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El sol se había escondido hacía rato más allá de la calle de la Oca, y las farolas ya lucían en todo su esplendor. Lorenzo caminaba desde su casa a paso muy rápido, alargando todo lo que podía la zancada, iluminado por la luz de los escaparates. El mendigo educado e impoluto era todo decisión. Su cabeza no pensaba en otra cosa que echar de una vez por todas al Polizón que, cuando le venía en gana, ocupaba la boca de entrada de su estación de metro. Con las prisas había olvidado tomar la cazadora, y aunque hacía un poco de frío, Lorenzo no lo notaba. En cambio, sí que había recordado guardar en su bolsillo una navaja de Albacete que cierta vez le trajo su yerno como recuerdo de una visita que hizo a la gran capital manchega. No, no, no vayan a pensar que Lorenzo tenía intención de usarla; era solo para disuadir, o incluso defenderse si al mendigo atemporal le daba por revolverse, esta vez, no con la palabra, sino a través de la fuerza bruta.

Allí estaba, más que sentado, casi tumbado sobre las escaleras de piedra que descienden de la calle a las puertas de cristal que dan al pasillo, sin ninguna compostura, sin ningún interés, lamido y sobado de perros tan pordioseros como él, y acompañado de la sempiterna presencia de la carretilla de llanta desnuda, cobijando como un camastro móvil al mismo perro yacente que horas antes, cuando la discusión, no había sido capaz de huir, tal vez, debido a su dolencia.

Lorenzo no dio lugar a nuevos cruces de palabras y razones, campo este de la dialéctica donde, como ya había comprobado, tenía todas las de perder frente al Polizón. Por eso, como no se le ocurría nada mejor, metió su mano en el bolsillo y asió fuertemente la cacha de la navaja. Convencido de que el asta de toro le otorgaría seguridad y bravura, descendió algunos escalones, dio una patada a los pies del mendigo Polizón y se puso a gritar como un poseso.

Ya está, se acabó, lárgate con viento fresco de una puta vez... tú y tus chuchos; ¡¡¡fuera!!! ¡¡¡Ahora!!!

Los pobres perros, igual de pobres que su compañero, el Polizón, y decimos compañero, porque jamás se tuvo por amo, volvieron a huir lanzando gruñidos de queja y miedo igual que aquella misma mañana,

cuando se produjo el primer cruce de palabras afiladas entre ambos. El pordiosero atemporal se levantó con cara de pocos amigos, cosa que fue interpretada por Lorenzo como la señal requerida para sacar a su amiga albaceteña de paseo. Así lo hizo. La extrajo, no sin cierta dificultad, pues se enganchaba en el forro del bolsillo, y una vez fuera, mientras amenazaba a su enemigo y competidor, se dio cuenta de que no la había abierto, así que, se apresuró a tirar de la hoja para abrirla. Como la navaja era nueva y llevaba tanto tiempo guardada en un cajón, la grasa que lubricara la bisagra debía estar completamente seca, así que, Lorenzo se esforzaba tirando de la hoja y el Polizón miraba extrañado, sin saber contra qué estaba luchado aquel falso mendigo. Sin embargo, cuando la hoja cedió y procedió a abrirse, cuando sonó el “clic” del pestillo que bloqueaba el filo sobre la empuñadura, cuando la navaja, por fin, abierta e íntegra, brillaba inoxidable y amenazante, reflejando la luz azul de los focos que iluminaban el cartel que decía METRO OPAÑEL, el mendigo sin patria ni tiempo comprendió que Lorenzo iba en serio en aquello de echarlo de allí, y también que estaba loco, y solo los locos pueden ir en serio cuando amenazan con una navaja que no son capaces de abrir a la primera, y necesariamente el tal Lorenzo tenía que ir en serio porque no le importaba el hecho de que aquella navaja podía ser tan peligrosa para sí mismo como para sus posibles víctimas.

¡Pero qué demonios estás haciendo!, ¡guarda esa cheira, que te vas a lastimar! ¡¡¡A ti sí que te voy a lastimar como no te largues!!!; no lo voy a repetir más, ¡¡¡fuera!!! ¡¡¡No!!, no voy a marcharme, no me asustas con eso. Sin embargo, el mendigo Polizón en contra de sus palabras, a pesar de su apariencia inamovible, sí pensaba que largarse era la opción más razonable en tanto en cuanto estaba muy asustado, y el de enfrente, como una regadera; Lorenzo tenía a la muerte nublándole los ojos, y estaba claro que no iba a parar, así que, tras negar su marcha, el Polizón emprendió la huida por el lado de la escalera más alejado de la navaja, y Lorenzo, dispuesto a que nada quedase a medias y a terminar definitivamente con la amenaza periódica del mendigo atemporal de los perros y la carretilla, salió en su persecución. El pordiosero sin tiempo, a pesar de su indefinición, a todas luces era más joven que Lorenzo, pero estaba mucho más delgado y peor alimentado, víctima de los rigores insanos de dormir en el santo suelo con la dureza y la humedad de cualquier época por compañeras, que para esos aspectos da lo mismo que la humedad sea de Berlín o de Santiago de

Compostela, que la dureza sea de La Meca o de Córdoba, del siglo XVI o de hoy en día; tal vez, por eso, y aunque le sacaba unos cuantos metros, Lorenzo parecía correr de manera más ágil que su posible víctima.

Entraron, el uno tras del otro, en una zona de oscuridad, como si las farolas de las paredes se hubieran puesto de acuerdo para fundirse a la vez. Sin embargo, Lorenzo era capaz de adivinar que el Polizón corría delante de él, pues anudado al cuello llevaba un pañuelo que, en tiempos, fue blanco, pero que a pesar de su mugre aún reflejaba suficiente luz como para engañar a las tinieblas y dar un norte al perseguidor; de hecho, Lorenzo pudo ver cómo giraba a la izquierda y se metía en una especie de callejón que a él no le sonaba. Tal cosa era extraña; es cierto que el pobre limpio y educado conocía muy bien el barrio donde siempre había vivido, y sin embargo, no recordaba aquel sitio; puede ser que en el fragor de la carrera y con la obsesión de atrapar y dar la lección postrera a aquella alimaña, se hubiera desorientado un poco, pero, independientemente de no saber de forma precisa el lugar donde se encontraba dicho callejón, lo que pedía a dios con todas sus fuerzas es que fuera un callejón sin salida, como los que salen en las películas de policías que dan por la tele.

Y sí. Era un callejón sin salida; dios o quien fuera había escuchado las plegarias del falso mendigo. Sin embargo, el Polizón no estaba. Su pañuelo, el que lo delataba entre las sombras y en otros tiempos fue blanco, yacía sobre el suelo y aún mantenía el nudo que lo ceñía al cuello del huido, pero este se había esfumado, volatilizado, desintegrado. ¿Por dónde?, se preguntaba Lorenzo, mirando a diestro y siniestro buscando un escondrijo camuflado o una inexistente o bien oculta escapatoria. Nada de esto halló.

Viajando hacia otra dimensión o a otra época donde aceptasen mendigos homologados, el Polizón había desaparecido gracias a la acción punitiva de Lorenzo, así que, feliz por su arrojo el falso pobre caminó de vuelta a la estación de Opañel. La luz de las farolas había retornado, y aprovechando esta circunstancia, Lorenzo decidió volver al callejón para, ahora con más claridad, buscar la sombra o el agujero que había servido al Polizón de escondite o puerta de huida, y que antes las tinieblas le habían negado. Pero ahora era precisamente la luz la que le confundía y ocultaba el callejón. ¿Dónde estaba?, ¿dónde quedaba exactamente la entrada de la calle sin salida?, tampoco había corrido tanto rato tras el mendigo de los perros, ni

habían callejeado ni saltado tapias. Había sido una persecución casi totalmente en línea recta, ¿por qué se torcían las cosas ahora?

Anduvo por la acera calle arriba calle abajo varias veces, buscando el maldito callejón, mas no lo encontró, y no lo encontró porque no lo había, al menos y de seguro no lo había en aquellos momentos, en aquel tiempo y con aquella iluminación; tal vez, en penumbra sería otra cosa y las sombras abrirían espacios concretos que la luz se empeñaba en rechazar, y el callejón debía ser un lugar de esos que ahora no estaba y en el cual él había estado; aún aferraba el pañuelo del Polizón en sus manos. Pero… reflexionaba Lorenzo, si la penumbra volvía, tal vez, el callejón y el mendigo, al que la luz se había llevado, aparecerían de nuevo, así como reaparecerían también sus problemas con la propiedad de la estación de metro de Opañel, y él no estaba dispuesto a comenzar otra vez aquella historia; la estación era suya, había peleado por ella y no, ya no, iba a compartirla con nadie.

Es de ley reconocer que hasta ahora había sido un descuidado; el pordiosero Polizón tenía razón en muchas cosas de las que le había escupido a la cara, y una de ellas es que se marchaba a su casa a comer, a dormir, a asearse, ¡y claro!, dejaba desatendida y al acecho de miles de buitres su estación, ¡cualquiera podía quitársela!, aquel era un sitio tranquilo, pero bueno, de propinas seguras y gente de confianza... lo que debía hacer es quedarse en su sitio, como un soldado; ¡eso era!, como un soldado que defiende una plaza, como el soldado que acaba de ser navaja en mano. Y para defender una plaza, las fuerzas de choque no se trasladan a la retaguardia, sino a la vanguardia, y ahí es donde debía situarse, ¡nada de la escalerita del interior!, justo antes del vestíbulo, sino en la escalera de granito que da a la calle, ¡así nadie podría quitarle clientela y ganancias situándose precisamente ahí! Aunque le diera por volver al mendigo Polizón, encontraría ocupado el sitio, y tendría que ir a buscar otro lugar, al metro de Oporto, tal vez, o a Carabanchel, pero lejos, lejos de su estación. De su estación.

Lorenzo descendió las escaleras de la boca del metro, y en el primer descansillo encontró la carretilla sin neumático, con el perrillo yacente arropado en una manta plagada de pulgas y miserias. Ya había guardado la navaja en el bolsillo, y no sabía por qué, pero aún conservaba en sus manos el pañuelo del pordiosero huido. Lo depositó sobre la carretilla y tomó al perro en sus manos. Era ligero como la espuma de afeitar y miraba con ojos

dulces, tristes. Gemía ligeramente, pero se notaba que confiaba en aquel que lo sostenía. ¿Acaso tenía otro remedio el animal? Lorenzo se enterneció, como hacía años que no lo hacía, como tal vez jamás en la vida se había enternecido, y la sensación le proporcionó tanto placer que abrazó al perrillo y le dijo: Querido amigo, si voy a pasar la noche aquí, bueno será tener un compañero para no estar tan solo; así nos daremos calor mutuamente.

El perrillo enfermo le lamió la cara, Lorenzo se dejó querer porque aquellas humedades le estimularon el ánimo, y riendo, procedió a taparse con la manta que cubría en la carretilla al perrito enfermo y, como almohada de sus nuevas circunstancias puso bajo su cabeza el grueso pañuelo del Polizón que, en el pasado, en otros tiempos tal vez mejores, llegó a ser blanco como la cal de la pared.

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