino para que no se cruce en nuestro camino. Si se cruzara, nos mandaría su
qulluchi. Es decir que borraría el camino que nos hemos ido trazando para este viaje;
entonces nos perderíamos en el camino. El viaje sería un fracaso. Ahora hemos llegado al rio Wayllu-mayu. Aquí antes de cruzar el rio hemos bebido tres sorbos de agua para que el río nos reconozca como parte de sus aguas. Y nos hemos puesto tres piedritas en las cintura para convertirnos en piedra, así los caudales del río nunca nos arrastrarán. Pensará que somos piedra y roca. El dueño-hap’iqi del río, la gran serpiente, al vernos
runa-gente puede agarrarnos de los pies en medio del rio y arrastrarnos a sus
profundidades.
Ahora estamos pasando la primera Apacheta, el primer túmulo levantado con las piedras que recogen y depositan los viajeros. Aquí hemos dejado las penas y los problemas en el bagazo de las hojas de coca que hemos ido mascando. Aquí, como bien
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sabemos, está erigida la cruz del ladrón que se hacía pasar por muerto para engañar a los viajeros. Uno de éstos, haciéndose el muerto, se hizo regalar el hábito del cura muy finamente bordado de oro. Del arpista Lorenzo también consiguió su arpa con encantos. Pero, como sabemos, en una de sus mañoserías se topó con los condenados y estos se lo llevaron para siempre. El ladrón nunca más se despertó. Desde entonces habita en la
Apacheta. Abandonamos la Apacheta soplando tres hojas de coca al pobre ladrón que
ya nunca despertará”.
Puriy-puriy: la cuenta-cuentos emprende la caminata
Actualmente estamos pasando el puente colonial de Machu-puente. Aquí habitan las sirenas y el pukllay. En la época de lluvia sale de aquí el grupo del pukllay para recorrer los campos y los campos reverdecen. Cuando el grupo se encuentra con los viajeros, juntos bailan en contradanza, intercambian las flautas. Es así como ciertos viajeros se convierten en los mejores músicos. Viajando, recorren de pueblo en pueblo tocando las flautas y los charangos. Ahora ya hemos pasado el puente cantando y tocando la flauta. La comadre Arenas nos llama y nos invita a un plato de papa con queso y mate de hierbas. Le aceptamos y devolvemos los platos repletos de caramelos. Retomamos el camino. Tenemos que llegar rápido al Rio-grande Hatun-mayu antes de que, con el sol alto de medio día, la nieve comience a derretirse. Si no llegára temprano, el río ya estará crecido y no nos dejaría pasar. Entonces tendríamos que esperar hasta que bajen las aguas al día siguiente. Ahora, ya estamos pasando en el Hatun-Mayu, el rio grande. Este río es engañoso, avanza lentamente como su hap’iqi-el sapo brillante. Pero en medio del río la arena se vuelve movediza. Entonces, el río ordena al agua para que jale a los viajeros de su pie y les hunda de la cabeza. Entonces yo Florencio Carlo nos contaba mi padre, como mis abuelos viajeros, abro el camino del rio de un chicotazo para que pasen mis hijos. Al fin, ya hemos cruzado el río, la abuela pastora doña Margarita nos ha dado alcance, al río le ha ofrecido hojas de coca y le ha dejado pasar. Sin perder más tiempo continuamos caminando y yo continúo describiéndoles la geografía mítica que he recorrido acompañando, cuando aún niña, a mi padre en sus viajes.
Esos recorridos fueron viajes de iniciación en mi formación de cuenta cuentos. Es entonces como aprendí los mitos-cuentos y las historias-narraciones que mi padre
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nos contaba cuando pasábamos por un lugar de wak’a y así, caminando, escuchando y observando, aprendí a reconocer esos lugares en el paisaje, los asocié a los relatos y me captaron la memoria. Así fue que me poseyeron y ahora me susurran lo que les escribo.
Ahora hemos llegado a la hondonada de Apachaqu. Aquí habitan las huallata- patos de color naranja y de color blanco. El hap’iqi-dueño de esas aves moraba en el altar de la iglesia de San Francisco. Uno era de oro y otro de plata. Ahora hace diez años robaron el de oro, quedó solitario el de plata. Pero hace poco los evangélicos quemaron la hermosa iglesia de paja. Y San Francisco, al ver su iglesia ardiendo en llamas, ha huido a la iglesia de Yauri. Los viajeros entraban a la iglesia a rezar a las avecillas huallatas hijas de los Apus-montañas, consideras wak’as. Mirando sus alas sabían si llovería o haría buen tiempo. Ahora no queda nada, tan solamente plumas gastadas. Pero como todo viajero, nosotros también le hemos rendido pleitesía a San Francisco, el hap’iqui-dueño de las aves hojas de coca para que no nos asuste. Muchos viajeros se han vuelto locos al ver en los manantes de la hondonada las huallatas resplandecientes.
Ahora estamos pasando la cuesta de Ch’ilarani-qhata. Aquí hemos saludado al santo San Isidro, el patrón de los toros aradores. San Francisco era el patrón de las papas, era pues agricultor. Cuando los ladrones esperaban a los viajeros, San Francisco les invitaba con las papas de Apachaqu y los ladrones morían atragantados cuando las robaban pues eran papas arenosas. San Isidro fue perseguido en las tierras de Urinsaya (la mitad baja del ayllu) y había huido. Se había fugado arando los campos, por eso en este sector Urinsaya hay tierras en las que no se puede sembrar. Fueron aradas superficialmente y se quemaron al sol. Pero en aquellas que fueron hondamente aradas crecen las mejores papas. En octubre San Isidro y San Francisco se juntan. San Francisco le alcanza en la cima de Pukara y trae una variedad de papas sancochadas. San Isidro le espera con grandes presas de carne. Ese día bailan, comen y beben. El mismo día, después de la misa, amansan los toros salvajes para arar las tierras de sembrío. Aquí los viajeros pasaban días bailando y cantando casi olvidándose del viaje. Así era en esos tiempos.
Ya estamos pasando T’aqra-ch’ullo35 y seguimos camino ofreciéndole tres hojas de coca para los abuelos-ñawpas. Aquí, ahora, en este sitio hemos llegado a la casa del
35 Félix Palacio Ríos (2010) menciona que en 1553, cuando el cronista Pedro Cieza de León recorría los
Andes, fue informado por los funcionarios incas de la existencia de un conjunto de santuarios de gran prestigio, “más yminentes y principales”, tales son: el templo de Coricancha, el cerro Huanacauri, el templo de Vilcanota, Anconcagua, El nevado Coropuna, Apurimac, Pachacamac. El santuario
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compadre Lucho Valer. El compadre nos hace pasar a la cocina y la comadre nos sirve la cena. El compadre, a pesar de que es hijo de mistis, masca las hojas de coca como
runa-gente. Aquí nos quedamos a dormir. Al día siguiente recorremos las casa de
algunos lugareños para intercambiar las hojas de coca por los qirus36. Pukara-
T’aqrach’ullo es la tierra de los que hacen llorar a los yernos. Las tierras son
extremamente enredadas, cuando los yernos las aran terminan llorando de cansancio. Esta tierra sirve para sembrar la papa Thanaku, qiti-qiti o qatay waqachi. Es una papa sabrosa que solamente crece en esa tierra. La gente, al ver a los viajeros, nos alcanza para ofrecernos la papa Thantaku. Nosotros en reciprocidad le ofreceremos manojos de hojas de coca.
Al día siguiente antes de que cante el primer gallo, o sea a las 3 de la mañana, ya estamos pasando Kayumani. Aquí hay una ronda de casas hechas de piedra del tiempo de los abuelos ñawpas. Por el centro de la casa corre un río; el rio arrastra oro. Hay grupos de personas que ya están trabajando. No se sabe si son gente como nosotros, o tal vez gente del tiempo de los ñawpa. Sin voltearnos pasamos soplándoles hojitas de coca y rociando gotas de trago. Antes de que salga el sol habremos llegado a la casa del hombre más rico de esa comarca. Don Timoteo Llachu nos servirá chocolate y nosotros le ofreceremos pan. No nos alargamos y sin perder tiempo retomaremos el camino.
Hoy ya estamos en la quebrada de Hatun kaylloma. Apenas entramos en la inmensa pampa- quebrada escuchamos un sinfin de hermosas melodías. Son las piedras que al roce de los vientos repican finamente como campanitas. En la roca grande de donde salen las melodías hay huellas de caballo. La roca es el hap’iqi-dueño de los caballos. Los viajeros, poco a poco, han ido desportillando la piedra para guardarla en la
Aconcagua se ubica en el territorio K’ana. John Reinhard (1998:93), citado por Palacios Ríos, señala que gracias a los trabajos realizados con la colaboración de la k’aneña Alicia Quirita han podido verificar que el santuario de Aconcagua corresponde a la conocida María Fortaleza, la misma que para los lugareños es conocido como Pukara- T’aqrachullo. Palacios señala que según los datos de Cieza de León, el santuario era uno de los grandes lugares de peregrinaje en el tiempo de los incas. Comenzaba en el templo de
Qurichancha, pasando por Cerro Huanacaure, luego Bilcanota, llegando a Aconcagua (T’aqrachullo)
hasta llegar al gran santuario de Coropuna. Flores Delgado y Silvia Berzabeth ( 2010: 30) citan a Cieza de León quien menciona que, la Waka de Aconcawa era muy venerada: “iban de muchas partes con gran
devoción, habían en él gran suma de tesoros, porque los incas y todos los demás le ponían allí, ...que ellos tenían por dios, hacían lo mismo algunos indios... oí decir que un español llamado Diego Rodríguez, sacó de esta guaca más de treinta mil pesos... queman mucho sebo de cordero...vierten muchas vasijas de su brebaje por las mismas sepulturas, y con ello dan fin a su costumbre... como fuese esta nación de los Collas”.
36Aquí en este sector abundaban los vasos ceremoniales llamados qirus que se utilizan para beber la
chicha cuando se realizan trabajos agrícolas y cuando se trabaja y se hacen rituales a las llamas, ovejas y vacas. Muchas personas al convertirse en evangélicos fueron quemándolos y los botaron al río. Mi padre, para salvar algunos quirus, los intercambiaba por las hojas de coca y algunas veces los compraba. A veces también sus compadres se los obsequiaban aduciendo que se los lleve lejos, porque los qirus se resistían a desaparecer.
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cancha de sus caballos. Por eso sus caballos se multiplican cada año más y mejor. Pasamos la quebrada-pampa corriendo por miedo a los ladrones. Como es un lugar silencioso aquí estos suelen esperar a los viajeros. Por fin, hemos logrado salir de la quebrada. Después entramos al pueblo minero de Caylloma. Aquí después de haber caminado durante el día nos alojamos en la casa del abuelito don Ch’ayña. Antes de dormir nos damos un baño en las aguas termales de Arcata. Al día siguiente comenzamos a entrar a vuestra tierra Tata Qurupuna y Mama Suliman. Así se integró en mi el paisaje de la topo-mitología y de mi memoria de mitos-cuentos, por primera vez conocí el tiyan-lugar de estas dos grandes Majestades-wakas que están muy presentes en muchas narraciones que aquí contaré.
Así mi padre iba enumerando los lugares por donde se iba a pasar. Escuchando los recuentos que narraba mi padre yo emprendía una especie de viaje imaginario casi en un estado de trance. Cerraba los ojos y comenzaba a volar como lo hacían los chamanes del manuscrito de Huaruchiri. En Huaruchiri los chamanes se transforman en águilas y halcones para ir de un lugar a otro lugar, así podían estar en varios lugares. De estos viajes imaginarios se me quedaron impregnadas las topografías de estos lugares. Esa huella quedó grabada en mi tal vez incluso mas profundamente que cuando se visita un lugar físicamente. Pues mi padre, cuando había terminado el ritual de Haywarikuy, tenía que despertarnos; habíamos caído como de un profundo sueño, nos decía: la fuerza de los lugares-lugarniyuq les ha atrapado; buena señal, serán buenos viajeros”. Es así como la memoria se me fue impregnando de esos recuerdos sensaciones en los que lo imaginado no se distingue de lo físicamente percibido. Hasta hoy en día, mientras sigo a mi padre por las pampas y por las quebradas voy rememorando lo que le había escuchado. Reconozco lo que en mi memoria se había grabado en los viajes casi en trance. Y al mismo tiempo me impregno de otros aspectos; comienzo acumular nuevas vivencias-historias. Por ejemplo, me veo en las alturas de tata Qurupuna junto al fogón, rodeada de un grupo de niñas que no dejan de acariciarme. Mi padre levanta tres hojas de coca y abre la puerta del taqi-del granero de los cuentos. Mascando las hojas de coca unos y otros desgranan los cuentos-historias. Se transforman en cazadores, en pumas y en cóndores. Yo les observo, les escucho y me infiltro del manejo de sus gestos, del cambio de sus miradas y de las impostaciones de sus voces. Aprendo a manejar las técnicas que maneja el cuentero para atrapar a su auditorio. Cuando llega mi turno, las niñas se fijan en mi pequeño bulto de cuentos. Me dicen: imallayki kuwintullayki. Acuden a la palabra mágica que abre la puerta de los taqi-graneros de cuentos. Entonces
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me transformo en la historia de la abuela venada que llega a hospedar al pobre viajero. Como todavía no sé como canta la venada, rebuzno como el burro. Entonces mi público se desternilla de la risa y con los brazos abiertos me felicitan.
Los mitos-cuentos, los ritos-técnicas e historias de la vida (las historias- experiencia) cotidianas toman forma cuando se está caminado, o sea cuando se recorre el paisaje. La cuenta-cuentos tiene que ser caminante, como dicen los viajeros: puriq- viajera. Caminado y recorriendo los lugares fui impregnándome de los relatos. Mi padre nos contaba por los lugares por donde se iba pasando que tal o cual río arrastraba en sus aguas turbulentas naranjas y plátanos. Que cuando los viajeros querían comerlos se taphkan- volvían oro y plata. Que dicha fruta venia desde la tierra de su majestad
Tata Qurupuna.
Además por los lugares que se pasa, ahí se establece una comunicación con los seres supra-humanos- wak’as- Apus. Se les pfrecen rituales y se les rinde pleitesía. Se les pide permiso para pasar por sus laderas o quebradas. Por ejemplo, para entrar a la quebrada del señor Qaqa k’umuykuq teníamos que buscar las grandes xiwayas-aerolitos negros con mucha potencia resplandeciente. Cuando los encontrábamos, las trasladábamos de un lado a otro lado. Mover las piedras de un lado a otro permitía que otros viajeros pudieran orientarse. Recién entonces podíamos entrar por la puerta del inmenso barranco.
Las wakas existen como tales, en su kay-ser de wak’as cuando se cuenta sus mitos-cuentos, su prestigio depende de las hazañas que se cuentan de ellos. La cuenta- cuentos está impregnada de los paisajes y de las narraciones. Para mí, en mi
kay-condición de cuenta-cuentos no hay una separación entre los dos. Las wak’as en su