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B. Short Time Fourier Transform

5. SPEECH TRACKING USING DYNAMIC NOISE FILTRATION BY WAVELET

5.3. Performance Evaluation

Estábamos las dos sentadas en mi cama, Gabrielle detrás de mí, desenredándome el pelo. Me resultaba extraño que le gustara hacer eso, pero

al parecer así era. Lo hacía despacio y yo aguantaba sus tiernos cuidados, procurando que mi impaciencia innata no saliera a la superficie.

—¿Gabrielle? —¿Sí, mi señora?

—Estas historias que quieres escribir en pergaminos, ¿las cuentas también en voz alta? O sea... ¿eres bardo, Gabrielle? —le pregunté a la joven. Sus manos se detuvieron, y sentí que la había ofendido o que la había obligado a pararse a pensar.

—Nunca he recibido formación como bardo, mi señora —contestó, reanudando su anterior actividad.

—Pero... ¿cuentas historias? —insistí. —Sí, mi señora, las cuento.

Sonreí.

—Bien —contesté, doblando las piernas y colocando los codos sobre las rodillas—. Cuéntame una historia, Gabrielle. —Hubo un momento de silencio—. ¿Por favor? —añadí suavemente.

No lo veía, pero si Gabrielle era fiel a sí misma, ahora me estaría mirando con una sonrisa confusa. Cuando empezó a hablar, fue como si su voz perteneciera a otra persona. Había poder y carisma en esa voz y yo me había pasado la mayor parte de mi vida alentando a los soldados en el campo de batalla con poderosas arengas, de modo que reconocía una buena capacidad oratoria cuando la oía. Cerré los ojos y podría haber estado en una taberna, escuchando a un bardo ambulante, o incluso en un banquete, escuchando a Safo o a Eurípides.

—Había una vez un león grande y fuerte que reinaba en cierta jungla, protegiéndola de todos cuantos quisieran hacerle mal. Un día, el poderoso animal estaba cazando para cenar y un conejito marrón pegó un salto y cruzó corriendo ante el león. En cuanto el animalito vio a la inmensa bestia, no pudo seguir adelante. Su miedo lo dejó paralizado en el sitio. Hasta el pequeño conejito había oído hablar del Gran León. Era conocido como el rey de los animales y reinaba sobre todas las cosas de la jungla.

«El león se preguntó por qué el animalito no seguía corriendo. Era la primera vez que el león se daba cuenta de que podía dar miedo a otros. El caso es que el león lucía un ceño feroz la mayor parte del tiempo, debido al dolor constante que sufría. El dolor procedía de una gran espina que tenía clavada profundamente en la zarpa trasera. Llevaba allí muchas estaciones, pero por mucho que lo intentara, el animal no conseguía quitarse la espina. Por lo tanto, se había resignado a llevar una vida colmada por el recordatorio constante de una necedad que cometió cuando era un león mucho más joven.

«De modo que el animal se acercó al conejo, que seguía temblando asustado, sin poder correr. El león agitó la gran melena de un lado a otro, removió el suelo con las zarpas y hasta soltó un rugido que se oyó por toda la jungla. Sin arredrarse, el conejo siguió en su sitio.

«—Serás mi cena si no huyes —dijo el león, acercándose cojeando para sentarse delante del conejo.

«—Pero me atraparías de todas formas, majestad, así que, ¿de qué me serviría huir? —contestó el conejo.

«—¿Así que prefieres que te coma, sin defenderte siquiera?

«—Podría ofrecerte un trato, majestad —contestó el conejo rápidamente.

«El conejo no era un animal estúpido, pero era, efectivamente, uno de los más pequeños de la jungla. Su tamaño y su posición, en el mundo animal, le daban una desventaja constante. Sin embargo, había aprendido a usar su ingenio para sobrevivir.

«—¿Qué podrías ofrecerme, conejito, que no pueda arrebatarte sin más? —preguntó el león.

«—Amistad —contestó el animalito al instante—. Si me prometieras no comerme jamás, te ofrecería mi amistad a cambio.

«—¿Y de qué me puede servir esta amistad tuya? —preguntó el león, soltando una bocanada de aire caliente por encima del animalito.

«—Si fuera tu amigo, podría acabar con tu dolor quitándote la espina que tienes en la zarpa. Verás, mis dientes están hechos para tareas como ésa, mientras que los tuyos no.

«El león se lo pensó un momento. Tenía bastante hambre, pero esta cosita no iba a alimentarlo gran cosa. Sin embargo, llevaba tanto tiempo viviendo con la molesta espina que casi se había olvidado de lo que sería caminar sin el dolor constante. De modo que el gran rey asintió con su gran cabeza y se tumbó de lado, dejando que el animalito se acercara a él. El gran león observó mientras el conejito cumplía lo prometido y le quitaba la espina incrustada, agarrándola con sus fuertes dientes y tirando con todas sus fuerzas. Después, el gran animal se quedó sentado en silencio, asombrado por la confianza que mostraba el animal más pequeño.

Yo estaba muy quieta, con los ojos cerrados, inmersa en la historia que me estaba contando mi esclava. Sabía que Gabrielle no tenía la edad suficiente para conocer el período de mi vida en que me llamaban la Leona de Anfípolis, pero me parecía que la historia era una analogía de la vida que ella y yo llevábamos juntas. Tal vez estaba dándole demasiado mérito a mi pequeña esclava. Gabrielle sabía leer y siempre era posible que hubiera encontrado la referencia en un pergamino en algún momento. De repente, me di cuenta de que Gabrielle ya no me estaba cepillando el pelo, pero me pareció que la historia aún no había terminado. Tal vez pensaba que me había quedado dormida.

—¿Y qué pasó entonces? El león se lo comió, ¿a que sí? —pregunté, tan cínica como siempre.

—Oh, no, mi señora —se apresuró a responder Gabrielle—. El león se atuvo al acuerdo y dejó libre al conejito, sin llegar a comprender nunca cómo el animalito había conseguido atravesar la dura fachada exterior del león. Muchas estaciones después, cuando el león era viejo y frágil y estaba a punto de morirse de hambre porque ya no tenía fuerzas para cazar, volvió a encontrarse con el conejo.

«El conejo era más grande y más gordo, pero seguía siendo mucho más pequeño que el gran león. El gran animal alcanzó al lento y pequeño animal y supo que esta comida lo mantendría con vida hasta que pudiera encontrar algo más adecuado que comer. Justo cuando el león estaba a punto de devorar al animal más pequeño, el conejo levantó la mirada y suplicó.

«—Pero prometiste que nunca me comerías —rogó el conejo.

«El león hurgó en su memoria, que siempre había sido muy buena, y recordó al animalito que le había ofrecido su amistad en aquel día de verano tanto tiempo atrás. El león cumplió su palabra y dejó de nuevo al conejo en el suelo, no por obligación, sino por amistad.

«—Tienes razón, viejo amigo. Pero ahora debo despedirme, pues si no como, sin duda moriré esta noche.

«El conejo miró al león, que estaba tumbado de lado. Al gran animal se le notaban las costillas por debajo de la piel y el conejo sintió una profunda punzada de lástima por su viejo amigo.

«—He cambiado de idea. Creo que deberías comerme —afirmó el conejo tajantemente.

«—¿Por qué has cambiado de idea? —preguntó el león débilmente. «—Porque sin comida, morirás, y yo he tenido una vida larga y feliz gracias al día en que me dejaste libre —contestó el conejo.

«—Ahhh, pero yo también. En cuanto me quitaste la espina de la zarpa, me sentí diez estaciones más joven. Siento que he tenido dos vidas enteras — respondió el león.

«El conejo se dio cuenta de que así no iban a llegar a ninguna parte y se alejó brincando lo más deprisa que le permitieron sus viejos huesos. El otrora feroz león bajó la cabeza y suspiró. Se sentía asombrado de sí mismo, pues no le había costado soltar al conejo antes de llegar a comérselo. Realmente había empezado a ver al generoso conejito como a un amigo.

«Momentos después, el animalito regresó, brincando de emoción. «—Te he encontrado comida, amigo mío. Nada más pasar esa arboleda, hay un pequeño antílope. El pobrecillo es deforme, por lo que no puede caminar y sin duda sufrirá mucho antes de morir. Ha dicho que si acabas rápidamente con su agonía, se entregará a ti de buen grado para alimentarte. «El león cobró fuerzas suficientes para llegar hasta el animal penosamente tullido y el antílope dio su vida con valor por el rey. Más tarde,

cuando el conejo y el león saciado estaban sentados el uno junto al otro, el león le preguntó a su pequeño amigo por qué había estado dispuesto a renunciar a su vida, cuando hacía tantas estaciones que no se veían. El conejo miró a su gran compañero y contestó con sencillez.

«—Porque eres mi amigo —dijo el conejo.

Oí la última frase, pero no tuve fuerzas, yo, Xena la Conquistadora, para responder verbalmente a la historia. Me encontraba en un estado patético, con los ojos arrasados de lágrimas. No recordaba la última vez que había llorado, la última vez que algo me había conmovido hasta tal punto. Al principio, no estaba segura de que Gabrielle estuviera relatando una analogía para trazar un paralelismo con mi vida. Ahora, siento en lo que queda de mi corazón oscuro que me contó esta historia precisamente por ese motivo.

Bajé la cabeza y noté que las lágrimas que tenía en el borde de los ojos se derramaban y resbalaban por mis mejillas. Hace tanto tiempo. ¿Por qué no

he llorado así hasta ahora? ¿Qué tiene esta pequeña esclava que se mete en mi interior y se mofa de todas las barreras que con tanto cuidado he levantado en torno a mi corazón?

No soportaba mostrarle a Gabrielle esta debilidad suprema. En lugar de volverme para mirarla, alcancé la mano que tenía apoyada en la cama. La levanté y deposité un beso tierno en su palma y luego seguí sujetándola, en mi regazo. Un silencio largo, pero no demasiado incómodo, colmó el aire y, de repente, noté su mano en mi espalda, frotándomela suavemente, como para tranquilizarme. Cuántas cosas inexpresadas había entre nosotras. En mi caso, porque era incapaz, en el caso de Gabrielle, porque no se le permitía. Me pregunté si siempre sería así, y supe que si quería que fuera distinto, tendría que ser yo la que más se esforzara. Era yo sola quien tenía la libertad de entregar mi corazón a esta muchacha o simplemente mantenerla como esclava. Ambas posibilidades me daban miedo y sentía que tal vez no estaba capacitada para enfrentarme al desafío de ninguna de las dos. Me sequé las lágrimas de la cara y me volví hacia mi joven esclava.

—Tengo hambre, Gabrielle. ¿Tú tienes hambre?

El rostro de Gabrielle se inundó de alivio, y entonces caí en la cuenta de que podía haber pensado que mi silencio era indicación de mi rabia. Asintió rápidamente con la cabeza.

—Sí, mi señora. ¿Voy a ver a la cocinera y te traigo algo? —Gabrielle empezó a levantarse.

—No —dije riendo, al verla vestida tan sólo con una mis camisas blancas de seda. Me levanté, me quité la bata y me puse unos pantalones limpios y una camisa—. Ya bajo yo, tú ve a tu habitación y ponte una bata. Si tengo que mirarte desde el otro lado de la mesa vestida sólo con eso, jamás terminaré de cenar. No te entretengas por los pasillos, no quiero que mis soldados te vean vestida así. —Asentí, indicando la prenda que llevaba.

Mientras me calzaba las botas, ella miró la camisa que llevaba y advertí el color sonrosado que le teñía las mejillas y que le daba un aire absolutamente encantador.

—Sí, mi señora —la oí contestar con una leve sonrisa justo cuando salía de la habitación.

—Buenas noches, Señora Conquistadora.

—Delia, ¿qué Hades haces en las cocinas ahora? —contesté a la mujer de más edad. Estaba removiendo una olla de la que salía un olor divino.

—¿En qué otra cosa me puedo entretener? —respondió con tono práctico.

Me asomé por encima de su hombro y metí un dedo en la olla que estaba removiendo. Sabía a estofado de venado con una espesa salsa al vino. Cuando quise más, ella alargó la mano y, antes de que me diera cuenta, me dio un golpe en los nudillos con un cucharón.

—¡Ay! —exclamé, frotándome la mano.

Me hizo callar y me empujó para que me apartara, hasta que me quedé sentada en una banqueta alta. Siguió fulminándome con la mirada, y ahora que tenía la cabeza por encima de la mía, me sentía como una niña castigada al rincón.

—Todo esto es mío, que lo sepas —añadí débilmente, notando que se me empezaba a formar un puchero.

Ella se cruzó de brazos y me miró enarcando una ceja: maniobra que era mía, debo indicar.

—Cuando yo intente meter los dedos en tu olla... entonces podrás pegarme una torta.

Sonrió por fin y no pude evitar sonreír a mi vez.

—Eres peor que yo. —Me quedé sentada, meneando la cabeza al pensar en el doble sentido de sus palabras.

—Bueno, ¿la cena para ti y para tu Gabrielle? —preguntó, sabiendo por qué estaba allí.

—Sí, si eres tan amable —bromeé.

Su expresión, mi Gabrielle, me sonaba muy bien. Me pregunté cuántos más sabían ya lo que sentía por mi joven esclava.

Mientras Delia colocaba nuestra cena en una bandeja, me puse a fisgar por la cocina. Esta pequeña estancia era el dominio de Delia. Los demás cocineros sabían que no debían meterse en esta zona privada suya. Advertí que tenía una mesita con cosas para escribir en un rincón de la estancia. De repente, se me ocurrió un plan.

—Delia... necesito tu ayuda.

—¿Sí, Señora Conquistadora? —Se volvió hacia mí, frunciendo las cejas con expresión interrogante.

—Necesito que prepares una cosa, si puedes, esta noche. Quiero una mesa como ésta en las habitaciones de Gabrielle, además de pergaminos y útiles de escritura. Ya sabes —dije respondiendo a su expresión desconcertada—, tinta y plumas y esas cosas.

Se me quedó mirando largos instantes y entonces se volvió de nuevo a la bandeja que estaba llenando. Sin embargo, vi sus ojos antes de que me diera la espalda y me di cuenta de que por fin había hecho algo que ni siquiera Delia se esperaba. De repente, tuve necesidad de darle explicaciones.

—Sabe leer y escribir y cuenta muy buenas historias. Creo que le gustaría escribirlas.

—Cuida muy bien de esta joven, Xena —declaró Delia.

Qué raro se me hacía oír mi nombre. Nadie lo usaba nunca, pero de vez en cuando, el tono de Delia se hacía más suave, me miraba como podría hacerlo una madre y usaba mi nombre con cariño.

—Merece que alguien la cuide —contesté, dándole las gracias a la mujer mayor y haciéndole prometer que se ocuparía de que unos hombres instalaran los muebles necesarios esta noche. Cuando salí por la puerta principal de la cocina, podría haber jurado que oí a la mujer riendo por lo bajo.

A veces se tarda un solo instante en echar a perder lo bueno. Subí en silencio el último tramo de escalones de piedra que llevaban a mis aposentos y cuando doblé la esquina, los vi en el rellano de arriba. Gabrielle se había puesto una bata, pero un joven teniente de mi ejército la sujetaba con firmeza. La estaba manoseando y le aferraba el trasero con una mano. Esto bastó para que me empezara a bullir la sangre. Lo que hizo que me hirviera fue que Gabrielle estaba allí plantada dejando que se lo hiciera. Se agitaba un poco por la fuerza con que la apretaba, pero ni siquiera se debatía.

Estaban dando la espalda a las escaleras cuando llegué al rellano y dejé la bandeja sin hacer ruido en el último escalón. El terror de los ojos del hombre cuando lo agarré por la garganta no bastó en absoluto para saciarme. Eché el puño hacia atrás y le rompí la nariz con el primer golpe. La mesa con la que tropezó se inclinó y el jarrón que había en ella cayó por las escaleras con estrépito. El ruido no sólo trajo a los guardias a la carrera, sino también a Atrius. Más tarde me preguntaría qué estaba haciendo en este piso, pero no descubriría la verdad hasta mucho después.

Para cuando vi a Atrius al pie de las escaleras, me disponía a asestar el golpe final. Cuando lancé el puño y alcancé la mandíbula del joven, le solté el cuello de la túnica. Noté que se le rompía la mandíbula por el impacto y oí su grito segundos después. Lo tiré por las escaleras y Atrius y dos de los guardias de palacio lo atraparon. Tenía la cara ensangrentada y yo también tenía la mano cortada y llena de sangre.

—¡Apartadlo de mi vista antes de que le rompa las piernas! —bufé desde lo alto de las escaleras.

Respiraba agitadamente, pues la descarga de adrenalina seguía corriendo por mi interior. Me volví y me planté ante Gabrielle, concentrando ahora toda mi rabia sobre ella. Me temblaban los músculos por el esfuerzo de controlarme, pues intentaba refrenarme y no golpearla, pero no pude detener las palabras que solté como si fueran golpes.

—¿¡Es que no sabes defenderte!? —grité furiosa. Me di la vuelta, sin esperar respuesta, y entré en mis habitaciones, cerrando la puerta de golpe al pasar. Justo antes de que se cerrara la puerta, mi oído sobrenatural captó la tenue respuesta de Gabrielle.

—No —dijo suavemente.

Las lágrimas se derramaban de los ojos de la joven esclava apoyada en la pared mientras se dejaba resbalar por ella hasta quedar sentada en el escalón superior. Se abrazó las piernas contra el pecho, con aire de niña pequeña y asustada.

Atrius conocía a la Conquistadora, conocía su genio y sus berrinches, cuándo mantenerse apartado y cuándo interceder. Dejó al necio del teniente con los guardias para que llevaran al muchacho a la enfermería y luego subió despacio las escaleras para agacharse y hablar con la chica. Ésta le despertaba la curiosidad. Más que nada, se preguntaba qué era lo que tenía que había hechizado tanto a la Conquistadora. Durante más de veinte estaciones, había sido testigo de la peor conducta a la que podía rebajarse un ser humano. Ahora, últimamente, pensaba que estaba siendo testigo de la mejor. La Conquistadora había empezado a cambiar, pero desde hacía poco, desde que la muchacha estaba con ella, resultaba casi benévola.

—Pierde los estribos, pero luego siempre lo lamenta —le dijo Atrius a la pequeña esclava.

La muchacha se secó las lágrimas de la cara, pero no miró al capitán. —Tienes que desarrollar más callo para estar con ella, chica. Además, seguro que ahora está ahí dentro, intentando buscar una forma de conseguir

que vuelvas sin quedar como una idiota. Te apuesto lo que quieras a que ya se siente peor que tú por haberte gritado.

Gabrielle sonrió al oír eso. Por lo que había averiguado hasta ahora de su nueva ama, sabía que hacer daño a Gabrielle nunca parecía ser su intención. —Vamos... entra con la bandeja de comida y te lo aseguro, ella será la primera en hablar.

Atrius cogió la bandeja mientras la muchacha se levantaba y se la puso