meria en todo lo esencial y la adaptaron a sí mismos. Aunque ha- blaban una lengua semita (acádico) enteramente diferente de la su- meria, emplearon la escritura silábica cuneiforme para escribirla; los textos en acádico se remontan hasta mediados del tercer milenio. También adoptaron el panteón sumerio, aunque añadieron dioses propios y aplicaron nombres semitas a otros. T a n a fondo se llevó a cabo esto que es imposible distinguir con precisión los elementos semíticos de los sumarios en la religión mesopotámica. Cualesquiera que fueran las tensiones que pudieron haber existido entre ambas poblaciones, no hay pruebas de un conflicto racial o cultural (22). Es indubitable que tuvo lugar una creciente mezcla de razas.
d. El imperio de Acad (ca. 2360-2180). En el siglo X X I V tomó el poder una dinastía de gobernantes semitas que creó el primer im- perio verdadero de la historia del mundo. El fundador fue Sargón, una figura cuyos orígenes están envueltos en el mito. Su poderío arrancó de Kis, derrocó a Lugalzaggisi de Erek y sometió a todo Sumer hasta el golfo Pérsico. Después, trasladando su residencia a Acad (de localización desconocida, pero cerca de la posterior Ba- bilonia) emprendió una serie de conquistas que se hicieron legenda- rias. A Sargón le sucedieron dos de sus hijos, y después su nieto Na- ramsin, que pudo jactarse de hazañas tan espectaculares como las del mismo Sargón. Además de Sumer, los reyes de Acad gobernaron toda la alta Mesopotamia, como lo demuestran las inscripciones y los documentos de negocios de Nuzi, Nínive, Ghagar-Bazar y Tell Ibraq. Pero su control se extendió, al menos intermitentemente, desde Elam al Mediterráneo, mientras que las expediciones milita- res se adentraron en las tierras montañosas del Asia Menor, en el sureste de Arabia y quizás más lejos. Los contactos comerciales se extendieron hasta el Valle del Indo (23).
Los reyes de Acad dieron a la cultura sumeria una expresión política que rebasaba los límites de la ciudad-Estado. Aunque con- servaron la tradición de que el poder se derivaba de Enlil, surgió probablemente u n a teoría un poco diferente acerca del poder. El Estado no se centró en el templo del dios, como había hecho la ciu- dad-Estado, sino en el palacio. Existen algunas pruebas de que los reyes de Acad se arrogaron prerrogativas divinas; Naramsin es pin-
(22) Ver especialmente T. Jacobsen, JAOS, 59 (1939), pp. 485-495. (23) Naramsin conquistó Magan (en textos posteriores un nombre de Egip- to) y comerció con Meluhha (posteriormente, Nubia); algunos especialistas pien- san que conquistó Egipto (cf. Scharff-Moortgat, AVAA, pp. 77, 262 ss., para apreciar las diferencias de los autores). Otros, sin embargo, localizan Magan en el SE. de Arabia (Omán): cf. Albright, ARI, pp. 212 ss. y sus notas. Sobre el co- mercio con la India (¿Meluhha?) en este y en otros períodos posteriores, cf. A. L. Oppenheim, JAOS, 74 (1954), pp. 6-17; D. E. McCown, ibid., pp. 178 ss.; Al- brihgt, BASOR, 139 (1955), p. 16.
tado en proporciones gigantescas, llevando la ornamentada tiara de los dioses, mientras su nombre aparece con el determinativo di- vino (24). El triunfo de Acad apresuró el ascendiente de la lengua acádica. Las inscripciones regias fueron escritas en acádico y se re- gistró una considerable actividad literaria en esta lengua. Proba- blemente tuvo su origen en este período el así llamado dialecto hímnico-épico. Al mismo tiempo, el arte, liberado de los uniformes cánones sumerios, gozó de un notable resurgimiento. Aunque se- gún los criterios de la historia el poder de Acad fue de breve dura- ción, duró por más de cien años.
2. Egipto y Asia occidental en el tercer milenio. Coincidiendo casi exactamente con los primeros textos descifrables de Mesopotamia, surge Egipto en la historia como nación unificada. Cómo, concreta- mente, fueron unidos los dos reinos predinásticos del alto y bajo Egipto —si fue o no después de un primer intento fracasado— es cuestión controvertida. Pero en el siglo X X I X los reyes del alto Egip- to habían conquistado la supremacía y habían sometido a su domi- nio a todo el país; el rey Narmer (primera Dinastía) es pintado lle- vando la corona blanca del sur y la roja del norte y representado en gigantescas proporciones, como conviene a un dios (25). Puede decirse que nunca se perdió el recuerdo del doble origen de la na- ción, sino que fue perpetuado, en los tiempos posteriores, por las insignias y títulos reales.
a. El imperio antiguo (siglos XXIX-XXIII). Los fundamentos del imperio antiguo fueron puestos por los faraones de la primera y segunda Dinastías (siglos X X I X - X X V I I ) (26). Con el surgir de la tercera Dinastía (ca. 2600) penetramos en la época del floreci- miento clásico de Egipto, en cuyo tiempo todos los rasgos caracterís- ticos de su cultura asumieron u n a forma que ha servido desde enton- ces como norma. Esta fue la época de las pirámides. La más antigua de ellas es la pirámide escalonada que Zóser, fundador de la cuarta Dinastía, hizo construir en Menfis; con el templo mortuorio que hay en su base, es la más antigua construcción que se conoce en piedra tallada. Con todo, son mucho más maravillosas las pirámides de Jcops, Jefren y Mikerinos, de la cuarta Dinastía (siglos X X V I - X X V ) ,
igualmente en Menfis. La Gran Pirámide, de 481 pies de altura, tiene una base cuadrada de 755 x 755 pies, y se emplearon en su construcción unos 2.300.000 bloques de piedra tallada, de un peso
(24) Cf. Frankfort, Kingship and the Gods, p p . 224-226; p a r a la estela de N a - ramsin, cf. P r i t c h a r d , A N E P , l á m i n a 309.
(25) V e r l a p a l e t a d e N a r m e r ; P r i t c h a r d , A N E T . L á m i n a s 296-297. (26) Seguimos a q u í las cronologías de A. Scharff (Scharff-Moortgat, A V A A ) y de H. Stock (Studia Aegyptiaca II [Analecta Orientalia 3 1 ; R o m a , Pontificio I n s - liluto Bíblico, 1949]) q u e en lo esencial están de a c u e r d o (cf. Albright, B A S O R ,
1 19 [1950 [, p. 29). Las cronologías anteriores son, p o r regla general, d e m a s i a d o elevadas.
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medio de dos toneladas y medio cada uno. Estos bloques eran ele- vados a puro músculo, sin ayuda de máquinas; y esto con un error máximo prácticamente nulo (27). Lo cual, en verdad, nos enseña a respetar profundamente la habilidad técnica del antiguo Egipto, mil años antes de que naciera Israel. Nos ofrece también el espectácu- lo de la totalidad de los recursos del Estado organizados en orden a preparar el lugar de descanso final del dios-rey. Las pirámides fueron construidas también por los faraones de la quinta y sexta Di- nastías (siglos X X V - X X I I I ) . Aunque fueron menos espléndidas, fue en ellas donde se hallaron los llamados «textos de las pirámides». Estos textos consisten en sortilegios y encatamientos ordenados a asegurar el libre paso del faraón al mundo de los dioses y son los más antiguos textos religiosos de Egipto que nosotros conocemos. Aunque proceden de la última época del Imperio antiguo, su contenido se re- monta hasta los tiempos protodinásticos.
A lo largo de todo este período Egipto continuó en contacto con Asia. Aunque las pruebas de la influencia de Mesopotamia desapa- recen al comienzo de las Dinastías, las relaciones con Fenicia, Pa- lestina y países vecinos continuaron ininterrumpidamente. Las mi- nas de cobre del Sinaí, trabajadas en los tiempos predinásticos, fueron explotadas regularmente. El contacto con los países cana- neos es atestiguado por el intercambio de tipos de cerámica y la in- troducción de palabras egipcias en el cananeo y viceversa (28). Varios faraones narran sus campañas en Asia. Aunque esto no quiere decir que Egipto tuviera ya organizado su imperio asiático, demues- tra que éste estaba ya a punto y capacitado p a r a proteger militar- mente los intereses comerciales que allí tenía. En todo caso, Biblos era virtualmente u n a colonia, como en todos los períodos de fortaleza egipcia. Ya que Egipto es un país sin arbolado, Biblos —salida p a r a los espesos bosques del Líbano— fue siempre de importancia vital para él. Inscripciones votivas de varios faraones y otros objetos ates- tiguan una influencia egipcia allí a lo largo de todo el Imperio an- tiguo. Antes de finalizar el tercer milenio, los cananeos desarrollaron en Biblos u n a escritura silábica inspirada en los jeroglíficos de Egipto. b. Estado y religión en Egipto. La organización del Estado en Egipto difirió notablemente de la contemporáne amesopotámica. El faraón no era virrey que gobernaba por elección divina, ni era un hombre deificado: era dios, Horus visible en medio de su pueblo. Teó- ricamente, todo Egipto le pertenecía, todos sus recursos estaban a
(27) Cf. Wilson, op. cit. p p . 54 ss. El e r r o r de e n c u a d r a m i e n t o no se eleva a más de 0,09 p o r ciento, y la desviación de nivel es de 0,004 p o r ciento.
(28) Cf. K a n t o r , Albright, en E h r i c h , op. cit., p p . 7-10; 30 ss.; Albright, J P O S , XV (1935), p. 2 1 2 ; ídem, « T h e R o l e of t h e C a n n a m t e s in t h e History of Civilization» (Studies in the Histoty of Culture. George B a n t a Publishing C o m p a n y , 1942, p p . 11-50), p. 17.
disposición de sus proyectos. Aunque el país estaba entonces dirigido por una complicada burocracia encabezada por el Visir, también éste estaba sometido al dios-rey. No se desarrolló en Egipto ningún código de leyes. Aparentemente, no había necesidad de ninguno de ellos; no había lugar p a r a ninguno de ellos. Bastaba la palabra del dios-rey (29). Era un absolutismo sin parangón. U n a tiranía, según nuestras normas. Pero es dudoso que los egipcios lo consideraran así. Aunque la palabra del faraón era ley, no gobernaba arbitrariamente. Como dios de su pueblo era él quien mantenía la «maat» (justicia). Y a pesar de que la suerte de los campesinos debió haber sido in- creíblemente penosa, a pesar de que en teoría ningún egipcio era libre, no existieron barreras rígidas que impidieran a hombres del más humilde origen el ascenso a las posiciones más elevadas, si la fortuna les favorecía. Fue un sistema que a los ojos de los egipcios encerraba recursos abundantes para mantener la paz y la seguridad del país. El egipcio no veía su mundo como u n a situación fluctuante, una cosa problemática, como lo veía el mesopotánico, sino como un orden invarible establecido en la creación, tan regular en su ritmo como las crecidas del Nilo. La piedra angular de este orden invariable era el rey-dios. En vida protegía a su pueblo y a su muer- te pasaba a vivir en el mundo de los dioses, para ser sucedido por su hijo, también dios. La sociedad, encabezada por el rey-dios, estaba así anclada con seguridad en el ritmo del cosmos. A nuestro modo de ver, el espectáculo del Estado agotando sus recursos p a r a erigir una t u m b a al faraón, no puede parecer más que una insensatez, y, por parte del mismo faraón, desprecio egoísta por el bienestar de su pueblo. Pero los egipcios apenas lo veían así. Aunque el Estado ab- soluto representaba una carga demasiado pesada para ser soportada indefinidamente y fueron introducidas algunas modificaciones, los egipcios, al menos, en teoría, nunca rechazaron tal sistema.
La religión egipcia, como la mesopotámica, era un politeísmo altamente evolucionado (30). Ciertamente ofrece un cuadro de suma confusión. A pesar de varios intentos de sistematización hechos en los primeros tiempos (las cosmogonías de Heliópolis y Hermópolis, la teología de Menfis), nunca se llegó a conseguir un panteón orde- nado a una cosmogonía consistente. La fluidez de pensamiento fue una característica de la mente egipcia. Sin embargo, la religión egipcia no puede llamarse primitiva. Aunque muchos de sus dioses eran representados en forma de animal, faltaban las características
(29) Cf. J. A. Wilson, en Authority and Lavo in the Ancient Orient (JAOS, Supl. 17 [1954]), pp. 1-7.
(30) Ver especialmente H. Frankfort, Ancient Egyptian Religión (Columbia Univcrsity Press, 1948); también ídem en The Intellectual Adventure of Ancient Man;
ídem, Kingship and the Gods; J. Vandier, La religión égyptienne (París, Preses Uni-
versitaires de Francc, 1944); Wilson op. cit.; J. Cerny, Ancient Egyptian Religión (Londres, Hutchinson's University Library, 1952); Albrigh, FSAC, pp. 178-189.
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esenciales del totemismo: el animal representaba la forma en que la misteriosa fuerza divina se manifiesta. Y aunque el prestigio de un dios podía fluctuar con el de la ciudad donde se le d a b a culto, los dioses supremos de Egipto no eran dioses locales, sino que eran venerados en todo el país y se les atribuía un dominio cósmico. c. Palestina en la edad del bronce superior. En Palestina la mayor parte del tercer milenio cae en el período conocido por los arqueólo- gos como el bronce antiguo. Este período —o la fase de transición que conduce a él— comenzó al final del cuarto milenio, cuando flo- recía en Mesopotamia la cultura protoliteraria y en Egipto la guer- zana, y se prolongó hasta el final del tercer milenio (31) (¿ca. 2300?). Aunque Palestina nunca desarrolló una cultura material ni remo- tamente comparable a las culturas del Eufrates y el Nilo, el comienzo del tercer milenio muestra un notable progreso también en este país. Fue u n a época de gran desarrollo urbano, en que la población au- mentó, se construyeron ciudades y, posiblemente, se establecieron ciudades-Estado. Aunque aparentemente el país no estaba densamen- te poblado (en las regiones montañosas, especialmente en el sur, la población parece haber estado más bien dispersa), las ciudades fue- ron bastante numerosas; muchas de las poblaciones que más tarde jugarán su papel en la Biblia existían ya —por ejemplo Jericó (re-
construida ca. 3200, después de un vacío de siglos), Meguiddó, Bet-san, Ay, Siquem, Guézer y Lakís— y otras fueron construidas en este tiempo. A mediados del tercer milenio la colonización se- dentaria alcanzaba el extremo sur de Transjordania, posiblemente como seminómadas allí establecidos. Las ciudades, aunque poco grandiosas, fueron sorprendentemente bien construidas y fuerte- mente fortificadas, como lo demuestran las excavaciones de Jericó, Meguiddó, Ay y de otros lugares (32).
La población existente, o al menos predominante, de Palestina y Fenicia en este período fue cananea, un pueblo del que hemos de hablar más adelante. Su lengua fue antecesora de la hablada por los cananeos de los tiempos israelitas y de la cual el hebreo bíblico fue un dialecto. Con toda probabilidad, ellos o predecesores suyos de un tipo no esencialmente diferente, habitaron Palestina en el cuarto milenio y aun antes. De todos modos, los nombres de las más antiguas poblaciones conocidas por nosotros son uniformemente semitas. Es
(31) V e r especialmente K e n y o n , op. cit. caps. V I - V I I I , sobre este período. Miss K e n y o n q u i e r e d e n o m i n a r el período ca. 3200-2900 (llamado g e n e r a l m e n t e b r o n c e antiguo I) « p r o t o - u r b a n o » , y coloca el b r o n c e antiguo p r o p i a m e n t e ca. 2900-2300. Ella consideraría el p e r í o d o ca. 2300-1900 (generalmente b r o n c e antiguo I V , bronce medio I ) como u n a e n t i d a d s e p a r a d a ; « I n t e r m e d i o b r o n c e antiguo-bronce m e d i o » .
(32) La g r a n m u r a l l a doble de J e r i c ó (podría decirse que dos m u r o s separa- dos), q u e en algún t i e m p o se pensó q u e h a b í a sido destruida p o r J o s u é , pertenece a este p e r í o d o ; cf. K e n y o n , ibid.
probable que los mitos que conocemos por los textos de Ras Samra (siglo X I V ) se remonten hasta prototipos de este período y que la religión cananea fuera, en lo esencial, la misma que aquí nos muestra, más tarde, la Biblia. Aunque Palestina no aporte inscripciones del tercer milenio, los cananeos de Biblos, como hemos dicho, habían desarrollado una escritura silábica inspirada en la egipcia.
3. El antiguo Oriente en la aurora de la edad patriarcal. Los siglos finales del tercer milenio nos conducen al punto de partida de la era en que comienza la historia de Israel. Fueron tiempos agitados, con movimientos, migraciones e invasiones que trastornaron los cua- dros establecidos en todas las partes del mundo bíblico. En Meso- potamia llegó a su término la dilatada historia de la cultura sumeria; en Egipto fue un tiempo de desintegración y confusión; en Palesti- na, de devastación completa.
a. Mesopotamia: la caída de Acad y el renacimiento sumerio. Hemos visto que en el siglo X X I V el poder pasó de las ciudades-Estado su- merias a los reyes semitas de Acad, que crearon un gran imperio. Después de las conquistas de Naramsin, sin embargo, el poder de Acad decayó rápidamente y pronto, después del 2200, llegó a su fin a causa del asalto de un pueblo bárbaro, denominado los «gutios». Este pueblo, que habitaba en los montes Zagros, retuvo el dominio del país por cerca de cien años. Sobrevino una breve edad oscura, de la que pocos recuerdos quedan, durante la cual los hurritas se in- filtraron en la región este del Tigris, mientras los amorreos se hi- cieron fuertes a lo largo de la Mesopotamia superior (más tarde ha- blaremos de estos pueblos). Pero, una vez alejado el control de los gutios, es probable que las ciudades sumerias pudieran mantener una existencia semi-independiente en el sur.
De hecho, al destruir los gutios el poder de Acad, prepararon el camino a un renacimiento de la cultura sumeria, que llegó a su florecimiento bajo la 3 .a Dinastía de Ur (Ur I I I , ca. 2060-1950).
Por este tiempo fue roto el dominio de los gutios y el país liberado por Utu-Hegal, rey de Erek; pero éste fue rápidamente derrocado por U r - n a m m u , fundador de Ur I I I . Aunque los reyes de Ur hablan poco de guerras, fueron capaces, probablemente, de controlar la mayor parte de las llanuras mesopotámicas. Dándose a sí mismos el título de «reyes de Sumer y de Acad» y de «reyes de las cuatro par- tes del mundo», se proclamaron continuadores tanto del imperio de Sargón como de la cultura sumeria. Se discute si, o hasta qué grado, reclamaron para sí prerrogativas divinas, como habían hecho los reyes de Acad. Algunos de ellos escribieron sus nombres con el de- terminativo divino y tomaron el título de «dios de este país». Pero esto puede haber sido poco más que un lenguaje convencional (33).
(33) Cf. T. Fish, B J R L , 34 (1951), p p . 37-43; E. A. Speiser, The Idea of
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De todos modos, persistió la noción sumeria de rey por elección di- vina y las ciudades-Estado gozaron de u n a considerable indepen- dencia.
Bajo los reyes de Ur I I I floreció la cultura sumeria. El fundador, U r - n a m m u , es célebre no sólo por sus muchas construcciones y por la actividad literaria que señaló su reinado, sino sobre todo, por su código de leyes, el más antiguo que hasta hoy se conoce (34).
La mejor prueba de este renacimiento viene, sin embargo, de Lagás donde fue ensi un Gudea. De este gobernador, del que se ha creído por largo tiempo que vivió durante la dominación de los gu- tios o inmediatamente después, se sabe ahora que fue virrey bajo uno de los reyes de Ur I I I (35). Gobernando en Lagás como el «Pas- tor de Ningirsu», fue un ensi al antiguo uso sumerio en la tradición del reformador Urukagina. Primorosas estatuillas y objetos de arte producidos en su tiempo ofrecen el más alto grado de la destreza artística sumeria.
Pero si este renacimiento fue glorioso, fue también el último. La cultura sumeria había llegado al final de su recorrido. Incluso el lenguaje sumerio estaba agonizando. Aunque las inscripciones de Ur I I I están en sumerio, el acádico lo fue reemplazando como len- gua del pueblo. Hacia el siglo X V I I I cesó completamente como len- gua hablada, aunque sobrevivió como lengua de la enseñanza y de la liturgia (como el latín) durante muchos siglos más. Los sumerios y los semitas se mezclaron a fondo en este tiempo y los últimos lle- garon a ser el elemento predominante. Incluso algunos de los reyes de Ur (Su-sin, Ibbi-sin), aunque de dinastía sumeria, tuvieron nom- bres y sin duda también sangre semitas. En Mesopotamia, hacia los orígenes de Israel, había subido y bajado toda una marea de ci- vilización. La cultura sumeria comenzó a existir, tuvo un magnífico recorrido de más de mil quinientos años y finalmente desapareció. Israel nació en un mundo ya antiguo.
b. Egipto: primer período intermedio (ca. siglos XXII-XXI). Mien- tras tanto, en Egipto se extinguió la gloria del Imperio antiguo. A partir de la quinta Dinastía, y continuando después en creciente progreso, había comenzado a desintegrarse el poder monolítico del Estado. Hacia el siglo X X I I , aproximadamente cuando los gutios estaban destruyendo el poder de Acad, entró Egipto en un período