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María Eugenia Redruello UBA, UNA

-Me prestaron tu libro sobre Carriego, ahí hablás todo el tiempo de malevos; decime, Borges, vos, ¿qué podés saber de malevos?

J.L. Borges, “Juan Muraña”

I.

Esta historia comienza en los años 90, en un barrio de Quilmes, de calles gastadas y arboledas viejas, transitadas siempre por los mismos vagos en un ir y venir sin fin, buscando algo, quién sabe qué. (AA.VV, 2013: 9)

Así empieza “La esquina”, el primer cuento reunido en la antología Historias Rescatadas que compila 18 relatos escritos por los alumnos de las unidades penitenciarias 24 y 32, que en el 2013, cursaban el tercer año del CENS1 454 de Florencio Varela. Cada uno

de estos relatos tuvo como inspiración Villa Celina (2008) de Juan Diego Incardona. El conurbano bonaerense, el barrio, los vecinos, las calles, plazas y descampados fueron invocados para contar historias de amistad, de amor, de aventuras, tragedias y recuerdos de infancia donde el barrio fue el escenario privilegiado sobre el que se compusieron estas historias personales2. La mayoría de estos relatos comienzan con una estructura similar de

ciertas coordenadas, como las que inscriben una esquina, un barrio en un partido, las que demarcan los límites entre barrios, o señalan diferencias entre centros y periferias. Hay coordenadas físicas y también sociales. En muchos de ellos se percibe un matiz nostálgico del barrio que da cuenta doblemente de la huella de la escritura de Incardona y los códigos del primer peronismo que su letra evoca3.

De la periferia al centro, Villa Celina se define por fronteras que van más allá del catastro. Trazar una frontera es definir un territorio y registrar su identidad (Balibar, 2005). Cruzar una frontera puede conllevar peligros que Incardona anuncia: “la última esquina es una triple frontera” (Incardona, 2008: 116), pero también puede ser una marca de libertad y expansión, “y vaya uno a saber dónde terminaba Celina aquella noche” (2008: 104). El barrio, en estos relatos, se ve poblado de acontecimientos que crean identidad, donde la familia encarna el bastión de la vida que se define puertas afuera. Desde el comienzo Incardona nos introduce: “…Villa Celina fue poblada por españoles e inmigrantes del sur de Italia, como mis abuelos José y Lucía; Juanita, la almacenera, o Antonia, su cuñada” (2008: 11). Hay una suerte de relato nostálgico y mitológico de un pasado perdido que evoca un tipo de militancia sentimental, como puede leerse en cuentos como “El hijo de la maestra” o “Los reyes magos peronistas”. El barrio se construye como un espacio de pertenencia que

1 Centro Educativo de Nivel Secundario.

2 El 24 de octubre de 2016 se llevó a cabo la 1ª Jornada de “Arte y alteridad, arte en contexto de encierro”, por el

Instituto de Estudios Iniciales, el Programa de Estudios de la Cultura y el Centro de Política y Territorio de la UNAJ, donde Hugo Legizamón presentó la antología, junto a Victor Hortel, ex director del Servicio Penitenciario Federal y otros panelistas.

3 Vanoli y Vecino rescatan la idea, en el terreno de lo imaginario y bajo la forma de la leyenda en la literatura de

Incardona, de aspectos sobre todo felices del peronismo de las décadas del 40 y del 50, ligado al imaginario nacional del proyecto modernizador que se asocia a un discurso donde lo popular democrático comienza a ser central. En El campito (2009) Incardona aborda el peronismo como tema central reinventando su historia a partir de la reconstrucción imaginaria del mapa de un conurbano bonaerense alucinado.

94 funde la experiencia sensible individual a la cultural y colectiva, los mitos de la comunidad y las fantasías. Es este el contexto en el que la narrativa de Villa Celina se define: como nostálgica, cuando evoca una imagen del conurbano asociado a la simbología costumbrista de la niñez, la familia y los amigos, en resonancia con los valores del barrio como comunidad organizada (los pibes del barrio, que disfrazados de reyes magos la noche del 5 de enero comenzaban la peregrinación y el reparto de juguetes desde la Unidad Básica); o como aventura, cuando narra el cruces de fronteras y tránsitos de y hacia lo desconocido, como en “La culebrilla” o “Los rabiosos”, que la ansiedad y la rareza impregnan la peregrinación hacia barrios desconocidos, de personajes casi mágicos, como la curandera que vive en una villa cerca de un precipicio que no tiene ni nombre, o la guerra entre pandillas que se inicia por cruzar fronteras que no se debían. El juego entre identificación y exotismo alimenta la literatura de Incardona. El primero remite a lo familiar, el último a lo desconocido y entre ambos, circula el territorio vinculado indisolublemente a la pregunta por la identidad.

II.

Entre la realidad y la ficción se carga de sentido la noción de lo popular en la literatura moderna. Para Rancière, y haciendo una contrahistoria de la modernidad estética, el realismo literario es la pérdida del orden de la ficción que habilita la democratización literaria. La proliferación de detalles, como en las obras de Flaubert, de descripciones y anotaciones sin una aparente función directa en la estructura narrativa, rompe con la estructura general del relato y su lógica predictiva acorde a las leyes del género que imperaron desde Aristóteles. Detalles sin trayectoria dirá Barthes en “El efecto de realidad”. La descripción, así entendida, aparece con una especie de carácter propio, sin estar justificada por una finalidad comunicativa o acción narrativa, más que por una función estética, cuyo único sentido sería el de embellecer el lenguaje en “una especie de lujo de la narración” (Barthes, 1994: 180).

Pero si bien estas descripciones tienen cierta autonomía respecto de la estructura narrativa, no será así en cuanto a los imperativos realistas, dirá Barthes. Las exigencias estéticas están penetradas de exigencias referenciales. No importa la funcionalidad de un detalle siempre que éste denote “lo que ha tenido lugar”. Así, la “realidad concreta” se convierte en la justificación suficiente del decir4. Lo “real” se considera autosuficiente ya

que es lo bastante fuerte para desmentir toda idea de “función”, permitiendo que su enunciación no tenga ninguna necesidad de integrarse en una estructura y que el “haber estado ahí” de las cosas se vuelva un principio suficiente de la palabra: así como el barómetro de Madame Aubain, que anota Flaubert en “Un corazón sencillo” e inspira el análisis de Barthes, no pertenece al “orden de lo anotable” según la lógica de la acción narrativa, el tanque de Villa Celina, que anota Incardona en repetidas oportunidades, es igual de inadecuado o insignificante a la estructura narrativa.

El realismo, así entendido, funda un tipo de verosimilitud que establece que en el “detalle concreto” el significado está expulsado del signo generando una suerte de ilusión referencial, que no hacen otra cosa que significar sin nombrar: nosotros somos lo real y lo que se está significando en esa operación es la misma categoría de lo “real”. La evidencia de lo real es para Barthes el sustituto moderno de lo verosímil que normaba el régimen representativo5 desde Aristóteles. La lógica del realismo no responde a la adecuación a las

leyes del género, sino que procede a alterar la naturaleza tripartita del signo, la relación entre significado, significante y referente, al excluir al significado y presentarse como una

4 Para Barthes el realismo literario, junto a la “historia objetiva”, el desarrollo de la fotografía, del reportaje y las

exposiciones de objetos antiguos, todos en la misma época, responden a formas de autenticar lo real.

5 Rancière distingue tres tipos de regímenes de identificación de las imágenes: el régimen ético, el

régimen representativo de las artes y el régimen estético del arte, el cual asume la liberación del reglaje que imperó con el régimen representativo de las artes.

95 simple manifestación del referente, de la realidad: una relación desnuda de “lo que es”, que aparece como irreductible al significado y a la función narrativa.

Dirá Barthes que esta referencia obsesiva de lo “concreto” encarna una ideología que está armada, como una máquina de guerra, contra el sentido, como si lo que está vivo no pudiera significar y lo que significa no pudiera estar vivo. Al destruir las antiguas reglas de la ficción, el realismo se presenta como un continuo, como un indisoluble que destruye un modelo jerárquico y la distinción que “divide a la humanidad entre la élite de los seres activos y la multitud de los seres pasivos” (Rancière, 2014: 14) afectando la misma estructura de racionalidad en palabras de Rancière. Analizar el “efecto de realidad” es denunciar la forma en que un orden social se da como evidencia de lo que está ahí como natural e inamovible.

Pero Rancière irá más lejos que Barthes, al ver el en realismo la destrucción, no sólo del modelo jerárquico que privilegia la acción por sobre la pasividad de las cosas, sino también la de un modelo que dejó al descubierto la relación entre el “desorden de los relatos sin cabeza con una subversión de las condiciones sociales” (2014: 22) 6. El fin del régimen

representativo, que Rancière asume en el realismo, arruina el modelo que vincula la organicidad de la obra a la separación entre hombres activos y pasivos, entre las elites de las almas aventureras y la vulgaridad de los individuos “encerrados en la repetición de la vida desnuda” (2014: 26). El realismo asume la multiplicidad del tejido vivo. Es una “democracia ficcional” que instaura una forma específica de la igualdad: “la igualdad de las frases, siendo cada una de ellas portadora del poder de vinculación del todo, el poder igualitario de lo común que anima la multiplicidad de los acontecimientos sensibles” (2014: 32). Esta ruptura está vinculada al descubrimiento de la capacidad del hombre común para acceder a formas de la experiencia que hasta entonces se les negaba, y que la novela del siglo XIX exploró. El realismo literario destruyó la distribución de roles, donde lo popular se identificaba con un género inferior y un sujeto narrativo carente de voz propia, el que sólo podía ser representado por otros. Con el realismo literario, el mundo se volvió extenso y excedió el campo de la acción, al igual que el sujeto, el campo de la voluntad.

El acto de pensamiento que tiene en cuenta este exceso lleva un nombre: se llama ensoñación (…) no es lo contrario de la acción sino otro modo de pensamiento, otro modo de la racionalidad de las cosas. (…) el modo de pensamiento que cuestiona una vez más la frontera que el modelo orgánico imponía entre la realidad “interior” donde el pensamiento decidía, y la realidad “exterior”, donde producía sus efectos. (Ranciére, 2014: 99)

III.

¿Pero es esto suficiente para la igualdad? ¿Es la democracia literaria equiparable a la democracia política? El mismo Rancière reconoce esta dificultad al afirmar que lo que el efecto de realidad pone en juego es el conflicto entre dos particiones sensibles, de lo cual no se desprende que a la igualdad literaria le siga la política:

Esta tensión (entre ambas democracias) está en el corazón de las empresas más resueltas de transformación social. (…) La tensión entre igualdad sensible, acción

6 Para Rancière, a los análisis de Barthes se les escapa el corazón del problema: el aumento de las descripciones, en

detrimento de las acciones, constitutivo de la novela realista, no es el triunfo de la lógica representativa, sino que marca la ruptura de dicho orden y de su principio regulador: las jerarquías de la acción. La obra realista para Barthes abunda en descripciones que el modelo de análisis que él tiene en mente – heredero de los formalistas rusos de los años 20 – elimina por considerarlos superfluos en relación a la estructura narrativa. Este modelo se encontró con dificultades cuando fue aplicado a la llamada novela realista con su multiplicidad de descripciones, las cuales difícilmente se reducían a funciones narrativas. Para Rancière, Barthes parte de los presupuestos modernistas y estructuralistas anclados en la tradición representativa que él mismo estaba denunciando. (Rancière, 2014)

96 estratégica y ciencia de la sociedad pertenece mucho más ampliamente a la historia de los movimientos modernos de emancipación. (Rancière, 2014: 30)

Aun así, este nuevo encadenamiento de lo posible de la ficción literaria servirá a la acción política. Para Rancière, los desajustes del orden ficcional permiten justamente pensar otras relaciones entre las palabras y las cosas, entre lo real y lo posible, que hacen a las formas de la experiencia social y de la subjetivación política. En este sentido, la ficción no es una fantasía que se opone a la ciencia, sino un modelo de racionalidad que, con la aparición del “detalle insignificante” del realismo, desestabilizó las jerarquías discursivas y abrió un mundo que puede así expresar “la multiplicidad de esas “rebeliones silenciosas” contra un destino de inmovilidad.” (Rancière, 2014: 27). La reconfiguración de lo sensible constituye una acción política en cuanto aparecer de la igualdad de todos los hablantes. Aparecer de la igualdad al hacer escuchar la voz de aquellos que se suponía carecían de ella. Es la toma de la palabra transgresora de los que no tienen título para hablar. La palabra de los dominados y de lo insignificante (Nordamann, 2010: 148-149).

Entonces, el acceso a la palabra, y la palabra escrita propiamente, parecen estar en el centro del problema de las reflexiones sobre lo popular. Desde el campo de la sociología, para Bourdieu las clases populares carecen de palabra, ellas “son habladas” 7. Las clases

populares son objeto de discursos que hablan en su nombre y cuando ellas hablan es a partir de un lenguaje que se caracteriza, según Bourdieu, por la inmediatez, la subjetividad y la particularidad. Su discursividad, identificada con la necesidad y la urgencia, se vería reducida a un tipo de pensamiento práctico que estaría al margen de las capacidades abstractas, objetivas y racionales, que sí poseen las clases dominantes, las cuales, al no estar sometidas al imperativo de la necesidad –el gusto popular es gusto por necesidad- poseen una mayor capacidad para el desinterés (estético) o la distancia (de la actitud científica), que generan una ilusión de neutralidad e imparcialidad que sirve de base a la legitimación y la dominación8. Los discursos de las clases populares se ven así excluidos de las tareas

intelectuales por su misma condición social.

A su vez, estas características le han asignado una suerte de marca de autenticidad al lenguaje popular por no reconocerse en él mediación alguna. Esta ausencia de mediación es una ilusión, al igual que el efecto de realidad que Barthes describe: en el realismo literario parece desaparecer el significado del signo del cual sólo queda el referente “real”; en el pasamiento práctico parece desaparecer la capacidad de realizar tal operación de significación, anclando la antítesis entendimiento/sensibilidad en una división antropológica. Como afirma Charlotte Nordmann, el sentido práctico en Bourdieu procura una experiencia del mundo que sería muda. Los dominados son los que no tienen palabra, porque “las palabras que salen de la boca de los dominados no son, propiamente hablando, palabras” (Nordmann, 2010: 82). Por inmediatez, las clases populares estarían al margen del habla y los objetos del realismo al margen de una función narrativa. Para Bourdieu esta desposesión de la palabra es el aspecto esencial de la dominación de las clases populares. Para que las palabras de los dominados adquieran un valor político es necesario que se

7 Para Bourdieu la cultura popular se define en relación a la cultura dominante. Se define relacionalmente por

oposición y subordinación a la misma. Es una relación paradójica que el mismo Bourdieu reconoce que condena a la clase popular a una posición de subalteridad irresoluble. (Bourdieu, 1979)

8 Grignon argumenta contra la ficción de que el dominado habita sólo en la necesidad y en ésta como urgencia porque

en cuanto hay opción, aunque sea pragmática, la misma necesita ser estudiada. Por otra parte, lo popular no se reduce a la carencia y a la urgencia, ya que también hay patrones de repetición que ameritan análisis, así como también reconoce que en las prácticas se desarrollan formas de reflexividad. A este respecto Nordmann le cuestiona a Bourdieu que se olvida que también hay un lenguaje de la práctica, así como el hecho de establecer una discontinuidad entre las formas del lenguaje que puede ser cuestionable, y que él mismo pone en duda en sus escritos de 1977 (Nordmann, 2010).

97 apropien de la palabra legítima9. Entonces, el discurso popular está inserto en la paradoja

de una doble desposesión, que el mismo Bourdieu reconoce: por un lado, el sentido práctico genera un tipo de discurso que debe ser traducido, y en la traducción se pierde el carácter singular del discurso popular, despojándolos de su experiencia más propia10.

Pienso que es una contradicción insoluble: esta contradicción, que está inscripta en la lógica misma de la dominación simbólica (…) La resistencia puede ser alienante y la sumisión puede ser liberadora. Tal es la paradoja de los dominados. (Bourdieu, 2000: 156)

En oposición a esta visión, para Rancière, las palabras no son reflejo de la dominación, sino que su sentido se define justamente a través de las prácticas y los usos que permiten comprender las condiciones de su discursividad y cuestionar las relaciones de poder que las sustentan. Rancière postula un tipo de emancipación que no consiste en la adquisición de un saber “legítimo”, sino en la impugnación de los discursos considerados legítimos según el orden social, bajo el postulado de una igualdad que se logra a partir de los efectos prácticos de la enunciación. Lo que importa, para Rancière, son los efectos prácticos que emanan de una teoría, de un enunciado, que no importa comprobar como verdad. En este sentido, es critica la posición de Bourdieu, que incluso cuando se ocupan de la emancipación social, aplica el presupuesto de la desigualdad, al afirmar una verdad cuyos principios prácticos anulan la emancipación. En la sociología de Bourdieu, Rancière ve una posibilidad diagnóstica a la que le reprocha la imposibilidad de cambiar las cosas, la cual termina por “refundar lo arbitrario en la necesidad” (Rancière, 2013: 127) y legitimar la división social. Para Rancière el problema de la sociología es que es un tipo de discurso, de ficción, que está destinada a garantizar el orden social.

Pero a este método suele oponérsele otro, no más feliz para Rancière: el que pretende presentar en su desnudez las “voces de los de abajo”, que sigue siendo un modo de situar en su respectivo lugar la voz del mundo popular. Algo del orden de la búsqueda de lo auténtico, de una identidad colectiva, que hace que lo popular no pueda hablar otro tipo de lenguaje. Entonces, ¿la imagen de lo popular está exigida de realismo? Historia de dobles y de simulacros dirá Ranciére11. Hablar como otro para existir como sujetos de un discurso

colectivo:

Los homenajes concuerdan en asumir que aquellas personas son tanto más admirables cuando adhieren más exactamente a su identidad colectiva; que se vuelven sospechosas, al contrario, cuando quieren existir de otro modo…, al reivindicar esta errancia individual reservada al egoísmo del pequeño burgués... (Rancière, 2010: 22).

Por su parte, el orden estético que propone Rancière, que se inicia con el realismo, aleja el paradigma de la inmediata unión entre el ser y las maneras de actuar. Para Rancière,