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Chapter 3 Quantitative Electrical Imaging of Three-Dimensional Moisture

3.4 Electrical Impedance Tomography (EIT)

3.4.1 Reconstruction methods in EIT

En las guerras, la emboscada es una acción combativa fundamental. Lo es especialmente en la lucha armada de los pueblos para enfrentar la superioridad en fuerzas y medios de las potencias agresoras, así como en las contiendas de liberación contra regímenes opresores.

La histórica Batalla de Santo Domingo, librada entre el 28 y 30 de junio de 1958, en plena ofensiva del ejército de la tiranía contra el bastión rebelde de la Sierra Maestra, comenzó de hecho con una emboscada de contención realizada por efectivos rebeldes, la cual devino en una emboscada de aniquilamiento como resultado de acciones combativas que permitieron la captura de armamento. Estas armas sirvieron para reforzar a los propios combatientes involucrados e introducir nuevas fuerzas en las filas de la guerrilla.

Al decir del Comandante en Jefe Fidel Castro —quien dirigió a las fuerzas rebeldes participantes— respecto a la transformación dinámica de las acciones, y su comparación con el curso de la guerra hasta esos instantes, la jornada fue «el primer golpe anonadante asestado al enemigo».

Esta emboscada fue un brillante ejemplo de flexibilidad táctica. «[…] se convirtió en una demoledora emboscada de aniquilamiento, por efecto de la propia dinámica de las acciones combativas y la intervención del Comandante en Jefe, quien supo aprovechar oportuna y certeramente las nuevas condiciones creadas, dirigiendo el combate desde un lugar cercano a la loma del Sabicú.» (8, p. 76).

El estudio de las emboscadas permite apreciar que el éxito al llevarlas a cabo depende, en el orden de la preparación del personal: a) del adiestramiento para desplazarse hacia el lugar de la acción; b) el acondicionamiento de las posiciones de combate y la ubicación en éstas de los combatientes con enmascaramiento adecuado; c) la disciplina asociada a la acción; d) la organización del sistema de fuego vinculado a la ubicación de obstáculos de uno u otro carácter; e) los movimientos durante el combate y los desplazamientos en el repliegue por grupos. A lo anterior puede añadirse

la preparación para organizar y realizar el mando, la cooperación y los aseguramientos.

El Comandante en Jefe comprendió la necesidad de esta preparación desde antes del desembarco del Granma. Es más, para Fidel la preparación de los combatientes que asaltaron el Moncada y las acciones asociadas a los acontecimientos de aquel 26 de julio fue siempre una ocupación de primer orden, la cual se llevó a cabo con el mayor rigor posible, con las inevitables limitaciones de aquella etapa: en armas y otros medios de combate, el aseguramiento de la seguridad de los futuros asaltantes y del secreto en que había que realizar ese adiestramiento en el marco de la vigilancia de los órganos de inteligencia de la tiranía y de la presencia de su aparato represivo, etc.

Con la misma preocupación de Fidel, se hizo en México la preparación de los expedicionarios del Granma, también con limitaciones análogas en muchos aspectos a las que existían en Cuba en 1953, antes del Moncada.

Por esa comprensión del máximo jefe del Ejército Rebelde, los nuevos combatientes que accedían a la Sierra Maestra eran incorporados a un riguroso entrenamiento físico y militar antes de permitírseles entrar en combate.

Puede afirmarse que la experiencia combativa acumulada antes de cada uno de estos acontecimientos históricos fue tomada en consideración por Fidel. Esta manera de actuar es parte del pensamiento militar del Jefe de la Revolución. Prueba de ello es la concepción de Guerra de Todo el Pueblo que fue objeto importante del apartado anterior.

La descripción de la experiencia combativa previamente acumulada y su vínculo con la práctica en los acontecimientos que ocupan este estudio, respaldan la afirmación de esta importante vertiente del pensamiento militar del Comandante Fidel Castro: tomar en cuenta siempre toda la historia combativa anterior y emplearla en las nuevas circunstancias.

En lo que sigue, se continúa fundamentando el vínculo del pensamiento de Fidel con esta historia mediante el destaque de lo ocurrido en contiendas anteriores, y de sus puntos de contacto con las acciones y acontecimientos en los que el magisterio y la influencia del jefe de la Revolución han estado presentes.

El ataque a convoyes fue un procedimiento frecuente del Ejército Mambí durante las guerras de independencia del siglo XIX. Su efectividad se

basa, ayer y hoy, en la necesidad de desplazamiento de cualquier fuerza militar ocupante de un país. Mucho más cerca en el tiempo, fue un hecho también habitual en la lucha de resistencia de los insurgentes iraquíes contra la invasión norteamericana.

Se trata de acciones que requieren el empleo de emboscadas como forma combativa principal. En la batalla del potrero de Las Guásimas —marzo de 1874— organizada y dirigida por Máximo Gómez, se combinaron la caballería y la infantería mambisas para cubrir la salida y el flanco izquierdo del famoso carril.

La maniobra de caballería dio lugar a una gran emboscada a lo largo del propio carril. En esta emboscada de características muy peculiares, el desplazamiento y los movimientos precisos crearon las condiciones para que la sorpresa, el engaño y la estratagema se conjugaran en un golpe demoledor. En la intervención de la caballería el fundamento del éxito fue el mismo, expresado en la carga cubana que destrozó a la caballería española dentro del carril de Las Guásimas, como se le conoce en la historia de la Guerra de los Diez Años.

Las condiciones para el éxito de una emboscada, vinculadas arriba con la preparación de los combatientes, se aprecian también en Las Guásimas en la organización del sistema de fuego, la maniobra con éste y su combinación con la maniobra de fuerzas, entre otros aspectos.

A pesar de que un contingente de 4 000 soldados españoles se hallaba ya en Las Guásimas de Machado, al suroeste de la ciudad de Camagüey, el General Gómez desplegó su infantería cubriendo la salida del carril y emboscada en el flanco izquierdo, realizando los movimientos sin delatar su presencia.

Movimientos de este carácter en la organización de una emboscada, así como los realizados a ambos lados de la salida del carril de Las Guásimas por la infantería oriental en el transcurso de la acción, requieren una cuidadosa ejercitación previa, tanto en el plano físico y militar como en el de una adecuada preparación conceptual y de estado anímico (Ver la

descripción en 32, t. 1, 3ra. Conferencia, pp.125-140. Ver también: 33, pp.149-151).

Se entiende que en esta acción tan peculiar, el adiestramiento de la caballería incluye la interacción jinete-bestia como un elemento compuesto en el que se han adquirido habilidades específicas y que la mecánica en el manejo del machete tiene elementos cuya elaboración se apoya en el adiestramiento paralelo, que no depende de un combate dado.

En la primera etapa de la ofensiva del ejército de Batista contra el baluarte de la Sierra Maestra, verano de 1958, las columnas enemigas en marcha fueron hostigadas de manera continua, sufriendo numerosas bajas, con lo que comenzó su desgaste físico y moral. La forma principal de las acciones rebeldes consistió en emboscadas de hostigamiento, seguidas en menor medida por las de contención. Las condiciones del terreno, de profusa vegetación y muchas pendientes, posibilitó la sorpresa.

En esa etapa, el Ejército Rebelde tenía menos de 300 hombres con armas de combate, para enfrentar una ofensiva en la que intervenían 10 000 soldados con armamento moderno y apoyados por tanques, artillería, medios aéreos y navales. En estas circunstancias, las emboscadas eran la mejor forma para impedir y entorpecer los desplazamientos de las principales fuerzas enemigas. El Ejército Rebelde aseguró el carácter sorpresivo de las emboscadas para lograr el objetivo de desgastar paulatinamente a la tropa de la tiranía (8, pp. 67-68).

La dinámica de estas emboscadas apoya la exigencia y rigor en la preparación del personal, que caracteriza al pensamiento militar de Fidel, y a su magisterio como jefe guerrillero. Ejemplo de ello son las acciones de las fuerzas de Guillermo García y Vitalio Acuña para golpear reiteradamente al Batallón 11 de la tiranía, y las realizadas contra el Batallón 18 por los pequeños grupos de Ramón Paz y Andrés Cuevas, en condiciones de maniobra con fuerzas reducidas, en terreno de pre montaña, con farallones y otras pendientes abruptas, además de vegetación abundante y tupida (pp.68- 69).

Durante la segunda etapa de la ofensiva, la acción conocida como el combate de Meriño, realizada por fuerzas al mando directo del Comandante en Jefe Fidel Castro, comenzó también con una emboscada que se

caracterizó por una cuidadosa preparación, vinculada a conocimientos y habilidades que deben adquirirse en un adiestramiento exigente (p.79). Lo mismo puede decirse de la maniobra de los efectivos rebeldes que apoyaron la acción, los cuales hostilizaron al Batallón 19, que cayó en la emboscada, desplazándose por su retaguardia.

En la lucha de los aborígenes cubanos, la realización de emboscadas fue una acción de empleo muy frecuente. Pese al enorme obstáculo que significó la abismal desproporción de un armamento muy rudimentario frente al de los españoles, los indocubanos fueron capaces de realizar efectivas emboscadas y golpes súbitos, seguidos de la salida rápida del combate, con aprovechamiento de las cualidades tácticas del terreno y de las condiciones nocturnas.

Hatuey «[…] y sus hombres emplearon procedimientos de lucha, que hoy llamaríamos irregulares, tales como emboscadas y golpes súbitos, seguidos de una rápida salida del combate […]» (21, p.13).

En la América del Norte, los indios siouxs, cheyennes y arapahos hostigaron a las columnas del ejército federal en la región de las Black Hills, territorio del río Powder, aprovechando condiciones del terreno relativamente ventajosas. Su efectividad se apoyó, ante todo, en la habilidad para desplazarse, organizar la acción y sorprender al enemigo.

Las tropas federales que invadieron la región del río Powder, tuvieron que soportar el acoso de las tribus, que defendían sus tierras ancestrales, mediante procedimientos irregulares de lucha. (26, pp.111-126). Durante el verano de 1866, los oglalas de Nube Roja desataron una intensa guerra de guerrillas en el territorio del río Powder. Llovían los ataques sorpresivos a caravanas de colonizadores o militares. Las patrullas del ejército caían en emboscadas bien organizadas. Los soldados que salían del fuerte a talar troncos eran hostigados constantemente. Los indios ahuyentaban los caballos y mulos del ejército (p.139 y ss).

Con igual apoyo en la movilidad, las posibilidades del escenario, la organización y la sorpresa, diversas tribus emplearon las emboscadas para golpear al ejército en las Big Horns a lo largo de 1866.

Las estratagemas indígenas condujeron a las tropas a no pocas trampas mortales. La estratagema de Caballo Loco y otros señuelos oglalas,

el 21 de diciembre de 1866, recuerda por su audacia y método la del carril de Las Guásimas de nuestra Guerra de los Diez Años. De hecho, la emboscada del 21 de diciembre, en el valle de Peno Creek, tuvo una gran connotación, conocida como la Batalla de las Cien Muertes.

En la guerra irregular de resistencia dirigida por Augusto César Sandino en Nicaragua, desde finales de 1926 hasta avanzada la década de los años treinta, el pequeño ejército popular empleó el engaño y la estratagema, con la emboscada como acción combativa fundamental.

Sandino comenzó la lucha armada con no más de 150 hombres, organizados en los meses finales de 1926. Con un innato talento táctico, preparó a sus guerrilleros para aprovechar las peculiaridades geográficas del teatro de operaciones y las posibilidades del terreno (escenario de la acción combativa), llevadas al detalle.

Su reducido ejército supo explotar eficazmente el enmascaramiento, las posiciones de combate y las trampas (previamente bien preparadas) a partir de las ventajas del propio terreno. (34, t.1, p. 213 y ss).

Su táctica se basó en el absoluto conocimiento del terreno en las Segovias. Los guerrilleros se convirtieron en virtuales dueños de la selva, las montañas y los cursos de agua (p. 250). Golpeando, replegándose, hostigando y diezmando al enemigo, la guerrilla aparecía cuando menos se le esperaba para esfumarse después, haciéndose imbatible. Con empleo de grupos muy reducidos, desaparecían después de la acción, dispersándose hacia puntos previamente escogidos.

En un espacio anterior fue analizado el empleo de las emboscadas por la insurgencia iraquí contra las tropas de los Estados Unidos que invadieron a aquel país del Medio Oriente. Allí nos detuvimos en el procedimiento de esas guerrillas urbanas para hostigar y causar bajas a las unidades de la primera potencia militar del planeta. Destacamos entonces el empleo por los insurgentes de grupos de combate muy pequeños, así como de la movilidad, la sorpresa y el conocimiento de la ciudad para golpear sensiblemente a fuerzas muy superiores en armas y otros medios de combate.

En nuestra Guerra de Liberación Nacional, es significativo cómo fueron acondicionadas, con cuidadosa anticipación, las posiciones de combate y las comunicaciones entre estas para la emboscada organizada por el mando

rebelde en el llamado Infierno de Palma Mocha, en los comienzos de la lucha armada en las montañas contra la tiranía batistiana, a finales de enero de 1957.

Al respecto: «El combate de los Llanos del Infierno fue una típica emboscada guerrillera, brillantemente concebida y ejecutada por Fidel. Se cumplieron en él varios axiomas de la lucha guerrillera: causar bajas al enemigo sin sufrir bajas propias, sostener el encuentro en el terreno escogido y preparado al efecto, desvincular rápidamente el contacto mediante una retirada organizada». (10, p. 3, notas del Diario de Campaña de Raúl Castro; p. 4, notas del Diario de Campaña de Ernesto Che Guevara, Ver p. 5).

En la elección del lugar apropiado, así como en la preparación y ejecución de las emboscadas, nuestra Guerra de Liberación Nacional (diciembre de 1956 a enero de 1959) demuestra de manera especial cómo influye el entrenamiento para desplazarse, acondicionar y ocupar las posiciones, así como para la formación de sólidos hábitos de la disciplina, imprescindible en acciones de este tipo.