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7  TOE summary specification 62 

7.1  Overview of the TOE architecture 62 

El restablecimiento de lazos diplomáticos entre Estados Unidos y Cuba ha sido ampliamente alabado como un hecho de importancia histórica. El corresponsal Jon Lee Anderson, que escribe sobre esa región con gran perspicacia, resume la reacción generalizada entre intelectuales liberales cuando escribe, enThe New Yorker:

Barack Obama ha mostrado que puede actuar como un estadista de peso histórico. Y, en este momento, también lo ha hecho Raúl Castro. Para los cubanos este momento será una catarsis emocional y una transformación histórica. Sus relaciones con el rico y poderoso vecino del norte han permanecido congeladas desde la década de 1960: cincuenta años. Sus destinos también se han congelado hasta lo surrealista. Para los estadounidenses también es importante. La paz con Cuba nos lleva momentáneamente atrás, a aquella época dorada en la que Estados Unidos era una nación amada en todo el mundo, cuando un joven y atractivo John Fitzgerald Kennedy ocupaba la presidencia —antes de Vietnam, antes de Allende, antes de Irak y todas las demás desgracias—, y nos permite sentirnos orgullosos de nosotros mismos por haber actuado por fin de la forma debida[1].

El pasado no es tan idílico como se retrató en la machacona imagen de Camelot. Kennedy no fue «antes de Vietnam»; ni siquiera antes de Allende e Irak, pero dejemos eso de lado. Cuando Kennedy ocupó el cargo, en Vietnam por fin había surgido una resistencia interna incontrolable a la brutalidad del régimen de Ngo Dinh Diem, impuesto por Washington. Ante eso, Kennedy aumentó la intervención estadounidense y ordenó que la Fuerza Aérea de Estados Unidos bombardeara Vietnam del Sur (con indicativos survietnamitas que no engañaban a nadie). Autorizó la guerra con napalm y con agentes químicos para destruir los cultivos y el ganado, y lanzó programas para llevar los campesinos a campos de concentración para «protegerlos» de los guerrilleros a los que Washington sabía que apoyaban mayoritariamente.

En 1963, los informes sobre el terreno parecían indicar que la guerra de Kennedy estaba teniendo éxito, pero surgió un problema importante. En agosto, la Administración descubrió que el Gobierno de Diem buscaba negociar con Vietnam del Norte para poner fin al conflicto.

oportunidad perfecta para hacerlo con dignidad, sin coste político. Hasta podría haber afirmado, siguiendo el estilo habitual, que había sido la fortaleza de Estados Unidos y su ejemplar defensa de la libertad lo que había obligado a los norvietnamitas a «rendirse». En cambio, Washington respaldó un golpe militar para instalar en el poder generales de la línea dura, más afines a los compromisos reales de Kennedy. El presidente Diem y su hermano fueron asesinados. Con la victoria ya a la vista, o eso parecía, Kennedy aceptó a regañadientes una propuesta del secretario de Defensa, Robert McNamara, de iniciar la retirada de tropas (Memorando de Acción de Seguridad Nacional 263), con una condición crucial: después de que se lograra la victoria. Kennedy insistió en esa exigencia hasta su asesinato al cabo de unas semanas. Es posible que los relatos hayan tergiversado los hechos, pero la fantasía se derrumba rápidamente bajo el peso del enorme registro documental[2].

La historia en otras partes tampoco fue tan idílica como en las leyendas de Camelot. Una de las decisiones con más consecuencias de Kennedy, en 1962, fue la de cambiar la misión de los ejércitos de Latinoamérica de la «defensa hemisférica» a la «seguridad interna» con horrendas consecuencias para el hemisferio. Aquellos que no prefieran lo que el especialista en relaciones internacionales Michael Glennon ha llamado «ignorancia intencionada» pueden completar los detalles con facilidad[3].

En Cuba, Kennedy heredó la política de embargo de Eisenhower y los planes formales para derrocar al régimen, y enseguida propició una escalada en el conflicto con la invasión de la bahía de Cochinos. El fracaso de la invasión causó casi histeria en Washington. En la primera reunión de Gabinete tras la fallida invasión, el clima era «casi salvaje», según señaló en privado el secretario de Estado Chester Bowles. «La petición de un plan de acción era casi frenética[4]». Kennedy reflejó la histeria en

sus declaraciones públicas, aunque era consciente, como dijo en privado, de que los aliados «piensan que estamos un poco locos» con el tema de Cuba[5]. No sin razón. Las acciones de Kennedy fueron fieles a sus palabras.

Ahora hay mucho debate respecto a si hay que borrar a Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo. Semejante cuestión solo puede evocar las palabras de Tácito: «Una vez expuesto, el crimen no tiene refugio más que en la audacia[6]».

Salvo que no está expuesto, gracias a la «traición de los intelectuales».

Al ocupar el cargo después del asesinato de Kennedy, el presidente Lyndon Johnson rebajó el reinado del terror, que no obstante continuó hasta la década de 1990. Pero no iba a permitir que Cuba sobreviviera en paz. Le dijo al senador William Fulbright que, aunque «no voy a meterme en nada parecido a la bahía de Cochinos», quería consejo sobre «lo que deberíamos hacer para tocarles las pelotas más que ahora[7]». El historiador de Latinoamérica Lars Schoultz observa que «tocar

las pelotas ha sido la política de Estados Unidos desde entonces[8]».

Seguro que ha habido quien pensara que no bastaba con ser tan delicados. Tomemos como ejemplo a un miembro del gabinete de Richard Nixon, Alexander

Haig, quien le pidió al presidente: «Deme la orden y convertiré esa p… isla en un solar[9]». Su elocuencia captaba vívidamente la prolongada frustración en Washington sobre «esa pequeña república infernal de Cuba»; la frase de Theodore Roosevelt cuando despotricó furioso por la negativa cubana a aceptar gentilmente la invasión de 1898 que bloquearía su liberación de España y los convertiría en una virtual colonia. Seguramente su valerosa carga en las Lomas de San Juan había sido por una causa noble. (Por lo general, se ha pasado por alto que los batallones afroamericanos fueron en gran medida responsables de conquistar la colina)[10].

El historiador Louis Pérez escribe que la intervención, alabada internamente como un acto humanitario para «liberar» Cuba, logró sus objetivos reales. «Una guerra de liberación de Cuba se transformó en una guerra de conquista de Estados Unidos», la guerra hispano-estadounidense, con esa nomenclatura imperial concebida para oscurecer una victoria cubana que fue rápidamente malograda por la invasión. El resultado alivió las ansiedades de Washington sobre lo que era «anatema para todos los estrategas políticos norteamericanos desde Thomas Jefferson: la independencia de Cuba[11]».

Cómo han cambiado las cosas en dos siglos.

Ha habido intentos de mejorar las relaciones en los últimos cincuenta años, analizadas en detalle por William LeoGrande y Peter Kornbluh en Back Channel to Cuba[12]. Puede debatirse si debemos sentirnos «orgullosos de nosotros mismos» por los pasos que ha dado Obama, pero ha actuado como tenía que hacerlo, aunque el apabullante bloqueo sigue en su sitio, desafiado por todo el mundo (excepto Israel), y el turismo de estadounidenses continúa prohibido en el momento en que se escribe este libro. En el discurso que le dio a la nación para anunciar la nueva política respecto a Cuba, el presidente dejó claro que, en otros aspectos, el castigo por no plegarse a la voluntad y la violencia de Estados Unidos continuarían, y repitió pretextos que son demasiado ridículos para comentarlos. Dignas de atención, no obstante, son estas palabras del presidente:

Estados Unidos ha apoyado con orgullo la democracia y los derechos humanos en Cuba a lo largo de estas cinco décadas. Lo hemos hecho, principalmente, mediante políticas que buscan aislar la isla, impidiendo el viaje y comercio más básicos que los estadounidenses pueden disfrutar en cualquier otro lugar. Y aunque esta política ha estado arraigada en las mejores intenciones, ninguna otra nación se une a nosotros para aplicar esas sanciones, por lo que han tenido poco efecto más allá de proporcionar al Gobierno cubano razones para imponer restricciones a su pueblo […]. Hoy estoy siendo sincero con vosotros. Nunca podremos borrar la historia entre nosotros[13].

Hay que admirar la asombrosa audacia de esta declaración, que una vez más recuerda las palabras de Tácito. Obama seguramente no es consciente de la historia real, que abarca no solo la guerra terrorista y asesina y el escándalo del embargo económico, sino, también, la ocupación militar del sureste de Cuba, donde está la bahía de Guantánamo, con el mayor puerto del país, a pesar de los requerimientos del Gobierno de La Habana, desde la independencia, para que se devuelva lo que se robó a punta de pistola; tal política solo se justifica por un compromiso fanático de bloquear el desarrollo económico de Cuba. En comparación, la toma ilegal de Crimea por parte de Putin parece casi benigna. La dedicación a la venganza contra los insolentes cubanos que se resisten al dominio de Estados Unidos ha sido tan extrema que incluso se ha impuesto al deseo de algunos segmentos poderosos del bloque empresarial —farmacéuticas, compañías agrícolas, sector energético—, que preferían que se normalizaran las relaciones, un fenómeno inusual en la política exterior de Estados Unidos. Las políticas crueles y vengativas de Washington casi han aislado el país y han dado lugar al desprecio por parte de todo el mundo hacia Estado Unidos, que ha caído en el ridículo. A Washington y sus acólitos les gusta simular que han estado «aislando» a Cuba, como entonó Obama, pero la historia muestra con claridad que ha sido Estados Unidos el que ha estado aislado; probablemente esa es la razón principal del cambio de rumbo parcial que acaba de producirse.

Por otra parte, la opinión de los estadounidenses también ha influido en el «paso histórico» de Obama, si bien la ciudadanía lleva mucho tiempo a favor de la normalización de las relaciones. Una encuesta de la CNN mostró en 2004 que solo una cuarta parte de los estadounidenses consideraba Cuba una amenaza seria para Estados Unidos, en comparación con los más de dos tercios partidarios de esas opción treinta años antes, cuando el presidente Reagan fue advertido de la grave amenaza para nuestras vidas que planteaban la virtual capital del mundo (Granada) y el ejército nicaragüense, a solo dos días de marcha de Tejas

[14]

. Con esos temores ya reducidos, quizá podemos relajar un poco nuestra vigilancia.

Entre los muchos debates que ha generado la decisión de Obama, un aspecto destacado es que los esfuerzos de Washington por llevar democracia y derechos humanos a los cubanos que sufren, manchados solo por las travesuras infantiles de la CIA, han sido un fracaso. Nuestros nobles objetivos no se han logrado, así que se impone un cambio de rumbo a regañadientes.

¿Las políticas fueron un fracaso? Eso depende de cuál fuera el objetivo. La respuesta está bastante clara en el registro documental. La amenaza cubana era la canción recurrente que recorrió la historia de la guerra fría. Cuando llegó Kennedy lo dejó claro: la preocupación principal era que Cuba podía ser un «virus que extendería el contagio». Como observa el historiador Thomas Paterson, «Cuba, como símbolo y realidad, desafió la hegemonía de Estados Unidos en Latinoamérica[15]».

La forma de tratar con un virus es matarlo y vacunar a las víctimas potenciales. Esa política sensata es justo lo que perseguía Washington, con mucho éxito. Cuba ha

sobrevivido, pero sin la capacidad de lograr su temido potencial. Mientras tanto, la región fue inoculada con brutales dictaduras militares, empezando con el golpe militar instigado por Kennedy que estableció un régimen de terror y tortura en Brasil poco después del asesinato de Kennedy. Los generales habían llevado a cabo una «rebelión democrática», según telegrafió el embajador Lincoln Gordon. La revolución fue «una gran victoria para el mundo libre» que impidió «la pérdida total para Occidente de todas las repúblicas sudamericanas» y debería «crear un clima muy favorable a las inversiones privadas». Esta revolución democrática fue «la victoria más decisiva de la libertad a mediados del siglo XX —sostuvo Gordon—, uno de los mayores puntos de inflexión en la historia del mundo» de aquel periodo, que eliminó lo que Washington veía como un clon de Castro[16].

Y lo mismo puede decirse de la guerra de Vietnam, también considerada un fracaso y una derrota. Vietnam en sí no tenía particular interés, pero, como reflejan los archivos, a Washington le preocupaba que el éxito de un movimiento independiente extendiera el contagio en la región. Vietnam fue prácticamente destruido; no iba a ser un modelo para nadie. Y la región quedó protegida mediante la instalación de dictaduras asesinas, igual que en Latinoamérica en los mismos años. No es raro que la política imperial siga una trayectoria similar en diferentes partes del mundo.

La guerra de Vietnam se describe como un fracaso, una derrota de Estados Unidos. En realidad, fue una victoria parcial. Estados Unidos no logró su objetivo máximo de convertir Vietnam en unas Filipinas, pero las preocupaciones principales se superaron, igual que en el caso de Cuba. Esos resultados, por lo tanto, cuentan como derrota, fracaso, decisiones terribles.

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