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4.6.1 Processing of construction licence application
Las diferentes conceptualizaciones de la inteligencia han dado lugar a diferentes formas de operativizar el constructo. Durante un siglo los psicólogos han administrado tests diseñados para medir la inteligencia general o factor g. El éxito histórico que ha tenido el CI como pronóstico de éxito académico y laboral ha contribuido a que este índice sea visto como la definición operativa de la inteligencia, especialmente en Occidente (Paulhus y Harms, 2004; Sternberg y Kaufman, 1998).
Si se concibe la medida de la inteligencia como la medida de las competencias en desarrollo, las correlaciones entre el CI y otros tipos de rendimiento representan solamente una superposición de las competencias requeridas para tener éxito en sendas actividades y no una relación intrínseca entre la inteligencia y otras medidas. Desde esta óptica, lo que distingue a los tests de aptitud de otras pruebas de rendimiento no son los tests propiamente, sino la interpretación que se hace de las puntuaciones obtenidas (Sternberg, 2005).
Las medidas tradicionales de la aptitud han recibido críticas, por considerar que el CI no capta el constructo aptitud en toda su extensión (Freeman, 1913; Gardner, 1983; Sternberg, 1985a). Así comenzó el interés por desarrollar instrumentos de medida
alternativos, por ejemplo incluyendo ítems sobre la percepción de la propia capacidad.
Se han desarrollado distintas escalas para evaluar la percepción sobre la propia capacidad. Entre éstas podemos citar:
Intellectual efficiency (Ie) de Gough (1953), Behavior Check List
(BCL) de Sternberg (1988), Intellect composite de Hogan y Hogan (1992), Over-Claiming Questionnaire (OCQ) de Paulhus y Bruce (1990), Smart de Trapnell (1994). En algunas investigaciones también se incluye la evaluación de la aptitud por parte de los pares, suministrándoles a éstos el mismo instrumento de medida que a los sujetos cuya capacidad se desea medir (p.e., Lysy y Paulhus, 1996; Pauhus y Harms, 2004).
Paulhus et al. (1998) estudiaron comparativamente las escalas Ie, BCL, Intellect y Smart como potenciales predictores del CI. Si bien sus resultados muestran que Ie y Smart son los mejores predictores, la principal conclusión de estos autores es que las cuatro escalas resultan útiles para evaluar la inteligencia, en tanto ésta sea concebida como un concepto amplio. La escala OCQ ha sido empleada tanto para evaluar la aptitud cognitiva (Paulhus y Harms, 2004) como también la tendencia a sobredimensionar las capacidades propias, con independencia del nivel de aptitud (Paulhus, Harms, Bruce y Lysy, 2003). Otros autores han medido el CI así como predicciones de los sujetos sobre sus propios CIs
(Furnham y Rawles; 1999; Reilly y Mulhern, 1995), encontrando correlaciones modestas entre los valores reales y las estimaciones.
Pike (1995, 1996) obtuvo correlaciones bajas / moderadas entre la capacidad percibida y las puntuaciones en tests estandarizados, pero en ningún caso obtuvo una “correspondencia uno-a-uno” (Pike, 1996, p. 110). Por lo tanto, los auto-informes pueden ser buenos predictores del rendimiento en pruebas estandarizadas, aunque no sustitutos de esas medidas (Paulhus et al., 1998; Pike, 1996).
Muchos factores afectan la magnitud de las correlaciones entre estas medidas y el CI. Por un lado, un grado de solapamiento elevado entre los contenidos de los instrumentos cuyas medidas se comparan redunda en una mayor correspondencia entre los resultados (Pike, 1995; Sternberg, 2005). Por ejemplo, la capacidad percibida y los resultados de tests estandarizados basados en el
mismo conjunto de especificaciones son medidas congenéricas, es
decir, representan un mismo constructo. Las puntuaciones en tests estandarizados, los auto-informes sobre el nivel de aprendizaje y el promedio de calificaciones resultan todas medidas válidas del aprendizaje, pero en un dominio específico (Anaya, 1999).
Otro factor que influye en las correlaciones es el método empleado para realizar las mediciones (Pike, 1995). La fiabilidad de las puntuaciones en tests estandarizados suele ser elevada, pero el
rango de contenidos que abarca la prueba suele ser estrecho; en cambio en los auto-informes en general se mide un espectro más amplio de resultados, pero de manera menos precisa (Astin, 1993).
Dos factores que contribuyen a explicar la moderada correspondencia hallada entre los auto-informes y las medidas más objetivas son la ignorancia motivada y la ignorancia no motivada (Paulhus, 1986). La primera sería la responsable de inflar la percepción de la capacidad propia, ubicándose a sí mismo por encima de la media de inteligencia, debido a una tendencia narcisista a sobredimensionar las aptitudes. También se incluye dentro de la ignorancia motivada el empleo de definiciones idiosincráticas de la inteligencia, que aseguran al sujeto una posición alta en las escalas (Dunning y Cohen, 1992). El componente de ignorancia no motivada vendría dado por la falta de interés del sujeto en este tipo de cuestiones (Campbell y Lavallee, 1993).
Otro factor que contribuye a explicar las diferencias es la tendencia común de las personas a basar la percepción de la capacidad propia en aptitudes que abarcan más que las aptitudes medidas a través del CI. Según Sternberg, Conway, Ketron y Bernstein (1981) y Sternberg (1985b) los sujetos emplean teorías
implícitas para evaluar tanto su propia inteligencia como la de otros.
Estas teorías implícitas son construcciones de todos los sujetos, a diferencia de las teorías explícitas, elaboradas por los científicos a
partir del rendimiento de las personas, cuando éstas ejecutan tareas que requieren inteligencia.
De acuerdo con los resultados de Sternberg et al. (1981) y de Sternberg (1985b) las personas emplearían las teorías implícitas de una manera sistemática. Ello implica que la concepción implícita de “sujeto inteligente” se corresponde con un patrón organizado de aptitudes y por lo tanto la evaluación de la inteligencia se haría de una manera precisa. Este patrón de aptitudes incluye las mismas aptitudes que se miden mediante los tests convencionales, pero además abarcan el lado práctico de la inteligencia. Existiría pues una fracción de la inteligencia que no es medida a través del CI y que sería detectada tanto por el sujeto como por sus pares, de una manera sistemática.
En línea con lo anterior, Lysy y Paulhus (1996) encontraron que la percepción de la propia capacidad es un buen predictor de la inteligencia evaluada por parte de los pares, con independencia de las medidas de CI. Las medidas de capacidad mediante auto- informes tendrían un valor en sí mismas, más allá del CI (Paulhus et al., 1998).
Tanto las medidas convencionales como las alternativas presentan ventajas y desventajas. Las primeras presentan la ventaja de ser objetivas, pero su contenido es relativamente estrecho, restringido al dominio académico y las condiciones de aplicación
pueden tener un efecto muy estresante en los sujetos (Paulhus y Harms, 2004). Las percepciones de los pares abarcan una rango de contenidos más amplio que las medidas objetivas, pues pueden aportar información sobre un conjunto de situaciones donde se pone de manifiesto la aptitud cognitiva de los sujetos, más allá del dominio académico. Sin embargo, su validez está limitada por la experiencia y por el grado de conocimiento del informante respecto a los sujetos cuya aptitud se desea medir; por tal razón se deben considerar solamente informantes calificados. Finalmente, el auto-informe es la medida de aptitud que cubre el mayor rango de experiencia; como contraparte, se trata de una medida sujeta a distorsiones por el sesgo en las respuestas (Gabriel et al., 1994; Paulhus et al., 1998; Paulhus y Harms, 2004).
Cabe aclarar que las medidas alternativas no han sido recomendadas por los investigadores como sustitutas del CI, sino como medidas alternativas, que abarcarían aspectos de las aptitudes cognitivas que el CI no capta. Los resultados de las investigaciones sugieren validez convergente entre los auto-informes y las medidas objetivas de la aptitud, con un grado de solapamiento considerable. Pero la fracción que no se solapa – y que en parte explica que las correlaciones halladas sean solamente moderadas – requiere de más investigación (Paulhus y Harms, 2004; Paulhus et al., 1998; Pike, 1995, 1996). Persiste la búsqueda de nuevos y
en cuenta que una ventaja tanto de los auto-informes como de la evaluación por pares es que ninguno de ellos supone el contexto estresante característico de la aplicación de los tests de medida del CI.