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CHAPTER 4: HYPOTHESES AND EMPIRICAL MODEL

4.3 Method of analysis and hypotheses testing

4.3.1 Ownership and PP conflicts

ñaña visiblemente deprimido. Mi paciente quiso in- dagar en lo que le sucedía a su compañero, pero sin desatender el funcionamiento del torno. La conver- sación le distrajo y el tornero acabó con la yema de uno de sus dedos enganchada. El resultado final fue que el compañero deprimido tuvo que ofrecer su ayuda en lugar de recibirla.

Durante la siguiente sesión terapéutica analiza- mos la escena relatada por mi paciente. Él recono- ció que habría podido resolver de forma óptima el conflicto si hubiese llegado a un acuerdo interior. Por ejemplo: acabar primero el trabajo tranquila- mente y después, durante el descanso, hablar con el compañero sobre el problema. De haberlo he- cho así, habría apartado provisionalmente la preo- cupación por el otro, lo cual le habría permitido concentrarse completamente en el trabajo para, posteriormente, concentrarse completamente en su compañero. Trabajo Trabajo Conflicto Acuerdo: •plan de rula- Compañero Compañero

En caso de conflicto no estamos por lo que hacemos, pensamos en

ambas cosas a la vez y actuamos sin decisión.

Gracias al acuerdo nos decidimos primero por una cosa, después

por la otra y las dos se hacen como es debido.

Por supuesto, en este caso tampoco evitamos el sa- crificio. Reducir un conflicto a una sucesión temporal implica «paralizar» durante horas, días o incluso me- ses una cuestión acuciante hasta que llegue el momen- to adecuado para ocuparse intensamente de ella. El acuerdo consistente en resolver una cosa tras otra se asemeja a un «plan de ruta» para ir de un tema a otro y así evitar el zigzagueo agotador. La persona que es ca- paz de trazar planes de ruta se puede considerar afor- tunada, porque no sólo le favorecerán en sus excursio- nes por montañas escarpadas donde lo principal es la constancia y la paciencia, sino también en las situacio- nes estresantes de la vida donde las empresas difíciles sólo se consiguen, precisamente, «paso a paso».

En el caso particular del sufrimiento de familia- res de alcohólicos, drogodependientes, desemplea- dos o delincuentes, esto se traduce en:

a) permanecer unidos^tal como hemos comenta- do), y

b) acordar (a ser posible, en grupo) qué proble- mas para el adicto deben ser tomados en considera- ción y cuales no; cuándo está preparado para recibir apoyo, cariño y dedicación y cuándo no; hasta dón- de se soportan entre lamentos sus excesos y a par- tir de dónde hay que mostrarse impasibles con él. Para ello no hay reglas universales, pero los acuer- dos interiores tomados en firme facilitan la comuni- cación con el adicto y, en cualquier caso, proporcio- nan una línea de actuación clara para todos.

100 LIBERTAD E IDENTIDAD V. Permanecer en la cima

El hombre es un ser cultural y lo sigue siendo en los «circuitos de prueba» en los que la vida lo ex- plota hasta la extenuación. El olfato para lo valioso, bello, misterioso o numinoso nunca le abandona por completo, tal como demuestra Viktor E. Frankl en sus estudios de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Por ello es importante y beneficioso mantener un nivel cultural mínimo pre- cisamente en las malas épocas. La cultura nos esti- mula, nos inspira, nos saca del tedio de la cotidiani- dad e impide que nos instalemos en la apatía y la rigidez mental. Quien lee un libro interesante, escu- cha su música preferida, aprende por placer un poe- ma de memoria, se hace un bonito vestido o visita una exposición, está alimentando su mente y abrién- dose a las pequeñas cosas que iluminan la vida. Pero cuando parece que este resplandor se extingue, las evitamos categóricamente. La mejor lectura y el concierto más imponente no parecen alegrarnos. La moda más elegante y la exposición más concurrida no nos llaman la atención. A pesar de ello, es reco- mendable no dejar que nuestro nivel cultural des-

cienda. La cultura no es un objeto de placer, sino la

expresión de nuestra condición humana y, por con- siguiente, un bien inalienable que debemos arrastrar hasta en las épocas de mayor penuria.

No nos dejemos llevar por la mentalidad del «to- do o nada». Que un miembro de la familia se haya

vuelto «loco» no es motivo para desatender la casa, descuidar nuestro peinado, no poner plantas en el balcón o no tararear una cancioncilla. Debemos pensar que al enfermo no le beneficia en nada la ruina de nuestra vida cultural, más bien le carga con un mayor descontento. Tampoco tenemos que aver- gonzarnos de una miseria que, como suele suceder en la problemática de las adicciones, nadie es capaz de atenuar para el enfermo. La existencia propia se asegura en el seno de una atmósfera de cuidados, manteniendo una serenidad digna y siendo cons- ciente de que, a pesar de las dificultades, todavía hay posibilidades de las que podemos disponer.

Cuando nos vemos obligados a presenciar incon- tables contrariedades sin poder hacer lo más míni- mo al respecto, no sólo nos limitamos a ser testigos de ellas, sino que también vemos lo que hay de sa- tisfactorio y edificante más allá de ellas. Puede es- tar escondido o ser inalcanzable con la mirada, igual que la cima de una montaña entre las nubes que só- lo se manifiesta cuando nos aproximamos a ella.

Una vez me explicaron la historia de un hombre con los pulmones totalmente destrozados por el cán- cer. Antes de morir, se pasó catorce meses en el hos- pital, totalmente consciente, conectado a un pulmón artificial. La esposa no se separó de su cama ni un solo día. Durante ese tiempo, ambos conversaban con el mismo fervor y cariño con que lo hacían an- tes. Diferenciemos en este impresionante ejemplo lo que significa «tener que ser testigo» y «poder ver

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más allá». Nadie podía ayudar a este enfermo de pulmón, ni siquiera las técnicas médicas más mo- dernas. Lo único que se podía hacer era «ser testigos» de cómo su hora le iba llegando poco a poco. Ésta es una cara de la verdad. Pero si «miramos más allá», descubriremos una segunda cara: un enfermo terminal y una persona querida que está a su lado, que no lo abandona, que se entrega a él día tras día. ¿Acaso este enfermo no era afortunado si lo comparamos con tantas personas en el mundo que respiran sin dificultad pero no tienen a nadie a su lado? Cada vez que miremos un poco más allá, nos sorprenderemos de todo lo que veremos, de la piedad que hay hasta en el más despiadado de los destinos.

Permítanme acabar con un magnífico consejo: practiquemos el arte de poder participar del júbilo de los demás. No es fácil, porque la envidia acecha en cada rincón de nuestro cerebro, pero quien domina este arte siempre encuentra un motivo para alegrarse.

Con demasiada frecuencia escucho de mis pa- cientes relatos de este tipo: una mujer que cursa es- tudios universitarios se entera de que su sobrina ya ha terminado la carrera y rompe a llorar desconso- ladamente. ¿Por qué? Porque a diferencia de la so- brina ella todavía no ha conseguido el título. Otra mujer se va a tomar las aguas y en el hotel del bal- neario se encuentra con señoras muy bien arregladas y elegantemente vestidas. Su reacción es verter por todas partes comentarios sarcásticos acerca de

semejante «desfile de disfraces ridículos». ¿Por qué? Porque ella no tiene ninguna prenda de calidad que po- nerse.

No es mi intención sobrevalorar un título univer- sitario, ni mucho menos la posesión de joyas o ropa de calidad. Como es sabido, todo esto es muy rela- tivo. Pero precisamente por eso deberíamos hacer un esfuerzo para no envidiar estas cosas a quien las disfruta y ser copartícipes de su alegría. Tampoco los padres de jóvenes drogadictos deberían alegrar- se del fracaso de los hijos de los demás, sino reunir la fuerza interior necesaria para congratularse de que haya infinidad de jóvenes que realmente tienen motivos para ser felices, porque de ahí, finalmente, se puede extraer la confianza en el «núcleo intacto» instalado en cada ser humano, incluidos los jóvenes drogadictos. De la misma manera, las mujeres de al- cohólicos deben alegrarse por los maridos sanos y estables de sus amigas, con la sabia convicción de que en el mundo nada se da por supuesto, y mucho menos la felicidad. La grandeza interior se demues- tra en la generosidad, y guardar la alegría para lo que proporciona precisamente alegría, ya sea a uno mis- mo o a los demás, es también una pequeña muestra de cultura. Cuando el alpinista llega a la cima no se pregunta a quién pertenece la montaña. Se limita a inspirar profundamente y alzar el rostro al cielo...

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Conclusión

Los familiares de personas con patologías adicti- vas pueden mantener intacta su salud mental. Para ello es necesario:

1. Ponerse en marcha con todo el amor y sin miedo.

2. No perder el sentido del humor. 3. Mantenerse unidos.

4. Resolver los conflictos de mutuo acuerdo. 5. Mantener cada uno su nivel cultural.

Estos cinco puntos son también el distintivo de una búsqueda lograda de la identidad, puesto que indican, nada más y nada menos, que una persona puede estar conforme con lo que es y no tener que dudar nunca de sí misma, incluso en las situaciones más estresantes. El amor y el humor nos hacen ser irrefrenablemente vitalistas. La cooperación y la ca- pacidad de decisión nos fortalecen cuando estamos limitados. El nivel cultural relata nuestra biografía...

Las personas que, por motivos familiares o pro- fesionales, mantienen una relación estrecha con adic- tos deben afianzar estos puntos en sus vidas, porque lo contrario de la dependencia no es, precisamente, la independencia (a la que nunca accedemos por completo a causa de nuestra predisposición enfer- miza), sino más bien la identidad, es decir, la fideli- dad a todo lo mejor de nosotros mismos.