De puertas adentro del Palacio de Justicia el presidente de la Corte Suprema actuó de una forma sin precedente. “Sobrepasó los límites”, recalcaron tres secretarios letrados indignados. Por primera vez en la historia de la máxima instancia judicial su titular había impuesto —al menos de palabra— la “mordaza” a sus pares. “Se dirigió a ellos como si estuvieran a su servicio. Como lo haría un gerente con sus empleados”, protestó un hombre del círculo, si no rojo, colorado de la Corte. Les comunicó a los ministros que sería él quien concentraría las discusiones y desarrollaría la circulación de los fundamentos, les prohibió que intercambiaran impresiones sobre sus votos o consultaran las respectivas opiniones a través de sus secretarios, como era costumbre. Pese al imperativo, los ministros Carmen Argibay, Carlos Fayt y Juan Carlos Maqueda hicieron caso omiso. “Había ido muy lejos”, sentenciaron dos de los magistrados.
La tensión aumentaba. Desde agosto y hasta la primera semana de octubre, Zannini se reunió con diversos miembros de la Corte Suprema. El 4 de octubre, la ministra Highton de Nolasco recibió un llamado de la presidenta a Ushuaia, donde dictaba una charla en la Escuela Judicial de Tierra del Fuego. El gobierno les había pedido a Lorenzetti y Highton de Nolasco, en su calidad de presidente —encargado de buscar consenso— y de vicepresidenta en relación a la jueza, que el fallo del máximo tribunal saliera antes de las elecciones legislativas del domingo 27 de octubre. Y, naturalmente, que la balanza judicial se inclinara a favor de la constitucionalidad de todos los artículos impugnados por Clarín.
Eugenio Zaffaroni, desconocido para sus antiguos colegas, se había convertido en el interlocutor del gobierno en la Corte. El magistrado al que Fayt solía advertir, en tono jocoso pero de reproche, lo mucho que viajaba —por sus ausencias de la Corte— se ocupaba de sondear y vigilar cómo se manejaba Lorenzetti, a quien, como todo el oficialismo, miraba, con causa justificada, con recelo.
Los artículos de la discordia se debatían a punta de lanza. El primero consistía en la obligación de desprenderse de las licencias que superasen el cupo establecido sin tener siquiera en cuenta la fecha de vencimiento (artículo 161). En segundo término, que no se contemplaran los derechos adquiridos que invocaba el multimedios y se avalara el tope de licencias determinadas (artículos 45 y 48). Para ser claros, los puntos que afectaban al holding.366
Pese a las tratativas, Zannini y la ex presidenta estaban intranquilos. Sabían que Carmen Argibay, Juan Carlos Maqueda y Carlos Fayt se inclinarían por la inconstitucionalidad de la norma, este último en su totalidad. Mientras que los otros dos lo harían de manera parcial para “no vulnerar derechos adquiridos” y apostarían a esperar el vencimiento de las licencias.
entre ganar o perder era solo un voto. En paralelo prometía lo mismo a Clarín y acordaba con Maqueda que compartirían la misma postura. A tal punto que, pese a la ley del silencio dispuesta por él mismo entre los magistrados, lo estudiaron y analizaron juntos. Era un hecho que ambos votarían por la inconstitucionalidad parcial de la norma mientras al resto de sus colegas les decía “que no tenía opinión formada”.367 Maqueda jugaba a dos puntas, a sus colegas les decía que no hablaba con Lorenzetti, pero ocurría todo lo contrario. Lo que desconocía Maqueda era que Lorenzetti lo estaba engañando y solo quería información de primera mano, como se lo oyó decir a sus cercanos más tarde.
También indagaba sobre los votos del resto de los ministros para no asumir el costo político él solo, recordaron dos de sus pares. Así fue que merodeaba a Fayt y Argibay para sondear sus fundamentos. Pero no hubo caso, los ministros no se dejaron influenciar. Cada uno con su carácter fuerte y sus posturas jurídicas en juego, votaron lo que pensaban. “Huesos duros de roer”, se jactaban ambos.
“Conociendo a Fayt, nadie se atrevería a condicionarlo en sus votos. Con la Ley de Medios se mantuvo en su postura desde el primer momento. Trabajamos con él según sus lineamientos”, explicó el ex secretario letrado del ministro, Pablo Hirschmann,368 quien además confirmó que el fallo se trabajó con intensidad después de la feria judicial, a partir de agosto, junto a su colega, Marcos Morán. “Fue un esfuerzo intelectual interesante —agrega—. Lo cierto es que el voto que nosotros trabajamos no lo compartimos con nadie y tampoco lo pidieron. Nuestro contacto era con la Secretaría General, a cargo de Cristian Abritta, donde llevé de manera personal el fallo, firmado diez días antes de que saliera. Es decir que en el acuerdo del 22 de octubre ya tenían el voto de Fayt”.
Lorenzetti tenía como objetivo lograr la mayoría de votos contra Clarín sin su intervención, para congraciarse tanto con el gobierno como con el holding, pero el tiro le salió por la culata. No lo logró y debió desempatar. Mantuvo la indefinición hasta el instante anterior a la firma de la sentencia.
Para Enrique Petracchi, quien sabía leer bajo el agua, las conductas de Lorenzetti resultaban “escurridizas”. Lo apreciaba en las visitas asiduas que le hacía a su despacho para asegurarse cómo enfocaba su voto. En varias oportunidades el ministro se negó al pedido de Lorenzetti para que se sumara a los obiter dictum, o aclaraciones finales (serían claves). Para él excedían a la causa y no correspondían. Lo analizaba como un guiño a Clarín. “Quería quedar bien con los dos rivales, a uno le debía el cargo y la caja, y con el otro ponía en juego su futuro”, aseguró Petracchi en ese momento a un referente del multimedios que lo increpó:369
—Mire, el hombre anda diciendo que usted votará por la constitucionalidad. Petracchi, con su elegante porte, le contestó:
—Bueno, puede ser que ese sea mi voto, aún no lo firmé. Pero el que está extremadamente interesado en que así sea es él —en referencia a Lorenzetti.
—¿Cuál será su interés?
—El señor sabrá. Pero quiere que me sume a su proyecto de los obiter dictum o aclaratorias en la parte resolutiva, porque esa es su negociación con Clarín. Y eso es un mamarracho, no es parte de una resolución judicial. De ninguna manera lo aceptaré —dijo el ministro que había integrado la polémica Corte menemista.
—A Clarín le vende humo... —murmuró el interlocutor.
—Eso que me pide Lorenzetti no lo voy a firmar, y creo que la ley es constitucional —reconoció Petracchi.
Sus amigos recuerdan a Enrique Santiago Petracchi como un operador político de excelencia, hacedor de destacados fallos, entre ellos sobre la libertad de expresión. De histórica militancia y afiliación al Partido Justicialista, no podía traicionar sus propias convicciones.
Petracchi, a pesar de mantener una relación cordial con Carlos Zannini, no pudo evitar las presiones. En septiembre de ese año, el gobierno —sin la virulencia que ejercería con Fayt— lo habría invitado a que se jubilara. Petracchi contaba con sentencia firme a su favor en el juzgado 12 del fuero Contencioso Administrativo, ante la jueza subrogante María Cristina Carrión De Lorenzo, para seguir en el cargo de manera vitalicia tal como lo consiguió Fayt. Ambos tenían el blindaje legal por haber asumido el cargo antes de la reforma constitucional de 1994, que fijó el límite jubilatorio a los 75 años. No obstante, algo muy extraño sucedió en el expediente del reclamo sobre su cargo vitalicio que había cursado el gobierno.
El Estado desistió de continuar el pleito ante la resolución favorable de la Cámara Contencioso Administrativa. Petracchi logró su propósito: seguir en su cargo pese a superar los 75 años. Pero, en plena bronca por la Ley de Medios, el 6 de febrero de 2013, el abogado Marcelo Eduardo Laborda se presentó en el expediente, sin ser parte interesada, y solicitó la nulidad de la resolución que favorecía a Petracchi. Presentó un escrito digno de ser leído dada la desproporcionada jurisprudencia nacional e internacional que incorporó. La jueza, también raro, admitió el trámite primero y luego lo rechazó. Esperó hasta el 10 de septiembre de 2013, cuando, curiosamente, Petracchi ya había emitido su voto a favor del gobierno.370
La causa Clarín no era una más. Los ministros trabajaban cada uno en su voto. Mientras Fayt y Petracchi recibían presiones del gobierno, Lorenzetti mantenía línea directa con Jorge Rendo —presidente del Grupo Clarín— y más de una vez se reunieron en el departamento de un tercero, como lo sostuvo un colaborador del presidente de la Corte. Le aseguraba que la balanza se inclinaría hacia Clarín, comentaron desde el Grupo, aunque cada vez que podía les recriminaba, “la manera en la que se referían a él en el diario”. Les hablaba con tanto aplomo que, en un principio, los directivos estaban convencidos de que “ganaban la pulseada” pese a que sus abogados —curiosamente como el gobierno— desconfiaban de la “palabra” del juez supremo.
En otra de las reuniones con directivos de Clarín, Lorenzetti volvió a garantizarles resultados a los directivos.