Parece que al estudiar el fondo de una obra literaria lo más lógico es comenzar por conocer a su autor. Esto es cierto particularmente al tratarse del Apocalipsis, debido a la tradición que existe en relación con este asunto. Algunos eruditos han dicho que posiblemente hubo otros hombres que fueron autores de este libro: consideraremos sus argumentos a medida que progresemos en el estudio; pero primero nos ocuparemos de la opinión tradicional.
Quizás no se hace ninguna violencia al mensaje si decimos que no sabemos
definitivamente quién es el autor. El Apocalipsis ya tiene asegurado su lugar en el canon del Nuevo Testamento, y su mensaje es de victoria, ya sea de Juan el hijo de Zebedeo, de Juan el vidente, o de otro alguno. Este caso es semejante al de la Epístola a los Hebreos: los eruditos no se han puesto de acuerdo en cuanto al autor de la Epístola a los Hebreos a pesar de que han pasado muchos años estudiando este asunto; sin embargo, el mensaje de dicha Epístola referente a Cristo como la suprema revelación de Dios, todavía es uno de los pináculos de la verdad redentora. Debemos advertir que hay una diferencia entre estos dos casos: la Epístola a los Hebreos no declara quién es su autor; en cambio, el Apocalipsis declara que fue escrito por una persona llamada Juan.1 Esto es cierto, o el libro no es auténtico.
Es un hecho bien sabido que la mayor parte de la literatura apocalíptica era seudónima, este asunto y sus razones ya fueron discutidos en una sección anterior de este mismo libro. Debido a esta verdad, muchos han sostenido que el libro del Apocalipsis, junto con toda la literatura con la cual tiene afinidad, eran obras seudónimas. Es provechoso revisar las opiniones de Charles2 sobre este particular, pues está reconocido como una de las eminentes autoridades en literatura apocalíptica, y admite que el Apocalipsis no es obra seudónima.
La idea de que debía haber una Ley inspirada, adecuada, infalible y válida, llego a ser un dogma del judaísmo en la época posterior al exilio; y cuando esta condición fue establecida, ya no hubo lugar para ningún profeta o maestro de religión, a menos que fuera un mero exponente de la Ley. Entonces, también, la formación del canon del Antiguo Testamento con sus tres secciones —la Ley, los Profetas, y los Hagiógrafos (que también se llaman "los Escritos" y corresponden a los libros poéticos) — estimuló la costumbre de producir escritos seudónimos. Después de este tiempo ningún trabajo de naturaleza profética pudo lograr que se le pusiera atención a menos que llevara el nombre de algún antiguo personaje digno de ser atendido. Por lo tanto, cuando un hombre sabía que tenía un mensaje que presentar, lo presentaba de la
manera que le parecía más apropiada para que lo recibieran. Cuando el Apocalipsis fue escrito, esta condición no existía. El advenimiento y el progreso del cristianismo dejaron al Antiguo Testamento en un lugar subordinado pues se pensaba que Jesús y lo que había dicho eran la principal autoridad. El espíritu de profecía había llegado de nuevo a los creyentes, la creencia en la inspiración se había avivado de nuevo, y durante varias generaciones no fue reconocido exclusivamente ningún canon de escritos cristianos. No hay ninguna razón relacionada con esta antigua costumbre, para suponer que el Apocalipsis fue un escrito seudónimo.
La segunda evidencia de que el Apocalipsis no fue una obra seudónima la tenemos en el hecho de que el escritor declara que vio las visiones que relata, que le pertenecían, eran de él, y para la generación de su época. La costumbre, al escribir literatura apocalíptica, era que el escritor declarara que las visiones pertenecían a un gran personaje del pasado y que eran para las generaciones del futuro. El escritor del Apocalipsis declara que él es siervo de Jesucristo (1:1), hermano de los cristianos del Asia Menor y participante de la tribulación de ellos (1:9), que estaba sufriendo el exilio en la isla llamada Patmos por haber predicado la Palabra (1:9), y que él mismo vio y oyó las cosas que escribió en este libro (22:8).
Hasta aquí, pues, es evidente que el Apocalipsis que tenemos fue escrito por un profeta (Ap. 22:9) que vivió en Asia Menor, y que su verdadero nombre era Juan. Tan cierto es que este libro es obra de un Juan, como lo es que 2 Tesalonicenses capítulo 2 y 1 Corintios capítulo 15 son obras apocalípticas de San Pablo... No hay ni una pizca de evidencia, ni siquiera una sombra de probabilidad para apoyar la hipótesis de que el Apocalipsis es una obra seudónima.3
Así pues, parece que no estamos equivocados al sostener que el libro del Apocalipsis no es una falsificación, sino que fue escrito por una persona llamada Juan. Más tarde se discutirá de cuál Juan se trata precisamente. También nos parece que es un acto de prudencia revisar, antes de comenzar la discusión, lo que sabemos acerca del escritor, quien quiera que haya sido. Llegamos a saber esto por el estudio del texto del libro, cuyo sumario es el que sigue:
Juan, a quien debemos el Apocalipsis del Nuevo Testamento, era un judío cristiano que muy probablemente había pasado la mayor parte de su vida en Galilea4 antes de trasladarse al Asia Menor y de establecerse en Éfeso, ciudad que era el centro de la civilización griega en aquella provincia. Se ha llegado a esta conclusión después de haber hecho un estudio del uso que Juan hizo del idioma griego: se ha descubierto que usó de libertades sin paralelo en la sintaxis de ese idioma y que, hasta cierto punto, creó una gramática griega propia; el lenguaje que adoptó no le proporcionó un medio de expresión rígido y normal. Además, el lenguaje estaba en un estilo que ha sido caracterizado por su fluidez, que fácilmente se prestaba para ser reconstruido por la sintaxis que se acostumbraba y por las desconocidas expresiones que el autor usó. El estilo de este escritor es absolutamente único: ha puesto a un lado las reglas comunes de sintaxis y ha desafiado las leyes de los gramáticos pero, según parece, esto no fue intencional. Su único propósito fue usar todas las posibilidades que tenía a su alcance para hacer comprender claramente su mensaje: logró hacer esto y, al hacerlo, se hizo culpable de numerosas violaciones a la sintaxis griega. Parece que la causa de esto es que aunque escribió en griego, pensó con términos hebreos. Frecuentemente tradujo de manera literal algunos modismos hebreos, al griego. Como tenía un profundo conocimiento del Antiguo Testamento,
consciente e inconscientemente usó su fraseología. Esta debe ser la razón para que usara la sintaxis tan singular que encontramos en el Apocalipsis.
Sabemos otra cosa en cuanto al escritor de este libro. Esta es, que ejerció una
indisputable autoridad sobre las iglesias del Asia Menor, lo cual se puede notar en el hecho de que haya escrito su Apocalipsis para siete de ellas. Es verdad que el mensaje no está dedicado exclusivamente a las siete: sin embargo, fue dirigido a ellas porque fueron consideradas como representantes de todas las iglesias. En el libro, el autor anima a los creyentes a que resistan las exigencias del imperio para que se adhieran a la religión oficial y que, si es necesario, resistan hasta morir; y también los exhorta a que proclamen fielmente la causa victoriosa de Dios. Esta exhortación es dirigida a los individuos y a las iglesias. Además, Juan establece el único verdadero fundamento para la ética y para el gobierno: ¡Cristo, el Rey Supremo! Juan anhela que este mundo y el futuro sean para Dios, y al expresar este anhelo manifiesta un innegable amor para las iglesias; sin embargo, al mismo tiempo "reprueba, reprende, y exhorta" como uno de cuya autoridad no se puede dudar.
Este escritor era hombre de profunda penetración espiritual. Su mirada penetra en los misterios de los planes de Dios, en algunos casos tal vez más profundamente que la de otros escritores del Nuevo Testamento. Conserva la mirada en alto, muy por encima de las llanuras donde ruge la batalla, y la fija en el trono. En este trono se sienta Uno que está caracterizado por su soberanía, su santidad, su justicia, y su gracia; y en su mano tiene un libro sellado que contiene los destinos de los hombres. Solamente Uno es digno de abrir este libro: ese Uno es el Cordero que triunfó por su muerte y que ahora vive para siempre. Cuando el Cordero ha abierto todos los sellos y han sido revisados los datos referentes a la manera en que Dios ha tratado a los hombres, la victoria es evidente. Dios continúa todavía en su trono: no ha sido derribado por los esfuerzos combinados del dragón y de las dos bestias. No solamente Dios continúa en su trono, sino también su pueblo está con él y se le ha concedido la Ciudad Perfecta y también todo lo que necesita para nutrir su vida eterna (alimento y salud). Es dudoso que cualquier otro escritor del Nuevo Testamento haya visto con más realidad la segura victoria de la causa de Dios sobre todos sus enemigos.
El escritor del Apocalipsis es un hombre que es muy explícito en sus declaraciones: los judíos hostiles de Esmirna y Filadelfia son "sinagogas de Satanás;"5 Domiciano, y el imperio mismo mientras está siguiendo su política, es la "bestia;"6 Roma es "Babilonia,"7 madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra. El tono del libro, cuando fustiga al perseguidor, al idólatra, al impuro, es casi belicoso: la justa ira del profeta al rojo blanco. El concepto que presenta de Cristo en el Apocalipsis es infinitamente majestuoso y augusto pero su
característica predominante es la de un poder ilimitado que se muestra en una severidad justa: como Guerrero, gobierna con vara de hierro;8 como Cordero, es terrible en su ira;9 y como Rey, pisa el lagar del vino del furor y de la ira de Dios.10 Solamente una o dos veces se
expresa la ternura de la compasión del Señor: estos casos son, por supuesto, donde proporciona consuelo a su pueblo en lugar de contemplar con intenso desfavor a sus enemigos.
Toda la información anterior se relaciona con un aspecto general del autor del
Apocalipsis; se refiere a sus ideas y características fundamentales, sin expresar ninguna opinión en cuanto a la identidad del autor. En las siguientes consideraciones nos referiremos a los posibles autores del Apocalipsis, aludiendo a las evidencias que haya en favor y en contra de ellos.
1. Evidencias Favorables a Juan, el Hijo de Zebedeo, y otras que le son Contrarias.
La opinión tradicional referente a este libro es que fue escrito por Juan, el que fue apóstol e hijo de Zebedeo. Se ha discutido mucho acerca de esto a través de la historia del cristianismo. Dionisio el Grande, de Alejandría, por el año 250 de la era cristiana sostuvo que Juan no escribió el Apocalipsis; basó esta opinión en un estudio que hizo del estilo empleado en el griego del cuarto evangelio y del Apocalipsis; y llegó a la conclusión de que la misma
persona no pudo haber escrito los dos libros: creyó que Juan escribió el Evangelio, y por lo tanto no creyó que Juan hubiera escrito el Apocalipsis. Dana, en una obra reciente, se opuso a esta opinión, pues declara que en el segundo siglo existía una "creencia predominante y muy extendida por casi todo el mundo cristiano, de que Juan el apóstol, el hijo de Zebedeo, escribió el cuarto evangelio."11 Acerca de esto el Dr. Dana dice:
Una evidencia tradicional tan fuerte no puede ser desechada: es difícil explicar su existencia a menos que el apóstol Juan haya tenido alguna conexión con el cuarto evangelio. La crítica conservadora probablemente persistiría en sostenerse en su veredicto referente a la paternidad apostólica, si no fuera por el hecho de que la evidencia externa en cuanto al autor del Apocalipsis es más antigua e intrínsecamente más fuerte que la que hay para el cuarto evangelio. Las
diferencias entre los dos libros son demasiado radicales para admitir la opinión de que hubo un autor común. De aquí que nos sintamos constreñidos a asignar el Apocalipsis al apóstol Juan y a buscar en alguna parte la mano que escribió el evangelio.12
Así pues, se puede notar que Dionisio, en el año 250 de la era cristiana y Dana en el año de 1940 de la misma era comienzan con la misma premisa; pero llegan a conclusiones opuestas. Todo el tiempo ha habido una lucha entre estos dos puntos de vista. La actitud más conveniente, según parece, es la de pesar todas las evidencias y sacar uno sus propias conclusiones.
(1) Evidencias en favor de Juan, el hijo de Zebedeo
a. Evidencia externa. —Justino Mártir fue uno de los más antiguos padres de la iglesia,
cuya obra ha llegado hasta nosotros. Este escritor sufrió el martirio bajo el gobierno de Aurelio, por el año 166 de la era cristiana. Generalmente se admite que su obra "Diálogo con el Judío Tifón" apareció entre los años 140 y 160 de la era cristiana; y en ella se pueden leer estas palabras:
... con nosotros estaba cierto hombre que se llamaba Juan, era uno de los apóstoles de Cristo, el cual profetizó, por una revelación que le fue hecha, que quienes creyeran en nuestro Cristo vivirían mil años en Jerusalén; y, en
resumen, que después se efectuarían la resurrección eterna y general y el juicio de todos los hombres.13
en Asia Menor, donde estaban localizadas muchas de las iglesias a las cuales fue dirigido el Apocalipsis, hace que esta declaración sea muy sorprendente.
El siguiente testigo directo de que Juan el apóstol es el autor de este libro es Ireneo, que murió en Lyon, Francia, por el año 190 de la era cristiana. Este autor está considerado como uno de los principales testigos a favor de Juan. Ireneo nació y fue educado en Asia Menor, territorio donde estaban las siete iglesias; además fue discípulo de Policarpo, el cual era obispo de una de las siete iglesias: de la de Esmirna; y en los muchos libros que escribió menciona frecuentemente el Apocalipsis. Parece que estaba especialmente interesado en el número 666, considerado como el número de la bestia, a la cual conceptuó como idéntica al Anticristo.14 Varias veces dijo Ireneo que el libro había sido escrito por Juan, el discípulo del Señor, y lo identifica con el Juan que se reclinó en el seno de Jesús cuando tuvieron la última cena; además, sostuvo que Juan escribió el libro en el tiempo en que gobernó el emperador Domiciano.15 El testimonio de Ireneo es poderoso puesto que, podríamos decir, sólo un paso lo separaba de Juan. Además, únicamente transcurrieron como setenta u ochenta años entre el tiempo en que fue escrito el Apocalipsis y el tiempo en que Ireneo escribió sus comentarios. Este período podía ser recordado muy bien por los hombres que hubieran querido rectificar las declaraciones de Ireneo si éstas hubiesen sido falsas. No hay ninguna razón para creer que Ireneo y Policarpo procedieron sin honradez en este asunto.
Cuando dejamos a Ireneo, ya no encontramos a nadie que haya conocido personalmente o que conociera a alguien que hubiera conocido personalmente al autor del libro. Encontramos a otros autores que se adhirieron a la opinión de que Juan era el autor, aunque no tenían informes de primera mano; algunos de ellos son: Clemente16 de Alejandría (223 d. de J. C.),
Tertuliano17 de Cartago (220 d. de J. C.), Orígenes18 de Alejandría (223 d. de J. C.), e Hipólito19 de Roma (240 d. de J. C.). Eusebio cita estas palabras de Orígenes:
¿Qué diremos de aquel que se reclinó en el seno de Jesús, es decir Juan? De aquel que nos dejó un evangelio, en el cual confesó que podrían escribirse tantas cosas que en el mundo no cabrían los libros en que fueran escritas. Él también escribió el Apocalipsis, y se le ordenó ocultar y no escribir las voces de los siete truenos.18
Eusebio opina que todavía no está decidido el asunto referente a que Juan es el autor del Apocalipsis; pero opina así teniendo en cuenta todos los testimonios anteriores. Además los escritores subsiguientes a la época de Eusebio frecuentemente citaron el Apocalipsis
refiriéndose a él como a una obra escrita por el apóstol Juan. Algunos de esos escritores fueron: Basilio el Grande, Atanasio, Ambrosio, Cipriano, Agustín, y Jerónimo. Estos autores
estuvieron muy lejos de participar de cualquiera duda que haya habido en la mente del gran historiador de la iglesia. Esa concurrencia del testimonio de aquellos que estuvieron en posibilidad de resolver una duda de esta naturaleza, y que en todo respecto merecían crédito, puede anularse sólo mediante la oposición de una evidencia de la clase más terminante. Estos testigos representan una muy extensa parte del territorio donde el cristianismo se había extendido; así, por ejemplo: Justino Mártir trabajó en Asia Menor, Ireneo en Asia Menor primero y después en Francia, Tertuliano estuvo en Cartago, y Clemente y Orígenes eran de Alejandría —la cual fue el centro de información y de cultura en el territorio de la iglesia del
oriente—. Estos personajes representaban a todos los centros principales del cristianismo, excepto a Roma; pero Hipólito, pocos años después, ya partidario de esta opinión, representó a Roma. Pieters20 hace notar que la distribución del tiempo en que fueron hechas estas
declaraciones queda así más o menos: años 140, 170, 200, 220, 233, 240 d. de J. C.; y se observa desde luego que el intervalo más grande es de treinta años a partir del fin de la era apostólica. Tal testimonio, en atención al hecho de que ellos eran hombres responsables que tenían lugares importantes en la obra cristiana, permanece firme por la fuerza de una gran convicción. Si aceptamos el posible aunque discutido testimonio de Papias referente al libro que estamos estudiando, entonces el testimonio se remonta hasta el año 125 d. de J. C. Así pues, la tradición del segundo siglo casi unánimemente sostuvo la opinión de que el Apocalipsis fue escrito por Juan. Es verdad que en el siglo tercero surgieron algunas objeciones, 21 pero aun así era dominante el testimonio favorable a la opinión de que el apóstol escribió el Apocalipsis. Puede decirse que hay pocos libros del Nuevo Testamento que tienen un apoyo tan fuerte procedente de la antigua tradición.
b. Evidencia interna. —Aunque al tratar de esto hay mucho más material para discutir
que el que hay al tratarse de las evidencias externas, al considerar lo referente a las evidencias internas encontramos muchos testimonios a favor del apóstol Juan como el escritor del
Apocalipsis. Quizás la primera evidencia a favor de esta opinión es que el escritor dice que él es Juan: hace esta declaración en cuatro lugares (1:1, 4, 9; 22:8). La manera en que se presenta el nombre implica que el nombre era bien conocido, y que la identidad del escritor seguramente