• No results found

4.3 Model Generation

4.3.1 Room Surface Modelling

4.3.1.1 Plane Detection

Desde el siglo XII aumenta el número de escritos femeninos, el nú- mero de personas ricas que participan en la vida intelectual y espi- ritual, y el de mujeres que son dueñas, transmisoras de herencias,

Siguen sometidas a la hegemonía masculina, no solo en el terreno cultural, sino en todos los ámbitos sociales. Los testimonios sobre sus expe- riencias cotidianas tienen que seguir interpretán- dose a la luz de las idealizaciones y desprecios masculinos, su comportamiento sigue sujeto a las normas y controles sociales, pero es cierto que se beneficiaron de las posibilidades de una mayor movilidad social y de los cambios culturales y re- ligiosos aunque en este campo fueron frágiles y vulnerables, fuesen místicas o brujas.

La evolución del derecho en la BEM, sin en- trar en detalles según su estamento, abre ciertas tendencias. El derecho medieval pese a su inclina- ción por la enumeración de derechos comunes o probados en la práctica cotidiana y las reglas que de este se derivan, tienen un carácter más pres- criptivo que descriptivo, por ello expresan más un ideal, el deseo de los legisladores, que la realidad. Y respecto a ellas decir que no participan en la redacción de los códigos legales. La situación le- gal es desventajosa para ellas, no tienen derecho a la autodeterminación, pero en ese marco pudieron escapar o alterarlo. La situación legal de la mujer en BEM venía de una serie de normas indepen- dientes, derechos especiales y privilegios. El ori- gen regional y social era clave y en algunas, por ejemplo las judías, también su adscripción étnica y religiosa: las de las ciudades estaban sujetas a los derechos municipales codificados en los XII y XIII, excepto las religiosas por el derecho canóni- co. Las campesinas de Europa central dependían de los derechos gentilicios como el código de los sajones de 1260 o el espejo de los suabos en el sur. En las regiones mediterráneas el derecho romano, pero en el norte de Francia eran prescriptivas las

LA MUJER EN LA BAJA EDAD MEDIA

ficados. Debido a la movilidad los derechos se mezclaron y solaparon dando pie a situaciones confusas como en Francia que solo terminó con la Revolución de 1789-95 parcialmente de acuerdo con los principios de libertad e igualdad.

Las mujeres estaban sujetas a estos sistemas, pero en casi todos los códigos legales existían normas específicas concernientes al sexo feme- nino, por lo general normas que restringen sus derechos dentro o fuera de la familia. La expresión legal más llamativa de inferioridad de las mu- jeres fue la institución de la tutoría ejercida por el sexo masculino sobre ellas y presente en casi todos los sistemas legales, supone la merma de su capacidad legal. Los derechos gentilicios excluían a la mujer de todos los asuntos públicos. No podían acudir solas a un juicio sino dejarse repre- sentar por un hombre, su mentor, si eran solteras el padre y si casadas el marido, si fallecían estos el varón más próximo de la familia paterna. Y además de hacerse cargo de la representación judicial tenían disposición y disfrute de su patrimonio, de castigarla o matarla, decidir el matrimonio o venderlas. Esa tutoría basada en el sexo determinó un acceso limitado de la mujer a los cargos públicos, como señora feudal o reina, pese a que las hubo, así como una capacidad comercial limitada que empezó a desa- parecer a fines de la Edad Media en Europa central y occidental. Aquí las solteras recibieron derechos, los textos legales del siglo XIII conceden a solteras y viudas mayor libertad de decisión y actuación comercial res- pecto a las de derecho gentilicio. En derecho privado podían disponer de sus bienes y representar a sus hijos menores. Las casadas siguen sujetas al patronazgo marital a excepción de las que se dedicaban al comercio. A medida que la familia estricta adquiere papel predominante hacia fines E Media el estado civil de las mujeres, su relación con marido, ganó im- portancia en posición social y ámbito de actuación. Aunque en E Media nunca se puede desligar a los individuos de la familia amplia, incluso en la ciudad, gana terreno la nuclear y en ella la relación con el marido. En la BEM una de las manifestaciones más claras de la crisis fue la drástica reducción de la población, casi en un tercio, disminuyendo la fuerza de trabajo y la relación entre feudales y contribuyentes, época de revueltas campesinas y urbanas, y también de ruptura de la situación

marital, habrá más mujeres no casadas y aumenta la edad de matrimo- nio. Las ciudades tienen atracción especial para las mujeres solas, por la calidad de mercados de trabajo o lugar de retiro para viudas, centros de comercio e industria, y centros proclives a novedades religiosas-sociales. Su posición en la familia. La edad y el matrimonio no solo responden a la dinámica de los procesos económicos y demográficos, por ejemplo al hecho de que desde el siglo XIV cada vez más asalariados estuviesen en condiciones de formar familia, sino a ciertas estrategias familiares de concertación de alianzas en cada clase, quedando reflejados los valores religiosos y mentales -y sus modificaciones- . El empeño de la iglesia de ejercer influencia sobre el matrimonio y la moral, produjo una acepta- ción cada vez mayor de una relación monogámica indisoluble fundada en Dios y basada en representaciones y valores teológico-eclesiásticos. A partir del siglo XIII es lícito hablar de modelo matrimonial cristiano, un matrimonio de por vida basado en el consenso de ambos. Este mo- delo no solo desplaza la relación del vasallo respecto al señor, el matri- monio consensual subraya su capacidad frente a la tutoría feudal, sino que influyó en las relaciones entre sexos y generaciones. Para ellos un único matrimonio suponía la limitación del número de hijos legítimos, de herederos legítimos, y produjo una provocación y la disolución de la estructura jerárquica imperante. Antes respondían a conciertos entre grupos familiares.

La libre voluntad y capacidad de decisión en el ámbito matrimonial te- nía, pese a todo, pocas posibilidades de imponerse en una sociedad auto- ritaria y centrada en la familia. La importancia dada al matrimonio como medio de adquirir y mantener estructuras de poder y bienes impedía a los jóvenes influir en sus planes de boda trazados por los mayores en las clases altas. Pese a la doctrina de la iglesia del consenso entre cónyuges, los padres, amigos y parientes, se ocupan del futuro de hijas, sobrinas y nietas, y los chicos tampoco participan mucho más en los herederos. Solo las clases bajas urbanas o rurales tienen más libertad y resistencia frente a la tutoría paterna. Por tanto la libertad de elección del cónyuge no es un parámetro para medir el nivel de opresión y limitación femenina, sino un rasgo propio de la organización familiar en las capas altas, limitador para

ambos sexos. La opresión de la mujer por medio de la concertación de matrimonios reside más bien en la reducción de su existencia a la vida al lado de un hombre para atender sus intereses y necesidades, en el control de la sexualidad y del cuerpo femenino y en la deformación psíquica de la esposa a la que considera una extraña. Las mujeres trataron de influir en esta decisión, sea solicitando la anulación posterior eclesiástica, refu- giándose tras los muros del convento y el voto de castidad.

La costumbre de patrilocalidad que fue la norma de la nobleza y patri- ciado urbano, garantizaba a los jóvenes adultos varones ya prometidos un entorno psicosocial conocido; a ellas no, concertado el matrimonio, la novia, una niña 12-15, iba a residir con la familia paterna, a proteger la prenda de los intereses en un convento, o a la corte. Es posible que no fuera duro porque las madres consideraban que la forma de vida más ventajosa para su hija era el matrimonio y se debían ocupar de que se casasen. Así se legitimaba la costumbre de los matrimonios infantiles entre las clases altas y se reducían las posibilidades de imposición de su criterio. Si alcanzaba la mayoría de edad antes podían intervenir en la concertación del matrimonio, elegir entre varios como las viudas. Las jóvenes que deseaban escapar de la imposición tenían que huir como Clara de Asís y su hermana Agnes, fundadora del convento, refugián- dose con san Francisco y orden, sin escapar de la paliza de los varones de la familia. Los conflictos provocados por matrimonios no admitidos tuvieron que dirimirse apelando a los tribunales (no olvidemos que hasta Trento los celebrados sin consentimiento paterno se consideraban nulos y en Francia hasta la revolución), los que se casan sin consentimiento po- dían ser desheredados, aunque estos casos se refieren a jóvenes varones, prueba de que les afectaba negativamente también. Pero demuestra que las mujeres debían someterse a principios legales diferentes y que sus acciones se medían por un rasero distinto. Solo parecen tomar decisiones si son bodas por rapto, aunque esto se entiende como decisión masculina. Forzar, obligar, violentar la voluntad de la hija era lo normal.

Una vez casadas su vida era la siguiente. La doctrina del matrimonio defendida por la Iglesia no logró imponerse al reparto de poder sanciona- do por la sociedad. Esta decía que como la Iglesia estaba sujeta a Cristo

las mujeres a sus maridos en todo (Efesios, 5.31). Para la Iglesia un buen matrimonio era tal cuando en esa sociedad hombre-mujer aquel gober- naba y la mujer obedecía. Los esposos se destacaban por hacer uso de la violencia y ejercer un control mezquino sobre las prácticas religiosas de la mujer y su forma de vida. Algunos la repudiaban por rechazo o este- rilidad. Si las vemos a través de las actas del tribunal de oficio de París del siglo XIV y XV, en una instancia legal episcopal que se ocupaba st de asuntos de familia, la mayor parte de los litigios se referían al uso de la violencia en el matrimonio, indicio de que en los círculos no nobilia- rios reinaba el convencimiento de que los esposos podían hacer uso de un derecho ilimitado que les permitía educar y domesticar a las esposas. El hecho de que estos casos fueran denunciados ante un tribunal por las propias esposas o sus familiares en el siglo XIII, en ocasiones junto a la solicitud de separación o anulación, resulta sorprendente y prueba que las esposas no admitían voluntariamente el yugo del matrimonio como pre- conizaban teólogos y moralistas. Por otro lado, el hecho de que muchas casadas fueran llevadas a juicio por insultar y maltratar a sus maridos refuerza la idea de que las discrepancias matrimoniales podían deberse a veces al egoísmo de las esposas que trataban de imponer su criterio haciendo uso de la violencia. Pero esto no era usual, y los tribunales de oficio les recordaban que debían obediencia al marido algo que no solían respetar.

La realidad es que la posición de dominación del hombre en versión de la Iglesia y los laicos, representa solo una imagen ideal producida por la sociedad masculina. Pero esa ideología reprimía la vida cotidiana femenina y la endurecía hasta el punto de explicar asesinatos. Se castiga duramente a las que quisieron deshacerse del esposo con prácticas hechi- ceriles, veneno, o armas veladas, pero seguramente su vida le resultaba insostenible y no podían escapar a ese yugo. Por tanto, los maridos eran la primera instancia de control social de las mujeres aunque no la única. Los decretos canónicos que convierten al esposo en su mentor, subrayan su responsabilidad y los métodos que podía adoptar el señor para domi- narla. Y se expresa en el derecho de castigo aprobado por las autoridades eclesiásticas y laicas así como el privilegio de romper el matrimonio sin consecuencias.

Mientras la norma castigaba a las adúlteras, ellos no sufrían castigos si se relacionan con criadas, o iban a casas de mujeres, burdeles en todas las ciudades desde fines del siglo XIV, que servían para canalizar las necesi- dades sexuales de aprendices y artesanos solteros, excluyendo sacerdotes y judíos. Si iban los casados tenían que pagar una pequeña multa. Aunque el matrimonio era de acuerdo con la doctrina de la Iglesia el único lugar donde podía practicarse la sexualidad de forma legítima, la ética permitía al marido una libertad mayor. El fin del matrimonio era la procreación de herederos legítimos y por ello el cuerpo femenino debía ser controlado. Los deberes conyugales recaían sobre la esposa y uno de los rasgos de las casadas o casaderas era no tener control sobre su cuerpo y st en la nobleza donde se prestaba especial atención a la descendencia femenina y a su virtud. La mayoría de hijas de nobles y patricios a fines E Media pasaban los últimos años antes de la boda en un convento, las viudas casaderas vi- giladas por la familia y si trataba de escapar a la norma era un escándalo. Las de estratos más modestos disfrutaban de un control menor, pero la línea que separaba su deseo sexual y la prostitución era muy fina. En algunos tribunales episcopales normandos se llegó a acusar a algunas es- posas de lascivia extraconyugal por haber practicado la prostitución con connivencia de sus maridos. Solo los eclesiásticos más severos conside- raban otras relaciones prematrimoniales entre jóvenes campesinos como extramatrimoniales. Sin embargo los jóvenes se consideraban prometi- dos y sus contactos como preparación al matrimonio. Las formas de amor libre tuvieron que ceder a fines de la Edad Media por la moral burguesa, st por las mujeres siempre expuestas al embarazo extramatrimonial y, por ello, no deseado. En el siglo XVI se condenaba a las madres adúlteras o solteras a pena de muerte por ahogamiento. Pero a fines del medievo mu- chas mostraban especial interés por clérigos y sacerdotes, que se ganan su confianza a través de la confesión, y a veces estas les correspondían a pesar del control a que estaban expuestas, pese a que a veces se condenan a muerte -no a los maridos- por lo que las normas se aplican a ellas. En el caso de las nobles, o de las clases superiores su vida venía deter- minada por su posición y su poder económico. Un control casi ilimitado por los bienes muebles, dinero, joyas, objetos valor, vestidos de la dote y

ajuar, objetos de la casa o los producidos en ella, el control de la despensa digamos y cierta capacidad para comerciar. Algunas administraban sus patrimonios aunque en ocasiones se apoyaran en albaceas profesionales. Ahora bien, en cuanto a la intimidad conyugal deja mucho que desear su vida pues consistía en el uso común del dormitorio y ni siquiera de forma habitual. A veces viven separados durante años si era la voluntad del señor, y en pocas ocasiones los acompañan las mujeres a la corte o a las campañas. En general, la vida de casados por muerte de uno u otro no dura más de 10 ó 15 años de ahí que se justifique la consideración como unión temporal. El amor se considera resultado de la vida en común más que como fundamento del matrimonio. Y esos principios tenían validez para los de la burguesía urbana. Estos resultaban menos represivos que los nobles, la edad era más alta y aumentó a fines Edad Media, parece que disfrutan de más derechos legales y económicos que la noble, pero el mismo sometimiento al esposo. Pueden disponer de ingresos de la casa, controlan la economía doméstica, criados y riqueza de la familia. Mien- tras en la nobleza gana terreno la costumbre de la doble economía, casas o dependencias y despensas separadas, en las ciudades era común orien- tada a los intereses familiares gastándose cada maravedí con cuidado. En este sentido la presencia del esposo era más notable, a excepción de los padres comerciantes que debían viajar a menudo, pero solo los maridos las controlaban y no como a las nobles que lo hacían la fami- lia, parientes, damas, criados. Además la importancia económica de estas mujeres en el campo o el taller urbano era mayor debido a su participa- ción en el negocio familiar. Esto era fundamental en el taller de los maes- tros artesanos pues la mayoría trabajaba sin oficiales de modo que ellas y los hijos formaban parte de la unidad de producción, o de la venta. Por tanto se encargan de la casa, de los vestidos y alimentos, de otros trabajos como hilar y tejer para subsistir, preparación de alimentos o cerveza. Maternidad: pese a que era un factor importante de la vida femenina y la posición en la sociedad de la mujer, su profesión sería criar y edu- car hijos, a todo esto se le daba poca importancia, simplemente porque era un estado natural de la mujer e incluso la sociedad noble mundana creía que la mujer había sido creada exclusivamente por Dios para ese

menester. En consecuencia en las genealogías que proliferan desde el XII aparecen las que se han dedicado a la maternidad, un buen matrimonio incluía muchos hijos, una buena esposa lo era si tenía hijos, pese a que los canonistas insistían en considerar el matrimonio no consumado o sin descendencia como bendecido por Dios. De la existencia de hijos depen- día la herencia, los bienes familiares, y la relación de fuerzas en el ámbito político y la estabilidad de los grupos de poder. La ausencia de un herede- ro al trono era siempre causa de disputas, conflictos externos e internos, carestías y sufrimiento. Las mujeres estériles se remediaban, las buenas, con rezos, peregrinaciones, ofrendas, pero por métodos mágicos no san- cionados por la Iglesia. Suponen que algunas se reunían en fuentes para presentar ofrendas al hada que habitaba en las mismas, como se hacía en Borgoña aún en el siglo XVIII. O tocaban piedras erectas, símbolo fálico y de esperanza, como en el sur de Francia. Baños con hierbas, curas o tintes. No hemos de suponer que una gran prole era una carga, para los trabajos menores tenían criados, amas.

En las familias artesanas y campesinas, criadas y parientes, hermanos mayores, colaboran en la vigilancia y cuidado, las madres amamantan, lavan, etc., también simultaneando con las otras labores, con lo que los accidentes se multiplicaban. Desde los cuatro años se les obliga a trabajar en la casa o jardín, lo que es el ámbito de la mujer. Para las mujeres me- dievales los hijos servían para aliviarles trabajos y asegurarles la vejez, como inversión útil para ese momento. En cualquier caso, la unió afec- tiva parece mayor entre las clases bajas quizás por cercanía física. Pero no todas querían tener hijos, las hagiografías de los 3 últimos siglos de la Edad Media muestran un carácter anti maternal. La mística y visionaria Ángela da Foligno (1,309) agradece en sus escritos a Dios haberse lleva- do a su madre, esposo e hijos, puesto que así podrá dedicarse enteramente a servirle. La visionaria Umiltá (1,310) antes de ingresar en el convento fue madre y esposa, dejó a la familia sin remordimiento ni dolor para entregarse a esa vida. Y son más. Cuando no es por esa razón entraría- mos en la parte de la contracepción, caso de las prostitutas, o relaciones extramatrimoniales. En los textos de los confesores y teólogos se habla de ello y los métodos, drogas abortivas, tinturas, esterilizantes, y mági-

Related documents