La única forma en que podemos hacer justicia a los seres humanos in situ es respetando sus creaciones culturales particulares, considerándolas como dignas de ser un punto de referencia político esencial. Designar a los hombres y las mujeres como “seres humanos creadores de cultura” no hace referencia a una cultura universal, sino a la diversidad de sociedades, cada una constituida por una moralidad densa. La coexistencia de tales sociedades no se reduce únicamente a un conjunto de tribus, etnias y comunidades religiosas, sino que incluye también Estados independientes; los Estados que conforman lo que se conoce como sociedad internacional (Walzer, 1996b).
Ahora bien, la dificultad cuando se considera dicho tipo de sociedad de sociedades (Estados, tribus, confederaciones, etc.) tiene que ver con la pregunta sobre el modo como cada sociedad particular, mantiene su autonomía, sin ser llevada a la lucha por causa de las diferencias sustantivas en los distintos modos de comprender qué tipo de vida es la más deseable. Una de las críticas dirigidas contra Walzer se centra en el problema de cómo responder a partir del argumento de la igualdad compleja a la posibilidad de invocar criterios transculturales en casos en los que las confrontaciones ideológicas acontecen como consecuencia de prácticas culturales disímiles entre plurales concepciones del bien, situadas en el marco de la política transcultural e internacional. Walzer debe explicar qué forma debe
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tomar el discurso moral cuando se considera la posibilidad misma de garantizar una vida libre e independiente a cada individuo y a cada colectividad de individuos.
El profesor de Princeton sostiene que la respuesta a esta dificultad puede darse satisfactoriamente sí y sólo sí se parte de una comprensión básica de lo que significa realmente la naturaleza plural de la subjetividad humana y sus consecuentes efectos en la vida social, local e internacional.
Toda cultura concreta se establece sobre una serie de comprensiones densas y maximalistas en torno a la justicia, que no son en absoluto relativas. En cuestiones substantivas de justicia, la moralidad máxima toma forma constreñida por un minimalismo reiterado que es posible gracias a la constitución plural del sujeto moral. Walzer afirma que cada sociedad particular comporta una moralidad densa, que al contacto con lo extraño produce una moralidad mínima, que en efecto permite (casuísticamente) el tratamiento de los conflictos transculturales.
Ahora bien, la naturaleza plural del sujeto tiene que ver con la manera como se explica el modo como el reconocimiento recíproco constituye uno de los rasgos fundamentales de toda sociedad humana hasta el punto de promover la tolerancia, el respeto e incluso la identificación con lo extraño y con los protagonistas lejanos y peculiares. Esto debido a que existen intuiciones compartidas acerca de lo que significa ser humano. En efecto, la reciprocidad es condición necesaria de toda posible identificación con lo extraño, incluso con algunas prácticas morales que nos resultan extrañas e incomprensibles.
El argumento del mínimo moral permite reivindicar un vocabulario minimalista para las relaciones entre culturas diferentes y entre Estados diferentes, al mismo tiempo que afirma su derecho universal a ser independientes en términos maximalistas. El autor cree que el minimalismo moral es un punto de encuentro entre la diversidad cultural, de manera que, sin la pretensión de convertir el minimalismo en una cultura universal gobernada por algún tipo de procedimentalismo democrático, Walzer se propone ofrecer una estructura filosófica susceptible de ser tomada como un punto de partida para reivindicar el respeto en la diferencia. No obstante, dado que se trata de una empresa interpretativa en la cual
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ninguna guerra crítica puede ser ganada porque ninguno de los participantes tiende o puede ser forzado a rendirse, el argumento del máximo y del el mínimo moral sólo pretende “sugerir un marco general en el cual las diferentes moralidades existentes encuentren un punto de referencia común y acorde con el compromiso político profundo, con el gobierno democrático y con el igualmente profundo, y más real, compromiso con la autonomía cultural y la independencia nacional” (Walzer, 1996b, p. 30). En breve, es posible sostener coherentemente la compatibilidad de la tendencia hacia una ideología universal con políticas de la diferencia, a partir de la idea de que existe una fuerza individual y social capaz de hacer plural la democracia de una manera radical, hasta el punto de dar lugar a varios tipos de democracia y a una democracia plural y, para dicho proyecto, la configuración plural de la psique humana y la capacidad de reconocimiento mutuo son presupuesto de todo programa político que afirme la unidad en la diferencia.
La teoría de la justicia como igualdad compleja es coherente con una teoría universalista en la medida que ésta se conciba en términos de universalismo pluralista. Justamente, el mínimo moral permite (mediante la reciprocidad) que hombres y mujeres en todas partes puedan oponerse a la represión brutal de los grupos minoritarios o mayoritarios en Estados democráticos y no democráticos. Esto debido al uso de fronteras, las cuales hacen posible la cohesión social por cuanto reafirman y garantizan la diferencia individual. Además, este universalismo plural es un subproducto de la naturaleza humana porque la subjetividad es la fuente del pluralismo social. En este sentido, el individuo es una entidad que se encuentra internamente escindido entre una cantidad indeterminada de voces que se hacen manifiestas en la igualmente indeterminada cantidad de roles e identidades que asume en la vida social. Walzer distingue tres formas de división interna
La primera de ellas acontece en la vida social. Allí la escisión se presenta entre los intereses y sus roles del sujeto; esto es, como individuo que desempeña muchos papeles a lo largo de su vida en relación con los diferentes bienes sociales disponibles y con las realizaciones requeridas en cada esfera de la justicia. En la segunda, el individuo comporta una división entre sus múltiples identidades. De este modo, el sujeto responde a muchos nombres, se autodefine en términos de familia, nación, religión, género, compromiso
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político, etc. Por último, el individuo se divide entre sus ideales, principios y valores que practica. En este último sentido el sujeto deviene en una entidad autocrítica por cuanto es capaz de diferenciar el idealismo presente en los valores y su puesta en práctica. “En conjunto, estas tres diferenciaciones internas constituyen una entidad maravillosamente compleja (el ser humano) que se ajusta, refleja y es reflejada en la complejidad del mundo social” (Walzer, 1996b, pp. 116). El estudio del sujeto llega, de esta suerte, a ser el tema más importante para la compresión pluralista y crítica de la sociedad debido a que el pluralismo de roles e identidades y la posibilidad práctica de la igualdad compleja y de la autodeterminación colectiva dependen de lo que acontece interinamente dentro de la subjetividad.