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El envejecimiento, como fenómeno complejo y multidimensional (Cruz Jentoft: 2001: 64), afecta a la sociedad produciendo cambios: sociodemográficos, económicos, sanitarios, asistenciales, etc. En definitiva, afecta a la reorganización social y cultural, lo que lleva a un mayor protagonismo de los mayores.

Todo ello se produce en una sociedad que, a su vez, está en constante evolución a una velocidad vertiginosa. Las nuevas formas de entender el proceso de envejecimiento responden a cambios en los comportamientos observados en las relaciones sociales. Respecto a esto, se prestará atención a tres aspectos.

a) Los cambios que se esperan en relación a una intervención social y política más significativa y reivindicativa, conforme las nuevas y cada vez numerosas cohortes de personas mayores se incorporen provistas de una mayor preparación y, también, con mayor cultura de participación democrática.

b) Las relaciones de apoyo que suelen ser de doble sentido. La importancia de percibir el apoyo familiar y de otras personas próximas es fundamental para la felicidad de los mayores. Y, a su vez, la disponibilidad de tiempo por parte de éstos permite actuar como apoyo clave a la familia.

La familia sigue siendo la principal red de ayuda mutua. Con independencia de si conviven en el mismo hogar padres e hijos o en hogares distintos, los nexos familiares siguen siendo fuertes, gracias a elementos como la proximidad y la frecuencia de los contactos, facilitados por las nuevas tecnologías, especialmente por las comunicaciones telefónicas. Precisamente, el empleo de los teléfonos móviles por parte de los mayores va en aumento, mucho más que el uso de ordenadores y conexión a Internet.

Pero no sólo es la familia el apoyo principal, sino también están los amigos y vecinos, que, en algún momento, pueden incluso actuar como sustituto de la familia: la red de apoyos sociales. Por otra parte, los aspectos relacionados con la salud y la economía son factores que determinan, en gran medida, cualquier forma de participación social, incluida el asociacionismo.68

c) Las diferencias de género en el envejecimiento, que no sólo aparecen en las diversas situaciones de la ayuda familiar prestada o recibida por los mayores, sino en otros ámbitos. Estas diferencias tuvieron sus raíces en las condiciones de desigualdad en que vivían las mujeres, tanto en los menores niveles formativos recibidos en generaciones anteriores, como las

68

La revisión bibliográfica consultada sobre el asociacionismo en general y, especialmente, el de las personas mayores se expondrá en próximo capítulo: 6. ASOCIACIONISMO Y VOLUNTARIADO DE LAS PERSONAS MAYORES.

dificultades de acceso al trabajo, con menores tasas de actividad, más discontinuidad y condiciones laborales discriminativas, por lo que llegan a la situación de jubilación en condiciones de derechos adquiridos inferiores y, además, ejerciendo unos roles sociales también diferentes. Por todo ello, más adelante se profundizará, de manera más específica en las diferencias de género femenino en el envejecimiento, aunque la perspectiva de género será considerada a lo largo de la totalidad del trabajo de forma transversal.

5.1. El poder de los mayores.

Un aspecto importante del envejecimiento activo sería el acceso de personas mayores a procesos políticos y ciudadanos. Esto contribuiría a garantizar que la voz de las personas mayores es escuchada y sus necesidades consideradas, cuando se debaten asuntos de política local, nacional y en el contexto de la Unión Europea.

El aumento de la presencia de personas mayores ha tenido un impacto profundo en las estructuras poblacionales, modificando de modo substancial su composición y comportamiento. Sin embargo, su influencia social, su peso social, no está en consonancia con el peso demográfico. “En los tiempos antiguos, la vida del grupo giraba alrededor del anciano, y su

desaparición podía llegar a poner en peligro la continuidad del grupo. Era un bien preciado ya que había pocos ancianos. En ellos residía el conocimiento y la experiencia, la sabiduría y la justicia. Eran el punto de referencia de la sociedad tradicional” (Martínez Paricio, 2001: 289).

En la moderna sociedad postindustrial se les valora poco. Se les expulsa de las organizaciones, donde todavía podrían contribuir con sus conocimientos, experiencias y capacidades. Se estimula su muerte productiva69mediante las jubilaciones anticipadas. Los cambios en el mercado de trabajo, como consecuencia de los avances científicos y tecnológicos, aumentan la productividad, pero también el desempleo, y los trabajadores de más edad se convierten en una reserva de mano de obra. (Bazo, 2001: 13).

A pesar de los cambios que está produciendo, las personas mayores pasan desapercibidas para el conjunto de la sociedad, salvo que se hable del gasto de las pensiones o del coste de las prestaciones asistenciales.

Así, Enrique Gil Calvo habla de la abolición de la gerontocracia, de la pérdida de poder real de los mayores, expulsados de los puestos de decisión: la revolución de los managers, prefiriendo que sean jóvenes ejecutivos. En definitiva, el poder económico ha dejado de estar controlado por las personas mayores. Esta revolución capitalista e industrial en la esfera económica también afectó a la esfera política. “Las únicas posiciones de poder que siguieron

reservadas a la gerontocracia en la esfera política fueron las de aquellas instituciones que, por su naturaleza y funciones, menos precisaban basarse en criterios racionales de rendimiento y eficiencia técnica. Por ejemplo, los Tribunales de Justicia o las Reales Academias de Bellas Artes o de la Lengua, así como institutos más o menos simbólicos, decorativos o ceremoniales que constituían el ornato de la sociedad civil: las coronas, los patronatos, las fundaciones y demás organismos filantrópicos o benéficos (…) Las diversas iglesias (católica y las reformadas) continúan siendo una gerontocracia y los mismo sucede con el mundo del arte, del pensamiento y de la alta cultura (pintores, filósofos, dramaturgos, novelistas, poetas” (Gil

Calvo, 2003: 62-62).

El número de personas mayores de 64 años en España es de 8.572.779, lo que representa el 18,40% de toda la población española en el año 2014, según datos del Padrón Continuo del INE (2015). Y el número de personas mayores en la ciudad de Valencia es de 153.981, que representa el 19,6% de la población de la ciudad de Valencia en el año 2014, según datos de la Oficina de Estadística del Ayto. de Valencia (2015). En cambio, su participación política tiene niveles relativamente bajos. Suelen participar algo más en manifestaciones y huelgas, pero muy poco en lo que suponga un plano de implicación formal, como son los partidos o sindicatos. Mientras las personas de 55 a 64 años de edad están sobrerreprentadas en la mayoría de los indicadores: legislativo, ejecutivo y judicial; las de más de 65 años está infrarrepresentadas. En la fecha del estudio del IMSERSO (2008c: 135), cuyo trabajo de campo se realizó en 2006, se observa una mayor presencia en el Senado (8,9%), aunque sólo un 4,6% tiene más de 65 años. La participación en el Poder Judicial es más equilibrada: asciende al 17,9% en el Tribunal Supremo, sin embargo, en la judicatura sólo supone el 2,2%. La participación de mayores en el Gobierno Nacional es de 6,3%., en alcaldías era muy baja y era nula en los gobiernos autonómicos. La participación política de las mujeres mayores de 65 años es menor que la de los hombres, incluso nula en el poder ejecutivo, legislativo y judicial. El seguimiento de la información política de los mayores a través de los medios de comunicación social es similar al resto de la población, pero con menor uso de Internet. La frecuencia de conversaciones sobre temas políticos es menor que la población general.

En cambio, en el Parlamento Europeo (2011) la edad media era de 54 años. Según muestra el Gráfico 5.1. casi la mitad (49,6%) de los miembros del Parlamento Europeo en el año 2011 tenían 55 años o más. Mientras que el porcentaje de miembros de 65 años o más fue del 12,1%, cayendo hasta el 1,5% de personas de 75 años o más.

Gráfico 5.1. Miembros del Parlamento Europeo según edad, 2011.

Fuente: Eurostat, 2012.

La vejez de las futuras generaciones será muy distinta. “Si hoy los mayores están por

entero apartados del poder, los futuros mayores que vengan después cambiarán tanto el vigente estado de cosas que pasarán a ejercer mayor influencia pública y autoridad moral” (Gil Calvo,

2003: 115).

María Teresa Bazo (1992a) ya hablaba sobre los cambios en diversos ámbitos (institucionales, económicos, culturales y políticos) que influirán en una mayor participación. Será una nueva vejez compuesta de personas con más educación que sus antepasadas por parte de ambos sexos, mayor tasa de participación laboral, mejor situación económica y estado de salud. “Serán personas que presentarán más demandas y exigirán más oportunidades para

lograr una implicación y participación más significativas psicológica y socialmente” (Bazo,

2001: 58).

Las generaciones70 denominadas de la posguerra y, especialmente, del desarrollo han alcanzado un importante peso demográfico y altos niveles de bienestar, como nunca antes se habían conseguido. Sin embargo, sus niveles educativos son aún limitados, presentan una baja tasa de actividad femenina y una menor cultura de participación democrática. Estos factores subyacen al asociacionismo de nuestros mayores, de tal manera que sus principales índices de afiliación y pertenencia se desarrollan en torno a asociaciones recreativas (como clubes y hogares de jubilados) o las de carácter religioso. Gil Calvo (2003) y Amorós (2006) pronostican que la próxima generación de los nacidos en el denominado baby boom será más reivindicativa y comenzará a manifestarse ese poder gris de las personas mayores.

“Las personas mayores están participando en la revolución silenciosa que se está produciendo en la demografía familiar” (Fundación Encuentro, 2006: 265). Se reclama un

mayor poder. “Cuanto más vive la gente, y mayor edad alcanza, más poder e influencia pierden

las personas mayores” (Gil Calvo, 2003: 21). Puede que esta aseveración parezca algo

extremada, pero otros estudios sobre la dimensión social del envejecimiento apuntan en esta línea reivindicativa (Martínez Paricio, 2001; Teresa Bazo, 2001; Amorós et al., 2006).

Pere Amorós, desde un enfoque positivo, habla de la vejez como emancipación: “ya que

esta etapa de la vida, como cualquier otra de la vida, no puede ser reducida a intereses instrumentales del mercado, la medicina, el sistema social o una fuerza más laboral.”(Amorós

et al. 2006: 62). La vejez debe entenderse como cambio y como oportunidad. Los cambios productivos, económicos y socioculturales asociados a la globalización serían los factores de estas transformaciones en la forma de entender el proceso de envejecimiento actualmente. Desde su enfoque multidimensional y multidisciplinar, implica incorporar las dimensiones biológicas personales y las socioculturales.

Desde esa perspectiva, hay que devolver a las personas mayores una imagen social que resista las viejas visiones estereotipadas, que se han ido construyendo desde el colectivo más frágil asociado a la dependencia, extendiendo y universalizando esa imagen a todas las personas mayores. La máximas discrepancias, entre la propia imagen y la que creen que de ellos tiene la sociedad, se encuentra en que se consideran a sí mismos divertidos, pero, al mismo tiempo, piensan que la sociedad los considera molestos (Amorós et al. 2006: 54-55). Mientras las condiciones de salud son buenas y les permite una vida autónoma y activa, no se consideran como ancianos. “En su mayoría, parecen mantener sobre sí mismas una imagen positiva, en

continuidad con su identidad de personas adultas” (Bazo, 1990; 1992a).

Por supuesto, el poder de las personas mayores debe visualizarse en las asociaciones y clubes a los que pertenecen, independientemente sean estos de carácter intergeneracional u homoetario,71 mediante el ejercicio de asunción de responsabilidades en los diversos niveles de los correspondientes organigramas organizativos; es decir, “la potenciación de la gestión

participativa por medio del asociacionismo” (Amorós et al. 2006: 84) De hecho, en la fase de

investigación, se tendrá en cuenta el grado de asunción de responsabilidades. La profesora María Pía Barenys,72 al ser preguntada por las actividades de los mayores, advierte: “Pueden

hacer actividades que no han hecho antes, y les ayuden a descubrir sus potencialidades, o pueden tener relación con el trabajo que han hecho (…) Si de verdad se quiere que las personas

71 A lo largo del trabajo aparecerá el término homoetario para referirse a las asociaciones constituidas

bajo el criterio casi exclusivo del hecho de compartir unas edades similares.

mayores sean activas, deben controlar ellas mismas las asociaciones, clubes y organizaciones en las que se encuentran” (Bazo, 1996: 213).

Mientras llega esta nueva vejez, más políticamente activa y también más reivindicativa de sus propios derechos, el asociacionismo se ve potenciado por la búsqueda colectiva de una nueva forma de relaciones, de una cultura de la participación. Como señala Holoway (2001: 33), lo que está en cuestión es “cómo crear un mundo basado en el mutuo reconocimiento de la

dignidad humana, en la construcción de relaciones sociales que no sean relaciones de poder.”

Es una cultura basada en la cooperación y en el diálogo constructivo. Las asociaciones de voluntariado y gran parte de las ONG ofrecen esta posibilidad de contar con un marco de relaciones sociales basadas en la cooperación, frente toda una vida laboral y social, basadas en la competitividad.

Por otra parte, Charpentier (2007) considera que la noción de empoderamiento de las personas mayores no debe circunscribirse a la participación en los procesos de decisión. La lógica del empoderamiento busca el desarrollo y la mejora de la capacidad de elegir y de actuar, admitiendo que esas competencias pasan, en primer lugar, por un refuerzo de la autoestima y la concienciación crítica colectiva. Y ello equivale a que la persona piense y sienta que no está solo con sus problemas. Barnes y Walker (1996: 375-391) consideran que el reconocimiento de las fortalezas de las personas mayores tiene una función clave para aumentar las oportunidades de participación, a fin de que permita la construcción de lazos entre las personas y el desarrollo de un sentimiento de pertenencia; contextos de actividad que enfaticen la creación de relaciones sociales significativas y ofrezcan variedad de roles activos; propuestas de actividad que reconozcan los intereses variados de las personas y alienten su sentido identitario; o el apoyo a dinámicas que animen a la implicación en las estructuras y procesos de decisión en las organizaciones.

5.2. La actividad laboral de las personas mayores.

Desde el Consejo Europeo de Luxemburgo (1997) se pudo en marcha la Estrategia Europea para el Empleo. Así, las políticas de empleo pasaron a ser tema de interés común con revisiones anuales. En el Consejo de 2001, ya se aludía a la necesidad de estimular el empleo de los mayores: “Para alcanzar el pleno empleo, garantizar la equidad y la viabilidad a largo plazo

de los regímenes de seguridad social y aprovechar la experiencia de los trabajadores de más edad, se precisa profundos cambios en las actitudes sociales predominantes frente a dichos trabajadores, así como una revisión de los sistemas fiscales y de protección social,” como

Las personas que han pasado a la jubilación suelen ser personas, hasta ahora, cada vez más jóvenes. Muchas de ellas tienen mayor nivel de formación suelen gozar de una buena salud y con recursos y habilidades sociales, que les hacen diferentes de las generaciones de sus antepasados.

En los años ochenta del siglo pasado, el grupo de abogados impulsores del envejecimiento activo en los Estados Unidos de Norteamérica defendía poder seguir trabajando, a pesar de haber cumplido la edad de jubilación. Aunque en Europa esta nueva conceptualización sobre el envejecimiento se orienta fundamentalmente de cara a su activismo en diversos ámbitos culturales y sociales, como manera de mantener la solidaridad intergeneracional, evitar el aislamiento social y aprovechar las oportunidades de salud, nunca se ha renunciado a que puedan seguir desempeñando actividades productivas. Estas propuestas no están vinculadas con la grave crisis económica de 2008, sino que fueron formuladas con anterioridad. Diversos autores defienden el derecho de poder seguir en la actividad productiva, puesto que consideran la jubilación obligatoria una discriminación por razón de edad. Además, consideran que es insostenible el actual sistema de pensiones, dado el aumento considerable de la población mayor, tanto más de las próximas generaciones. Paradójicamente, la tendencia en los últimos años ha sido expulsar de la actividad laboral a las personas maduras y mayores prematuramente, con la excusa de favorecer la incorporación de generaciones más jóvenes, aunque se ha obtenido el efecto contrario: más paro juvenil o empleos con peores condiciones laborales.

Víctor Pérez-Díaz (1989: 4) estima que es insuficiente un tratamiento meramente contable para solucionar la crisis financiera del conjunto del gasto de pensiones y la sanidad pública73.

“Sin embargo, existe una senda alternativa. Ésta consiste en incentivar a estos ancianos para que prolonguen su actividad económica y su autonomía respecto del estado (y sus familiares).”

Y no considera aceptable lo que denomina “jubilación impuesta,” que para él tiene un

“significado ambiguo,”, puesto que “en unas ocasiones les aporta una tranquilidad que constituye una oportunidad para participar en la vida familiar o vecinal, en asociaciones de voluntarios o en actividades cívicas; en otras, les arranca de la vida y les aparta…”

Unos años más tarde Gil Calvo (2003: 153) plantea que las nuevas generaciones de

babyboomers, para las que ya en el año 2020 será insostenible el actual sistema de pensiones,

estarán en condiciones de prolongar sus carreras profesionales, dado que ya han tenido una formación continua y dominan las nuevas tecnologías. Así pues, estas futuras generaciones podrán cumplir el programa de envejecimiento activo y de jubilación flexible, aprobados el 12 de abril del 2002 por la II Asamblea Mundial del Envejecimiento de la ONU, celebrada en Madrid. Sin embargo, Amorós (2006: 22) considera que “la lucha contra la discriminación por

73

Puede leerse las argumentaciones más desarrolladas en el apartado: 5.6. Planteamientos emergentes sobre las políticas de jubilación.

edad en el mercado laboral apenas cuenta en Europa con un marco legal, aunque se hayan realizado declaraciones importantes” (como las del Año Internacional de las Personas Mayores

de 1999 y esta misma II Asamblea Mundial).

De Miguel (2001) recoge las opiniones de Sagardoy, Sánchez-Urán y Aguinaga quienes consideran la jubilación obligatoria, al cumplir determinada edad, como una discriminación. Abogaban unánimemente por una flexibilidad, que permitiera mantener más tiempo en la actividad laboral a las personas mayores, de manera que la sociedad pueda beneficiarse de sus capacidades y experiencias. Todos estos autores formularon sus argumentaciones antes de la grave crisis del 2008, por lo que sus propósitos no estaban vinculados a cualquier intención política, sino basados en las concepciones de voluntariedad derivada de los principios del envejecimiento activo, en la insostenibilidad del sistema de pensiones o ambas a la vez. Precisamente la clase política se ha venido resistiendo a estas consideraciones hasta hace bien poco.

A nivel teórico hay un claro consenso entre estos autores que se están considerando, aunque cada uno ponga el acento más en la mera voluntariedad, en el agravio de la discriminación por la imposición de la edad o como mecanismo de salvar el sistema público de pensiones. ¿Pero qué es lo que piensan las propias personas mayores? Un número reducido de personas participantes en la investigación dirigida por María Teresa Bazo (2001: 289) indicaron que les hubiera gustado seguir trabajando, debido a sus conocimientos y buen estado de salud:

“Esa hubiera sido su decisión si hubieran podido tomarla libremente, pero, dadas las circunstancias, les gusta participar en actividades altruistas (…) Ese deseo no realizado de continuar en la actividad económica, conecta con el concepto de ‘vejez productiva’, asumido desde alguna perspectiva.”

En defensa de la jubilación flexible, Rodríguez Jiménez (2001) recuerda la Sentencia 22/1981 del 22 de julio del Tribunal Constitucional,74que declara inconstitucional la obligación de jubilarse por razón de edad. La jubilación flexible permite seguir trabajando, pero reduciendo

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