La unidad técnica predominante en la manufactura preindustrial fue el taller. Sus diversas formas desde los siglos X y XI dependieron de numerosos factores, entre los que destaca la penetración de instituciones incentivadoras de los mecanismos de mercado. En términos generales el surgimiento de industrias especializadas en la alta Edad Media se concentró en las ciudades (a excepción de la mine- ría y la siderurgia localizadas cerca de los yacimientos) vinculadas a la actividad de los comerciantes, que con frecuencia eran quienes adelantaba el capital circulante necesario al artesano al que habían realizado un encargo determinado. Hasta el siglo XV existió una diferenciación clara entre las manu- facturas rurales, realizadas por los propios campesinos y orientadas al autoconsumo, y las elaboradas en las ciudades, en general destinadas a mercados locales y regionales. Las mejoras en el transporte, el incremento gradual en las pautas de consumo así como el aumento de los intercambios y el crédito, expandieron el panorama manufacturero de estos siglos.
Ahora bien, al igual que se ha observado en el ámbito del comercio y las finanzas, la expansión de la demanda y del mercado implicó el desarrollo de respuestas distintas en función de las condiciones pro- pias de cada región, de cada bien producido, y de las relaciones sociales e institucionales sobre las que se asentara la actividad transformadora. A grandes rasgos tres fueron las principales formas de asociación en la manufactura preindustrial: la dinámica comunitaria representada por los gremios, la individua- lista representada por la protoindustria (putting-out system, verlag system, sistema doméstico), y más tarde, las grandes concentraciones industriales ligadas a sectores estratégicos casi siempre regulados por los poderes públicos (que en España tomaron el nombre de Manufacturas Reales). Además, junto a la existencia de esta variedad de formas organizativas y asociativas, debe destacarse la existencia de una tendencia de largo plazo hacia la concentración de la actividad empresarial, paralela a la creciente diferenciación entre el trabajo y el capital representado por trabajadores y empresarios.
Los gremios constituyeron la forma de organización artesanal más extendida en Eurasia, y tam- bién más tarde en América, desde que surgieron en el siglo XI. Casi siempre los gremios reunían a los maestros artesanos de un misma profesión bajo la protección de la autoridad, a menudo municipal, que les concedía el monopolio sobre la producción y comercialización de determinados bienes. Estas instituciones fueron esenciales en el desarrollo de las ciudades y de los mercados en la Europa medieval y moderna, y constituyen la vertiente organizativa de la manufactura preindustrial que respondía a los siguientes rasgos: 1) la artesanía en las ciudades estaba muy especializada por oficios; 2) este tipo de manufactura tenía escasos requerimientos de capital fijo; 3) todavía no contemplaba la división del tra- bajo aunque en algunos casos se daba una mínima división de tareas. Sus principales funciones fueron por un lado económica, y por otra la de representación y defensa de intereses comunes y corporativos.
En cuanto a la primera, resulta primordial el papel de monopolio ejercido por el gremio sobre cada rama de la artesanía, que permitía un control estricto sobre la producción y calidad del producto así como del precio de venta. Es decir, como monopolio de oferta los gremios controlaban el volumen de la producción, el número de talleres, el número de operarios, el utillaje a emplear, y el desempeño téc- nico en aras de homogeneizar el bien producido evitando competencia en calidad o variedad. Además, también actuaban como cooperativas de compras de las materias primas —monopsonio— y como regulador de las condiciones laborales y técnicas requeridas en la producción, lo que les permitía una estandarización relativa de la misma evitando competencia en calidad y precio. En este sentido consti- tuyeron una solución al problema derivado de la especialización progresiva de la manufactura y de la aparición de mercados para la misma, ya que a cambio de la concesión del monopolio garantizaban un control de calidad y de producción que estuvo en la base de su supervivencia a través de los siglos.
La segunda de sus funciones no era menos importante, ya que la representación corporativa de sus miembros les aseguraba la participación en los gobiernos y administración de las ciudades, y les garantizaba una suerte de sistema de protección colectiva que abarcaba a las viudas y huérfanos de la profesión, y lo que es más importante, les proporcionaba el control de la formación técnica. Es decir, los gremios fueron el principal mecanismo de transferencia del conocimiento técnico y de formación de capital humano en las manufacturas preindustriales, a través de las reglamentaciones y ordenanzas que regulaban el ascenso dentro de la profesión y del mantenimiento de los estándares técnicos y de calidad.
El cumplimiento de las normas gremiales se aseguraba mediante controles internos y la vigilancia del trabajo, como por ejemplo eran las visitas periódicas a los talleres. Por tanto, la valoración econó- mica del papel desempeñado por los gremios no debe limitarse a calificarlos sólo como instituciones desincentivadoras del cambio técnico como puede parecer a primera vista, sino que también cumplie- ron funciones esenciales en la transformación de la manufactura preindustrial. Su declive comenzó en toda Europa durante el siglo XVIII, en relación con el despegue de la demanda y el desarrollo de otras formas de manufacturas más baratas orientadas tanto para el mercado europeo como el colonial. En algunos casos se disolvieron ante los cambios productivos que eliminaban determinadas profesiones, y en otros se transformaron en asociaciones patronales. Es lo que ocurrió, por ejemplo, en buena parte de la industria textil en España: en las manufacturas catalanas y valencianas los gremios con mayor control sobre el proceso productivo se reconvirtieron en asociaciones patronales o empresariales que participaron de forma efectiva en el arranque industrial; sin embargo en otros casos —sobre todo los que agrupaban a mano de obra desplazada por el cambio técnico— acabaron desapareciendo o recon- vertidos en asociaciones de trabajadores o sindicatos.
La segunda forma de organización de la manufactura preindustrial resultó de la cada vez mayor implicación del capital comercial, los comerciantes o verlegers, sobre ciertas actividades artesanales, agremiadas o no. A partir del siglo XV el comerciante entró en la esfera de la manufactura, tanto en la financiación de la actividad artesanal —no sólo en el capital circulante sino también en el fijo— como
en la comercialización de la producción mediante pedidos. El elemento más significativo de esta lógica individualista radica en la propia figura del comerciante, después fabricante o empresario, como coor- dinador de la función de producción, en tanto que adelantaba los medios financieros y materias primas, gestionaba el negocio, dirigía el proceso productivo, y controlaba la comercialización.
La variedad de formas adoptado por el sistema de producción a domicilio fue muy amplio, sobre todo en cuanto a la figura de estos primeros empresarios. En esencia, la organización de la producción doméstica se basaba en la coordinación del proceso productivo por parte de estos primeros empre- sarios, que internalizaban los mercados intermedios de cada bien evitando cuellos de botella —por ejemplo entre el hilado y el tejido, o entre el hilado y el peinado de la lana o el algodón— mediante una primera división dispersa del trabajo. Este tipo de organización productiva respondió a tres retos básicos: el incremento de la demanda, el coste del trabajo, y las restricciones impuestas por los gremios urbanos, lo que originó el desplazamiento de una parte significativa de la producción manufacturera a zonas rurales.
Además, este modelo organizativo se propagó a la mayor parte de ramas manufactureras, no sólo los textiles, sino también a la confección, la cuchillería, la elaboración de clavos, relojes, artículos de piel, paja, etc., que en algunos casos sobrevivieron hasta el siglo XX. En Europa, en especial en regiones flamencas e inglesas pero no solo, así como en Asia y América, se desarrollaron desde los siglos XVI y XVII actividades manufactureras con población rural que trabajaba a tiempo parcial, especializadas en el suministro de productos textiles baratos orientados a la creciente demanda. El empleo de trabajo campesino, posible debido, sobre todo en el textil, al escaso coste del capital fijo y a la poca complejidad del proceso productivo, permitía emplear mano de obra barata. La manufactura constituía un ingreso adicional de familia campesina y en épocas de poca actividad en el campo el trabajo en casa tejiendo o hilando tenía un coste de oportunidad muy bajo. Además, el sistema a domicilio incentivó el incremen- to de la oferta de trabajo industrial mediante el impulso demográfico asociado a las rentas salariales.
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En algunas regiones de Inglaterra —Suffolk, Norfolf, West Riding, Yorkshire, Somerset— la mag- nitud del proceso fue tal que poblaciones enteras acabaron dedicadas al trabajo a domicilio, y no eran infrecuentes los ejemplos de primeras concentraciones en edificios o fábricas protoindustriales. En ellos el comerciante o ya fabricante reunía numerosos telares o máquinas de hilar de su propiedad y se daba una primera división entre capital y trabajo. Pero no se produjo una verdadera división del trabajo y la mecanización de todo el proceso productivo hasta el último tercio del siglo XVIII con la aparición de avances técnicos. Lo que sí se produjo en estas primeras concentraciones fabriles fue el problema derivado del tamaño y el control de la producción, como su velocidad, regularidad y calidad; pero no pudieron ser solucionados en el marco del sistema a domicilio. También aparecieron primeras con- centraciones o fábricas protoindustriales en otros sectores al margen del textil, sobre todo en aquellos donde los requerimientos financieros eran mayores. Por ejemplo, la siderurgia, que en numerosas regio- nes de Europa se desarrolló mediante centros fabriles auspiciados por los comerciantes y empresarios. Eran este tipo de establecimientos manufactureros los que describió Adam Smith en un clásico ejemplo referido a la producción de alfileres, más que a fábricas mecanizadas y con plena división del trabajo.
En suma, esta forma primera de industria, protoindustria, o verlag system, vinculado a la teoría de la protoindustria como paso previo a la industria, presentó ventajas en épocas previas a la industrializa- ción del siglo XIX; ventajas sobre las tradicionales zonas productoras de paños de alta calidad y precio indudables en términos de costes y organización. Sin embargo, debido a la amplia casuística histórica que tuvo la protoindustria no puede trazarse una línea que vincule de manera directa la existencia previa de industria rural con aquellas regiones de más temprana industrialización. Ahora bien, de los protagonistas implicados en este tipo de actividad, los comerciantes ocuparon un lugar central en todo el proceso, y esto explica, como luego se verá, su importancia en el origen de los primeros empresarios industriales.
La última variante de organización manufacturera preindustrial hace referencia a grandes estable- cimientos centralizados, casi siempre de propiedad, gestión y financiación pública, las Manufacturas o Fábricas Reales. Su origen está ligado a la corriente mercantilista que impulsó el nacimiento de los Estados modernos y que en el comercio promovió la creación de las compañías privilegiadas. En la ma- nufactura destacaron la promoción de sectores estratégicos casi siempre en régimen de monopolio, lo que solía requerir una concentración a gran escala de mano de obra cualificada. Antes de la extensión del mercantilismo, en especial en Francia durante la época colbertista, existen evidencias de concen- traciones industriales en los mayores centros urbanos de Europa, vinculados a la construcción naval y a la minería. La constitución de grandes astilleros y sectores auxiliares (en buena parte de ciudades italianas, francesas o españolas), la explotación de minas, la fabricación de armas y arsenales (como Cartagena), la producción de bienes de lujo (vidrios, sedas), o el aprovechamiento de monopolios fis- cales como el tabaco (los magníficos establecimientos de Sevilla y Valencia son un buen ejemplo), pro- piciaron el surgimiento de este tipo de fábricas. Su impulso definitivo se produjo durante el siglo XVIII ya que buena parte de los gobernantes europeos consideraron un fin estratégico fomentar actividades industriales y la transmisión de conocimientos técnicos más o menos secretos.
En general en estas empresas o fábricas centralizadas no había división del trabajo sino a pequeña escala, dependiendo de la posibilidad de fragmentar en fases el proceso productivo. Su gran tamaño generó problemas de gestión, organización y disciplina del trabajo, mientras que desde el lado del capital, público o semipúblico, solían presentarse problemas derivados de su ineficiente estructura de costes, dependiente de los pedidos del gobierno. Se trataba de empresas con una estructura organizativa desequilibrada, incapaz de controlar a sus administrativos y a los obreros si no era con sistemas disci- plinarios estrictos que solían demostrarse insuficientes para controlar uno de sus principales problemas, el fraude, y los continuados hurtos cometidos por contratistas, inspectores y trabajadores. Como su ló-
gica estaba basada en el aprovechamiento de los privilegios o de monopolios, y no mediante ganancias de productividad ni mecanización del proceso productivo, no pueden considerarse los precedentes de las factorías industriales del siglo XIX. De hecho, la mayor parte de las manufacturas centralizadas su- cumbieron a la introducción de la producción basada en la fábrica debido a su escasa competitividad, y sólo en determinados casos y debido a su relación con el poder político sobrevivieron de forma parcial.