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CHAPTER 7: HIDDEN LEARNING: WORKING WITH MULTIPLE CONCURRENT INSTRUMENTAL/VOCAL TEACHERS
7.3 Questionnaire 1: Learning with multiple concurrent teachers
Sucedió a Ricardo el mucho menos belicoso Juan, y Felipe se salvó.
La sucesión no fue enteramente pacífica. En verdad, en ocasión de toda transferencia de la realeza en la historia anglonormanda después de la muerte de Guillermo el Conquistador hubo problemas acerca de quién iba a gobernar. Esta vez no constituyó ninguna excepción.
Ricardo había tenido un hermano, Godofredo, que era mayor que Juan. Si Godofredo hubiera vivido, habría sido el heredero, pero murió antes que Ricardo. Pero su esposa estaba embarazada en el momento de su muerte, y algunos meses después dio a luz un hijo a quien llamó Arturo. Este tenía doce años en el momento de la muerte de Ricardo. Se planteaba la cuestión de si un hermano menor podía tener precedencia sobre el hijo de un hermano mayor en la herencia de la corona. De acuerdo con las posteriores ideas sobre la «legitimidad», había un estricto orden de herencia, y Arturo habría sido el «verdadero rey», no Juan. Pero en 1199 la cuestión de la legitimidad no estaba en modo alguno bien establecida y había, en cambio, que considerar otras cuestiones.
El Reino Anglonormando estaba en una lucha a muerte con Francia; ¿era momento para que un niño se convirtiese en su gobernante? Además, Arturo había sido educado en la corte del rey Felipe y era más francés que normando. ¿Podía confiarse en que no fuese el títere de Felipe?
Ricardo, que sabía que no tendría hijos, intentó primero hacer de Arturo su heredero. Pero odiaba a Felipe más que a nada en el mundo y, desconfiando de la educación francesa del niño, en 1197 decidió que Juan fuese su heredero. Leonor de Aquitania (todavía viva) también apoyó a Juan antes que a un nieto a quien apenas conocía, y lo mismo los señores anti-franceses de Inglaterra y Normandía.
Así, Juan subió al trono, pero en modo alguno con el consentimiento unánime de sus vasallos. Había señores en el dominio angevino, fuera de Inglaterra y Normandía, que apoyaban a Arturo, y Felipe lo sabía.
Los Capetos habían apoyado siempre a los pretendientes al trono anglonormando en toda ocasión. Francia había apoyado a Roberto Curthose contra Guillermo II, a Guillermo Clito contra Enrique I, a Matilde contra Esteban, y a los hijos de Enrique contra Enrique II. Era la mejor manera de mantener el desequilibrio entre los anglonormandos. El mismo Felipe había apoyado a Ricardo contra Enrique II, y a Juan contra Ricardo. Y ahora estaba dispuesto a apoyar a Arturo contra Juan.
Para impedir que esto ocurriese, Juan tenía que llegar rápidamente a un acuerdo con Felipe, con desventajas considerables para él. Felipe aceptó los términos del acuerdo, pero mantuvo en reserva a Arturo para su uso futuro y esperó una oportunidad para
renovar las hostilidades en alguna ocasión favorable para él. No tuvo que esperar mucho tiempo.
En 1200, menos de un año después de la muerte de Ricardo, Juan se casó, con bastante premura, con una joven (en verdad, sólo tenía trece años) llamada Isabel, que poseía considerables tierras en el sur de Francia. Por supuesto, lo que principalmente deseaba eran las tierras. Juan se divorció de su primera esposa, y fue coronado con Isabel. Desafortunadamente para Juan, Isabel, por la época de su apresurado casamiento, estaba compro-metida con un miembro de una poderosa familia feudal francesa que también anhelaba esas tierras. La familia se sintió agraviada y apeló a Felipe II.
Felipe escuchó gravemente. Juan, en lo concerniente a sus tierras francesas, era vasallo de Felipe, y éste tenía el deber de juzgar las disputas entre sus vasallos. En 1202, pues, emplazó a Juan a que compareciese ante él para responder a las acusaciones.
Juan, por supuesto, no compareció. Su dignidad de Rey de Inglaterra le impedía hacerlo, y Felipe lo sabía. Cuando Juan faltó a la cita, se puso en la ilegalidad, y Felipe podía, nuevamente de acuerdo con la letra del derecho feudal, despojar a Juan de las tierras que poseía como vasallo.
Naturalmente, esto no significaba nada a menos que Felipe estuviese preparado para apoderarse de ellas por la fuerza, pero esto era exactamente lo que planeaba hacer, y entró en campaña con sonoras proclamas de que el derecho estaba de su lado. Juan tuvo que luchar.
En los cambiantes avalares de la guerra, Juan, en 1203, tuvo que acudir en socorro de un castillo donde Leonor de Aquitania estaba asediada. Entre los jefes del ejército sitiador estaba Arturo. Juan no sólo rescató a su madre, sino que también capturó a Arturo. Arturo fue puesto en prisión y nunca se lo volvió a ver. Nadie sabe qué ocurrió exactamente, pero la opinión general es que Juan lo hizo ejecutar calladamente. Esto dio a Juan el dominio indiscutido del trono, pero fue una enorme derrota propagandística para él. Felipe lo había puesto hábilmente en el banquillo de los acusados desde el punto de vista de la teoría feudal, y ahora el rey francés hizo todo lo posible para difundir la idea de que Juan había asesinado a su sobrino, el rey legítimo. Muchos de los vasallos franceses abandonaron al real asesino y pasaron al bando de Felipe, resplandeciente en su consciente rectitud. Inmediatamente, los dominios anglonormandos empeza-ron a desvanecerse.
Tampoco era sólo cuestión de propaganda. Aunque el veneno de la prisión de Arturo y su presumible ejecución estaba haciendo su efecto, Felipe estaba dispuesto a llevar a cabo una asombrosa hazaña bélica. Era una época de castillos y Felipe se preparó para asediar al mayor de todos los castillos, el Cháteau Guillará de Ricardo, totalmente moderno y considerado por lo común como inexpugnable.
En el verano de 3203, Felipe lo rodeó y empezó el asedio. Para mantener a su ejército ocupado, lo hizo trabajar en el castillo de diversas maneras. Usó catapultas para arrojar grandes piedras por encima de las murallas y arietes para derribarlas. También trató de socavarlas, es decir, hizo cavar el suelo debajo de ellas en algunos lugares, a la par que las apuntalaban con vigas; luego hizo quemar las vigas. Hasta envió soldados por un tubo de desagüe con la esperanza de que pudieran entrar en el interior del castillo. Pero lo que realmente esperaba era que el hambre hiciera su labor. Cuando llegó el tiempo frío, las punzadas del hambre se hicieron sentir dentro del castillo. Los defensores tenían que resistir a toda costa, pues quizás podían aparecer enfermedades entre los sitiadores, o podían estallar disensiones entre ellos o podía llegar un ejército en socorro de los asediados. Por ello, para evitar el hambre extremada, los defensores hicieron salir del castillo a unas cuatrocientas personas, mujeres, niños y ancianos.
El ejército francés no los dejó pasar, pero tampoco los mató. Los mantuvo en una tierra de nadie, con la esperanza de que los defensores, por piedad, los recibiesen de vuelta y todos muriesen de hambre más pronto. Ninguna de las partes cedía en esta competencia de inhumanidad; ambas partes observaban a los pobres parias, reducidos al canibalismo, morir de hambre y de frío en pleno invierno.
Finalmente, el hambre hizo su labor y en marzo de 1204 el Cháteau Gaillard se rindió. Felipe obtuvo una asombrosa victoria que quebró totalmente la moral angevina.
En junio, las fuerzas de Felipe avanzaron sobre Rúan, la capital normanda, y en 1205 dominaba prácticamente todo el norte de Francia. Era, en verdad, Felipe Augusto. Leonor de Aquitania murió en 1204, unas pocas semanas después de la rendición de Cháteau Gaillard. Tenía más de ochenta años. Había sido esposa de dos reyes y madre de dos reyes. Había estado prisionera y había triunfado. Había sido humillada por el fracaso de su primer marido en una cruzada. Su corazón se había llenado de alegría por las grandes hazañas de su hijo en otra cruzada. Había sido el motivo de la creación del Imperio Angevino y vivido lo suficiente para verlo desmembrarse.
Pero partes de su herencia subsistían. La costa sub-occidental de Francia, con su gran puerto marino de Burdeos, seguía leal a Juan. Inglaterra siguió poseyendo la Aquitania costera, habitualmente llamada Guienne, durante dos siglos y medio más.