sumas considerables para reactivar la máquina económica ale mana y para financiar la guerra y la preparación de la misma), se asiste a una acción del Estado sobre la distribución del be neficio total (7). Esto sólo es verdad en parte, porque dicha acción no es el fruto de una «voluntad intervencionista», sino de las necesidades económicas. De aquí resulta que el sistema fiscal alemán es, en conjunto, «neutro» y no tiende a propor cionar ventajas a ciertos capitalistas en perjuicio de otros. So bre este particular sólo diremos lo siguiente:
a) El sistema fiscal, por la presión que ejerce sobre los
salarios reales, tiende a aumentar el volumen del beneficio to tal (si se considera lógicamente que el total del producto so cial no apropiado por los salarios constituye el beneficio total).
b) El sistema fiscal tiende a reducir la parte del benefició
total de que el capital puede disponer d ire c ta m e n te . Esto pue
de entorpecer especialmente la acumulación del capital y el desarrollo de las fuerzas productivas —en la medida en que el Estado usa la parte de la que se apropia no para inversiones rentables, sino para gastos de consumo o incluso de destruc ción.
c) Los gastos a los que el Estado puede entregarse gracias a sus ingresos fiscales provocan una cierta redistribución del beneficio total entre los beneficiarios de esos gastos. En efec to, por este medio, la parte más pequeña del beneficio total va a los funcionarios; otra parte mucho más considerable va a los propietarios de los títulos estatales (capitalistas-rentistas). Se puede pensar indudablemente que entre los beneficiarios de los gastos públicos (entre aquellos a quienes se adjudica una parte del beneficio total gracias al mecanismo «sistema fiscal-gastos públicos») hay que poner también a los titulares de pedidos públicos. Esto es a la vez falso y verdadero. Es falso en el sentido de que los titulares de pedidos entregan, a cambio de las cantidades que el Estado les da, mercancías cuya valor equivale (o se considera que equivale) al dinero que reciben, si bien el Estado, en principio, no se emprobrece por los pedidos en cuestión, puesto que conserva para sí la
parte del beneficio que corresponde a estos pedidos, parte que se materializa no ya en dinero líquido sino en carreteras, aero puertos, cuarteles o cañones. Es verdad en el sentido de que los pedidos del Estado abren a sus titulares mercados suple mentarios y la posibilidad de obtener nuevos beneficios (8) so bre las ventas hechas al Estado.
En resumen, la redistribución del beneficio llevada a cabo por medio del sistema fiscal favorece (si se hace abstracción de la parte relativamente escasa que va a los funcionarios), por una parte, a la fracción del capital invertida en títulos estata les y, por otra, al mismo Estado que ve aumentar su «activo». Es cierto que la mayor parte de los bienes que de esta forma «enriquecen» al Estado tienen un escaso valor comercial y es tán destinados en su mayoría no a la satisfacción de las ne cesidades comunitarias, sino a ser puestos al servicio de las tendencias imperialistas propias del capital financiero. En este sentido es completamente cierto afirmar que la parte funda mental del beneficio apropiado por el Estado está destinada a aumentar el poder del capital financiero. La política fiscal de los nazis, dado el empleo hecho por el Estado de los ingresos fiscales y lejos de probar su carácter «anticapitalista» —como algunos querían hacerlo creer—, revela finalmente su entrega absoluta a la causa del imperialismo.
5.— Las -relaciones econ óm icas in tern a cio n a les
Por lo que respecta a las relacion es eco n ó m ica s in tern acio
nales, el Estado tuvo como misión esencial la de organizar los
cu a d ro s de una actividad que es sobre todo la actividad pro pia de los capitalista privados. El Estado actuó aquí para man tener la estabilidad exterior de la moneda y para fortalecer las bases de la economía de guerra, pero también y sobre todo, para ayudar a la realización de las tendencias del imperialis mo. El Estado intervino con el fin de ayudar a la exportación de productos fabricados, a la exportación de capitales y a la importación de materias primas. En todas estas medidas, el Estado se reveló como el auxiliar del gran capital. Dicha acti tud se puso principalmente de manifiesto en la negociación de los acuerdos comerciales, en donde el Estado se mostró dis
puesto a apoyar efectivamente con su fuerza militar las reivin dicaciones exteriores del capital monopolista y bancario.
Finalmente aparece que el tan exaltado poder del Estado bajo el régimen nazi tenía al capital financiero no ya en su oposición, sino en estrecha alianza con él. Fue la conjunción, por una parte, de la fuerza económica del capital monopolista y del capital bancario y, por otra, de la fuerza política, militar y policíaca del Estado la que proporcionó a este último todos sus medios de acción. Pero, como se deduce ya de lo que he mos dicho —e igualmente de lo que diremos a continuación—, esta conjunción sólo pudo realizarse por la subordinación de los intereses económicos y políticos de Alemania a los intere ses del capital financiero. Esta subordinación era más fácil de mantener en la medida en que aumentaba el poder de ese capi tal (a causa del endeudamiento creciente del Estado, del des arrollo de los Konzerns, de la concentración bancaria, etc.) como consecuencia, en definitiva, de la política nacional-socia- lista. Esta política estuvo enteramente dominada por las difi cultades encontradas por los productos frente a un mercado interior demasiado estrecho y frente a la eliminación progre siva de Alemania del mercado mundial. Hemos llegado aquí al punto crucial de la dinámica de la economía alemana, que es tudiaremos a continuación.
NOTAS AL CAPITULO TERCERO