3.5 Multiple imputation and MNAR models
3.5.0.4 Pattern-mixture imputation models
1. El mito de la felicidad como forma acelerada de vivir
La sociedad actual es la sociedad del interruptor, de las casas prefabricadas, de los cursos acelerados («aprenda inglés en 15 días»), de la comida inmediata. Hoy nos cuesta cada vez más adaptarnos al necesario ritmo de maduración de las cosas. En la sociedad de ahora está desapareciendo la espera. La gente cada vez está menos dispuesta a esperar. No se aguarda pacientemente el desenlace de cada edad de la vida. Se quiere todo «aquí y ahora» y además, con carácter de exigencia. Esa prisa por vivir se considera un valor y una situación que nos hace felices.
Se está ignorando que la forma acelerada de vivir es un serio obstáculo para la libertad interior del hombre, y, por tanto, para su felicidad. Arrastrado por esta compulsión irrefrenable de satisfacerse, el hombre pierde el dominio de sí, aquello que antes se denominaba aguantarse y aguantar, tanto el deseo de placer como las inevitables situaciones dolorosas de la vida. La espera es un componente fundamental de la vida humana. Existe la espera en el amor, en la adquisición de los diferentes saberes, en la realización de un trabajo, en la maduración de la personalidad, en el nacimiento de un hijo. La vida del hombre se desarrolla en diferentes y sucesivas etapas que son proyectadas y esperadas.
Saber esperar es saber vivir en el tiempo. Ello supone ser paciente. Necesitamos tiempo suficiente para salir de la infancia y de la adolescencia, para aprender una profesión u oficio, para enamorarnos, para descubrir y asimilar verdades, para llevar
a cabo un trabajo bien hecho. El labrador cuenta con el tiempo de espera de la cosecha; la madre cuenta con el tiempo de espera del hijo que va a nacer. La espera no es pasividad, sino disponibilidad activa hacia lo que se aproxima.
Necesitamos aprender a amar el tiempo: «Para el hombre paciente, el tiempo no es ningún enemigo, aunque a muchos les atemorice. Si lo dejamos transcurrir pacientemente, el tiempo nos trae siempre, pronto o tarde, tan solo cosas buenas. Hay que amar el tiempo con todas sus lentitudes, sus repentinas mudanzas, no atosigarlo, no envenenarlo, ni llorarlo, ni temerlo, ni quemarlo, ni matarlo. Vivir en el tiempo significa acoplarse al ritmo de Dios, que mueve el sol y las demás estrellas, y con ello, aprender a saborear la novedad y la frescura de cada instante huidizo»[1]. Saber vivir pacientemente en el tiempo implica desarrollar la capacidad de afrontar la aparente monotonía de esos días, meses y años en los que no ocurre nada especial. Ello exige aprender a aguantar situaciones nada gratificantes y aprender a superar desánimos y cansancios.
2. El «instantaneisno hedonista» en los adolescentes
El fenómeno de la prisa por vivir afecta actualmente más a los adolescentes y jóvenes que a los adultos; tienen una prisa exagerada por probarlo todo, por tener todo tipo de experiencias. Y exigen que sus caprichos sean satisfechos inmediatamente, porque creen que se trata de sus derechos.
«La velocidad excesiva en el manejo de un vehículo supone correr un riesgo absurdo, pero el riesgo es afirmación –no negación– y por eso tiene alguna nobleza. En cambio, la prisa es siempre negación; denota falta de confianza en la vida (por eso no se aceptan sus etapas y su duración). La prisa s nihilista. En la prisa se queman las etapas. Lo peor no es que se quemen las etapas en un viaje por carretera o avión, sino que se quemen las etapas de la vida misma»[2].
La prisa por vivir es, para muchos jóvenes de hoy, una fiebre. El ansia de vivir cuanto antes como adulto (con todas las ventajas y satisfacciones que permite esa etapa de la vida), origina en el joven una agitación similar a la de la fiebre. Tienen un ansia desmedida de independencia, de placer, de dinero, de cosas. Esto influye negativamente en su actitud hacia la familia, hacia la diversión, hacia el estudio y hacia el amor.
En el terreno del amor, los adolescentes se encuentran, a veces, con estímulos ambientales que les empujan a no esperar. Se les dice que el instinto debe ser liberado siempre y de forma total. Se les presenta la sexualidad como un juego, y el amor como una pasión. Se añade que cualquier restricción o aplazamiento de la conducta instintiva ocasionaría desequilibrio emocional e infelicidad. Estos mensajes les llegan a través de la literatura, del cine, de las canciones, de la televisión. No hay que extrañarse, por tanto, de que muchos de estos adolescentes reduzcan el amor a un erotismo prematuro.
El ansia de placer y de independencia desvinculada, lleva a muchos adolescentes a no aceptar ningún tipo de límite en el terreno de la diversión.
Los adolescentes con prisa por vivir plantean su vida como persecución continua de satisfacciones. Creen que encontrarán la felicidad en el goce de los placeres inmediatos. Muchos de ellos viven para el disfrute de lo instantáneo, de lo que ocurre en cada instante, de lo que dura solamente un instante. Al vivir para el goce de lo instantáneo, los jóvenes se instalan en lo efímero, en lo pasajero, impidiendo así que su vida sea una vida con historia y con argumento[3].
Los adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo están afectados por el «instantaneismo hedonista». Polaino ha explicado que este fenómeno consiste en reducir la temporalidad al mero instante fugitivo: al conceder importancia solo al instante presente, lo pasado está muerto y el futuro todavía no ha llegado a ser. Del
tiempo solo resta por eso el instante, un instante del cual se toma conciencia instantánea solo en la medida en que su presencia nos traiga un cierto placer. Instalados en el instantaneismo hedonista, los jóvenes no esperan nada del futuro. Como el futuro no existe, carece de sentido hacer cualquier tipo de proyecto. Tampoco tiene sentido para ellos aplazar la satisfacción de sus necesidades. Desde la voluptuosidad (complacencia en los deleites sensuales) desean que el tiempo se detenga y que el instante permanezca. Así el instante podrá ser más placentero[4]. Los adolescentes con prisa por vivir necesitan que alguien les ayude a adquirir la virtud de la paciencia. La paciencia es la actitud que nos permite soportar las molestias inevitables que nos causan los bienes que tardan en llegar. «La paciencia nos enseña a vivir entre cosas inacabadas, a soportar la demora de su culminación (...). Es también la virtud que regula el trato con las cosas que no dependen de nosotros, por consiguiente una virtud central en un mundo como el nuestro de creciente complejidad, es decir, en el que hay cada vez más cosas que no dependen de nosotros»[5].
Necesitamos tener paciencia con los acontecimientos que nos son contrarios (enfermedad, ruina económica, etc.); con uno mismo (no desalentarse ante los errores y defectos que se repiten); con los demás. La paciencia es una forma de solidaridad con los más débiles y con los más lentos, que son los nuevos marginados en una época demasiado feliz (Innerarity, D., 1994).
3. Adenda
El hombre del siglo XXI experimenta la necesidad de liberarse de los imperativos de la prisa para encontrar momentos de sosiego (quietud, tranquilidad serenidad). Son recursos y estrategias de la lentitud que nos defienden de la agobiante trepidación continua.
un momento suelto, entre una gestión y otra. Otros recursos: la conversación distendida, la lectura de un libro, un paseo por el campo, la pesca, oír buena música, el culto, el rito, la fiesta (un encuentro consigo mismo y con las personas queridas), el buen humor (un factor que relativiza la rigidez de la vida). 1. TORELLÓ, J. B.: Psicología abierta. Op. cit. p. 26. 2. LÓPEZ IBOR, J. J.: Rebeldes. Rialp, Madrid, 1960, p. 33. 3. Cfr.: CASTILLO, G.: La fiebre de la prisa por vivir. Jóvenes que no saben esperar. EUNSA. Pamplona, 1996. 4. Cfr. POLAINO, A.: Aburrimiento y soledad en los adolescentes. Op. cit. p. 34. 5. INNERARITY, D.: Las virtudes del tiempo. Revista Istmo, nº 214, México 1994, p. 66.