I. El orador no ha de seguir las reglas del arte, como ley inviolable.-II. Atienda a lo que piden las circunstancias.
I. Ninguno aguarde de mí que dé a los aficionados de la elocuencia aquellos preceptos que la mayor parte de los que trataron esta materia miraron como leyes inviolables: poniendo el exordio y las virtudes que debe tener, después la narración y sus leyes; luego la proposición, o como otros quieren, la digresión ; y últimamente cierto orden de cuestiones, y todo lo demás que algunos autores siguen al pie de la letra, y con tanta esclavitud como si el traspasarlo fuera delito. Cosa muy fácil por cierto era la oratoria, si estuviera ceñida a unas reglas tan breves y precisas. Pero sucede que el asunto, las circunstancias y la necesidad hacen variar y mudar estas reglas. Por donde la principal regla es el tino y juicio del orador, el que le dirá cómo y cuándo debe mudarlas.
Si uno mandase a un general, cuando ordena su gente en batalla, que la lleve de frente al enemigo, que adelante las alas y las cubra con la caballería, ¿qué diríamos? Este orden será bueno, cuando buenamente se pueda guardar; pero no se observará cuando lo impide la naturaleza del terreno, los montes, selvas, ríos o collados y asperezas que tiene delante. Esta disposición la mudará la naturaleza de los enemigos y de la batalla que se ha de dar: puesto caso que unas veces peleará de frente, ya poniendo el ejército en forma de cuña, ya con las tropas auxiliares, ya con toda la gente: y ocurrirá lance en que convendrá hacer huida falsa. Del mismo modo, si es o no necesario el exordio; si ha de ser breve o largo; si toda la oración se ha de dirigir a los jueces, o sólo alguna vez por medio de alguna figura; si la narración ha de ser corta o larga, continuada o interrumpida; si se ha de hacer en la forma regular, o si se ha de mudar esta disposición: todo esto lo ha de decir el asunto de que se trata. Lo mismo digo sobre el orden de las cuestiones; pues en una misma causa conviene no pocas veces anteponer unas a otras. Porque no se guardan inviolablemente estas reglas, como si fuera una ley o decreto del pueblo, sino que todo esto, cualquiera que sea, lo dicta la utilidad. No niego que la observancia de estas reglas es útil por lo común; pues de otra manera no las daría: pero digo que si la utilidad pide que las quebrantemos, debe ser ella más atendida que todos los maestros del mundo.
II. Una cosa sí diré como regla fija, y no dejaré de inculcarla: que el orador debe en todas las causas mirar, como a norte, a lo que conviene y está bien según las circunstancias. Conviene pues a veces mudar aquel orden natural de las partes de un discurso que prescribe la retórica; así como vemos que en las pinturas y estatuas no se guarda siempre la misma disposición del traje, postura y aire del cuerpo. Un cuerpo recto tiene poca hermosura, y más si tiene el semblante vuelto a quien mira la figura, si
están los brazos caídos y juntos los pies, y todo él está derecho como una estaca. Aquella inflexión de miembros, o movimiento, digamos así, es el que da aptitud y alma a la estatua. Por eso a las manos no les damos la misma postura, y variamos los semblantes de mil maneras. Hay estatuas que están en ademán de echar a correr, y acometer, otras sentadas o recostadas; unas desnudas y otras con ropaje, y algunas de las dos maneras. ¿Qué cosa más torcida, pero más bien ejecutada, que la estatua que hizo Mirón en ademán de arrojar el disco? Si alguno tachase en ella el no estar el cuerpo recto y derecho, ¿no descubriría su ignorancia en el arte, puesto caso que lo que más tiene de maravilloso es aquella nueva y dificultosa postura? Puntualmente el mismo deleite causan las figuras, ya de sentencia, ya de palabras, que es mudar el lenguaje vulgar y cuotidiano, sacándole del tono regular y usado.
Es gala de la pintura que se descubra todo el rostro; y con todo eso Apeles pintó a Antígono de perfil, para ocultar la falta de un ojo. ¿Y no tenemos lo mismo en la oración? Cosas hay que deben ocultarse, o a lo menos no deben ponerse a la vista, porque es imposible pintarlas al vivo con toda su valentía. Así lo practicó Timantes de Citna en aquella pintura, en la que aventajó a Colotes de Teo. Pues habiendo pintado en el sacrificio de Ifigenia a Calcante triste, y más triste aún a Ulises, apuró toda su habilidad en pintar la tristeza de Menelao, tío de aquella princesa . Apurados ya los secretos del arte, y no encontrando ya modo de expresar el sentimiento, cual correspondía, en el semblante del padre, le cubrió con un velo, dejando a la consideración de los que lo mirasen, el ponderar en su imaginación el dolor paternal 89 . Ahora bien, ¿no tenemos en Salustio un rasgo semejante, cuando dice: De Cartago mejor es decir nada, que decir poco ? In Iugurthino .
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Agamenón, rey de Micenas, conducida por los vientos su armada donde iban otros principales a Aulide, mató inadvertidamente una cierva de Diana, por el cual atentado esta diosa trocó los vientos para que no volviesen a Tróade. Consultaron al oráculo; el que dijo lograrían la vuelta, si ofrecían a su hija Ifigenia en sacrificio a la diosa. Estaba ya ésta a punto de ser sacrificada por el mismo Calcante, sacerdote de la tripulación griega, en presencia de Ulises, de Menelao, tío de Ifigenia, y de Agamenón su padre, cuando la diosa compadecida, sustituyó una cierva para el sacrificio. Éste fue el asunto de la pintura de Timantes; rasgo tan admirable de la antigüedad, que con razón le han tenido todos por el milagro del arte; el que ha servido a muchos pintores modernos de imitación en asuntos de la misma naturaleza, sobre el que no han podido adelantar ni una sola pincelada. Son innumerables los autores que, además de Plinio y Valerio Máximo, hacen mención de esta pintura. De igual mérito y primor fue en la antigüedad aquella obra del estatuario Mirón, de que habla Quintiliano poco antes, representando con tal valentía la acción, esfuerzo y conato de uno que en los juegos antiguos arrojaba una gran mole de plomo, que sólo podía reconocer ventaja, si es que había alguna, al original.
Por lo cual yo siempre he tenido por costumbre el no atenerme a semejantes reglas generales y perpetuas; pues rara vez se encontrarán tales reglas que la necesidad no obligue a mudarlas, y aun quebrantarlas del todo. Pero de esto hablaré a su tiempo. Entretanto no quisiera que los jóvenes se tengan por suficientemente instruidos en la retórica, por haber decorado estas artes que corren comúnmente con este nombre, teniéndolas por decretos inviolables. La elocuencia es obra de mucho trabajo, de mucho estudio, ejercicio, experiencia continua, mucho ingenio, y de un tino singular. Es cierto que sirven de mucho las reglas, pero cuando guían por camino derecho: el que no siempre debe ser uno, ni estrecho; y el que piense que el apartarse de él es sacrilegio, caminará en la oratoria con tanto tiento como el que anda por una maroma. Por tanto, muchas veces abandonamos el camino real para buscar el atajo; y cuando algún torrente ha roto los puentes y cortado la senda recta, tenemos que ir por el rodeo; y cuando la puerta está ocupada por las llamas, no hay otro recurso que saltar por las paredes. Esta obra ofrece campo muy ancho, vario, y que presenta cosas siempre nuevas; como que no se puede agotar la materia de que trata. Comenzaré, pues, a tratar, cuál es lo mejor de cuanto se ha escrito; cuándo convendrá mudarlo, añadir algo de nuevo o quitar algunas cosas.