5.2 The Solver APPL
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a) Nacionalismo e Ilustración hispanoamericana
La reivindicación de la peculiaridad del Nuevo Continente es en realidad una de las notas características de la literatura hispanoamericana desde la colonización hasta nuestros días, como queda ya patente en la obra del Inca Garcilaso e incluso en la ardiente defensa que de lo americano realizaron personalidades tan dispares como fray Bartolomé de las Casas, Cabeza de Vaca y Ercilla: todos ellos tienen en común el hecho de dejarse interpelar por su experiencia americana y el expresar una conciencia disconforme en diversos grados con la situación de las colonias americanas.
De idéntica experiencia surge la obra de los primeros nacionalistas hispanoamericanos, quienes en el fondo se limitan a iluminar en clave ilustrada la realidad americana, naciendo de tal postura de comprensión un compromiso a favor de la libertad de los territorios usurpados por los españoles. Nacionalismo e Ilustración se dan así la mano, en una confluencia que en Europa se produce realmente en el Romanticismo pero que en Hispanoamérica, a la zaga de los movimientos culturales y filosóficos europeos, se ofrece con retraso y con ciertas contradicciones resultantes de su peculiar situación.
Uno de los más curiosos casos de nacionalismo americano en clave ilustrada es el de autores jesuitas que, expulsados de América por los reyes españoles, defendieron desde Italia el derecho a la libertad de las colonias. La más significativa e influyente de las obras de este grupo es el poema Rusticatio mexicana (1781-1782), escrito en latín por Rafael Landívar (1731-1793); en hexámetros clásicos, Landívar canta la excelencia del continente americano, sus bondades y bellezas naturales e, insertas en ellas, al indio como sabio habitante en comunión con su paisaje. Más claramente nacionalista es la Lettre aux espagnols américains (Carta a los españoles
americanos) del sacerdote peruano Juan Pablo Viscardo (1748-1798); inspirado en
buena medida en los principios de la independencia norteamericana —la libertad y la igualdad como base del sistema democrático—, en ella defiende el derecho a la rebelión y a la independencia de los territorios peruanos, uno de los más fuertes baluartes de la presencia hispana en América.
Como propia del espíritu de la época, habremos de considerar ahora la influencia de diversos órganos en la difusión de los ideales ilustrados; aparte de las Universidades y las «sociedades» al estilo de las españolas, el mayor influjo se debió
a las publicaciones periódicas, que conocen un especial florecimiento en Hispanoamérica entre finales del siglo XVIII y principios del XIX. A la labor en estos periódicos de los enciclopedistas hispanoamericanos se le debe la aclimatación del pensamiento ilustrado y su difusión a la burguesía criolla que hizo posible la Independencia; entre estos periódicos podemos destacar La Aurora de Chile, El
Peruano, el Diario Político en Colombia, El patriota venezolano y El pensador mexicano. Como libelista sobresale Francisco Eugenio de Santa Cruz y Espejo en El nuevo Luciano, donde expone las razones de la miseria cultural de las colonias,
propugnando fórmulas de educación ilustrada que deben mucho a la pedagogía de Verney (véase en el Volumen 5 el Epígrafe 2.a. del Capítulo 8); igualmente reseñable es la obra de Pablo de Olavide, buen conocedor del enciclopedismo y traductor él mismo de obras clásicas francesas y de Voltaire, uno de sus grandes maestros.
b) La obra de Lizardi
El más interesante de los autores del período prerromántico hispanoamericano es el mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827); aunque preludia la sensibilidad romántica con sus Noches tristes (1818) —inspiradas en las Noches
lúgubres de Cadalso y en el modelo del español, Night Thoughts del inglés Young—,
su obra interesa por hacer pervivir en pleno siglo XVIII los modelos clásicos españoles, que todavía sobrevivían tanto en la narrativa como en el teatro hispanoamericanos. Su novela picaresca toma en cuenta lo que el género tenía de testimonio social de una época, cubriendo de este modo el hueco que el género costumbrista estaba llenando en los países europeos; no es por ello de extrañar que Lizardi recurriera a la novela tras un período de difícil periodismo comprometido, como tampoco lo es que, por su labor ilustrada, sus novelas adolezcan de un exceso de moralismo que, por otra parte, ya había sido característico del género picaresco en España —aunque cifrado ahora en clave liberal burguesa—.
De entre sus novelas sobresale el Periquillo Sarniento (1816), un relato en exceso prolijo y frecuentemente falto de medida en el que, con todo, podemos encontrar los mejores momentos narrativos de Lizardi, directamente vinculados al arte de Cervantes y de Quevedo. Mayor dominio del género demuestra en otras novelas picarescas que, por razones extraliterarias, no gozaron del favor del Periquillo
Sarniento: sobresale entre ellas Don Catrín de la Fachenda (1832), cuyo argumento
—la depravación moral por la relajación de las costumbres— carece hoy de toda originalidad pero por cuya técnica, por su pulcro estilo castizamente hispánico —que también la aparta del gusto actual— puede ser tenida por la más perfecta de sus obras.
La peculiar configuración de los nacionalismos hispanoamericanos y, sobre todo, la curiosa amalgama ideológica que subyace bajo lo que hoy se conoce como «criollismo», hacen posible que la afirmación nacionalista se produzca en Hispanoamérica desde posiciones ideológicas a caballo entre la Ilustración y el Romanticismo; el panorama se complica más aún cuando consideramos que uno de los «padres» de la cultura y las letras americanas, Andrés Bello, adoptó formas neoclásicas para la reivindicación del americanismo, en un intento de basar la nueva cultura en fórmulas de pensamiento humanista y clasicista.
I. ANDRÉS BELLO. El primero de los grandes nombres de las letras hispanoamericanas independientes es, sin duda alguna, el del venezolano Andrés Bello (1781-1865): filólogo, jurisconsulto, poeta y pedagogo, fue una personalidad compleja y completa que puso la cultura a la altura de Occidente, especialmente por haber hallado en el humanismo una postura de equilibrio entre su sincero y fiel americanismo y su vocación europeísta —fue amigo de intelectuales españoles, alemanes e ingleses—. Por su sentido reflexivo y teórico, así como por su labor de engarce con las grandes tradiciones europeas y su paralela atención por el sentir de su propio continente, la obra de Bello tiene ciertos ecos —ciertamente atenuados— del Romanticismo inglés, en el que necesariamente debió de inspirarse; sus polémicas con los más radicales románticos hispanoamericanos —especialmente con los argentinos— no suponen tanto un rechazo del Romanticismo, en el cual él mismo se formó, como un intento de desterrar sus más superficiales clichés, propugnando, por el contrario, un acercamiento a la verdad del hombre —en su dimensión más humanista— desde una sensibilidad comedida y tamizada por el filtro del orden clasicista.
Su poesía resulta así de una curiosa confluencia entre Ilustración, Neoclasicismo y Romanticismo: ilustrada por su afán didáctico, neoclásica por su forma y romántica por su sensibilidad, su obra poética —Silvas americanas, Alocución a la poesía y A
la agricultura de la zona tórrida— marca una de las cimas señeras del género en su
país, constituyéndose como punto de arranque de una tradición plenamente americanista que siempre va a terminar por reivindicar la bondad de la vida y del paisaje natural frente a la artificial vida urbana.
La obra de Bello se completa con sus atinados estudios filosóficos, jurídicos y, sobre todo, filológicos; en este último campo debemos recordar su influyente
Gramática de la lengua castellana (1847), un texto fundamental en la historia de la
lingüística hispánica no tanto por su especialización —resultado de la revisión de la lingüística clásica desde la perspectiva del idealismo alemán—, como por el reconocimiento del castellano en tanto que única lengua válida de comunicación entre los pueblos hispánicos. Su labor lingüística creó escuela en los estudios del castellano y su saber fue aprovechado por diversos gobiernos hispanoamericanos para la creación de sus sistemas de enseñanza —en Chile, donde residió hasta su muerte,
fundó además la primera universidad hispanoamericana libre—.
II. OTROS AUTORES. Francisco Acuña de Figueroa (1790-1862) es uno de los últimos clasicistas hispanoamericanos; fiel a la normativa neoclásica, se le deben algunas composiciones líricas de cortos vuelos y, sobre todo, letrillas y epigramas de tono satírico. Su obra más ambiciosa fue el poema narrativo paródico La
Malambrunada, de tema mitológico.
Por el contenido de su obra, a otros autores neoclasicistas podríamos situarlos entre los cultivadores de la literatura independentista y patriótica, tema que los acerca, más que a Bello, a los ideales del Romanticismo europeo. Sobresalen entre ellos Francisco de Miranda (1750-1816), un exaltado independentista que escribió interesantes e inflamados escritos políticos; y el mismísimo Simón Bolívar (1783-1830), «El Libertador» de la América hispana, cuyos discursos reflejan la esperanza y el sentir utópicamente optimista de todo un continente por su futuro de grandiosa libertad. También cultivó el tema patriótico y bélico el argentino Juan Cruz Varela (1794-1839); defensor del liberalismo progresista, fue uno de los primeros y más enconados detractores del dictador Rosas, contra el que escribió su última obra,
El 25 de mayo; más neoclásica resulta su obra dramática, en la que se aplicó al
cultivo de una tragedia de corte europeísta.
Pero el mejor cantor de las hazañas del «Libertador» fue el poeta José Joaquín de Olmedo (1780-1847). Su ardiente y apasionada poesía, defensora a ultranza del americanismo, ensalza la figura de Bolívar, su adalid en el campo de batalla; se ganó por ello el favor del general y su fama se extendió con rapidez a pesar de los desiguales logros de su poesía. Hoy podemos recordar su Oda a la victoria de Junín (1825), donde la descarada adulación de Bolívar queda mitigada por el sabor épico de la composición —especialmente en la descripción de la batalla— y por su clasicista pero sincero sentimiento del paisaje.