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3. Development of the evaluation model

3.8 Planned experiment in Finland

No es de extrañar que la pregunta crucial entre los intelectuales lati- noamericanos sea la de la identidad. Vale recordar que, principalmente desde la Segunda Guerra Mundial hasta el fin de los años ’70, estábamos ocupados con el cambio social y con el problema del poder y no con la cuestión de identidad. Ahora, en cambio, como ocurrió al terminar el s.

xix, cabalgamos otra vez en busca de la identidad.

Tal vez este problema sea frecuentemente mal enfocado por lo menos entre los latinoamericanos, puesto que no se trata de algo históricamente creado y modificado, pero sí ontológicamente original –de cierta manera preexistente– algo que yace escondido en algún lugar y puede ser descu- bierto o desenterrado, asumido y mostrado. Pero ese mal entendido no es accidental en absoluto, ni simplemente erróneo. Nosotros, los latinoa- mericanos, no sabemos todavía cómo lidiar exactamente con el simple hecho de que estamos a punto de conmemorar el exacto momento en que la historia fue quebrada en dos partes, y que tampoco aprendemos cómo reconciliar o restaurar lo hecho por una sola y única historia. Parece que la primera parte de esa historia rota, que no está muerta en absoluto, tam- bién nos pide admitirla como nuestra real y original identidad que estaos obligados a recuperar y asumir.

¿Por qué esto? Sugiero que se trata de uno de los más claros productos del colonialismo del actual poder mundial. En otras palabras, se refiere a la cuestión no resuelta del estatuto desigual de europeos y no-europeos, o sea color y cultura en nuestra sociedad actual. Esa desigualdad, ahora más que nunca, es invisible en el estado actual de concentración de recursos y poder mundial, básicamente bajo el control de la misma minoría que ejercieran los colonizadores americanos. Esto se relaciona con la manera en que se estableció el aún dominante paradigma europeo y eurocéntrico de la modernidad y la racionalidad.

La identidad es un fenómeno de relación y una categoría y no sólo una cualidad de ciertas personas, grupos o sociedades. El poder se coloca ge- neralmente en el centro de esas relaciones. Para los latinoamericanos de hoy, es el tipo de relación de poder que comenzó hace quinientos años y se encuentra aún sin haber sido cancelada.

A lo largo del s. xx, desde 1910 hasta una década atrás, creímos que

podríamos cambiar tal estructura de poder, tanto dentro de nuestra propia sociedad como en el orden internacional. Luchamos por ello y, por lo menos parcialmente, ganamos, pues es verdad que el poder imperialista y oligárquico, como fue llamado en el debate latinoamericano, hoy es historia. La servidumbre oscurantista y/o frívola de la cultura “criolla/

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oligárquica” ya no es tan dominante. En este momento, por lo menos, no hay ningún dictador sangriento de ese origen. La larga lucha para cambiar las estructuras coloniales, oligárquicas o imperialistas de nuestra socie- dad latinoamericana explica por qué no estamos demasiado preocupados, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, por la cuestión de la identidad. Sabíamos, o por lo menos creíamos, que estábamos cambiando exactamente las bases históricas que producían el laberinto de nuestra identidad.

Fuimos derrotados –tal vez por un tiempo no muy corto– en nuestros objetivos principales, o sea, en lo que se refiere a la extinción final del colonialismo, a la legitimación de las diferencias y al uso de ellas; si no para la conquista de una sociedad igual y solidaria, al menos como base de inequidades políticas y sociales. Las inequidades sociales basadas en diferencias coloniales son más agudas y visibles de lo que fueron en pe- riodos anteriores. Para los pocos que dominan, ésta es una época de re- legitimación y uso de esas diferencias, en función del poder. En algunos países como el mío, es tiempo de mantener el poder para practicar una economía casi exclusivamente de pillaje contra la amplia mayoría pobre. Cuando esto ocurre, no accidentalmente, la mayoría de la clase dominan- te es de ascendencia no europea o no sólo europea.

La derrota del proyecto de una sociedad democrática que pudiese ex- presarse en un Estado democrático, con relación democrática entre sí, no sólo nos impidió concluir el proceso de desmantelamiento del poder co- lonialista y de reorganizar nuestra sociedad, sino que también bloqueó el camino hacia la reunificación de nuestra historia rota, desde el momento en que sólo con la redemocratización de esa sociedad y con la extinción del colonialismo del poder sería posible superar o cancelar el carácter de dependencia de esa historia y su percepción de esa historia quebrada. Junto a la cuestión irresuelta del espacio histórico, esa derrota del proceso de democratización de la sociedad y la reproducción del carácter depen- diente de nuestro patrimonio histórico de existencia social y de cambio, ayuda a explicar la renovación de nuestra búsqueda de identidad que, por razones obvias, es más intensa entre los intelectuales de clase media.

Después de tantos años de debates tan confusos sobre dependencia, par- ticularmente en Estados Unidos, tengo conciencia de que mi referencia a esa cuestión sólo acarreará nuevos elementos a la confusión. Por eso intentaré explicarme mejor. En este debate pueden reconocerse tres abor- dajes distintos:

“Dependencia externa”. Significa el dominio de una Nación-Estado por otra, venida de “afuera”, o sea, de las fronteras o divisiones jurídicas o políticas de la Nación o Estado dominado. Esto puede no ser totalmente

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falso, pero de cierta manera es un abordaje mistificador particularmente

vis-à-vis de los países latinoamericanos, donde la idea europea de Na-

ción-Estado mistificada –como está y siempre lo estuvo– teórica e histó- ricamente en un callejón sin salida. Con todo, para muchos, esta es más o menos la imagen que se encuentra detrás de la idea de “imperialismo”.

“Dependencia estructural”. En este segundo abordaje, la idea más fre- cuente es la de que el dominio internacional no se organiza sólo fuera de las fronteras de las Naciones-Estado, sino también dentro, como un “do- minio externo-interno”, ya que el capital funciona precisamente de esa manera: explota a los trabajadores dentro de las fronteras de su nación, pero con mecanismos de control y controladores de fuera de las fronte- ras, en beneficio de sociedades o naciones-estados externas. Este segundo abordaje es mucho más realista que el de la “dependencia externa”. No obstante, el hecho de que para muchos ésta puede no ser efectivamente necesaria, desde el momento en que no se diferencia de forma clara del concepto de imperialismo, se puede decir que tal conclusión es errónea, pues este abordaje especifica no solamente el significado del concepto de “imperialismo”, sino también la relación de “clase nacional” (o casi “na- cional”). Va más allá de los temas estrictamente económicos implícitos en la cuestión del imperialismo, posicionándose para examinar toda la estructura de poder de la sociedad.

Sin embargo, hay un elemento no abordado por las ideas antes men- cionadas, que es básico para entender las especificidades del proceso la- tinoamericano. Me refiero al hecho de que, con la conquista europea, el patrón histórico europeo para organizar y cambiar la existencia social fue superpuesto al patrón aborigen parcialmente destruido y desarticulado. En el comienzo, por lo tanto, hubo dualidad de patrones históricos que comenzaron a mezclarse, dando lugar a un hibridismo en los dos siglos si- guientes. Como patrón histórico híbrido, a partir de entonces, en los siglos

xvii y xviii, no podía ya considerarse europeo. Esa oportuna evolución de

un nuevo patrón histórico para organizar y cambiar una existencia social específica, de constitución de una entidad e identidad, es exactamente a lo que me refiero. El proceso de liberación de ese nuevo patrón históri- co de superposición de lo europeo sobre lo aborigen no está totalmente consumado pues en su totalidad –aún en un patrón histórico dependiente dentro de la estructura de poder que comenzó con la conquista– también se manifiesta en el colonialismo del poder mundial y/o interno de las so- ciedades latinoamericanas. Por consiguiente, esa dependencia histórica y

estructural como fue llamada a partir de un artículo mío2, es un concepto

2 “Notas sobre el concepto de marginalidad social en América Latina”, Santiago de Chi- le: CEPAL, 1966.

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necesario, claramente diferente de los anteriores. Esto es lo que vengo intentando debatir desde mediados de los años ’60.

Como se puede ver ahora, esa dependencia histórica y estructural se encuentra en el centro de la cuestión de la identidad, en el sentido de identidad histórica. Sólo puede resolverse a través del proceso de desco- lonización del poder tanto a escala mundial como latinoamericana.

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