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La bibliografía del centenario ahonda, por otra parte, en una de las imágenes más arraigadas e institucionales de Buñuel: representante del mítico grupo del ’27 y expresión, en consecuencia, del proyecto de estado moderno y liberal que di- señara la Segunda República. Desde esta perspectiva podríamos adentrarnos en el ensayo Proyector de Luna (Anagrama, 1999), de Román Gubern y en los traba- jos compilados por el catálogo de la exposición El ojo de la libertad (Residencia de Estudiantes-ICO).

Aunque el centro de gravedad de Proyector de Luna se centre en el marco ge- neral de las relaciones entre la generación del ‘27 y el cine —y más concreta- mente en el crucial papel que desempeña La Gaceta Literaria de Ernesto Gimé- nez Caballero y el Cineclub Español en el desarrollo de esos vínculos— la figura de Buñuel adquiere un notable peso específico en la práctica totalidad de los te- mas que recorre el índice del libro de Gubern: Gómez de la Serna, el escenario catalán, la sacudida ultraísta, el cine como signo de la modernidad, la literatura del ‘27 y el cinematógrafo, la ausencia de producciones españolas de vanguardia o los dedicados a La Gaceta Literaria y el Cineclub Español (por no hablar del epí-

Recordando a Luis Buñuel: los

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grafe que pasa revista a Un perro andaluz y La edad de oro). Apuntemos el si- guiente dato: el nombre del cineasta aragonés se menciona nada más y nada me- nos que en ciento setenta ocasiones a lo largo del libro.

Si España disfrutó de una vanguardia artística y literaria sin producción filmo- gráfica, su apasionada cinefilia, en cambio, la adopción de un estatuto de “especta- dores exigentes” por parte de intelectuales y creadores, tiene su origen inequívo- co en los trabajos de legitimación del medio que Luis Buñuel lleva a cabo en el seno de la prestigiosa Residencia de Estudiantes. “El

éxito de (la) primera sesión cinematográfica de la So- ciedad de Cursos y Conferencias” (organizada por el cineasta aragonés en mayo de 1927), subraya Gubern, “fue memorable” “y Buñuel ha recordado en varias ocasiones que Ortega y Gasset, presente en la sala, al acabar las proyecciones le dijo que, si fuera más joven, se dedicaría al cine”.

Quizá sea este el más nítido y renovado mensaje que nos transmite la colección de documentos y su- cesos inéditos que Proyector de Luna rescata sobre Buñuel: el reconocimiento de su decisiva defensa de la expresión fílmica como arte cumbre de la moder- nidad. Al lado del riguroso esfuerzo teórico, pedagó- gico y posteriormente creador que el cineasta arago- nés realiza entre 1927 y 1930, todas y cada una de las conexiones que se establecen entre el cine y la cultura española de vanguardia del primer tercio de siglo, analizadas por Gubern en su ensayo, palidecen por epidérmicas, casuales o pasajeras. La faceta de Buñuel como principal valedor del cine entre los su- yos no solo se calibra en Proyector de Luna a partir de su defensa de la naturaleza ‘poética’ del medio, discurso atractivo, sin duda, para los intelectuales de la calle del Pinar. En sus páginas reconocemos, ade- más, un segundo y más radical argumento que puede ayudarnos a comprender las razones de su salto a

Filmófono: su pasión por el sistema de producción industrial hollywoodiense, por la asepsia funcionalista que había dado origen al movimiento “antiartístico” liderado desde Cataluña por Salvador Dalí y Sebastià Gasch: “Las ideas tradicio- nales de arte aplicadas a la industria me parecen monstruosas”, declara Buñuel a Dalí en una entrevista que este publica en el último número de L’Amic de las

Arts (marzo, 1929), “Ya se trate de un film o de un auto, (…) Cuando en Euro-

pa exista una verdadera industria del cine surgirá mecánicamente el verdadero cine. Y aún así. Siempre nos faltará la maravillosa intuición que para el cine tie- nen los norteamericanos”.

Los estudios que reúne el catálogo El ojo de la libertad podrían incluirse en esta visión “generacional”; esto es, Buñuel como representante destacado de aquella legendaria elite de pensadores, científicos, es- critores y artistas que conformaron la “Edad de Plata” de nuestra cultura y deslumbraron al mundo entero con sus hallazgos. En esta dirección nos encontramos con tres artículos sobre las fuentes literarias y artísti- cas de Buñuel: “Los herederos de Ramón Gómez de la Serna”, de José Carlos Mainer, “Luis Buñuel, ultraís- ta” de Juan Manuel Bonet y “Conjeturando lejanías. Buñuel y los creacionistas”, firmado por Juan Manuel Díaz de Guereñu. “La Residencia de Estudiantes”, tra- bajo de Andrés Soria Olmedo, se encarga de perfilar y vindicar el protagonismo de esta Institución como “lo-

cus nascendi del grupo”, en palabras de Gubern.

El catálogo —en el que dicho sea de paso se echa en falta la presencia del mayor especialista en el terre- no, Antonio Monegal— cuenta también con ensayos que caen en la periferia del espíritu editorial más in- mediato, pero que no dejan, en cier to sentido, de apartarse de él. Entre ellos destacaremos “Un cine sin fronteras”, de Agustín Sánchez Vidal, y “Buñuel gótico, prerrafaelista y surrealista”, de José Pierre. Sánchez Vidal reflexiona sobre el ejem- plo que supone para toda una generación de cineastas la vocación universal e in- tegradora de Buñuel, siempre dispuesto a hacer suyas las aportaciones de cultu- ras ajenas en principio a la española, o a combinar en sus obras tanto las virtudes del trabajo de autor como las propias del sistema de producción y explotación del cine comercial. “No es admisible que se ignore de un plumazo el grueso de su producción, la etapa mexicana, que arroja un balance de veinte películas res- pecto al total de las treinta y dos que rodó”, manifiesta con contundencia Sán- chez Vidal, “con todo lo que suponen para el ‘tercer cine’”. José Pierre nos ofrece en cambio un sutil y delicado examen de las profundas huellas que la novela góti- ca y el arte prerrafaelista han dejado en la obra del genio aragonés. Dos visiones tras las que asoman, al fin y a la postre, rasgos morales y estéticos (cosmopolitis- mo, erudición, modernidad, liberalismo progresista…) que bien podrían asociarse al influjo intelectual que infundieron a sus pupilos los pabellones de la juanramo- niana “Colina de los chopos”.

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