3.3 TQM implementation and organizational performance
6.1.1 Preliminary data processing
Alexander von Humboldt desea dar a conocer a sus colegas naturalistas la cuenca hidrográfica del Amazonas, pero tropieza con una dificultad que no esperaba. Las tribus que habitan las márgenes de los afluentes hablan cada una su propia lengua. Al «laberinto acuático», se suma una babel del nombre, un dédalo que exige entrevistarse con los indios más inteligentes, averiguar el significado de las terminaciones léxicas, hacer observaciones propias, cotejar los informes obtenidos con la información que arrojan los mapas de que se dispone. Humboldt acusa de impostura a sus predecesores. Los cartógrafos han anotado en sus mapas el nombre de ríos que no existen, han efectuado correspondencias falsas entre las aguas tributarias del Amazonas y los nombres empleados para designarlas, y han inventado ríos, ensenadas y fondeaderos a fin de dar a sus trabajos cierta apariencia de acabamiento. «Hasta tiempos más recientes —concluye— los viajeros no han comprendido la importancia de una toponimia correcta»4. Años antes, la botánica se había enfrentado a
un problema análogo que sus actores supieron resolver con acierto. Como los afluentes del Amazonas, las plantas habían recibido hasta entonces, según el genio particular de cada pueblo, distintos nombres, y un mismo nombre había servido a veces para designar distintas plantas. El latín era la lengua común, pero los localismos léxicos y vegetales arruinaban las expectativas de progreso. A ello se sumaban la cultura libresca, la ausencia de un estricto protocolo de observación, la multiplicación de las propuestas taxonómicas y, sobre todo, la falta de un método riguroso en la elección del nombre.
A lo largo de todo el siglo xviii la nomenclatura se convierte en el caballo de batalla de los botánicos. Las opiniones oscilan entre la más absoluta liberalidad nominal y la defensa de una botánica sin nombre. Posturas extremas, las dos responden a un mismo principio: los nombres son convenciones que ni quitan ni añaden nada a las plantas que designan. Son así, en cierto sentido, prescindibles, porque la demostración de la planta puede hacerse sin necesidad
de evocar su nombre. El nombre no es el repositorio del conocimiento, y eso lo vuelve innecesario, cuando no molesto o inconveniente. Por tanto, lo mismo da reconocer como válidos una infinidad de localismos sinónimos que elegir el silencio y señalar sin más los objetos con el dedo. La planta es irreemplazable, y el nombre no es más que un sucedáneo suyo. El conocimiento de una planta, en definitiva, es un acto que tiene lugar con independencia de cualquier atribución nominal. Ahora bien, la defensa de una botánica sin nombre será puramente retórica, y no existirá en la literatura científica del siglo xviii ninguna obra que pretenda tomarla en serio. El botánico sabe que renunciar al nombre supondría un obstáculo insalvable en el progreso de la botánica, y no desea que el depósito de los conocimientos adquiridos se pierda sin dejar huella. Pero si, pese a tal convicción, se oyen voces contrarias a cualquier forma de nomenclatura, ello se debe a la ausencia de un método racional y único de designación.
Algunos botánicos advierten una tendencia nociva en el desarrollo de su ciencia. Tournefort, Gouan, o el propio Rousseau observan, en efecto, una excesiva atención al nombre en menoscabo de lo nombrado. La planta parece menos el fin que el medio, más el adminículo vegetal destinado a acuñar un nombre o modificarlo, que el objeto verdadero de la ciencia. De la multiplicidad de lenguajes de designación, de la superabundancia de nombres, del lujo terminológico que azota la botánica, resulta difícil esperar ningún progreso. ¿Cómo contabilizar siquiera el número de especies cuando las nomenclaturas se solapan, cuando varios nombres sinónimos se utilizan inopinadamente para designar una misma especie? Con razón, el filósofo Dagognet señala en El catálogo de la vida que la botánica fue en el siglo xviii una ciencia de nombres y de plantas5, y es que los grandes maestros de la ciencia reflexionarán
y discutirán sobre el lenguaje con la misma diligencia y seriedad con que se asoman a la corola de una flor. Para el filósofo del siglo xviii, para el botánico también, el lenguaje ya no es un puro y simple reflejo del pensamiento. Más bien al contrario, el lenguaje actúa ahora como una palanca que estimula la
Fernando Calderón Quindós
formación de ideas y en el que quedan depositadas las expectativas de nuevos hallazgos. De ahí la proliferación de catálogos, enciclopedias y diccionarios. Si el número de plantas informa de la riqueza de un jardín, si el número de esqueletos da cuenta de la importancia del gabinete que los aloja, también el número de palabras y el ritmo de adquisición de voces nuevas informan de la vitalidad de una lengua. Ahora bien, los botánicos son conscientes de que no hay en el nombre una bondad intrínseca, de que su condición de resorte intelectual solo es efectiva si su uso se inscribe en el marco de una hábil política de designación.
Para Váczy, autor de un trabajo excepcional sobre el origen y desarrollo de la nomenclatura botánica, el siglo xviii se caracteriza por ser una época de «intensa efervescencia nomenclatural»6. En todos los países de Europa
se presiente el poder del nombre, y los botánicos son, sin duda, los más entusiastas. La nomenclatura y la terminología prometen para su ciencia un horizonte glorioso de expectativas inigualables. Cuando, según el parecer de Diderot, las columnas de Hércules de la matemática están a punto de ser plantadas7, la historia natural ve agrandarse cada vez más el círculo de sus
investigaciones. El mundo no es nada para los primeros mientras lo es todo para los segundos. Los límites del mundo coinciden con los suyos propios, y del mundo solo se conoce bien una pequeña parte, apenas «una punta del velo» de acuerdo con la feliz metáfora del naturalista Commerson. La botánica tiene a su favor la vastedad del mundo. En los valles, en los precipicios, en las escarpaduras de las montañas está su verdadero gabinete, y la riqueza es tal, y los descubrimientos tan numerosos, que los libros de botánica se engrosan sin cesar con nuevos nombres. Ahí reside justamente la dificultad, en nombrar con un solo nombre cada especie descubierta. De la dificultad en conseguirlo nos informa Saint-Pierre en sus Études de la nature (1784). «Si se piensa ahora que cada planta tiene varios nombres diferentes en su propio país, que cada nación
6 Nos referimos a «Les origines et les principes du développement de la nomenclature binaire en botanique», en Taxon, 20 (4), 1971, pp. 573-590.
contribuye con los suyos, y que todos estos nombres varían en su mayor parte cada siglo que pasa, ¿qué dificultades no añade al estudio de la botánica su sola nomenclatura?»8.
Las expresiones de contrariedad en torno a la nomenclatura se suceden a lo largo del siglo. Tournefort inicia esa corriente en sus Elementos de botánica de 1694. Para que la botánica penetre en las universidades y acapare la atención de los sabios, para que su estudio no decaiga y el pueblo la mire con gusto, los botánicos deben unificar las nomenclaturas, y preferir los nombres cortos y simples a los nombres polinomiales. Frente a la exuberancia nominal que provoca el abandono de la ciencia, Tournefort apuesta por la parsimonia léxica, por la moderación en el gasto. De este modo, la costumbre de reformar los nombres solo será legítima cuando los antiguos no satisfagan los principios de sencillez y brevedad; y en cuanto a las denominaciones superfluas, equívocas o polisémicas, Tournefort pide que se rechacen. El número de nombres debe coincidir con el número de especies, la relación debe ser de un nombre por cada especie. Malesherbes, autor de unas Observaciones sobre la Historia natural, general y particular de su contemporáneo Buffon, se expresa en términos parecidos en 1749: «Es importante que los naturalistas —declara desde las primeras páginas— convengan entre ellos los nombres que dan a cada especie. Esta parte de la ciencia, llamada nomenclatura, es absolutamente necesaria para que los sabios puedan comunicarse sus descubrimientos»9. También
Duhamel du Monceau, padre de la silvicultura y autor de La física de los árboles (1758), subraya la conveniencia de adoptar una nomenclatura universal. «La nomenclatura no es el último término al que tienden los botánicos, sino un medio importante del que no es posible prescindir si se quieren adquirir conocimientos útiles: es, por decirlo así, un vestíbulo que es necesario atravesar
8 B. Saint-Pierre, «Études de la Nature» [1ª ed. 1784], Publication de l’Université de Saint-Étienne, 2007, p. 58.
9 Observations de M. de Malesherbes sur l’Histoire naturelle, générale et particulière de Buffon et Daubenton (2. vols), París: Charles Pougens, Año VI, 1798, p. 6.
Fernando Calderón Quindós antes de llegar a los aposentos que representan la utilidad de una verdadera casa»10.
Los botánicos saben que el laberinto de las nomenclaturas conduce a la parálisis científica, y piensan en un hilo de Ariadna que salve la botánica de quedar encerrada en sus muros. Cuando ese hilo se descubra, los botánicos se servirán de él. Y al tirar por fin del ovillo dorado, descoserán el laberinto para dejar solo en pie los aposentos de una verdadera casa. La fórmula elegida por du Monceau es, en efecto, afortunada, porque el vestíbulo es el espacio que comunica las habitaciones, y que se recorre solo para llegar a ellas. Ese vestíbulo recibirá el nombre de nomenclatura binomial, y como en la fábula del minotauro, su héroe será un extranjero venido del norte, el sueco Carlos Linneo.