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Policy Recommendations for Decision Makers

5 Conclusions and Recommendations

5.2 Policy Recommendations for Decision Makers

E

l viaje, tan caro a la hodopórica, es inseparable del desarro- llo de la cultura. Resulta fundamental para sobrevivir, y de allí provienen los relatos orales fundacionales e iniciáticos con hé- roes para convertirse en líderes luego de atravesar pruebas. Los rela-

1 “El motivo es una situación típica que se repite”, señala Juan Villegas (Villegas, Juan, 1978, La estructura mítica del héroe, Barcelona, Planeta, p. 59); no pertenece necesaria- mente a una estructura y está libre de asociaciones míticas o mitológicas. Mientras el tema se relaciona con lo general, lo más amplio, de unidad mayor, se refiere a caracteres y puede integrarse por varios motivos, que consisten en la unidad menor, se relacionan con lo particular y se refieren a situaciones. “La identificación de un tema sólo es po- sible descomponiéndolo en sus componentes esenciales (motivos)” (Weisstein, Ulrich, 1975, Introducción a la literatura comparada, Barcelona, Planeta, p. 280). El tema, según define Claudio Guillén (Guillén, Claudio, 2005, Entre lo uno y lo diverso. Introducción a la Literatura Comparada (Ayer y hoy), Barcelona, Tusquets, p. 230), “es un elemento que estructura sensiblemente la obra; es el tratamiento de un mismo asunto o de una misma figura, considerados globalmente, como trazar el itinerario de un mito tradicional.” Es aquello con lo cual o desde lo cual se dice el contenido de una obra, como el descenso a los infiernos en la épica. Si se modifica, extiende, se hace recurrente en la literatura y el folklore o se repite, entonces llega a ser un motivo, como los tres deseos, el anillo mági- co, el niño cambiado o rescatado de las aguas, el rey-mendigo, hermanos enfrentados, la riqueza fingida. Mientras el tema es general y abarcativo, el motivo es particular y reiterado. “La identificación de un tema sólo es posible descomponiéndolo en sus partes esenciales: los motivos, que son unidades más pequeñas que los temas” (Weisstein, Íd.), es decir, estructuras narrativas menores, episodios o incidentes. Por lo tanto, el tema es el ciclo tebano de Sófocles y el motivo, el viaje.

El espacio y el motivo del viaje en el ciclo tebano de Sófocles Cristina del Solar

tos de viajes vuelven a aparecer no ya relacionados con la subsistencia y búsqueda de pastura y alimentos, sino con lo fundacional o heroico. Así, Cadmo sale en busca de su hermana Europa raptada por Zeus, y luego funda la ciudad de Tebas2, cuyo ciclo a partir de Sófocles trata-

remos aquí y su relación con Los siete contra Tebas de Esquilo.

El teatro fundacional se relaciona con estos mitos. La tragedia pone en escena sucesos de su mitología, y sus protagonistas han via- jado en algún momento, y ese acontecimiento es el que recorta el dra- ma y se representa en consecuencia o culminación del periplo. Señala Ortega Román (2006: 229): “los viajes suelen estar al servicio de dos objetivos bien diferenciados: por una parte el espiritual e intelectual, que comprendería aspectos como la lengua, la literatura, el teatro, la educación moral y las costumbres”.

Eduardo Cirlot (1994: 357) señala “que la existencia es una pere- grinación, y peregrinar es comprender el laberinto como tal y tender a superarlo para llegar al “centro”. Es un viaje a un centro místico, como imagen del centro absoluto (medio invariable, motor inmóvil)”. Por otra parte, el laberinto simboliza el inconciente, el error y el aleja- miento de la fuente de la vida, “[cuya] misión esencial era defender el centro, el acceso iniciático de la sacralidad, la inmortalidad y la reali- dad absoluta.” (Eliade, 1983: 266). Recordemos que Edipo se encuen- tra con Layo en una suerte de laberinto al hallarse en una encrucijada de tres caminos: Fólcide, Delfos y Dáulide, lo que constituye el tópico, según Bajtín (1989), del encuentro.

La vida no es sino un largo camino lleno de vericuetos y encru- cijadas, que transcurre entre el nacimiento y la muerte, una senda no de pecado, sino de hamartía. Lo que para el hombre medieval es salvífico, en Edipo es un acto de castigo y penitencia. Ese camino que emprende el hijo de Layo tan pronto como nace, y con él Antígona, es un cronotopo. Para el mencionado crítico ruso, literalmente significa “tiempo-espacio”, “metáfora [que expresa] el carácter indisoluble del espacio y del tiempo, […] categoría de la forma y el contenido en la literatura.” (Bajtín, 1989: 238) El tiempo se condensa aquí, adquiere visibilidad y densidad; y el espacio, a su vez, se intensifica. El crono- topo determina también la imagen del hombre en la literatura, cuyos tópicos son encuentro-separación, pérdida-descubrimiento, búsque- da-hallazgo, reconocimiento-no reconocimiento (Bajtín, 1989: 249): Ismene-Edipo-Antígona, Polinices-Edipo, Teseo-Edipo, Centinela- Antígona son algunos de los ejemplos que responden a estos tópicos. Todo tipo de encuentros se dan por el camino. En la esfera mitológica y religiosa juega naturalmente uno de los papeles principales; también

2 De su unión con Harmonía, nace Polidoro, padre de Lábdaco.

en las organizaciones de la vida social y estatal. Recordemos que Edi- po se encuentra con la Esfinge y luego con la ciudad de Tebas, de la cual se instituye týrannos. Señala Bajtín: “Los encuentros determinan algunas veces el destino entero del hombre” (1989: 251). Como crono- topo, también se encuentra el locus amoenus.

Se presenta la realización de la metáfora del “camino de la vida” sobre todo en Edipo Rey y la consideración del destino trazado. El labdácida comprende y decide que debe marcharse, y allí está la iro- nía trágica. Para evitar el cumplimiento del oráculo, se aleja, y, en realidad, es arrastrado irremediablemente por la Moîra. Su elección del camino significa la concreción de lo estipulado. El espacio se im- pregna del sentido real de la vida, y entra en relación con el héroe y con su destino, y los tópicos tales como el encuentro, la separación, la huida, adquieren en él una nueva y mayor significación. En Edipo, vía y vida son uno.

El padre de Polinices y Etéocles es el hombre del camino, es el ánthropos poreuómenos u homo viator por excelencia, y esta cualidad está impresa en su nombre mismo: proviene del verbo griego oidéin, “hinchar”, y de pous, podós, hó, “pie”. En él está su extranjería. No por nada el Coro de Ancianos de Corinto le sale al encuentro con un “Di, viajero…” (Sófocles, 1991b: 158).

La idea del hombre como peregrino en la tierra, exiliado, desterra- do, prisionero, etc. luego sería incorporada y asimilada por la tradición judeo-cristiana. Y este concepto de exilio en el sentido de rechazar el mundo se relaciona con el estado de mendicidad del tebano, del propio abandono como expiación, con una vida ascética (del griego askeîn, “ejercitarse”, pero también del adjetivo áskeuos, “desprovisto, no equi- pado”). El instrumento, pronto convertido en simbólico, es el bastón, sobre el cual se apoya al caminar. Además de este elemento, a menu- do se hace necesario un guía, una ayuda en el trayecto, u otros cami- nantes. Edipo le habla a su hija: “Eso era lo que nos decían todos los viajeros que topamos.” (Sófocles, 1991b: 157). Y para cumplir con los ritos de purificación de su padre, Ismene va en busca de lo necesario. “Yo estoy dispuesta a ir. Todo lo haré en regla. Pero ¿a dónde hay que llegar? Eso no sé.” dirá la joven, a lo cual responde el Corifeo: “Cruza el sagrado bosque, extranjera, y si algo te hace falta, hallarás, allí un vecino que te dé instrucciones” (Sófocles, 1991b: 164). Edipo mismo, para ubicar su tumba, será guía de Teseo y será guiado por un dios para ir “al sitio fijado para que en él repose yo para siempre. ¡Por aquí, por aquí…marchad…¡me conduce Hermes!...” (Sófocles, 1991b: 179)

Todo viajero se impone una meta y marcará así un itinerario; la meta será, sin que él lo sepa, Colono: “[Edipo] un hogar tiene aquí, abierto para los extranjeros. Llega y hace plegarias a los dioses. Y pro-

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305 mete a la patria y a su rey un cúmulo de bienes. Recibo el don. No

repudio la gracia. En este suelo le daré morada.” (Sófocles, 1991b: 166). En el caso del tebano, la meta es el camino mismo, ya que se autoimpone, siempre, el destierro y el exilio. Su itinerario horizontal es en apariencia secuencial, pues va de un punto a otro. Sin embargo, es circular, por lo que vuelve al punto de partida: parte de bebé desde Tebas, y allí vuelve para desencadenar la tragedia, luego de lo cual reinicia su jornada vital, secuencial esta última vez, rumbo a Colono. Hasta su destino final, su elección radica en cualquier camino, todos le son indiferentes e iguales, estarán expuestos a la improvisación, unas veces deseados por Edipo y otras impuestos por las diferentes circunstancias que surjan. Está “a la deriva” en tierra; se trata del “iti- nerario improvisado”. Entonces, una vez más, se cae en la parado- ja de la libre elección del camino vital, que a su vez está trazado de antemano por la Moîra. La fatiga es una constante en el viaje. No sólo la padecerá el hijo de Layo; mientras por la acción misma llega Teseo con sus soldados, el ateniense dice: “Decid: ¿qué pasa? Saberlo quiero. Han sufrido mis piernas más fatiga para llegar acá que no quisiera ya.” (Sófocles, 1991b: 170)

El espacio del viaje es horizontal, el desplazamiento se desarrolla en ese plano. Sin embargo, no es el único. El viaje también es vertical, en sus sentidos descendente y ascendente. Así, desde el Olimpo bajan los mensajeros de los dioses o las deidades mismas; mientras que las almas que surgen desde el Hades suben. Layo, el Mensajero, el Pas- tor, Edipo, Teseo, Creonte, Ismene, Polinices, el Centinela, Antígona… todos, en mayor o en menor medida, realizan un desplazamiento ho- rizontal. Sin embargo, son sólo el héroe tebano, y luego su fiel hija, quienes, además, realizarán un viaje vertical descendente con clara alusión a la catábasis.

La narración describe los 3 momentos del viaje (partir, viajar, volver); sin embargo a menudo sólo uno de ellos asume un aspecto predominante. En el tema tebano de Sófocles están presentes los 3. En cuanto a volver, es el retorno lo que completa y califica el viaje, incluso en el caso extremo del exilio, que es por definición un viaje forzoso al que se niega la posibilidad de volver al lugar de origen. Re- cordemos la presencia de Creonte y de Polinices mismo en Edipo en Colono para convencerlo sobre su vuelta. Pero el desterrado padece la pena del exilio, que se llama “nostalgia”, (del griego nóstos, “retorno” y algios, “dolor”). Responderá el tebano: “¡Y cuando yo quería […] permanecer en el silencio, arrinconado en el hogar, tú me echaste a todos los inciertos caminos! Vienes a llevarme, no para que yo sea instalado en mi trono, sino para que me mantenga en un remoto rincón del territorio…” (Sófocles, 1991a: 168).

El retorno es, pues, la meta última del viaje. Sin embargo, solo Antígona volverá; la joven dice: “¡Cómo volver a casa…no hallo modo! [a Teseo,] A nosotras, remítenos a Tebas…” (Sófocles, 1991b:182). El término partir proviene del latín pars, partis, “parte, fracción”. Allí se encuentra implícito el acto de separar, de desprender, y estos térmi- nos se aplican más a la muerte que al nacimiento, como ocurre en el caso de “partida”. Sin embargo, es la misma raíz del verbo parere, “parir”, que remite al acto opuesto, es decir, nacer. Edipo, el gran ca- minante pese a sus pies deformes, es el que parte rumbo al exilio, y ese camino es absolutamente vital y existencial, desde su nacimiento hasta su muerte.

El problema que se suscita es la representación. Según afirma Aristóteles en la Poética (2004), el drama está acotado por tres uni- dades: tiempo, lugar y acción. El primero debe ser en 24 horas; el lugar debe permitir el descenso de los dioses o el ascenso de las almas desde el Hades a los hombres; y la acción debe combinar ambos. Si el personaje ha atravesado espacios en el tiempo en un desplazamiento horizontal y esto influyó en su vida, la complicación es mayor en la representación del desplazamiento vertical en el drama. Para resol- verlo, se integra a la representación el viaje por medio del discurso. Entonces, hay dos tipos de abordaje en la obra: mímesis, imitación de las acciones, el teatro; y diégesis, relato, narración de acciones. Dentro de la primera debe incluirse la segunda; en la acción tiene que incluir- se el relato de viajes. La mímesis debe asimilar la diégesis, y por ello entra el viaje en la representación teatral. Esta última utiliza distintos recursos diegéticos para relatar y representar viajes. En el caso del tema tebano, se trata de aquellos en los que es menos importante el itinerario en sí que la cuestión vital y existencial de los caracteres in- volucrados. El viaje es fundamental para comprender mejor el destino del viajero y se consolida en los espacios, a los cuales resemantiza. El itinerario, entonces, está subordinado a lo que le ocurre. En el caso de Edipo, y Cadmo antes que él.3

El diálogo alude a aspectos espacio-temporales y de acción que no siempre se visualizan en escena. La complejidad temática y esce- nográfica se incorpora por medio del relato. Se distinguen así la dié- gesis o narratio y la descriptio. Esta tiene una intención informativa sobre los diferentes lugares por los que pasan los personajes, tanto datos estéticos como históricos y anecdóticos o legendarios, en una pausa narrativa.

Se emplean tópoi, entre los cuales, como señala Juan Ortega Ro- mán (2006), se encuentran paradas y posadas; pueblos y ciudades;

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la descriptio urbis: referencia al fundador, la situación geográfica; fe- cundidad o esterilidad de los campos; referencia a las costumbres; referencias a edificios, monumentos y las fortificaciones; referencias a hombres famosos. Otro tópico es el de los contratiempos, imprevistos, sorpresas e inconvenientes. El hijo de Layo pregunta: “¿A qué región hemos llegado? ¿De qué gente es esta ciudad? ¿A quién va a tocar hoy dar su socorro exiguo al errabundo Edipo?” (Sófocles, 1991b: 157), a lo que su hija responde:

Allá en lontananza diviso dos torreones. En cuanto me ayudan los ojos, son baluartes de alguna ciudad. Este sitio en que nos hallamos, según puedo juzgar, es un recinto sagrado. Hay muchos laureles, olivos y vides y entre las frondas de estos árboles está cantando una parvada de ruiseñores de espeso plumaje. Ya, aquí tenemos una piedra que puede servirte de asien- to, por áspera que sea. Largo ha sido el viaje para un anciano. […] Allá es Atenas, aquí no sé… (Sófocles, EC, 1991: 157)

Como señala Ernst Curtius (1975), se trata de un locus amoenus, cro- notopo por antonomasia; así lo describe el Coro:

¡Has llegado a Colono, donde el ruiseñor perpetuamente modula su melancólico canto en el manso resguardo de los bosques floridos, o en la hiedra fosca como si fuera vino! ¡Se recata en las frondas del santuario del dios, tupidas de racimos sin número y que el sol no se atreve a cruzar con sus rayos, ni puede la tempestad penetrar con sus furias! […]Sin dormir nunca y siempre en abundancia aquí las fuentes fluyen de Cefiso; día tras día, por la pradera murmurando corren y fecundan sus aguas las verdes llanuras de la vega ondulosa… (Sófocles, 1991b: 167)

El decorado verbal tiene el objetivo, por otra parte, de describir lo que visualmente no se observa en escena y para presentar los anteceden- tes históricos del drama. En los discursos de Polinices y Creonte, se vinculan con el desplazamiento y la recuperación dramática de acon- tecimientos anteriores a la diégesis. Así dice el hijo de Edipo: “El rey de esta tierra me hizo venir acá. […] Oye tú, ahora, por qué vengo, padre. Soy un fugitivo echado fuera de su tierra patria. Los dos en tierra extraña, los dos entre gente desconocida…! (Sófocles, 1991b: 176). Y ante el rechazo y maldición de su padre, clama: “¡Ay infeliz… qué viaje y qué amarga decepción! ¡Ay, mis amigos…! ¿Para esto vine a Argos? ¿Con ellos voy ahora?” (Sófocles, 1991b: 177). Creonte afir- ma: “La tierra de los cadmeos me envía a persuadir a este señor a que regrese a su patria.” (Sófocles, 1991b: 168) y es Teseo, otro rey viajero, que anuncia: “Cuando venía hacia acá se me presentó […] un hombre que es de tu ciudad.” (Sófocles, 1991b: 174).

La caracterización verbal de los personajes demuestra el viaje que se ha hecho, se hace o se hará. El narrador extradiegético he- terodiegético describe física o psicológicamente al personaje ausen- te o presenta una acción no visualizada. Así, pregunta Edipo: “¿[El transeúnte] viene para acá? ¿Se va acercando?” (Sófocles, 1991b: 157). Antígona exclama feliz: “Veo una mujer que viene hacia noso- tros. […]” (Sófocles, 1991b: 161). El Corifeo le anuncia a Edipo: “Ya está aquí el príncipe Teseo, hijo de Egeo. Atendiendo a tu mensaje ha venido ante ti.” (Sófocles, 1991b: 165) y “Se acerca el extranjero. […] Polinice que llega.” (Sófocles, 1991b: 175) para luego aparecer el personaje en escena. Antígona relata a su padre: “Creonte viene a no- sotros y no sin comitiva, padre.” (Sófocles, 1991b: 167). Los deícticos “aquí” y “allí” conforman los espacios y los desplazamientos.

La diégesis realiza descripciones de la acción o consecuencia del viaje y de los espacios y permite presentar rápida y escueta- mente una información. El propio padre de Antígona refiere su viaje; introduce la diégesis analéptica en la mímesis como narra- dor autodiegético:

A ocultas de mi padre y de mi madre partí a Pito, y allí Febo nada me respondió tocante a mi pregunta. Pero dio una tremenda profecía, insu- frible de oírse. […] No bien oí este monstruoso anuncio, me di a la huida, alejándome del rumbo de Corinto, guiado por las estrellas. Y así errado llegué hasta el sitio en que tú afirmas que fue muerto el rey. Cuando en mi caminata llegué al sitio donde convergen los caminos, di de manos a boca con un heraldo… (Sófocles, 1991a: 38)

Y el propio hermano de Yocasta se inviste como narrador extra- heterodiegético con respecto a Layo: “A recibir oráculos divinos- dijo él- partía. Se fue y jamás regresó […] Ladrones- así dijo [el mensajero]- le salieron al paso y le dieron la muerte.” (Sófocles, 1991a: 128-129)

Es de destacar la importancia de otra clase de viaje: se trata del desplazamiento vertical al Hades. Con respecto a Edipo, el espacio de su morada definitiva, desconocida para todos con excepción de Te- seo, se establecerá también en forma vertical. Luego de guiar al rey ateniense, el Mensajero narra cómo se abrió la tierra para recibir el cuerpo, es decir, la catábasis, que se da por medio diégesis, sin que el público acceda visualmente:

Salió, sin guía y él mismo los guiaba. Llegó al despeñadero donde los peldaños de bronce se aferran al suelo. Un momento se para. Se pone al lado del tazón que cual cráter guarda el recuerdo del pacto entre Teseo y Piritoo. Se sentó allí un momento. […] Sonó una voz de pronto. De un dios

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que lo llamaba y con fuerte insistencia lo llamaba sin cesar: ‘¡Eh, tú, tú, Edipo…es tiempo ya! ¿A qué tardas? ¿Qué demora pones? ¡Partir es fuer- za![…] Pudo la tierra ser que se abrió a su paso para llevarlo… (Sófocles, 1991b:180-181)

Otro aspecto de la catábasis es la tumba simbólica de Antígona, rea- lizada en vida. Ambos caminos, el de Edipo y el de la joven, son de

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