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El sujeto afronta el mundo vestido de preconcepciones de la reali- dad, sin las cuales se vería rodeado por el caos. En particular, atribu- ye sentido a la vida de relación sobre la base de previsiones, expecta- tivas e intenciones: busca señales que indiquen la coincidencia entre los deseos y el estado de las cosas. En particular, desarrolla previsio- nes sobre el curso de las relaciones interpersonales.10

Nuestro interés consiste en comprender cómo, a partir de estas expectativas, el sujeto dota de intención el comportamiento de los demás y reacciona ante el y de qué manera esto contribuye a estabili- zar el trastorno de la personalidad. El sujeto, en el curso del tiempo, construye esquemas interpersonales, sobre la base de interacciones rea- les repetidas –y de sus disposiciones innatas– con las figuras de refe- rencia. Son representaciones de la interacción que describen la ima- gen de sí mismo, la imagen del otro y las relaciones que los vinculan. Un niño que, aterrorizado, busca la proximidad de la madre, y se tran- quiliza cuando la madre realiza algunos gestos codificados –tomarlo en brazos, hablarle con un tono de voz dulce, acariciarlo– sigue las fases de una breve historia: al principio siente miedo, busca la figura reconfortante; el primer final es que la figura se halla presente y él se calma; el segundo, que la figura está ausente y él aterrorizado. La his-

10. Una discusión interminable aflige al mundo científico a propósito de si los signifi- cados que el sujeto otorga nacen en su mente, en la relación con los demás, de su esta- do de ánimo o son, por decirlo como Gergen y Gergen (1988), el precipitado de la cul- tura. ¿El sujeto genera y modifica pensamientos o es un nudo hablante de una red que lo atraviesa? Parece que no hay tregua entre partidarios de una escuela y la otra; en el psicoanálisis el enfrentamiento se produce entre quienes creen que los pensamientos provienen de fantasías inconscientes innatas, los kleinianos particularmente, y los inter- subjetivistas, que defienden que la mente es un precipitado de experiencias repetidas aprendidas existentes en el seno de las relaciones con los semejantes (Mitchell, 1988; Stern, 1985). Los constructivistas kellianos, que sostienen que los constructos son per- sonales, idiosincrásicos, debaten con los construccionistas sociales, para quienes el indi- viduo habla solamente de temas generadas por su cultura buscando un medio en el que contratar el sentido con los demás. No tomamos parte activa en este debate, no sea que caigamos de un lado o del otro; seguimos en esto a Manuel Villegas (2000, p. 16): “todo ser humano mantiene a lo largo de su existencia una relación dialéctica entre su enti- dad personal, indivisa, y las representaciones sociales, compartidas”.

toria tiene vínculos rígidos, que el niño establece sin ser consciente: sólo algunas señales serán capaces de tranquilizarlo y aquella figura (o pocas otras) podrá emitirlas con éxito. La interacción sigue guiones en que un cierto número de escenas, emocionalmente relevantes, deben desarrollarse por parte del niño y de las figuras interactivas según secuencias preestablecidas. Se trata, en definitiva, de acciones guiadas por procedimientos (no por el pensamiento consciente) organizadas narrativamente, constituidos por una serie de escenas que representan estados del mundo deseados y desagradables que se siguen unos a otros. Los procesos, generalizados y codificados en la memoria implí- cita (y explícita, según Stern, 1985, a partir de los 3-4 años), se con- vierten en esquemas que prevén el curso de las relaciones respecto a las expectativas del sujeto: se forman así lo que Bowlby (1969) llama modelos operativos internos. En la vida adulta estos esquemas están sujetos a cambio, ampliación o reescritura. Diferentes versiones de los mismos episodios pueden codificarse en formatos diversos. Si un niño recibe un fuerte rechazo a sus demandas puede formarse la represen- tación de un adulto severo pero bueno que responde justamente a su mal comportamiento. Paralelamente, el adulto es malo e incapaz de proporcionar los cuidados adecuados requeridos por un niño bueno. La representación más amenazadora de las dos es la segunda: el niño se ve motivado a mantener una buena imagen de los adultos que cui- dan de él, simplemente porque le resultan de vital importancia Por lo tanto, es probable que la representación negativa de sí en relación a un adulto sea precisamente la mantenida consciente. La otra, que exis- te también y es imborrable, permanece inconsciente, disociada11

(Liotti, 1994; Peyton, Safran, 1998).

Varios autores describen los esquemas interpersonales en el adul- to; entre ellos recordamos a Young (1990), que los denomina esque- mas desadaptativos precoces; Horowitz (1987), que habla de mode- los de rol-relación, y Ryle (1995, 1997), que habla de procedimientos para los roles recíprocos. En el ámbito psicoanalítico, los conceptos de tema relacional conflictual central (Luborsky, Crits-Cristoph,

11. Para una discusión amplia y rigurosa de los procesos disociativos no pensamos poder añadir nada a lo dicho por Liotti. Remitimos el lector a sus escritos.

1990) y de relación de objeto (Fairbairn, 1952; Ogden, 1986; Modell, 1984) pueden ser reconducidos a la idea de esquema interpersonal. El núcleo de estos modelos es que el sujeto posee un conjunto de representaciones, procedimentales o episódicas, que incluyen al menos los siguientes elementos:

1) una representación de sí mismo que incluye: a) los estados in- ternos, emociones, pensamientos y estados del cuerpo; b) obje- tivos, planes y deseos y el contraste entre el estado del mundo actual y el deseado;

2) una representación del otro que incluye: a) la atribución de emociones y deseos; b) las disposiciones en relación al sujeto. A este núcleo, referido a las relaciones duales, se añaden; 3) una representación de la relación actual, del contexto en que se

desarrolla y de los roles recíprocos que se activan; 4) los esquemas de los esquemas (Horowitz, 1991).

A un nivel mayor de sofisticación, habitualmente poco valorado, pero indispensable porque no existe individuo que no se mueva entre varias de relaciones duales;

5) una representación de los grupos, de las reglas subyacentes y de la pertenencia a ellos;

6) valores e ideales, blindados en forma de historias fundadoras: parábolas religiosas, recuerdos familiares prototípicos en que figuras de referencia realizan acciones que diseñan una mito- logía, positiva o negativa. El sujeto contrasta la representación de sí actual y futura con estas historias. La elección de casarse puede estar regulada por el recuerdo de la escena de la madre que habla de la manera en que fue cortejada por su futuro marido y se enamoró de él. Una elección de trabajo se puede realizar a partir del modelo de un héroe que vence a los ene- migos con astucia.

Safran (1984; Safran, Segal, 1990), inspirado en el trabajo de Bowlby y Stern, formuló un concepto de fundamental utilidad clíni- ca: el ciclo cognitivo interpersonal. Lo define así: los procesos de construcción del individuo llevan a comportamientos típicos y comu-

nicaciones que elicitan en el otro respuestas previsibles. El sujeto tie- ne expectativas sobre la marcha de la relación y con este bagaje entra- rá en relación, esperando determinadas respuestas. Sus previsiones le llevarán a conductas, automáticos o conscientes, congruentes con los deseos. La interacción se guiará por estos deseos, expectativas y com- portamientos, aunque el sujeto no sea consciente de ello.

Imaginemos un paciente que espera ser rechazado por los demás. A causa de esta idea entrará humilde e huidizo en la relación. Los otros, con toda probabilidad, responderán a su estilo ignorándolo. La expectativa de ser digno de rechazo se confirma de esta manera por la respuesta que el sujeto ha provocado activamente con su inhibición.

Los ciclos disfuncionales se autoperpetúan de varias maneras: 1) el sujeto puede seleccionar otros que juegan un rol complementario a los asumidos por él mismo (si tiende a prestar cuidados a los demás, bus- cará personas necesitadas de ayuda), recibiendo respuestas que con- firmarán las suposiciones subyacentes (los otros tienen necesidad de ser cuidados por mí) e impidiéndole ejercitar aspectos de sí mismo que se hallan en la sombra, como necesidad de ayuda, fragilidad; 2) el sujeto anticipa las reacciones de los demás y reacciona en consecuen- cia en base a estas previsiones, elicitando precisamente las reacciones previstas; 3) el sujeto disocia algunos aspectos de sí. Éstos reaparecen en el comportamiento no verbal y promueven respuestas en el otro. A su vez, las respuestas refuerzan las convicciones (aunque inconscien- tes) que habían llevado a disociar los aspectos. Si, por ejemplo, el suje- to se siente injustamente víctima disocia la rabia, la cual aparecerá en las expresiones y en las conductas, elicitando una rabia imprevisible en los otros, que reforzará la creencia de ser víctima de ataques injus- tificados; 4) ante la espera de acontecimientos temidos, como el aban- dono, el sujeto activa defensas, como la congelación emocional, que elicitan en el otro la respuesta temida; el otro se distancia del sujeto frío e inexpresivo (Safran, Muran, 2000).

El concepto de disociación entre experiencia consciente y emocio- nal, preverbal, es fundamental para entender cómo actúan los ciclos interpersonales. La experiencia de las interacciones puede ser memo- rizada en varios códigos: emocional, inconsciente, en el que el sujeto

acumula reacciones automáticas en los encuentros con los demás, que provocan respuestas tan involuntarias como potentes. Podemos estar de buen humor sin saber porqué, alejarnos de un estímulo sin haber descubierto todavía qué nos da miedo. La reacción de sonrisa del niño pequeño al regresar la madre es un ejemplo de esta forma de expe- riencia. Los mismos acontecimientos pueden codificarse en la memo- ria episódica, en el código verbal, accesible a la conciencia. Podemos perfectamente saber que evitamos a una persona porque tenemos miedo de que nos haga daño o nos acercamos a alguien movidos por la atracción erótica. Los afectos pueden motivar al individuo sin aflo- rar en la conciencia, en la que aparecen en cambio representaciones de otro tipo. Un paciente límite explica con facilidad una experiencia de violencia sufrida con una expresión indiferente, fría, casi divertida. Pero en la expresión el clínico atento capta las señales del miedo inconsciente: una extraña tensión en la cara, los ojos que no sonríen de manera acorde a los labios (Liotti, 1994; Greenberg, Safran, 1987). Las teorías de la emoción afirman que los humanos están predis- puestos a reaccionar automáticamente y según recorridos predefini- dos ante los afectos expresados por los demás a través de expresiones faciales y posturas (Ekman, Friesen, 1975; Frijda, 1986). Por lo tan- to, afectos y pensamientos disociados, aunque no conscientes, se comunican a través del comportamiento expresivo emocional, y eli- citan en los demás respuestas automáticas. El afloramiento de una expresión rabiosa en la cara, el cuerpo, independientemente que el sujeto sea consciente o no, provoca en quien le está próximo una res- puesta automática de rabia o miedo; ante una expresión de miedo, reaccionamos asustándonos (¿hay algo amenazante en el ambiente?) u ofreciendo protección. La respuesta que el otro ofrece ante la expre- sión inicial (rabia frente a rabia, por ejemplo) confirma los presu- puestos subyacentes al comportamiento del sujeto y promueve res- puestas automáticas, inconscientes, que refuerzan el ciclo.

Andrea, de 21 años, que padece un trastorno de la personalidad por evitación, tiene una imagen de sí mismo como indigno; siente ser fuente de trastorno e incomodidad al entrar en contacto con los demás, en particular con varones adultos y con las chicas de su edad.

A causa de ello ha desarrollado un importante bloqueo social, no estudia, sus relaciones son inexistentes. El terapeuta, durante las sesiones individuales, percibe las mismas emociones que los padres habían descrito durante las sesiones familiares: irritación y juicio crí- tico hacia el paciente que parece un vago irresponsable. Los padres habitualmente manifestaban estas reacciones, reforzando la imagen de Andrea que se veía digno de rechazo. ¿Por qué Andrea no evoca respuestas de comprensión, de ánimo y confianza? Su expresión y la postura eran de rechazo: la cara indiferente, la mirada huidiza, trans- mitían inmediatamente una sensación de desprecio, de deseo activo de separarse de la relación. Andrea no era consciente de que las res- puestas críticas, distraídas o rechazantes de los demás eran evocadas precisamente por esta actitud emotivo-postural.

Partimos de la hipótesis de que existen ciclos interpersonales dis- funcionales típicos de los diversos trastornos de la personalidad que conducen las relaciones en direcciones preestablecidas, previsibles, en las que ambos participantes sienten afectos que refuerzan las cre- encias sobre la relación y las emociones negativas del otro. Las res- puestas contratransferenciales del terapeuta serán tanto más preesta- blecidas por la patología –y, por lo tanto, en igual medida, indepen- dientes de las variables personales del terapeuta– cuanto más grave sea la patología (véasetambién Clarkin, Yeomah, Kernberg, 1999). Un paranoide evocará en casi todos los terapeutas reacciones de miedo o rabia reactiva, un narcisista hará sentirse al terapeuta admirado, cri- ticado o desafiado. Los ciclos disfuncionales son, también tomados por sí solos, un potente factor de autoperpetuación de los trastornos.

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