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3 Data analysis

VII. Land use:

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Para poner de relieve la representación de este personaje centraremos la atención en las dos principales fases de su vida: la primera atañe a una etapa que podemos considerar como viajera, y la segunda a los dos últimos años durante los cuales se interesa por la literatura, suplantando a Antonio, “el mítico viajero inmóvil de Sant Gervasi” (p. 181). En lo tocante a la primera etapa, que ocupa un cuarto de siglo, Enrique Tenorio mantiene una postura antagónica respecto a sus hermanos. La visión del mundo de Antonio y de Máximo contrasta tajantemente con la suya. Por eso opina: “siempre he tenido la impresión de que los obreros, los camareros, los camioneros, los mecánicos viven existencias más intensas” (p. 36). Por el contrario, el mundo de los artistas le parece el más difícil:

No. No me interesaban nada sus angustiosas torres de marfil. Me parecía que ya había suficientes ‘destinos artísticos’ en la familia y que ante mí se abrían derroteros mejores, más vitales. Viajar, por ejemplo. Ver mundo, huir del enfermizo arte familiar (p. 36).

Se trata de una fase de oscurantismo durante la cual el protagonista manifiesta su ignorancia y su pobreza intelectual, recelosas de cualquier tendencia artística. Este déficit se nota en sus conversaciones con algunos interlocutores. Desconoce a autores como “Graham Greene”, “Canetti” y los libros como Auto de fe. La pregunta “¿No ha ido a la universidad?” (p. 163) que le plantea un hombre en Montecarlo, extrañado

al darse cuenta de que Enrique no conoce una novela de Graham Greene, es reveladora de esta falta de formación intelectual.

El rechazo de lo que él considera como “el enfermizo arte familiar” le lleva a visitar algunos paises africanos como el Camerún, a viajar a las Indias, a Montecarlo y a la Costa Azul. Todos estos viajes destruyen el estado de ánimo del protagonista que, por fin, descubre la cara oculta del mundo. Cabe recordar que, después de viajar a África, regresa a Barcelona con las manos manchadas de sangre por haber matado a un bandido en Dahomey; el viaje a las Indias le convierte en un manco y las aventuras amorosas de Montecarlo con Rosita, arruinan todo lo que le quedaba de la herencia de su padre. Enrique Tenorio cumple los veinticinco años con un sentimiento de amargura. El balance negativo de esta vida viajera se condensa en las palabras siguientes:

Hoy mi persona más bien recuerda a uno de esos trapos de limpiar cosas sucias que se ponen a secar en las ventanas, pero se olvidan, enrollados, en los pretiles que se van manchando lentamente. Hoy mi persona sólo es la sombra de la sombra de una persona que, con toda la razón del mundo, se ha distanciado mucho de la vida y de sus heridas insensatas, y el premionatural a esto ha sido la fiesta de la escritura secreta de este cuaderno de los tres Tenorios, pero también esa incapacidad, que he creado en los demás, de sentir conmigo (p. 91).

En la segunda etapa de su vida, toma la resolución de prolongar la obra literaria de su hermano Antonio Tenorio, y empieza también a tener una valoración positiva de la literatura. “Me digo esto y sonrío si pienso que hasta hace tan sólo dos años ser escritor me parecía la ocupación más ridícula y polvorienta del mundo” (p.

27). La literatura en general, y los libros en particular, le sirven de lugar de recogimiento y de refugio respecto de su horrenda vida viajera. Pero Enrique Tenorio se interesará, sobre todo, por una categoría de libro que constituye una especie de catalizador o fuerza que estará en el origen de la brizna de locura que se nota en un momento determinado de su vida.

La intertextualidad respecto de Don Quijote de la Mancha resulta evidente. El personaje narrador de Lejos de Veracruz será, asimismo, víctima de problemas psíquicos debidos a una transferencia involuntaria de las aventuras imaginarias de los diferentes personajes que irá descubriendo en sus lecturas. En su repertorio ocupan un lugar predilecto El Quijote de Miguel de Cervantes, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Robinson Crussoe de Daniel Defoe, Las metamorfosis de Kafka y Peñas arriba de José María de Pereda, lo cual supone una selección irregular. Al recordar el reto que él mismo se había establecido afirma: “Decidí leer todas las novelas importantes que se hubiesen escrito desde el comienzo de la humanidad” (p. 196). Un conjunto de obras que influyen más o menos en la escritura del autor y permite considerar, según opina Pozuelo Yvancos, “el discurso de la novela de Vila-Matas como un tejido de Links, de vínculos que nos permite navegar” (Yvancos, 2007: 38).

Durante esta “navegación”, notamos que el parecido de estas obras estriba en su trasfondo inverosímil, utópico, y en sus visiones irreales. El episodio del descenso de Alonso Quijano a la cueva de Montesinos, que Enrique Tenorio considera como lo que le queda del Quijote (p. 198), ocupa desde Miguel de Cervantes un lugar preponderante en la narrativa española. Según László Vasas:

La cueva es una imagen arquetípica: es el lugar del encuentro de las fuerzas de este mundo y del averno. Los héroes de nuestra cultura

descienden a una cueva, al averno y vuelven de allí como si hubieran muerto y resucitado (László Vasas, 2006: 351).

Además, podemos subrayar, en el caso de Enrique Tenorio, una similitud con el viaje efectuado por Juan Preciado a Comala, pueblo mítico donde piensa encontrar a su padre Pedro Páramo (Rulfo, 1955: 67). Las aventuras de Robinson Crusoe salpicadas de ensueños y el personaje de La metamorfosis de Kafka, Gregor Samsa, que al despertarse una mañana se encuentra metamorfoseado en la cama en un monstruso insecto, constituyen con la obra de José María Pereda y la Odisea, una dosis importante de “droga” literaria. Esto es lo que ocurre con el amigo del humillado, de Félix de Azúa, que leyó un libro:

[…] con tal intensidad que ha logrado sustituir sus engranajes cerebrales de nacimiento por los del autor del mencionado libro, como quien cambia los dientes de leche por otros más adecuados a la vida de un carnívoro adulto (Azúa, 1989: 79).

Al personaje narrador de Lejos de Veracruz se le notan las repercusiones de las lecturas de los libros mencionados. En efecto, aunque desde el principio de la novela nos habla de su desequilibrio mental, cuya causa, según le confesaron los huéspedes de su librería, reside en el suicidio de su hermano Antonio Tenorio: “dado mi estado de locura por la muerte de mi hermano” (p. 11), pensamos que aquí la muerte representa tan sólo una porción del germen de la enfermedad mental, puesto que el último Tenorio no tiene más opciones que seguir los pasos de Antonio, lo que implica una cierta familiaridad con los libros:

Está claro que no me equivoqué: el mundo de mi hermano era el lugar más apropiado para alguien que, como yo, estuviera buscando dónde caerse muerto (p. 190).

El título de la obra, Lejos de Veracruz, es un indicio que nos remite a un viaje. Por el contrario, en la obra no asistimos a viajes concretos que culminan en espacios reales, sino a espacios geográficos que nacen de la imaginación del protagonista. Xalapa, el lugar donde se fue a buscar a Sergio Pitol, el amigo de su hermano Antonio, y Veracruz, “aquel nombre que por sí solo embrujaba todos mis sentidos” (p. 14), son semejantes a la “cueva de Montesinos”, a “Comala” y a tantos otros espacios imaginarios que existen en los libros mencionados. “Fui a Xalapa como quien va a Comala” (p. 12), afirma Enrique para demostrar su simpatía por el protagonista de Pedro Páramo de Juan Rulfo. Más adelante, el protagonista vuelve a proporcionar unos detalles espaciales que nos permiten ver la degradación de su estado psíquico y el carácter fabuloso de su origen:

Y es que ningún sitio me atrae especialmente, ningún lugar me fascina al máximo porque no ignoro si existiera en esta vida un colosal y extraordinario encanto, éste para mí consistiría en estar donde no estoy para desde allí poder desear dónde estar, que sería en ninguna parte. De modo que soy de Veracruz, y punto. Y si lo soy es porque no me queda otro remedio que ser de algún lugar y, como escritor, tener cierta nostalgia de él (p. 45).

Veracruz, sentencia Masoliver Ródenas, “representa el viaje infinito y el rechazo de los espacios reales, para convertir al protagonista (a los protagonistas) en un apátrida” (Ródenas, 2007: 132). Enrique Tenorio huye de su Barcelona natal para ir hacia “una patria” fantasmagórica, mera concepción mental. Representa, también,

un elemento probatorio irrefutable de la admiración de Enrique Vila- Matas por Italo Calvino7, que escribe sobre ciudades invisibles o espacios cósmicos.

Sin embargo, cabe señalar que no es Veracruz el único destino de las aventuras del protagonista. Obnubilado por la sustancia onírica de la “vieja colección de clásicos” (p. 196) que se puso a leer, se presenta como el calco de los héroes que descubre en sus lecturas. Por eso es por lo que alude a Robinson Crusoe, obra en la que, después de superar muchos obstáculos en sus aventuras, Robinsón descubre la huella de un pie humano en la arena de Beranda y afirma: “Después de tantos años de infortunios, sentí vivos deseos de relacionarme con aquella tribu” (p. 189). Esta frase sacada de la obra de Daniel Defoe, y que el protagonista de la obra de Enrique Vila-Matas reproduce in extenso, le sirve de apoyo para seguir los pasos de Antonio Tenorio:

Lo mismo me sucedió a mí. Después de tantos años de infortunios, sentí vivos deseos de saber algo más del mundo de mi hermano, del Club de los literatos. ¿Y por qué? En realidad porque no tenía dónde caerme muerto. Mi caso no es, por supuesto único. He podido saber, por ejemplo, que la mayoría de los escritores lo son porque no les queda otro remedio, es decir, porque no están a su alcance mejores cosas que hacer (p. 189).

Es importante señalar que el personaje, desde esta perspectiva, se acerca a Hilario en Napoleón VII al buscar una alternativa que consiste en infiltrarse en el alma de otra persona. La metamorfosis representa, a priori, una vía salvadora. Así es cómo representa al dentista, como una parte de sí mismo:

7

Y hasta me he atrevido a mirar al dentista y he visto que es la parte más profunda de mí, ahí quieto y bien camuflado entre las sombras de la noche, mi parte oscura. Por eso es mi vecino (p. 85).

Lo mismo ocurre con la escritura. Ella constituye, a su parecer, “la única forma de emprender un viaje verdadero” (p. 137), y también una escapatoria y un instrumento del que se sirve el protagonista para desdoblarse. Al escribir, inicia un proceso mimético, o sea, un desdoblamiento que le permite cambiar de identidad y de personalidad, por lo cual le invade un sentimiento de miedo pensando en un posible fracaso personal durante una noche insomne:

Me mantiene despierto mientras me digo que tal vez el insomnio cuadre mucho con mi carácter, con esa forma de ser mía por la que atiendo a todo soñando siempre y vivo con la pena de ser otro -sólo puedo serlo si escribo, entonces soy Antonio- y la añoranza de lo que jamás ha existido (p. 90).

Otro elemento que demuestra el deseo del protagonista de evadirse del mundo auténtico, es su introducción en el mundo del sueño, el mundo de sus fantasías. He aquí cómo anuncia su entrada en una aventura quimérica:

A veces imagino que me voy.

A veces me voy demasiado. Viajo entonces en una especie de ensueño.

Imagino, por ejemplo, que me visita la niña Berta en plena noche. Salta sigilosamente de su terraza a la mía, iluminada por una luna de plata. Me ordena con una caña de bambú que le cuente historias de mariachis. Me digo entonces que la otra realidad, la de los demás, la

dimensión secreta del sueño de mis vecinos, me ha visitado (pp. 192- 193).

En efecto, lo que nos parece interesante en los sueños del personaje es que viene mencionado un aspecto importante de su retrato. Iba interiorizando todos los acontecimientos que le afectaron durante la vida. Pero es el sueño el lugar donde el personaje demuestra su rencor y se ceba contra todos los que considera como responsables de sus desgracias. Aquí Dios, es a quien Enrique Tenorio considera como “el Hacedor de todos mis males” (p. 194), y lo asesina asimilándole a una persona de carne y hueso que es “un triste chulo de Badajoz”.

Aunque este odio contra Dios viene expresado en los sueños, concreta su asesinato al final de la obra tras someterle a unas preguntas enlazadas con su propia vida. El personaje sería, por tanto, un ateo, un nihilista. Es más, en esta aventura onírica, recibe la visita de un fantasma, “manco como yo, un fantasma de verdad” (p. 194) con quien dialoga. La conversación, centrada en el asesinato de Dios, funciona como elemento premonitorio del crimen de Enrique Tenorio al final de la obra.

Así, viajes imaginarios, desdoblamiento y sueños, constituyen el esquema del delirio de Enrique Tenorio. El protagonista se sitúa a caballo entre la realidad y la ficción. Por un lado, entre Barcelona, la ciudad en la que nació, Xalapa y Veracruz (espacios imaginarios), y por otro lado Enrique Tenorio se desdobla en Antonio Tenorio, y los sueños.