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textos utilitaristas que menciona, con sus “declaraciones tabula­ res” que miden el bienestar social. ¿Cómo modela los deseos y expectativas de sus lectores?50¿Qué aspectos del m undo recono­ ce como descollantes? ¿Qué visión de los seres hum anos y la vida hum ana percibe allí el lector? Debemos comenzar por los datos más obvios: no dar por sentado el hecho de que estamos leyendo una obra de otro género, sino preguntarnos por los rasgos del género mismo y cómo éstos forman la imaginación del lector.

Ante todo estamos leyendo una narración. Esta narración nos pone ante personajes, hombres y mujeres, que en ciertos sentidos se nos parecen. Representa a estos personajes como diferentes entre sí, dotándolos de atributos físicos y morales que nos perm iten distinguir a cada uno de los demás. Somos testigos de sus gestos y palabras, de su físico y de la expresión de su semblante, de sus sentimientos. Cada vida interior se presenta con hondura psicológica y complejidad. Vemos seres humanos que comparten problemas y esperanzas, aunque cada cual los en­ frenta a su manera, en su circunstancia concreta y con los recur­ sos de su propia historia. Aun los utilitaristas Bounderby y Gradgrind son figuras totalmente humanas, pues su filosofía abs­ tracta surge de un m undo interior con el cual dicho pensamien­ to no siempre armoniza, como ya hemos comenzado a ver. Las deliberaciones abstractas de la novela, pues, surgen de vidas hu­ manas concretas y expresan sólo una parte de la riqueza interior de esas vidas. Y aunque no siempre tenem os acceso explícito y total al mundo interior de un personaje, siempre nos invitan a vislumbrarlo, a imaginar los motivos que impulsan a Bounderby a negar sus orígenes y a la señora Sparsit a perseguir a Louisa, y

luego, con más cálida comprensión, a imaginar el torbellino en que se sume el corazón del señor Gradgrind al presenciar el derrum be de su sistema con humildes expresiones de rem ordi­ miento. Nos preguntamos cómo interpretar sus actos, y nos lo preguntamos con una mezcla de compasión y crítica que variará de lector en lector, como ocurre con las actitudes de la gente en la vida real. (Así, podemos disentir sobre la interpretación co­ rrecta de algún elem ento de la novela, y sobre la justificación de nuestras simpatías, sin perder de vista la preocupación funda­ mental que nos une en cuanto lectores.)

En sus diversas maneras de interpelar a los lectores, la novela reconoce todos estos elementos como descollantes, como dignos de atención y preocupación. Damos ello por sentado, pues sabe­ mos qué es leer una novela, pero no deberíamos hacerlo. En todo m om ento debemos estar alerta al rum bo de nuestra aten­ ción y nuestros deseos, y recordar cuán diferente es ese rumbo cuando leemos un tratado de economía. En esta atención, las diferencias cualitativas son fundam entales.51

El m undo donde se mueven estos personajes es cualitativa­ mente rico. Contiene un “aula que es una bóveda austera, desnu­ da y m onótona”, pero tam bién las banderas y la “resonante orquesta” del circo; contiene el “grácil acto ecuestre tirolés de las flores” y también un “río que circulaba enrojecido de maloliente tintura”, por no m encionar “el pistón de una máquina de vapor (...) como la cabeza de un elefante en un estado de melancólica locura”. Este m undo envuelve continuam ente a los personajes, creándoles a la vez obstáculos y oportunidades. Al describirse la actividad cotidiana de los obreros fabriles, vemos nítidam ente que aquellas circunstancias que la elección social puede cambiar no afectan sólo la utilidad sino también la aptitud para el pensa­ miento y la selección, no sólo el placer sino también la libertad.

La perspectiva utilitarista considera a las personas como meros receptáculos de satisfacción. La novela, en cambio, ve los límites en tre una persona y otra com o uno de los datos más sobresalientes. La buena alim entación y com placencia de Bounderby no mitigan en absoluto la fatiga y el aislamiento del obrero Stephen Blackpool; la satisfacción de Gradgrind no atem­ pera la desdicha de su hija Louisa ante su m atrim onio. El dolor y la felicidad afectan aquí a personas individuales que deben

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afrontarlos solas, y que tienen sólo una vida para luchar por la felicidad.

La capacidad de las personas para escoger la forma de esa vida como agentes individuales está muy destacada. Entre las muchas desgracias de la vida de Stephen, ninguna es mayor que su imposibilidad de cambiar de rum bo, su falta de acceso al sistema judicial, su carencia de un trato contractual justo con sus empleadores. La novela representa a los seres hum anos como criaturas para quienes la libertad de elección tiene una im por­ tancia profunda y apasionada, una im portancia que no se redu­ ce al placer sino que fija condiciones dentro de las cuales un placer puede ser auténticam ente hum ano. De este modo, nos muestra que los obreros de Coketown no sufren sólo de priva­ ciones económicas, pues aunque estuvieran bien alim entados y seguros llevarían vidas subhum anas respecto de la libertad. De hecho, tal vez la vida menos hum ana de la novela sea la de la señora Gradgrind, por el modo como cede su protagonism o e individualidad a las fuerzas que la oprim en, aunque sea benig­ nam ente.

Notamos en varios pasajes que la novela entiende que las preferencias no son datos externos a la vida de los individuos. Así como los obreros se conforman con poco porque llevan una vida paupérrima, la preferencia de la señora Gradgrind por no ser una persona integral debe entenderse como producto de las fuer­ zas trituradoras que la han acuciado toda la vida.

Insisto: todas estas características son propias del género, de su manera de invitar a los lectores a mirar los personajes en su entorno social e interesarse en sus vidas. También lo es su com­ pleja teoría conductual, tan diferente de la teoría utilitarista, que atribuye las motivaciones a la maximización interesada. Los per­ sonajes de Tiempos difíciles buscan la satisfacción de sus preferen­ cias de m uchas m aneras, y tam bién ex h ib en sim patías y compromisos que no responden a la mera utilidad. El circo es una comunidad estructurada sobre el principio de la ayuda y la preocupación mutuas, donde los individuos definen sus objetivos en virtud de la felicidad de los demás, a m enudo de formas que suponen reales sacrificios. Pero los otros personajes de la novela también son gente de circo, por lo menos en parte de sus vidas. También aquí encontramos una excepción: así como la señora

Gradgrind está en el límite de la hum anidad en cuanto agente individual, Bitzer, m onstruoso producto del sistema utilitarista, está en igual situación respecto del altruismo. Es un m anipula­ dor, y aun su tímida parodia de los sentim ientos del utilitaris­ mo es sólo su aberrante m anera de obtener lo que desea a expensas de su maestro. No entiende qué son el am or y la gratitud; para él el corazón es una bomba útil, y nada más. Pero, como nos m uestra la novela, Bitzer es sum am ente excén­ trico y muy poco hum ano. Desde nuestro prim er encuentro con sus “ojillos fríos” y su cutis “tan insalubrem ente despojado de color n atu ral”, sabemos que nos las vemos con un m onstruo. La m onstruosidad de Bitzer radica en su incapacidad para toda compasión o compromiso que no implique el uso de los demás para sus propios fines. El que esta figura suscite rechazo en vez de identificación es un rasgo del género, característico del modo en que la novela realista estimula y cultiva la imaginación. Es tan aberrante que nos cuesta m ucho preguntarnos cómo nos sentiríamos en su lugar.

Si querem os exam inar un ejem plo que resum e todas es­ tas diferencias en tre la novela y un tratad o utilitarista a lo Gradgrind, podemos concentrarnos en la relación que entabla­ mos, como lectores, con el señor Gradgrind. Si éste escribiera un libro de economía, situándose como personaje de un m odo co­ herente con su sistema, ¿qué tendría de interesante y descollante él como personaje? ¿Cómo atraería la imaginación del lector? Está claro que sólo por el hecho de que su vida está regida por las leyes que rigen las vidas de la totalidad, y porque él ejemplifi­ ca la presunta racionalidad del economista calculador. El señor Gradgrind sólo podría aparecer en su propio libro bajo estas descripciones. La “historia” narrada en ese libro sería una histo­ ria de transacciones, y el lector no leería con am or ni temor, sino con una mezcla de exaltación intelectual e interés egoísta y ra­ cional. Tal sería el contenido moral del género, si así podemos denominarlo.

Nuestra relación con el señor Gradgrind es muy diferente. ¿Por qué es un personaje interesante para el lector, un carácter fascinante y en última instancia conmovedor, de una manera que no lo son Bitzer y Bounderby? Sin duda porque fracasa en el intento de ser la clase de persona que representa su teoría utilita­

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rista. Bitzer es tan raro que no podemos identificarnos ni intere­ sarnos en él, pues intuimos que está vacío por dentro. Una novela poblada únicam ente por Bitzers sería una suerte de relato de ciencia ficción que no atraparía al lector a la m anera de la nove­ la tradicional, que se basa en vínculos de identificación y simpa­ tía. Pero en cambio profesamos un comprensivo interés por el señor Gradgrind, y se nos insta a interesarnos en él aun mientras lo criticamos, a preocuparnos por lo que le sucede; en suma, a experimentarlo como un personaje cautivante y significativo en una novela apasionante. Nuestra experiencia estética incluye una cierta modelación del deseo.

¿Qué hay en el señor Gradgrind que despierte este deseo? El hecho de que sabemos casi desde el principio que él no es como sus elaboraciones teóricas, que es cualitativamente distinto de una m anera que no se reconoce en su visión teórica de las perso­ nas, que está motivado por el amor, el compromiso y una senci­ lla decencia que no encuentran expresión en su teoría de la acción humana. Notamos que se niega a aceptar los crudos ju i­ cios de Bounderby sobre el padre de Sissy. Percibimos elevados motivos humanitarios en su preferencia por la razón sobre la fantasía, motivos que pueden ser falaces pero que son admira­ bles en sí mismos. Ante todo percibimos un grado de am or por su hija, un titubeo en la ejecución de sus planes para ella que nos hace pensar que este hom bre üene un alma a pesar de todo. Esta visión de Gradgrind como un agente complejo, este respeto por un alma, forma parte del género mismo, de su m odo de interpelar a los lectores. Si no hay varios personajes con quienes podamos entablar esta relación, perdem os el interés y cesa el placer de la lectura. Pero cuando entablamos tales relaciones, vemos el m undo desde un punto de vista muy diferente del reco­ m endado por la teoría económica de Gradgrind.

Esta novela narra una historia. Al hacerlo, induce al lector a interesarse por los personajes, a participar de sus proyectos, te­ mores y esperanzas, a com partir sus intentos de desentrañar los misterios y perplejidades de sus vidas. La participación del lector se explicita en muchos puntos de la narración. Y los lectores com prenden que en cierto modo se trata de su propia historia, pues muestra posibilidades de elección que en cierto sentido también son las suyas, aunque las circunstancias concretas varíen

enorm em ente. El lector evalúa e interpreta con actitud crítica pero afectuosa, pues el texto lo retrata como un agente social responsable de crear un m undo que puede parecerse o no al mundo que hay en esas páginas, un agente que en la vida debe entablar una relación emocional y práctica con los problemas de la clase obrera y la conducción de los gerentes y dirigentes. Al imaginar cosas que en verdad no existen, la novela, como ella misma lo manifiesta, no es “improductiva", pues ayuda a sus lec­ tores a reconocer su propio m undo y a escoger más reflexiva­ mente.

En síntesis, la experiencia de leer esta novela tiene las propiedades que ella misma atribuye a la lectura de novelas, cuando (por medio de los asombrados ojos del señor Gradgrind) describe la tendencia de la gente de Coketown a preferir la lectura de novelas a la lectura de estadísticas oficiales. “Se inte­ resaban en la naturaleza hum ana, las pasiones humanas, las esperanzas y temores hum anos, las luchas, triunfos y derrotas, las cuitas y penas y alegrías, las vidas y las muertes, de hom bres y mujeres comunes. A veces, al cabo de quince horas de trabajo se sentaban a leer meras fábulas sobre hom bres y mujeres más o menos similares a ellos mismos, y sobre niños más o menos similares a los suyos. Se prendaban de Defoe en vez de Euclides, y hallaban más confortación en Goldsmith que en Cocker”. Mientras el señor Gradgrind analiza “este dato inexplicable", nosotros por supuesto vemos que la novela describe nuestras preferencias y nuestra actividad actual.

Hasta ahora hemos hablado de características que la novela comparte con muchos otros géneros narrativos: su interés por la individualidad de las personas y la irreductibilidad de la calidad a la cantidad, su afirmación de la importancia de lo que sucede con los individuos de este mundo, su em peño por no describir los hechos de la vida desde una perspectiva externa de distancia- miento -com o si fueran los actos y movimientos de piezas mecá­ nicas- sino desde d en tro , com o investidos de la com pleja significación que los seres humanos atribuyen a sus propias vidas. La novela procura describir la riqueza del m undo interior más que otros géneros narrativos, y muestra un mayor compromiso con la relevancia moral de seguir una vida en todas sus peripe­ cias y su contexto concreto. En esta medida se opone aún más

profundam ente que otros géneros al reduccionismo económico; está más comprometida con las distinciones cualitativas.

Pero en las reflexiones del señor Gradgrind sobre los extra­ ños hábitos librescos de los obreros de Coketown nos topamos con un rasgo ya específico del género, a saber: su interés en lo común, en la vida cotidiana y las luchas de hombres y mujeres comunes. Al entrar en el hogar de los operarios como amigo, el lector se adentra en sus vidas. Ello significa que el lector ya tiene la experiencia moral que Louisa adquiere al visitar el hogar de Stephen Blackpool y sufrir una conmoción al darse cuenta de que un “p eó n ” tiene un nom bre, un rostro, una vida cotidiana, un alma compleja, una historia.

Por prim era vez en su vida Louisa entraba en la morada de un peón de Coketown, pues por prim era vez en su vida en­ frentaba algo semejante a la individualidad en su relación con ellos. Sabía que existían por cientos y por millares. Cono­ cía los resultados laborales que determ inado núm ero de ellos produciría en determ inado tiempo. Los conocía en m uche­ dumbres que iban y venían de sus nidos, como hormigas o escarabajos. Pero, por sus lecturas, conocía mucho más sobre las costumbres de esos industriosos insectos que sobre estos laboriosos hombres y mujeres.

Este es uno de los pasajes más notables entre los muchos pasajes autorreferenciales de la novela. Llega mucho después de la deta­ llada descripción de la vida de Stephen Blackpool, y nos recuer­ da que nuestra educación y experiencia como lectores han sido y son muy diferentes de la educación economicista de los hijos de Gradgrind. La persona que se ha educado únicam ente con tex­ tos de economía no está habituada a pensar en los obreros (ni en otras personas) como seres humanos plenos, con historias propias que contar.

Ello no es necesariamente un argum ento antiutilitarista, pues se podría señalar con justicia que el conocim iento de que cada ciudadano tiene una historia compleja y propia que contar es una buena manera de elaborar el núcleo de la idea de Bentham, según la cual cada persona debe contar como una y ninguna como más que una. Aquí pues, al igual que con la significación

del dolor, con la importancia central del altruismo, la obra sugie­ re una crítica interna y sutil de cierta especie de utilitarismo, no su repudio total. La sugerencia es que lo mejor de la teoría no ha encontrado un eco legítimo en el desarrollo de la misma (espe­ cialmente en la economía contem poránea, aunque no sólo en ella), y que es necesaria una visión más plena de las personas para hacer justicia a los profundos conceptos del benthanismo.

La descripción de la vida de la clase obrera adolece de graves defectos en esta novela. Por una extraña falla de técnica literaria, nunca se explica la misteriosa promesa de Stephen a Rachel que le impide unirse al sindicato, a pesar de que ello determ ina la trama. Y es que Dickens recela tanto de cualquier acción colecti­ va que describe el trabajo de los sindicatos bajo una luz manifies­ tamente injusta, aun desde las pautas de sus propios artículos de esa época.52 En general, tenem os muchos motivos para simpati­ zar con las críticas de George Orwell a Dickens. En su pasión por el individuo, éste no logra interesarse lo suficiente por las posibi­ lidades de acción política y cambio institucional; y como no lo­ gra im aginar dichos cambios, se satisface fácilm ente con la perspectiva de proporcionar a los pobres un poco de alivio y de tiempo de ocio.53

Aun así su novela presenta una visión política cuyas recom en­ daciones explícitas sobreviven a tales defectos. Lo esencial del pasaje de Louisa y Stephen perm anece en pie: leer una novela como ésta nos insta a reconocer la igual hum anidad de miem­ bros de clases sociales ajenas a la nuestra, nos hace reconocer a los trabajadores como sujetos deliberantes, con amores y aspira­ ciones complejas y un rico m undo interior. Nos hace ver su po­ breza y sus opresivas condiciones laborales en relación con esas emociones y aspiraciones. La insistencia en la complejidad de la vida de los individuos y la importancia de las diferencias indivi­ duales desalienta soluciones utópicas simplistas y sugiere un en­ foque que se concentra en la libertad, dejando gran margen para la diversidad.54 Pero la novela es consciente de que la liber­ tad requiere de condiciones materiales y puede ser estrangulada por la desigualdad material. En su insistencia en estos datos, inspira compasión y pasión por la justicia.55

Si desde el punto de vista de Gradgrind, pues, las novelas son deficientes en economía por carecer de refinamientos matemáti-

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eos, desde el punto de vista novelístico la refinada economía de Gradgrind es una mala novela, porque resulta burda en su capa­ cidad de representación y descripción, está falsamente distanciada