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4.2 GRESHAM AND EUGENE POLICY ASSESSMENT FOR NEW MOBILITY

4.2.2 The City of Gresham

4.2.2.1 Regional Context

En tiempos premodernos nadie se preguntaba si era bueno para el individuo vivir en una familia. Para la mayoría de las personas era una necesidad de supervivencia, ya solo por la razón de que el individuo no estaba en condiciones de sostener un oîkos, un hogar que funcionara adecuadamente. En todo caso, uno podía sustituir la comunidad familiar por

otras formas de comunidad, como, por ejemplo, la vida monástica. Aunque estas estaban más extendidas que en la actualidad, no dejaban de ser formas especiales, mientras que lo normal era la vida en el consorcio familiar. Solo la sociedad moderna, con una elevada división del trabajo, posibilita que numerosas personas vivan solas y mantengan un hogar unipersonal. Si se hace abstracción de los muy diversos motivos que llevan a las personas a vivir solas, también los solteros tienen, en cualquier caso, una familia de origen. En su familia de origen, las personas nacen, crecen, viven las primeras y fundamentales experiencias de ser aceptados, experimentan religación y, a partir de esa seguridad, desarrollan la capacidad de salir al entorno, asimilar nuevas impresiones y conquistar el mundo para sí. Para un recién nacido, la familia significa casi todo y solo muy lentamente, paso a paso, los niños se van desligando del seno de su familia de origen. Cuando falta la familia, es muy difícil sustituirla para los niños. Pero cuando la familia funciona, ya sea solo en cierta medida, su aportación va mucho más allá, inagotablemente más allá del mero cuidado corporal, empezando por la cariñosa solicitud hasta la impronta y la cultura religiosa, pasando por la educación y el fomento de capacidades emocionales y cognitivas. Para el niño, la familia es un «recurso» infinito de primer rango; y sigue siéndolo luego para el adulto. En cierto modo, todo el sistema de prestaciones sociales existentes en las sociedades europeas modernas puede considerarse resultado del esfuerzo de compensar o al menos atenuar la imponderable falta de vínculos familiares. Este es un logro que ha de valorarse grandemente y que contribuye de manera esencial a la humanización de la sociedad. Sin embargo, hay que ser conscientes de que esto, de hecho, representa tan solo la mitigación de una carencia y de que, visto todo en conjunto, la vida sin lazos familiares no constituye ni mucho menos una alternativa mejor. Hay que quedarse con la idea de que la importancia de la familia para el individuo es muy evidente y tiene un valor difícil de sobrestimar. ¡Agradecidos han de estar todos aquellos a quienes les ha sido regalada una amorosa familia de origen!

Bastante menos evidente es la importancia de fundar uno su propia familia. Si la familia de origen es tan importante, entonces –podría pensarse– debería ser asimismo lo más natural del mundo transmitir este bien inestimable a la siguiente generación. Que esto no es un automatismo lo experimentamos hoy de un modo muy peculiar. Se da la situación en apariencia paradójica de que hoy una abrumadora mayoría de los jóvenes desea fundar antes o después una familia propia, pero en una considerable parte de ellos este deseo no se realiza en los años subsiguientes del modo en que les habría gustado. Se debate mucho sobre las razones de este desarrollo y parece que es consecuencia de una red de factores bastante inabarcable. La duración y complejidad de la educación, el comienzo de la vida profesional y la consolidación económica y social desempeñan aquí, a no dudarlo, un relevante papel, al igual que las perspectivas poco claras en lo que atañe a la conciliación de vida laboral y familiar, sobre todo para las mujeres, las elevadas expectativas por lo que hace a la calidad de la vida familiar, la incertidumbre sobre el propio futuro y la dificultad de decidir cuál es el momento adecuado para fundar una familia, pero también ya el problema de encontrar el compañero o la compañera adecuada para un futuro familiar en común. A buen seguro podrían mencionarse aún

algunas razones más. Lo que al final queda es el hecho de que numerosas personas no pueden ver cumplido un deseo que representaría una gran oportunidad en sus vidas. Las experiencias que una persona vive al convertirse en padre o madre no son existencialmente indispensables. Si lo fueran, eso conllevaría que todo aquel y toda aquella que no tenga esa suerte no podría en último término encontrar sentido a su vida. No obstante, tales experiencias son significativas, existencialmente conmovedoras y profundamente transformadoras de la vida. Fomentan la conciencia de responsabilidad, hacen manifiesto el sentido de la vida, destruyen supuestas nociones de orden, a menudo demasiado opresivas. Por supuesto, también cuestan esfuerzo, fuerza vital y nervios. Sobre todo, proporcionan una profunda impresión de qué significa que la vida es cada día de nuevo un regalo. Pero también una relación lograda con hijos e hijas adultos representa un inestimable enriquecimiento de la vida. En una época en que la esperanza de vida ha crecido enormemente se redescubre asimismo la especificidad de la relación entre abuelos y nietos. La convivencia familiar de las generaciones contiene tesoros vitales que reclaman ser conservados. Desde luego, tampoco aquí sale todo bien; también en este terreno se cometen errores y se experimentan límites. Pero no aprovechar esta oportunidad de la vida supone de antemano una importante renuncia, que debe ser bien reflexionada y sopesada. Quien descarta esta posibilidad a la ligera no se presta un buen servicio a sí mismo. Sobre este trasfondo se perfila como tarea importante animar a los adultos jóvenes a que funden su propia familia y configurar las condiciones marco de la sociedad de modo tal que realmente puedan atreverse a hacerlo sin miedo a quedar al final como perdedores, desfavorecidos o marginados. Una sociedad que dificulta a sus adultos jóvenes la fundación de su propia familia y la paternidad y la maternidad les priva de una perspectiva vital de capital importancia.

Aún menos evidente que la importancia de la familia para el individuo resulta la importancia del matrimonio para él (o ella). ¿Por qué es bueno vincular la vida en pareja y la paternidad y la maternidad con esta institución tradicional, lastrada por el nimbo de lo burgués y amenazada en gran medida por el fracaso? Las reflexiones sobre el ideal han anticipado ya lo que cabe decir a este respecto. También aquí tiene validez lo dicho anteriormente: en cuanto institución de sostenimiento, el matrimonio ha perdido su importancia. Hoy ya nadie necesita casarse para asegurar la existencia o mantener la posición social. Pero en realidad eso tampoco es el núcleo de lo que significa el matrimonio, por lo que este aspecto resulta de hecho prescindible. ¿Qué hace entonces que el matrimonio resulte todavía atrayente? El matrimonio encaja con un amor vivido en serio y puede fortalecer a este decisiva y duraderamente. En el matrimonio, los amantes se prometen mutuamente no desatender este amor, sino alimentar su ardor, a fin de que el fuego entre ellos no se extinga. Esto lo hacen en voz alta y clara, tendiendo así en medio de un mundo de inseguridades y de cambios cada vez más acelerados una senda de fiabilidad, tanto para el otro como para uno mismo. Inmersos en una red de transformaciones biográficas nunca antes imaginable entretejen un común hilo conductor. Con ello establecen al mismo tiempo una sólida alianza, que abre el espacio protector y acogedor en el que pueden ser vividos los ámbitos vitales de la sexualidad, la fecundidad

y la paternidad y maternidad, delicados, vulnerables y, por eso mismo, necesitados de protección.

El matrimonio en perspectiva cristiana tiene, por último, un aspecto más, del todo determinante. En el matrimonio, el amor es situado también –y no en último término– en el horizonte de Dios. Esto no es un añadido pío, sino que posee relevancia existencial. Precisamente porque se da una ética de la relación tan elevada, puede presentarse con facilidad el peligro de un notorio exceso de autoexigencia, máxime si la relación está rodeada de un aura de romanticismo. Quien pretende ofrecer a la persona querida el cielo en la tierra y espera de él o de ella la satisfacción de todos sus anhelos y esperanzas fracasa ineluctablemente a causa de las duras realidades. Ni los reiterados intentos con nuevas parejas ni la cínica negación de la capacidad de amar del ser humano en sí ofrecen realmente una salida a esa situación. Aliviadora y útil es, en cambio, la actitud fundamental de la fe, que hace todo lo humanamente posible, pero espera de Dios la salvación y la realización últimas. Esta actitud fundamental se expresa concretamente en la concepción católica del matrimonio como sacramento, como signo eficaz del amor divino.

No se trata de encomiar el matrimonio como si fuera un «artículo invendible». Pero en estas breves alusiones puede reconocerse ya qué gran potencial tiene el matrimonio y hasta qué punto merece la pena reflexionar seriamente sobre la aventura del matrimonio en vez de precipitarse en rechazarla.