Prof. Abraham
Zylberman
Docente de Historia e Historia judía, especializado en estudios de la Shoá.El año 1938 fue decisivo en las condiciones de vida de los judíos alemanes. Luego de la anexión de Austria, en marzo, la política antijudía comenzó a im- plementarse allí con mayor brutalidad, dado que en poco tiempo debieron en- trar en vigencia normas que en la propia Alemania habían demorado cinco años.
Entre las medidas tomadas encontramos la declaración obligatoria de los bie- nes de los judíos, paso previo a las confiscaciones masivas (20 de abril); la im- posición de agregarse los nombres “Israel”, el varón, o “Sara”, la mujer (18 de agosto); la eliminación de las excepciones que favorecían a los abogados ex- combatientes (27 de septiembre); el sellado de los pasaportes y documentos de identidad con la letra “J” (7 de octubre). Una semana después, Goering declaró que había llegado el momento de terminar con la “cuestión judía”. Los hebreos debían abandonar Alemania, pero no ponían a su disposición los medios para hacerlo o para poder iniciar una nueva vida en el extranjero.
El mismo día que se impuso el sellado de los pasaportes de los judíos, el go- bierno polaco ordenó confidencialmente a sus embajadas no renovar esos do- cumentos a los judíos que estaban en el extranjero por un lapso mayor a cinco años. Más de veinte mil israelitas polacos que vivían en Alemania desde hacía muchos años, escapando de las penurias y miserias existentes en su país natal, se convirtieron en apátridas.
El gobierno polaco negó el permiso de entrada tanto a los judíos germanos como a los de Austria, y entonces, varios millares de desplazados debieron per- manecer en Zbaszyn, una “tierra de nadie” cercana a la frontera, bajo un clima riguroso y esperando que esos regímenes acordaran qué hacer con ellos.
Un judío expulsado en la ocasión, Zindl Shmuel Grynszpan, declaró como testigo en el juicio a Adolf Eichmann, realizado en Jerusalén, en 1961 después de su captura en la Argentina:
Nací en Polonia, en 1886, y llegué a Alemania desde mi ciudad natal, Radomsk, en 1911. El 27 de octubre de 1938, un jueves por la tarde, vino
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1Hashoá Vehamishpat. Parashat mishpat Eichmann utkufat hashoá. Jerusalén, 1961, pág. 96. (Traducción del autor.)
2Ibíd., pág. 97.
un policía y nos dijo que fuéramos a la seccional de la Zona 11 con nues- tros pasaportes. Nos dijo que volveríamos de inmediato y que nada debí- amos llevar con nosotros. Cuando llegué a la oficina, vi mucha gente. Al- gunos, parados; otros, sentados; algunos, llorando. Un empleado policial les gritaba que firmaran, la orden de expulsión. Me vi obligado a firmar. Uno de los hombres –creo que se llamaba Guershom– se negó a firmar. Se lo obligó a pararse en un rincón por veinticuatro horas. Nos llevaron al “Salón de Conciertos”, donde habían reunido a personas de diferentes zonas, unas seiscientos en total. Nos quedamos hasta el viernes a la tarde, unas veinticuatro horas. Luego nos llevaron en unidades de la Po- licía, unas veinte personas por coche, hasta la estación de tren. En el ca- mino escuchamos gritos como “Judíos a Palestina”. Nos transportaron por tren a Zbaszyn, en la frontera polaca, el sábado por la mañana. Vimos convoyes que llegaban desde distintos puntos: Berlín, Colonia, Hamburgo, Düsseldorf, Bremen. En total, éramos unas 12.000 personas. Cuando llegamos a la frontera, nos revisaron buscando dinero. Quien tenía más de diez marcos debía entregar la diferencia. Nos dijeron: “Diez marcos. Más no trajeron a Alemania y más no se llevarán”.1
Entre esos deportados se encontraba la familia Grynszpan, cuyo hijo Herszel vivía con un tío en París. Su hermano, Mordejai Eliezer, también testigo en el juicio a Eichmann, relató:
Vi a mi hermano Herszel (Herman) por última vez en 1935, cuando viajó de Hannover a Frankfurt para estudiar en la Ieshivá. De allí viajó a Francia, invitado por un tío. Su última carta desde París la recibimos en Zbaszyn. Dos semanas antes del estallido de la guerra nos mudamos a Radomsk, y ya no recibimos cartas de él. Le escribimos, y cuando llega- ron los alemanes, enseguida buscaron a los Grynszpan. Ellos sabían de nosotros (...). Cruzamos la frontera en Bialystok y llegamos a Rusia. Fui enrolado en el ejército, y al finalizar la guerra, encontré a mis padres en Astrakán, Rusia. Al regresar a Polonia, después de la guerra, escribí a distintas organizaciones en busca de familiares. Respecto de mi herma- no, recibí respuestas negativas. Viajé a París. Busqué por todas partes, les escribí a los medios de prensa, envié mensajes por medio de la radio, pero –hasta hoy– no recibí respuesta alguna.2
El 6 de noviembre, Herszel compró un revólver, aprendió su uso y se dirigió a la embajada alemana. Intentaba buscar una víctima que expiara por el sufri- miento que sus familiares y el resto de los judíos expulsados de Alemania y
3Ibíd., pág. 101.
4Poliakov, León. Breviario del odio. Buenos Aires, 1954, pág. 32.
Austria atravesaban en Zbaszyn. Le salió al encuentro el consejero de la emba- jada, Ernst vom Rath, a quien Grynszpan disparó su arma. Dos días más tarde, Vom Rath murió como consecuencia de las heridas recibidas.
En Alemania, el NSDAP (Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Ale- manes) se organizaba para conmemorar, el 9 de noviembre, el 15º aniversario del putsch de Münich. Esta conmemoración habría de transformarse en mani- festaciones “espontáneas” de venganza contra los judíos. Contó Beno Cohen en el juicio a Eichmann:
El 7 de noviembre de 1938 fue un día histórico. Se difundió la noticia que el consejero de la embajada alemana en París, Ernst vom Rath, fue víctima de los disparos de un joven judío, Herszel Grynszpan (....). Pocos años antes, otro joven judío, David Frankfurter, hoy en Israel, había aten- tado contra el gauleiter Gustloff, entregándose luego a la policía suiza. Dijo entonces que su acto fue en venganza por los ataques contra los ju- díos y la degradación de su pueblo. Estuvo encarcelado hasta 1944. La noche del 9 de noviembre, cuando se difundió la noticia de la muerte de Vom Rath, fue la más tormentosa y decisiva de toda aquella época. Es co- nocida como la Kristallnacht. La palabra no refleja toda la gravedad de los hechos. La rotura de los cristales no fue más que un pequeño capítu- lo de los acontecimientos. Por la noche hubo ataques y fueron destruidas las vidrieras de los comercios judíos.3
Un documento nazi, el informe que el juez supremo del partido, Walter Buch, redactó tres meses después, ilustra acerca de la génesis de los hechos:
La noche del 9 de noviembre de 1938, el camarada doctor Goebbels reunió a los jefes del Partido en una velada amigable en el viejo hotel de Münich y les comunicó que en las provincias de Hesse y Magdeburg se habían producido manifestaciones antisemitas, destruido comercios ju- díos e incendiado sinagogas. Se dio parte de los sucesos al Führer, quien decidió que esas demostraciones no debían ser preparadas ni organiza- das por el Partido, pero que –siendo espontáneas– no debían ponerse obstáculos a las mismas.
Las instrucciones verbales del ministro de Propaganda fueron inter- pretadas por todos los jefes con exactitud: el Partido no debía apare- cer públicamente como instigando las demostraciones, pero –bajo cuerda– debía organizarlas y ejecutarlas. Una gran parte de los cama- radas presentes se apresuró a telefonear a sus respectivas provincias en ese sentido.4
5Ibíd., pág. 33.
6Hashoá..., op. cit., pág. 101.
En la madrugada, un telegrama de la Gestapo fue dirigido a todas las seccio- nales de la Policía. El mismo, firmado por Reinhard Heydrich, jefe de la Ofici- na de Seguridad del Reich, especificaba que se esperaban manifestaciones anti- semitas esa misma noche. También ordenaba a las seccionales de Policía con- tactarse con la dirección política de la provincia y velar por que no peligrara la vida y propiedad de alemanes, impedir el saqueo de negocios y viviendas de ju- díos después de su asalto y procurar que los extranjeros, incluso judíos, no fue- sen molestados. Los comisarios no debían intervenir, sino limitarse a observar.
Tan pronto se inicien los acontecimientos, los inspectores de Policía procederán a detener a los judíos –preferentemente los judíos ricos–, tanto como lo permitan los calabozos. Debe apresarse, en primer lugar, a los judíos relativamente jóvenes, de sexo masculino y que gocen de buena salud. Después de efectuadas las detenciones deberán ponerse en comunicación con los campos de concentración correspondientes, a fin de que procedan a albergarlos.5
En su testimonio, Cohen continuó relatando que en todas las ciudades se re- petían las mismas imágenes: destrucción, irrupción en casas de judíos, destruc- ción de objetos, captura de los hombres y su traslado a lugares desconocidos, quizá campos de concentración. Los judíos eran detenidos, y si no los encon- traban en sus hogares, los buscaban en las calles hasta completar el número que debía ser apresado, el cual –hasta el 20 de noviembre– superó los 30.000. “Cada
judío arrestado era informado que si abandonaba Alemania, sería liberado. Esta promesa promovió una afluencia masiva y desordenada hacia las oficinas pa- lestinas, que fueron cerradas por la Policía.”6
Otro testigo de los hechos fue el corresponsal de The New York Times, quien narró:
Soy el corresponsal de la oficina en Berlín, reportando a The New
York Times, en Nueva York. Son las 9.30 aquí, en Berlín, el 10 de no-
viembre de 1938. He pasado ocho horas y media espantosas, siguiendo a las tropas nazis en lo que podría ser la peor agresión contra los judíos en este hemisferio. Acabo de llegar de una de las más grandes sinagogas de Alemania, que está totalmente en llamas. El ejército inició el fuego antes del amanecer. El incendio deliberado de la sinagoga y el pogrom fue en venganza por el asesinato de un diplomático alemán, Ernst vom Rath, por un muchacho polaco judío, Herszl Grynszpan, de 17 años. Han ha- bido más saqueos e incendio de sinagogas. Muchos judíos asesinados,
La “Noche de los Cristales”: cerrando el cerco... / 159
7Genocidio, filme de 1981.
8Poliakov, L. Breviario..., op. cit., pág. 33. 9Ibíd., pág. 34.
10Idem.
mujeres violadas. El líder de la comunidad judía, el rabino Leo Baeck, me acaba de decir por teléfono: “Después de esto, el futuro es doloroso. No tenemos adónde ir. Nadie nos quiere”.7
Al día siguiente, Hermann Goering recibió el siguiente informe de Heydrich:
Aún no podemos suministrar las cifras completas de las propiedades judías saqueadas. He aquí las ya conocidas: 815 almacenes demolidos, 29 depósitos incendiados. Dada la urgencia, la gran mayoría de los in- formes que nos han llegado dan datos generales como “destrucción de numerosos negocios” o “destrucción de la mayoría de los almacenes”. Unas 111 sinagogas fueron incendiadas y 18, completamente destruidas. Unos 20.000 judíos detenidos, al igual que 7 arios y 3 extranjeros. Unos 36 judíos asesinados y 26 con heridas graves.8
Lo ocurrido la noche del 9 al 10 de noviembre fue tratado con amplitud en la reunión convocada por Goering después de recibir el informe de Heydrich. El jefe del RSHA mencionó la destrucción de 7.500 comercios. Los archivos del campo de Buchenwald señalan que, entre el 10 y 13 de noviembre, ingresaron 10.454 judíos, que sufrieron maltratos, torturas, golpizas y humillaciones, mien- tras que a través de altoparlantes se proclamaba: “A todo judío que quiera ahor- carse se le ruega hacerlo cuidando tener en la boca un trozo de papel con su nombre, para que sepamos de quién se trata”.
El pueblo alemán, testigo del pogrom, no se conmovió ante los aconteci- mientos, manteniendo su actitud de indiferencia. Como escribió Rauschning, en 1939: “La reacción del pueblo alemán ante los pogroms del otoño de 1938 prue-
ba hasta qué punto Hitler lo envileció en sólo cinco años”.9Y Karl Jaspers agre-
gó: “Mientras las sinagogas ardían y los judíos eran deportados por primera vez,
en noviembre de 1938... los generales miraban; los comandantes de las distin- tas ciudades podían intervenir... pero nada hicieron”.10
Algunos magistrados de la Justicia ordinaria abrieron sumarios por asesina- tos y violaciones, actos que no habían sido incluidos en las órdenes de la Gestapo. El Partido intervino y llevó los casos a su jurisdicción. El juez supremo, Buch, examinó solamente dieciséis de los 91 sumarios. En trece casos de asesinato sus- pendió las actuaciones, pues los actores malinterpretaron las órdenes recibidas y “debieron sobreponerse a fuertes inhibiciones psíquicas al cumplir su come- tido”. ¿Podían ser castigados quienes no hicieron más que obedecer las exigen-
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cias del Partido? Cada participante del pogrom aplicó, además de la aparente vo- luntad del liderazgo partidario, lo que su propia voluntad percibía.
Al pogrom le siguieron decisiones legales y administrativas para completar el proceso de “arianización”; es decir, la transferencia de bienes de manos hebre- as a arias para impulsar –con mayor fuerza– la emigración de judíos, aislarlos completamente de la población general y anular la relativa autonomía con la cual se manejaba el cuerpo representativo del judaísmo alemán.
Estos objetivos fueron impulsados en una reunión convocada el 12 de no- viembre, y en la cual Goering anunció que el Führer le había asignado la imple- mentación de esa política hacia los judíos del Reich. Allí se decidió, entre otras cosas, que las víctimas pagaran una multa de 1.000 millones de reichsmarks... ¡por haber provocado a los alemanes, que no hicieron más que defenderse!
La reacción ante los acontecimientos fue expresada en la prensa occidental y la opinión pública, pero no afectó a Alemania. El presidente Roosevelt convocó al embajador Hugh Wilson en protesta y declaró su profunda conmoción; el embajador alemán, en respuesta, también fue convocado a su patria ante la “in- terferencia norteamericana en los asuntos internos de Alemania”. La reacción pública logró que los países europeos aceptaran el ingreso de más refugiados, especialmente niños. Pero tampoco era suficiente para responder a las necesi- dades reales de los judíos.
En la noche del 9 al 10 de noviembre se produjo un giro crucial en la histo- ria de los judíos alemanes. Fue la primera experiencia de violencia antisemita a gran escala y abrió el camino para la completa erradicación de los judíos de la vida alemana. Para éstos, en definitiva, significó un agravamiento extraordina- rio de sus condiciones; para los jefes nazis, implicó el convencimiento de que –en adelante– estarían permitidas todas las brutalidades y excesos contra los ju- díos. La “Noche de los Cristales”, con de los Cristales”, con todo su peso de crueldad y agresividad, aún no mostraba la verdadera cara del horror nazi.