3.2 Model, Data, and Methodology
3.2.4 Present-Day Land Use and Crop Yield Data
Llamamos la atención del lector sobre el artículo que publicamos hoy como primer editorial.
Hasta ahora faltaba la palabra de una crítica autorizada, que pusiese de relieve sus cualidades o sus defectos, como lo merecía un libro entregado con esa profusión a la publicidad y leído en pocos días por un público ávido de impresiones del género que ofrecen los Silbidos de un vago.
Sería un fenómeno muy raro que el primer escrito de costumbres de la época y la primera producción literaria de nuestra juventud y el primer libro que obtiene dos ediciones en un mes no diese materia a la crítica literaria también, poniendo de relieve sus cualidades, sus méritos o sus defectos. ¿Habrá libros que pongan miedo, ya por el asunto de que tratan, ya por el autor que los lanza a la publicidad?
Ya habíamos tenido otra producción del género, llamada Tiempo perdido, que es en el fondo la misma idea de los Silbidos de un vago, sólo que el primer título supone un hombre que trabaja y a ratos perdidos escribe, y el otro es el fruto de la observación de un bedau85, un flâneur que pasa su tiempo en vivir, y dice lo que va viendo, oyendo y llamándole la atención.
Este último, sin embargo, ha sido tan leído que se lo han arrebatado de las manos, tan saboreado, que la primera pregunta que se hacían por tres días al menos los que se encontraban era: “¿has o habéis o ha leído usted los Silbidos de un vago?”. Es un libro que en Montevideo ya no sería muy claro y en Río Janeiro sería griego su contenido. En las provincias argentinas pocos lo entenderán; y si hubiera de leerlo en alta voz alguno que hubiese residido largos años en Buenos Aires, tendría que cerrar el libro a cada página para explicar el enigma de tal tipo o de tal historieta. Es un libro de la ciudad de Buenos Aires adentro de la sociedad que forman cien familias, como ha dado en llamarse la high-life, es la crónica escandalosa de otros tiempos; es, perdónenos el autor, la chismografía impresa, en lugar de la que corre de boca en boca por esta parte de la población, pues la otra, y es la mayor parte, no sabe sino ocho días después, y eso incompleto, lo que ya es historia antigua para los actores y protagonistas.
El mérito de los Silbidos de un vago está en ser genuina expresión del país, el libro y el autor, los silbos y el vago. En Europa o Estados Unidos no se comprendería la posibilidad siquiera de que un escritor tomase por asunto de sus observaciones las personas vivas, vivientes, actuales en la sociedad, y que de tal manera las describa, pinte, desnude o desuelle que el lector esté diciendo: “Este es Urioste, aquel, J. C. Carlos, ese otro Juan Carranza”.
Pues bien, este género de literatura sobre la carne viva contiene toda una manera de ser social, cuenta con una tradición secular y no nos sorprendió en manera alguna el interés que suscitó la primera lectura de los Silbos de un vago, pues era como si viéramos a un antiguo conocido, amigo y aun pariente nuestro, ausente largos años, quién sabe si desterrado por causas políticas y que vuelve ahora, y se nos presenta, fresco, alegre, cuando lo creíamos corregido de sus defectos de carácter o de sus malas costumbres, ¡el chisme, la murmuración, el cuento!
Ahora un siglo la vida de las ciudades era o debía ser, porque no hemos alcanzado esos tiempos, desprovista de excitaciones y de novedades. Llegaba un buque de vela de la España lo que no era la Europa entonces por muerte de un obispo; como solo clérigos o
monjes sabían leer, y a éstos ni a nadie les interesaba saber lo que se pasaba en otros mundos, había que vivir de su propia sustancia, sin más novelas que la novena de un santo, sin más orquesta que la de misa de gracias, con gloria, sin más reuniones y fiestas que las de los santos patrones de ciudades y conventos, el Corpus y las advocaciones del Rosario, Mercedes, del Carmen, a más de las milagrosas, etc.
En los entreactos que duraban semanas, salvo en el octavario o la semana santa, el locutorio de las monjas servía de plaza de abasto para la chismografía, entrando las beatas desde muy temprano, cargadas de la cosecha de la noche, en materia de incendios, de raptos, de querellas, puñaladas, serenatas, sorpresas de alcoba y otros items de la vida doméstica, sin contar los detalles de las fiestas, el menú —como diríamos ahora— de la boda de San Pedro o Santo Domingo y lo que le dijo el Virrey o el primer Alcalde a una dama, y lo que esta le replicó, excitando la risa de los oyentes.
Un convento sobre todos lograba al fin de muchos años de constancia y, mediante un personal bien adiestrado y numeroso, la fama de bien informado, ni más ni menos que hoy un diario, por sus correspondencias de afuera y sus cronistas de adentro, lanza cada tarde cuanta novedad pueda interesar al lector. En Lima estaban en todo su esplendor estas costumbres hasta 1860; en Santiago de Chile, donde la peste del diario no se introdujo hasta 1840, el locutorio del Carmel Alto gozaba del monopolio de la chismografía matutina. Era como ahora se dice de la reputación de bien informada de La Nación o El Nacional: nombrar el convento hacía caer vencida o avergonzada la objeción.
Todavía en 1860 estaban vivos algunos de los reporters más nombrados de la época y si no los nombramos nosotros, es por no conocer el género de los Silbos de un vago.
Vino la imprenta y durante muchos años no dio entradas en sus ilustradas columnas al chisme, al cuento del reporter o del cronista, las muertes ocurridas, los raptos de muchachas de cierta esfera, y otras ocurrencias mal disimuladas. La chismografía y las murmuraciones seguían su ruta tradicional, aunque cerrados los conventos en unas partes, entrometida la política en todas las cosas, fue perdiendo su posición respetable, confesada y admitida socialmente en la buena sociedad, debiendo limitarse al salón privado, cuando las vestales que conservaban el fuego sagrado lo soplaban en cachete entre un sorbo del mate o un azucarillo o panal que se sopa en el agua, para que de sopada en sopada se disuelva, como se hace humo la reputación que están discutiendo.
En Europa debió existir aun más picante el chisme y el cancán, pues ha dejado adherido a las lenguas del oeil de beuf de las Tullerías la gacetilla del escándalo de la corte. Eugenio Sue, en Los Misterios de París, hizo una literatura especial del chisme, tratándolo en grande, como puede suministrar modelos la ciudad y sociedad más dramática, más novelera y más llena de aventuras y contrastes. Quiso Villergas en España hacer unos Misterios de Madrid, y como la sociedad y el paisaje son o estrechos o pocos accidentados, en aquella pepinera de motivos, para cuadros, caracteres y escenas que suministra la Gaceta de los Tribunales, Villergas escribió los primeros Silbidos de un vago, de manera que se señalaban con el dedo los tipos de los pretendidos misterios que no eran un misterio para nadie; y más tarde y en legítima represalia de la vida de Madrid se hizo imposible para el autor, que fue desde entonces el Judío Errante por la Habana y estas Américas, hasta acabar en un hospital su vida literaria.
Tiene, pues, padres abonados el libro que tanta sensación ha causado: primero porque el lector se reconoció en el libro, que había sido escrito para él y a su paladar; y en seguida porque nunca había este género tomado la forma del libro, ni sabídose que fuese un género de literatura sacarle el cuero al prójimo, entregarlo a la burla, sin pasión personal, como si ese hombre, con sus defectos y sus pequeñeces, fuese propiedad del autor, quién se sorprenderá sin duda, si un médico disecado, vivo, hallase que no es tan caritativo, ni el propósito, ni el medio. Pase por chismografía; pero si no fuese un hijo contrahecho de la maledicencia siquiera el que adopta y acaricia el autor, sino que hay motivo de creerlo, que
son de su propia cosecha los repulgos y aliños de que lo reviste, tan nueva es la sospecha odiosa insinuada, pues nadie antes de ahora la había sugerido, aún entre las comadres de tijera más cortante y de lengua más afilada, tan ocioso y poco conducente jicarazo.
Y al descender a este detalle, de que ocurren dos o tres casos, de una odiosidad que traspasa el límite de lo feo o de lo repugnante en el género naturalista, nos ocurre preguntar: ¿esto es literatura también? Las reputaciones de las personas, aun en el caso de no ser seráficas, ¿entran también en el género de la pintura de las costumbres modernas o actuales?
Seríamos muy severos con el autor si no viésemos que él se trata peor de lo que trata a los demás. Cuando se describe a sí mismo como un blarezé, como un impertinente, un mal criado insoportable, un egoísta odioso, nada de verdad dice de sí mismo, por cuanto son imposibles, y absurdos los defectos que se imputa. Complacerse en que llamen en vano a la puerta sus amigos porque al fin los que lo buscan no vienen a traer sino a pedir: y dejarlos que golpeen y golpeen, y subirse al balcón para verlos darse tan pesado chasco, son invenciones de una imaginación pobrísima en el arte de inventar. Ni ha tenido amigos que le pidan nada; ni hay en Buenos Aires puerta de calle cerrada donde golpean para que abran, ni balcón desde donde contemplar estúpidamente el chasco harto grosero de negar a tout venant la entrada.
Eso se hace en Francia con el sastre o el acreedor que cobra al calavera, pero ni aun así valía la pena decirlo y menos escribirlo.
Precisamente esos defectos del libro le dan su carácter. Es un documento histórico. No hemos podido escribir dramas; la novela ha hecho ensayos, y casi siempre sobre hechos históricos: la Amelia, la Miranda, La novia del hereje, La loca de la guardia. La biografía es el primer ensayo histórico, el Facundo, el General Belgrano, Bernardino Rivadavia.
Los recuerdos literarios podrían suministrar materia para mucho papel escrito; pero son escasos los autores, casi siempre sin aventuras, sin bohemia, como llaman en Francia, como se ve por accidente en las Horas perdidas.
Los Silbidos de un vago serían la primera inspiración literaria de un pueblo recién nacido, sin antecedentes históricos. La comedia de Aristófanes principió por ahí. Sócrates presente, viendo en las tablas a Sócrates haciendo muecas. La vida le costó al pobre. El otro día ya intentaron hacerlo en Buenos Aires con un pobre diablo que estorbaba en política y que sin duda no había cometido las faltas de Sócrates. El autor no es, a lo que se cree, persona que cultivase las letras, que haya escrito sobre nada, ni cometido o atormentado versos. Supongamos una sociedad en ese estado ateniense de cultura, que puede conversar con gracia, describir con animación, murmurar con malicia, imitar o remedar con talento cómico, o nimio, y en un círculo limitado, pues es pequeña la que vive de esta vida social y se propusiese escribir un libro, sin asunto, sin propósito útil, un libro para hacerse leer, y gustar del lector que conoce, escribiría los Silbos de un vago que todos entienden, porque cada cuento, cada rasgo característico de personas, cada calumnia o maledicencia o murmuración se había repetido hasta el cansancio antes. ¿Por qué exclamamos al leer cuatro renglones seguidos: “éste es Pedro” o “Juan”, sin equivocarnos de una pulgada? Porque somos nosotros mismos los que hemos escrito cada página de los Silbos de un vago, cuyo autor ha tenido el incomparable talento de ponerlo en limpio y publicarlo, cargando con la responsabilidad sólo de la mentira o de la imputación odiosa.
Devánanse los sesos los curiosos por adivinar cuál ha sido el móvil del autor al escribir este libro. Pretenden unos que sea esperanza de lucro, lo que nos parece fuera de propósito, porque no era escritor, ni avezado en escribir, el autor. A despecho contra la sociedad le atribuyen otros, y si es venganza lo que se propuso, la avidez con que ha sido leído es el mayor castigo que ha podido darse ella misma, pues eso prueba que el otro tenía razón en tenerla en tan poco chismosa. Para nosotros si no fuera una persona que ha viajado y recibido una cierta educación, creeríamos que es un novicio que no sabiendo lo
que es literatura crea una especial, basada en el chisme antiguo de su propio país, a no ser que el género de Zola haya traído esta variante, mucho mejor por cierto, salvo que los favorecidos con lo que será una mención honorable o una lotería, lo que les haya caído, no lo reciban en gracia.
Lo peor es que ni la rectificación ni la revancha es posible cuando el nombre está suprimido, y si usted se da por aludido, probará cuando más que se declara gusano.
El Diario, 31 enero de 1883
Silbidos de un vago
. El autor a Pedro GoyenaEugenio Cambaceres Señor doctor Pedro Goyena
Gracias, mi querido Pedro, muchas y muy repetidas, por el juicio que de mi “especie de larga conversación o cuento con digresiones” ha publicado su Unión.
El cariño que “más de una vez le ha hecho lamentar que no tenga yo la fuerza de voluntad necesaria para tomar un rumbo en la vida y dar objeto preciso de aplicación a mis facultades intelectuales”, cariño del que acaba de ofrecerme una bien elocuente prueba, le ha nublado esta vez los ojos, Pedrito; cumple a mi sinceridad decírselo sin pecar de falsa modestia y le aseguro que, a pesar de habérseme ya pasado el tiempo de esas cosas, me ha hecho usted poner colorado de vergüenza hasta las orejas, al leer la serie de alabanzas que tan inmerecidamente ha tenido la bondad de prodigarme.
Dos palabras ahora sobre su trabajito.
Como todo lo que sale de su pluma, es un pequeño prodigio, de galanura y corrección.
Cent fois sur le métier remettez votre ouvrage, Polissez-le sans cesse et le repolissez,
Piensa usted con Boileau y hace perfectamente; el próchage, he ahí el medio más seguro de no comprometer uno su reputación y, por mi parte, le confieso que es ese completo finished lo que más he admirado siempre en todas sus producciones.
Puede decirse de usted con plena y entera justicia que es, en literatura, el Fétis de su generación.
Hay, sin embargo, en su preciosa crítica, sencillamente porque la perfección n’est pas de ce bas monde (disimúleme “el gusto de intercalar palabras francesas en medio de mi prosa decididamente criolla”), dos puntos oscuros por pequeñas falsedades que voy a enmendarle, con su permiso, nada más que por amor a la verdad.
Primera. Los párrafos que han tenido la desgracia de lastimar su buen gusto, y que usted transcribe como dirigidos por el Vago a la mujer de Juan, no son párrafos de una carta escrita a una mujer por un hombre de mundo en “semejante estilo verdaderamente raro, inverosímil” —estilo que no se gasta en los salones, usted comprende que hace mucho tiempo que lo sé— sino ocurrencias del Vago para su capote, en un rincón de su cuarto, mano a mano con él mismo, circunstancia en que bien podemos dispensarlo de que se calce los guantes para abrir la boca, ¿no le parece?
Dése la molestia de hojear de nuevo el libro y el convencimiento no tardará en penetrar en su espíritu.
Segunda. Cuando he dicho Pot-pourri he entendido que se leyera música y no olla. Sufro una dispepsia crónica que me tiene, desde hace tiempo, reñido a muerte con esas comidas indigestas y rancias; no son ni de mi paladar ni de mi estómago.
A usted probablemente no le sucede otro tanto, porque, gracias a Dios, goza una salud de fierro.
Que la conserve muy lejana hasta la hora del último traspié son los deseos de su afectísimo amigo y seguro servidor.
El autor de Pot-pourri
El Diario, 1.º de febrero de1883