Chapter 4. A Security Investigation of IndexedDB
4.2. Mobile Devices Security Experiments
4.2.6 Possible Prevention
Quienes defienden que los seres humanos deberíamos depender de las fuentes intrínsecas de la motivación, más que de las extrínsecas, se distinguen de quienes subrayan la modificación de la conducta mediante reforzadores u otros factores extrínsecos. Los primeros piensan que los procedimientos de condicionamiento y demás factores extrínsecos pueden debilitar la motivación intrínseca.
4.2.2. MEMORIA
La memoria es un proceso que nos permite registrar, codificar, consolidar y almacenar la información de modo que, cuando la necesitemos, podamos acceder a ella y evocarla. Es, pues, esencial para el aprendizaje. Y ya veremos en qué grado depende de la atención que prestemos. La memoria no es única sino que adopta distintas formas que dependen de estructuras cerebrales muy distintas. Distinguimos dos grandes tipos:
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a) la que llamamos a corto plazo o de corta duración, inmediata, operacional, y,
b) la que llamamos a largo plazo o de larga duración que, a su vez, dividimos en otras dos:
b1) la declarativa o explícita, que puede ser episódica o semántica b2) la no declarativa, implícita, instrumental o procedimental.
La memoria a corto plazo u operacional nos permite mantener la información durante un máximo de 30 segundos; se utiliza para retener la información según nos va llegando con el fin de realizar con ella actividades cognitivas básicas e inmediatas (comprensión, razonamiento, cálculo). Su capacidad es limitada pero ha de ser fácilmente accesible para que el razonamiento y el pensamiento sean fluidos.
Puesto que la memoria operacional requiere la participación activa y consciente, es un sistema de memoria que podemos considerar como explícito y declarativo. De forma tradicional se ha dividido en varios componentes:
- procesador de la información fonológica (p.ej., guardar un número de teléfono en la cabeza) - procesador de la información espacial (p. ej., seguir mentalmente una ruta)
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Memoria semántica, instrumental y operacional (a corto plazo): Los lóbulos temporales inferolaterales son importantes para enumerar nombres y para las tareas de categorización mediante las cuales la memoria semántica sele ser evaluada. Pero en un amplio sentido, la memoria semántica puede residir en las múltiples y diversas áreas de la corteza relacionadas con los diversos tipos de conocimiento.
Los ganglios basales, el cerebelo y el área motora suplementaria son estructuras críticas para la memoria instrumental. La corteza prefrontal actúa en cualquier tipo de tarea de memoria a corto plazo, si bien intervendrán también otras regiones cerebrales tanto corticales como subcorticales, dependiendo del tipo de complejidad de la tarea que esté en juego.
La memoria operacional utiliza toda una red de áreas corticales y subcorticales, según sea la tarea particular para la que trabaje, pero en cualquier caso siempre habrá de participar la corteza prefrontal. Normalmente, esta red de áreas corticales (parietales y occipitales) y subcorticales comprende a regiones del cerebro posterior (p.ej., las áreas visuales de asociación) que se encuentran unidas a las regiones prefrontales formando un circuito. La memoria operacional fonológica tiende a involucrar más regiones del hemisferio izquierdo del cerebro, mientras que la espacial utiliza más regiones del hemisferio derecho. Las tareas más complicadas exigen la participación de ambos hemisferios y la implicación de más áreas activadas dentro de la corteza prefrontal.
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La memoria episódica es un sistema de memoria explícita y declarativa que se utiliza para recordar experiencias personales enmarcadas en nuestro propio contexto, como es un breve relato o lo que teníamos ayer para comer. Este sistema de memoria depende muy intensamente de los lóbulos temporales mediales (que incluyen al hipocampo y la corteza entorrinal y perirrinal). Pero también intervienen otras estructuras como son el telencéfalo basal, la corteza retrosplenial, el presubículo, el tracto mamilotalámico, el fórnix, los cuerpos mamilares y el núcleo anterior del tálamo. También participan los lóbulos frontales, no tanto como elementos para retener la información sino como elementos que participan en el registro, adquisición, codificación, recuperación de la información, evaluación de la secuencia temporal y del tiempo transcurrido desde un determinado acontecimiento. Los lóbulos temporal medial y frontal izquierdos son más activos en el aprendizaje de palabras (lo verbal), mientras que el temporal medial y frontal derechos lo son en el aprendizaje de escenas visuales (lo visual).
Memoria Episódica: Los lóbulos temporales mediales, incluidos el hipocampo y parahipocampo,
forman el núcleo principal del sistema de la memoria episódica. Se necesitan también otras regiones cerebrales para que la memoria episódica funcione correctamente.
Una de las razones por las que los lóbulos frontales son importantes para la codificación es la de que permiten a una persona centrarse sobre la información que ha de ser recordada e implicar y poner en acción a los lóbulos temporales mediales. La disfunción de estos lóbulos ocasiona distorsiones de la memoria episódica y falsas memorias o relaciones con un contexto equivocado. La disfunción de los lóbulos temporales mediales dificulta recordar la información más recientemente almacenada. El lóbulo frontal opera más como fichero general, y el temporal más
106 como carpeta concreta archivada.
La memoria semántica se refiere a nuestro archivo general de conocimiento conceptual y fáctico, no relacionado con ninguna memoria en particular. Es un sistema eminentemente declarativo y explícito, pero claramente distinto del de la memoria episódica, porque de hecho se puede perder memoria de acontecimientos y mantener la memoria de conceptos. La memoria semántica muestra nuestro conocimiento del mundo, los nombres de las personas y de las cosas y su significado. Viene a estar localizada más especialmente en los lóbulos temporales inferolaterales. Pero en un amplio sentido, la memoria semántica puede residir en las múltiples y diversas áreas de la corteza relacionadas con los diversos tipos de conocimiento. De nuevo los lóbulos frontales intervienen en su activación para recuperar la información (Ver gráfico de memoria a corto plazo).
La memoria instrumental o de procedimiento tiene que ver con la capacidad para aprender las habilidades expresadas en forma de conducta, cognitivas y normativas, que se utilizan para realizar actividades de manera automática e incluso inconsciente. Por tanto, no es declarativa si bien durante su adquisición puede serlo. Esta memoria permanece incluso cuando se han destruido otras formas de memoria explícita. Los núcleos cerebrales responsables de esta memoria son las áreas motoras, incluida el área motora suplementaria, los ganglios de la base que tienen que ver con la motivación y realización de ejecución motora, y el cerebelo (Ver gráfico de memoria a corto plazo). Cuando se pierde, la persona empieza por olvidar habilidades elementales de aseo persona, escribir, tocar un instrumento, conducir un coche, prepararse un plato.
Como vemos, poseemos una gran riqueza de posibilidades memorísticas; unas personas son más fuertes en un tipo de memoria, y otras lo son en otras. Y es que las distintas memorias dependen del funcionamiento de áreas y núcleos muy diversos del cerebro.
107 4.2.3. INTELIGENCIA
Mientras mayor sea la plasticidad estructural de un organismo, mayor es su capacidad de conducta inteligente en la interacción con otros, generando nuevos ámbitos de acción o expandiendo aquellos que ya existen.
La plasticidad estructural requerida para vivir en el lenguaje es tan enorme que todos los niños, todos los seres humanos, somos igualmente inteligentes o capaces de conducta inteligente. Es la enseñanza la que debe sintonizarse a las distintas maneras en que los niños viven su plasticidad estructural para aprender, conocer, expresar, convivir, etc. Esto significa respetar los ritmos y dinámicas en los que sucede el aprender en los niños, escuchando sus fortalezas, limitantes y potencialidades en cada caso.
Con todo, la conducta inteligente del niño puede tornarse restringida o expandida según el flujo emocional que emerge en su convivencia con sus educadores y sus padres. Así, el temor, la envidia, la rivalidad, restringen su conducta inteligente, porque estrechan el espacio de relaciones en el que el niño se mueve. Sólo el amor expande la inteligencia, al ensanchar el espacio de relaciones en el cual opera el niño, ampliando su ámbito de lo posible.
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como racionales. Sin embargo, aprenden y aprenderán a vivir cualquier tipo de vida que les toque vivir. La emocionalidad que los niños viven en su niñez es conservada por ellos como fundamento del espacio psíquico que generarán como adultos. Su niñez es tanto su tesoro como su azote.
No estamos genéticamente predeterminados para ser un tipo u otro de ser humano. Nosotros, los seres humanos, somos seres que aprenden. El tipo de ser humano que llega a ser el niño al crecer, surge como una identidad conservada en los ámbitos humanos en los que vive y convive, sea esto en la casa, el jardín infantil, la escuela, la iglesia, la calle o el gran hogar del mundo en general.
4.2.4. LENGUAJE
El lenguaje es un modo de vivir juntos en el flujo de las coordinaciones recurrentes de nuestras acciones. Es nuestra vida en el lenguaje lo que nos hace humanos. Dado el tipo particular de primates bípedos que somos, el lenguaje nos hace humanos.
Hacemos cosas con nuestros cuerpos (incluyendo el sistema nervioso), y fluimos en el lenguaje en nuestras interacciones diarias. La estructura de nuestros cuerpos cambian según nuestro modo de fluir en el lenguaje (basta mirar la ampliación en el tamaño del cerebro que significó el uso del lenguaje en nuestros primeros antepasados). Nada de lo que hacemos en el lenguaje es irrelevante, porque nos transformamos en nuestros cuerpos según lo que hacemos en el lenguaje, y hacemos en nuestro lenguaje según lo que se transforma en nuestros cuerpos.
A medida que el niño aprende a usar el lenguaje, crea con otros diferentes modos de vida, dado los diferentes hechos en los que participa; y llega a ser en su cuerpo según el uso del lenguaje en el cual crece. Como resultado, cuando adulto, crea el mundo que vive como una expansión del mundo que creó cuando niño.
Los seres humanos existimos también en el flujo de nuestras emociones. Cuando distinguimos emociones en la vida diaria, distinguimos diferentes tipos de conductas relacionales, y al fluir de una emoción a otra, cambiamos de ciertas conductas a otras.
Cuando se distingue una emoción en un niño, vemos en ella una dinámica corporal (sistema nervioso incluido) que especifica lo que el niño puede o no puede hacer en cualquier momento. Por ejemplo:
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Amor: El amor es la emoción a través de la cual el otro aparece como un otro legítimo en coexistencia con uno.
Agresión: La agresión es la emoción a través de la cual el otro es negado directa o indirectamente como un legítimo otro en coexistencia con uno.
Indiferencia: La indiferencia es la emoción a través de la cual el otro no es visto como otro. En la indiferencia, el otro no tiene presencia, y lo que le sucede a él o ella está fuera del dominio de nuestras preocupaciones.
Los niños crecen como seres humanos entrelazando lenguaje y emociones en su vida cotidiana. Entendemos por conversaciones al entrelazamiento continuo entre emociones (dominios relacionales) y lenguaje (coordinaciones de conducta). Todo lo que los seres humanos hacemos como tales, lo hacemos en conversaciones.
En la conversación con el niño, el niño se revela en todas sus dimensiones, transparenta su mundo de intereses, sentimientos, necesidades, gustos, experiencias, y es a partir de estas conversaciones desde donde empezamos a construir un espacio de aprendizaje mutuo.
La emoción cambia el lenguaje, pero a medida que fluye el lenguaje, el lenguaje también puede cambiar la emoción.
Cómo vivimos o qué modo de vida realizamos, depende de nuestra emocionalidad, no de nuestra razón. La educación, en la medida que tiene que ver con la configuración del modo de vida del niño que crece, es una tarea que tiene que ver con el espacio psíquico emocional que el niño aprende a vivir en la casa, en el jardín infantil y en la escuela.
El modo de vivir que ahora vivimos está determinado por la emocionalidad, por el espacio psíquico emocional que aprendimos a vivir desde niños, no por el conocimiento, o los tipos de argumentos racionales que podamos haber acumulado a lo largo de nuestra vida. Ver esto es crucial, lo central de la educación es la dinámica de llegar a ser humano, como personas responsables, socialmente conscientes y que se respetan a sí mismas.
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Los niños llegan a ser según sean las conversaciones en las cuales participan. En el fluir de sus vidas no hay conversaciones triviales. En la medida en que los adultos entendamos esto podremos dar paso a interacciones basadas en el respeto y la colaboración. Cualquier niño que se sienta escuchado se dispone a la creatividad, aprende a escuchar, vive su seguridad consciente de sus límites y fortalezas.
Decimos que las culturas son redes de conversaciones, con esto queremos decir, redes de coordinaciones de haceres y emociones. Es la emocionalidad que se realiza en la red la que configura su carácter, no las conductas particulares realizadas por sus miembros.
Siempre vivimos en una cultura, somos miembros partícipes de una cultura. Conservamos nuestra cultura al hacer lo que hacemos a través de nuestra participación en la red de conversaciones que la constituye.
Para Maturana, los seres humanos somos seres biológicamente amorosos como un rasgo de nuestra historia evolutiva. El amor ha sido la emoción central conservada en la historia evolutiva que nos dio origen desde hace unos cinco a seis millones de años atrás.
Los niños –también los adultos- se enferman cuando se les priva del amor como la emoción fundamental en la cual transcurre su existencia relacional con otros y con ellos mismos. La carencia afectiva produce niños con trastornos conductuales (ansiedad, agresividad, falta de interés, desmotivación, inseguridad, tristeza, etc.)
El lenguaje, como rasgo cultural, junto con la amorosidad, como rasgo biológico, constituyen el núcleo del modo de vida conservado generación tras generación, que nos definió como seres humanos en nuestra historia evolutiva hace tres o más millones de años.
Cuando hablamos implicamos, evocamos o connotamos la biología del amor.
El amor es una emoción, es un modo de vivir juntos, un tipo de conductas relacionales en los sistemas humanos. El amor se produce cuando en nuestra vida e interacción con otros, el otro, no importa quién o qué sea, surge como otro legítimo en coexistencia con nosotros. El amor (el amar) es la emoción que constituye y conserva la vida social.
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Aprendizaje, emociones y movimiento
El aprendizaje, el pensamiento, la creatividad y la inteligencia no son procesos propios del pensamiento únicamente, sino de todo el cuerpo. A medida que un bebé crece y va incorporando nuevos y específicos movimientos, su cerebro se va desarrollando en concordancia. Los reflejos infantiles se van integrando durante el desarrollo del niño en esquemas de movimientos cada vez más complejos y paralelamente se van formado redes neuronales cada vez más complejas. Si por alguna razón esta integración no se produce, el niño en el futuro probablemente presentará problemas de aprendizaje o de personalidad. Puede faltar seguridad, autoestima, coraje por ejemplo.
El lenguaje sirve a la comunicación como instrumento mediador y en este sentido está a su servicio. El niño nace con una dotación biológica que le impulsa a expresar sus estados y necesidades, en este sentido podríamos decir que la comunicación tiene un inicio claramente innato, un recién nacido en condiciones normales la desarrolla como un hecho universal.
La comunicación es el proceso que tiene por finalidad la transmisión de mensajes; para que se produzca es necesario, por un lado, la existencia como mínimo de dos personas; por otro lado, motivación para emitir y recibir mensajes; y, por último, la existencia de un código compartido que permita la comprensión y expresión de los mensajes: el lenguaje.
Los seres humanos podemos comunicarnos de muy diversas maneras: mediante gestos, iconos, etc. Sin embargo, el medio o instrumento más importante que poseemos los humanos para comunicarnos es el lenguaje. El lenguaje es la capacidad o facultad compleja que nos permite comprender y expresar estados afectivos, conceptos, ideas, sentimientos mediante un sistema de signos acústicos y ocasionalmente gráficos. El lenguaje es un modelo general y constante que existe en la conciencia de todos los miembros de una comunidad lingüística determinada, es un fenómeno de ―índole social‖ y como tal requiere un aprendizaje. El habla, por su parte, es la realización concreta de la lengua en un momento y lugar determinados en cada uno de los miembros de esa comunidad lingüística, es un fenómeno de ―índole individual‖.
El lenguaje oral es, por tanto, un medio de comunicación que utiliza, por un lado un sistema convencional de signos arbitrarios y las reglas para su combinación (propias de su comunidad lingüística) y, por otro lado, el habla o la capacidad de articular sonidos para producir palabras.
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En el proceso de adquisición y desarrollo del lenguaje, el niño debe incorporar e integrar una serie de estructuras lingüísticas propias de su lengua que para que se consoliden es necesario que el niño disponga de una serie de estructuras biológicas, psicológicas y ambientales idóneas. Una lesión o afectación de las competencias personales (desarrollo intelectual, emocional, neurológico, anatómico-funcional) y sociales (ambiente familiar, escolar, sociocultural) pueden afectar, leve o gravemente, las aptitudes del lenguaje oral y/o lenguaje escrito para poder expresar y comprender.
a) LENGUAJE. BASES ANATÓMICO-FUNCIONALES
En la formación del lenguaje oral intervienen una serie de órganos y centros de forma coordinada. Estos centros son:
Órganos, vías y centros de la audición, estrechamente unidos a los de la función del lenguaje y de la fonación, tanto en el desarrollo como en la producción del mismo proceso.
El órgano receptivo por excelencia para el lenguaje oral es el oído, gracias al cual percibimos los sonidos y los transformamos en señales eléctricas que serán interpretadas en el cerebro. El oído consta de tres partes: el oído externo, cuya función es la de vehiculizar el sonido; el oído medio, cuya función es la de transmitir y amplificar el sonido y, por último, el oído interno que capta las ondas sonoras, las transforma en impulsos eléctricos y los transmite a centros superiores para ser procesados.
Centros nerviosos situados en el cerebro que permiten la articulación, construcción y expresión del lenguaje. El Sistema nervioso central integra y da significado a todos los estímulos recibidos de los órganos sensoriales, a través de las vías de conducción nerviosa y, así mismo, formula el lenguaje en las áreas destinadas a su elaboración y envía los impulsos nerviosos también por medio de dichas vías a los órganos efectores o articuladores a fin de producir la palabra hablada.
El SNC o sistema integrador es el encargado de percibir, comprender y formular el lenguaje. El SNC está formado por la médula espinal y el encéfalo.
La médula espinal tiene que ver con el lenguaje, ya que, los nervios raquídeos de la cual parten inervan los músculos del sistema respiratorio y fonoarticulador. Una lesión en la médula
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espinal no origina un problema de lenguaje a nivel central, sino de control muscular para la fonación y articulación (disartria).
El encéfalo está formado por el cerebro, cerebelo y tronco encefálico. El cerebro es la parte más importante para la elaboración del lenguaje. Un 30% de la corteza cerebral está dedicada a las funciones del habla y el lenguaje.
Las áreas especializadas del lenguaje se encuentran situadas en los distintos lóbulos según su