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Chapter 3: The literature on listening: What listening is and how it is taught

1.   Initial focus on context

3.4 Process-based listening strategy instruction

El Henotikon (la fórmula de «unificación», denominación extraída del lenguaje vulgar, del que el exquisito papado no hizo nunca mención nominal) era en sí una obra maestra del patriarca Acacio y de su amigo Pedro Mongos, expresión típica de la idea de una Iglesia imperial e inten- to de compromiso entre católicos y monofisitas, que, sin embargo, acabó pronto ahondando las diferencias ya existentes. En aras de la unidad del Imperio, de la que, se pensaba, era condición imprescindible la unidad religiosa, quería reconciliar a monofisitas y difisitas y, sobre todo, pacifi- car a Egipto y Siria en el plano político-religioso en bien del Estado. Ello resultaba tanto más necesario cuanto que el emperador se veía acosado tanto por los ostrogodos como por los generales en rebelión, Ilón entre ellos.

El Henotikon no era formalmente herético. Tomaba como base las profesiones de fe de Nicea (325) y de Constantinopla (381). Mantenía la unidad de Cristo y su igualdad esencial con el «Padre» y también el tér- mino ya tópico de «Madre de Dios». Sustentaba la teología cirírila de los «Doce Anatematismos» y también la condena del «hereje» Eutiques y la del «hereje» Nestorio: Zenón mandó, en 489, destruir totalmente la es- cuela de los nestorianos de Edesa. En cambio eludía algunos puntos con- trovertidos. Evitaba toda clase de complicaciones dogmáticas, ciertas formulaciones de Calcedonia, cuyos estatutos ignoraba, y de modo espe- cial los conceptos precarios, por no decir peligrosos, de «persona» y de «naturaleza». Dejando, pues, de lado el punto eminentemente conflictivo (una o dos naturalezas: de Cristo se decía únicamente que «era uno y no dos») Zenón, un cristiano piadoso por demás, pretendía ganarse a los monofisitas para la Iglesia del Imperio, unificar al clero contendiente en una línea intermedia y asegurar de este modo un culto unitario y la paz religiosa en bien del Imperio. «A quienquiera que piense o pensara de otro modo, entonces, ahora o en cualquier momento, sea en Calcedonia o en cualquier otro sínodo, ¡lo declaramos Anathema\» Con esa misma

radicalidad, incluso de forma aún más resuelta, había inculcado un si- glo antes, el 28 de febrero de 380, otro emperador, Teodosio I, la fe or- todoxa.35

Pero si la opresión sangrienta de Teodosio no logró la unidad, tampo- co lo consiguió el intento de conciliación, pues el Henotikon no satisfizo ni a los ortodoxos ni a los monofisitas. Cada obispo particular obraba como mejor le parecía, escribe Evagrio de Antioquía, quien, dicho sea de paso, fue, entre los historiadores antiguos de la Iglesia, el que poseyó los más elevados títulos estatales.Los contendientes cristianos «no tenían ya la menor comunicación entre sí. Eso llevó a muchas escisiones en Orien- te, Occidente y África... La situación se hizo aún más absurda pues tam- poco los obispos orientales comunicaban lo más mínimos entre sí». Efec- tivamente, incluso en Oriente, donde el Henotikon había sido suscrito por los patriarcas monofisitas de Alejandría, Pedro Mongos («el Tartamu- do»), el partidario más significado de Timoteo, por el de Antioquía, Pe- dro Fullo, y también por Martirius de Jerusalén y otros prelados, incluso allí existían cuando menos cuatro grupos cristianos principales que riva- lizaban acremente entre sí: uno a favor de Calcedonia sin Henotikon, otro en favor de Calcedonia y del Henotikon, otro en contra de Calcedonia y en favor del Henotikon y otro contra Calcedonia y contra el Henotikon. Es más, continuamente se producían nuevas escisiones: severianos, julianis- tas, agnoetas (Cristo como hombre no era omnisciente), actistetas (el cuerpo de Cristo era increado), ctistólatras (adoradores de lo creado), tri- teístas, damianistas, cononistas, niobitas, etc., que difundían doctrinas más o menos contrarias o totalmente contrarias, en su caso, acerca de la naturaleza de Cristo y la resurrección del cuerpo humano. Ni siquiera to- dos los monofisitas aceptaron el Henotikon. No lo hacían, por ejemplo, los acéfalos, la tendencia más extrema del monofisismo.36

A pesar de todo ello, el Edictum Zenonis, como se denominó original- mente, hubiera pacificado paulatinamente la encarnizada lucha eclesiás- tica de Oriente, si el obispo de Roma no la hubiera atizado desde lejos. El

Henotikon, una declaración de fe puramente imperial, lo ignoraba com-

pletamente sin pedirle para nada su consejo. Añadamos que precisamen- te su más enconado rival, el patriarca Acacio, que seguía desde un princi- pio un curso intermedio buscando cierto compromiso entre calcedonenses y monofisitas, alentaba e incluso dirigía los intentos mediadores del go- bierno. Aparte de ello, el papado rechazaba de plano cualquier solución de compromiso en cuestiones dogmáticas blasonando como siempre de su fidelidad a los principios. Por último, Roma se aferraba tanto más fir- memente a las decisiones de Calcedonia cuanto que la Iglesia romana también había tomado parte en las mismas haciendo oír su palabra. Fue incluso la primera vez que pudo siquiera hablar en uno de los grandes sí- nodos imperiales. «Hasta entonces, todas las decisiones fueron adoptadas

sin su participación, única y exclusivamente por cuenta de los obispos y teólogos orientales.» (Dannenbauer)37

De ahí que, muy al revés que su antecesor Hilario, el papa Simplicio reanudase la tradición de León I, aunque con mucha menos habilidad. Roma quería a todo trance que no se llegase a un compromiso y menos aún a uno conseguido a costa de sus pretensiones de primado universal.

Sus exhortaciones a Oriente para que combatiese la herejía eran ince- santes, pero partía de una valoración equivocada tanto de Acacio, una ca- beza eminentemente política y muy superior a la suya, como del empera- dor. Ambos lo ignoraban a menudo y en cualquier caso no lo tomaban en serio. Con todo, Simplicio apremiaba una y otra vez a Acacio para que consiguiera del soberano la deportación de los «herejes» a lugares inac- cesibles, para que los apartase de la sociedad humana mediante una dis- posición especial, situándolos al margen como si tuvieran una enferme- dad contagiosa, lo que equivalía a una proscripción en toda regla. Insistía en que no se les concediese la menor posibilidad de rendir satisfacción y en que se sacase también de su escondrijo clandestino a Pedro Mongos, «socio y príncipe de los herejes» y se le confinase a un país lejano. Había que impedir cualquier rebrote del desvarío herético y no había que con- ceder tregua en ello. Era deber del patriarca asediar al emperador, oportu- na o inoportunamente, rogándole que amparase al catolicismo haciendo uso del poder del Estado.38

La resistencia imperial contra los «herejes» le parecía demasiado dé- bil a Simplicio. Le desagradaba asimismo que el patriarca de la corte de Zenón consagrase al de Antioquía, sede independiente de Constantino- pía, viendo en ello un acrecentamiento intolerable del poder de Acacio. Y cuando en Alejandría, muerto ya en febrero de 482 el recién nombrado Timoteo Salophakiolos, los católicos eligieron al monje Juan Talaia mien- tras que el emperador y Acacio lo dejaron de lado, por perjuro y por trai» dor, y entronizaron al obispo cismático y amigo de Timoteo «Ailuros», Pedro Mongos, al «socius hereticorum» excluido de la Iglesia, como Simplicio escribía a Acacio, el difusor de «herejías militantes», y al mis- mo emperador (ninguno de los dos contestó: «Nullum responsum», hizo constar su asombrado sucesor Félix), la disputa con Roma estalló sin pa- liativos.39