An Analysis of Value Relevance and Reversal under IFRS
3. Value Relevance Analysis
3.1. Regression Model and Estimation Method
El típico de la voluntad es querer y desear. La querencia o deseo, en aquello que hace referencia a mí y solamente a mí, queda reducida a su radical. Mis deseos son, en sí mismos, sobre mí, de tal manera que apenas siento deseo de otra cosa que de mí, sobre mí y para mí. Este egocentrismo es aquello que tengo más inmediato y que, generalmente, está en connotación con los placeres de esta vida. Y cuando digo placeres, en ellos está también aquel placer superficial de un momento de comodidad por el cual no acometo mi deber, aunque sepa que me hago un gran daño.
Esa voluntad tiene que tener su "querencial", sus deseos y emociones, ciertamente "desespecificados", creándose en esta facultad una verdadera transformación. Esa transformación es el deseo inconmensurable, sin medida, de ese mismo objeto que está detrás de esa ciudad que yo construyo como verdadero y lírico arquitecto, que es Dios mismo. Y así me deleito en esta vida con las concelebraciones celestiales. ¡Qué milagro será que no sean más que una fantasía, sino la percepción de ciertas ceremonias que se verifican en la vida eterna! Aquí Dios es para nutrición y alimento que da en esas festividades, de las que ya hace partícipes a las almas en este mundo. Son aquellos que están mirando ese horizonte suyo, atentos siempre a ese continuo amanecer de Él, a ese cambio de colores de este sol que es Dios mismo.
El alma ya no dice: "Yo te quiero, yo te amo, Señor", sino, "yo deseo algo mucho más poderoso que el amor; es un deseo sin límite que sólo tiene los límites ontológicos de Ti mismo, en cuanto que Tú eres, y sólo deseo eso".
Éste es el elemento positivo. Por tanto, la virtud que, cuando ha quedado reducido el típico de la voluntad, del querer humano abierto como un cono —o como lo queráis comparar— hacia Él, infunde un apetito celestial al alma porque acompañó a Cristo más allá de la Cibeles, más allá de la plaza del Callao, o más allá de una cafetería, conociendo lo mal que lo van a pasar los dos. Cristo habla al alma:
—Yo te amo hasta el fin. Y el alma le responde: —Hasta el fin te deseo yo.
Esta es la gran palabra, amigos, de ir del brazo de Cristo, y decirle así: —Te deseo.
O decir Cristo: —No me amas tanto. Y contestar:
—Es verdad, pero te deseo, te deseo cada instante de la vida. Deseo esas fantasías mías de ese mundo que construyo buscando los mejores materiales, los más finos, los más líricos, los más inútiles para la vulgaridad de las gentes de este mundo.
A esto lo llamaba San Juan de la Cruz, sin explicarlo exactamente de esta manera, pero sí con su mismo sentido, las "nadas". Primero las nadas, cuando explicaba las purificaciones tanto de los sentidos y después de las potencias, para decir que eran vaciadas por la "nada", transformadas ahora por las unciones correspondientes, que llamó incluso los "esmaltes" de las facultades. Contemplar el significado del contenido místico de la palabra esmalte, esto es lo que va alcanzando aquél que ciertamente aceptó la afirmación de Cristo: "Yo soy Dios", y ya empezó a obrar en él.
Sólo a vosotros —viene a decirnos Cristo— os hablo de tal manera que me entendáis algo. A los demás les hablo incluso para que no me entiendan. Y así teniendo oídos no oyen; vista, y no ven; entendimiento, y no entienden. Pero a vosotros os he escogido, y en esta selección hay algunos que elijo para caminar con ellos a través de la vida.
Es el mundo de los santos. Les va santificando a través de las objetivaciones de este mundo, pasando posiblemente por idiotas; de todas maneras, son los más sanos sicológicamente, los que no tienen que pasar por las manos del siquiatra, sino sólo por las manos de Cristo; les va esmaltando el alma. Y cada esmalte es una percepción, y cada percepción es un rapto.
Esta es la teología que es verdaderamente útil para el alma religiosa. No hay otra cosa que merezca la pena decirse, sentirse, quererse, pensarse o vivirse. Se podrá hablar de muchas cosas, pero si no se vive esto que es fundamental, lo demás pierde sentido, queda uno inapetente.
¡Qué estado apetitivo experimenta el alma cuando va por esta ruta! Son toques delicadísimos, como dice San Juan de la Cruz, por los que el alma siente ciertamente a Dios, un Dios que le acompaña, que se está haciendo con el propio ser del alma, así como el alma se está haciendo con el propio ser de Dios; no con otro aspecto de Dios o con esta otra verdad de Dios, sino con el mismo Dios, con su status
essendi, con su propio estado de ser.
3. El sentido de la muerte
3. 1. La muerte como donación
Si se me pregunta sobre la muerte, ésta no se reduce sólo al hecho de morir. La muerte, humanamente considerada, es siempre desagradable, pero Cristo le ha dado un sentido sobrenatural.
Para explicarlo, voy a hacer una escenificación teatral, dramática. Lo podríamos convertir en comedia; y si se tiene mucho humorismo, en sainete. ¿Qué persona bien nacida no desea los mejores bienes para sus hijos? Y cuando llega la hora de su muerte —si tiene tiempo y puede... como en esas muertes sentenciosas, patriarcales— diría a sus allegados desde su lecho: "Acercaos hijos míos... aquí, hijos, nietos, biznietos..., todos alrededor, porque os voy a anunciar...". Y, entonces, todos se quedan lívidos.
Hay que tener en cuenta que no es una muerte cualquiera. Esa persona, supongamos, tiene unos cuantos millones, y, además, mucha experiencia y consejos que dar. ¿Quién no desea, por ejemplo, los mejores bienes, y dar los mejores consejos a sus hijos, nietos o biznietos?
Y si ya fuese más que persona bien nacida, les diría en un rapto de romanticismo:
—Familia mía, desearía yo que mi muerte fuese la última, de tal forma que ofrecida mi muerte al Señor, vosotros os fueseis al cielo sin tener que morir. Hasta eso os deseo.
Y entonces los hijos dirían:
—¡Papá! ¿Qué dices? Papá, ¡eres formidable! Y los nietos:
—Hay que ver las cosas del abuelo... Los más pequeñajos apenas se enterarían.
— ¿Y qué ha dicho el bisabuelo?
—Mira, que él querría ofrecer su muerte de tal manera que tú no tengas que morir. —¡Si yo no me voy a morir, él sí se está muriendo!
—¡Qué gracia tienen los niños! ¡Qué graciosos son los niños!
Cristo muere precisamente por el motivo específico de la redención humana: una muerte que viene como consecuencia del pecado original, y que El va a morir en la cruz para borrar este pecado. Él, hasta como ser humano, va a pedir al propio Padre de todos:
—Que mi sangre sea la última. Que borre no sólo el pecado original, sino hasta los efectos del pecado original. Que borre todo: el pecado y sus consecuencias. Que mi sangre sea la última.
¿Podríamos admitirlo de esta forma? ¿No iría esto contra los sentimientos humanos?
Pensemos ahora lo contrario. Él está en la cruz. Se siente realmente dolidísimo, y empieza a enfadarse...:
—¡Padre que mi sangre no sea la última! Muero yo, pero que se conserven los efectos del pecado original, y aquí se arrepiente todo el mundo. ¿O es que yo voy a ser el último aquí? ¿Es que yo solo voy a dar el callo y todos los demás disfrutando de los beneficios de mi redención?
Ahí veis las dos comparaciones.
No. Cristo lo que deseó fue lo primero, que es: —Padre que mi sangre sea la última.
Incluso por espíritu de grandeza:
-—La mía la última, y después de Mí ya no más muerte.
—Yo también tengo espíritu de grandeza. ¿Tu sangre la última. ..? ¡No, la mía! ¿Que Tú libres todas las consecuencias del pecado original...? ¡No, en absoluto! Yo también tengo derecho a morir. ¡Sí, quiero morir! Tengo derecho a morir por mi patria, a morir por tantas cosas... que también tengo derecho a morir por Ti. Padre, yo tengo el mismo derecho que Él a decir que mi sangre sea la última.
Porque, ¿no creéis que una característica de los santos es ser mártires? Es dar su sangre y derramar su sangre, aunque sea por el miedo que eso causa. Dar su sangre, dar su vida por ese Dios con toda pasión hasta el extremo de morir violentamente.
¿No admitís esta posibilidad de morir y ser mártires? Supongamos lo contrario. Que sea Él quien muera; nosotros no tenemos por qué morir, ser mártires, derramar la sangre. Está muy bien; es muy virtuoso, pero, en fin, ¡si Él nos libra de la muerte...!
—Padre, haz caso a Cristo, que sea Él el último, que Él sea el mártir y nosotros, "hijos de papá", a lavarnos las manos.
Ya estamos redimidos. A pasear por la calle de Alcalá, como dice la zarzuela Las Leandras. Paseando todos, sin aburrirnos. Vamos a construir casitas, torres... Y empezamos también a empedrar las calles... Pero, en fin, sin fatiga, ni frío, ni calor. ¡Perfecto! Y, de vez en cuando, por las calles... uno que asciende, se marcha a la eternidad...
—No. Yo para los demás quiero que les des la virtud de no morir. Pero conmigo haz una excepción.
Quiero mi derecho a inmolarme o ser inmolado con Aquél que me acompañó durante la vida, Aquél que, estando yo sentado en un rinconcito de un salón del Ateneo, habló y dijo: "Yo soy Dios". Se produjo, entonces, una reacción dentro de mí. El público discutiendo con Él... Y yo me fui, abriéndome camino entre la gente. Y le cogí incluso del brazo. ¡Qué atrevido fui! Y me dijo: "vente conmigo". Y, al final, la gente marchándose... yo le acompañé, le fui sintiendo lleno de fuego interior...
La forma de caminar con Cristo la tenéis en el pasaje evangélico de los discípulos de Emaús. Ellos iban tristes y dudando, cuando Cristo les sale al paso.
—Y fui hablando con ellos y no me reconocieron.
Y ya en el pueblo, entró con ellos en su casa y se pusieron a cenar, "reconocieron que era Él por la forma de partir el pan" (Lc 24, 35). Pero mientras iban caminando, "les narró lo que había sobre Él en todas las Escrituras" (Lc 24,27). Caminar con Él significa ir yendo en progresión. Nos va tipificando, reduciendo de nuestra inmanencialidad todo aquello que nos encierra en nosotros mismos, dándonos, con espíritu proyectivo, la apertura de nuestro ser a sublimes y amplios horizontes... Esto es, exactamente, lo que se va experimentando con El. Y es ese fuego interior que nos hace exclamar:
—¡Qué ardor siento en mí, en esta hora, en este instante en que distingo ese gesto tuyo, reviviendo aquel mismo deseo...! Sólo te puedo desear a Ti hasta decirte este lema: "Dios mío, Tú eres todos mis deseos".
3.2. ¿Por qué la muerte de Cristo no fue la última? Significado del "¿Por qué me has abandonado?"
El eje de lo anterior es la Redención universal de Cristo, y bien merece la pena que haya ocurrido así. Quienes no ven este orden sobrenatural, esta forma de eternidad que nos tiene predestinada, dirán que es muy complicado eso de la Encarnación de Cristo. Que todo eso es un lío, un jaleo. Pero los santos dicen:
—Bien merece la pena que haya sido así. Porque si Tú, Cristo, pides que tu sangre sea la última, exactamente a eso nos oponemos nosotros.
Aparece ahora un derecho divino, aquel derecho que yo tengo de morir también por esta causa, por la causa de Cristo. Aunque no muriera nadie más, éste no es asunto mío.
—Tú, Señor, si quieres los libras a todos de la muerte.
Yo no puedo tolerar que la muerte de Cristo sea la última. Y aunque yo estoy detrás de Cristo, también tengo derecho divino a morir por esa posible forma de eternidad, que Cristo, y sólo El, ha hecho exactamente realidad para el ser humano.
¿Cuál es el significado de aquellas palabras de Cristo "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46)?
Se han dado numerosas explicaciones.
"¿Por qué me has abandonado?" significa para mí que, en este momento, vemos a Cristo pidiendo al Padre que su muerte sea la última, que su dolor sea el último. Pero una voz se interpone diciendo:
—Que sea la mía. No le oigas, no le oigas, no le oigas... Yo también soy hijo. No le oigas. La última muerte, la mía. Si Él tiene derecho divino para ello, yo también tengo derecho divino para lo mismo.
Racionalmente hablando, se desvela como un misterio testamentario:
—Padre, ¿por qué me has abandonado en manos, en este momento, de Fernando Rielo? Yo estaba en la perspectiva de la existencia para decir:
—Yo también quiero morir; yo también quiero, y necesito pasar por ahí. No puede ser Él el último. Tan válida es mi vida como la suya, como la tuya, tanto vale mi vida como la tuya, la tuya como la mía.
Inseparables todos. No nos podemos separar. O la vida es para todos, o la muerte es para todos; y si la muerte es para todos, la resurrección que es para uno, también lo es para todos. Todos para todos.
La resurrección es un bien universal que tiene una función personal. El mundo es también un bien universal que tiene una función personal, para cubrir necesidades personales. Y la muerte es un hecho universal.
En este contexto, teniendo en cuenta la elevación al orden sobrenatural del dolor humano, podemos comprender, perfectamente, lo del abandono de Cristo: "¿Por qué me has abandonado en manos 'de'?".
¿Qué es ese porqué? Es una afirmación: "Me has abandonado". Pero no dice expresamente en manos de quién.
—Me has abandonado ¿en manos de quién? —En manos de los santos.
Y en esto yo quiero ser como ellos. Por lo menos, ahora, dialécticamente; es decir, de boquilla. Como se suele decir: de palabra. Pues yo de boquilla soy santo; de boquilla, nada más que de boquilla. No admito que se interrumpa el eje de la redención. Tiene que continuar. Es, por tanto, un proceso que partiendo de un origen, y en un tiempo determinado, va también a un fin en el orden del ser y en el orden del tiempo.
Lo importante es que Cristo ha elevado al orden sobrenatural el dolor humano. Y ese es el eje del humanismo sicoético de Cristo.
Epílogo
Dios quiera que, después de estas tesis y con ocasión de estas tesis, os ilumine y me ilumine a mí tanto que nos pueda servir, positivamente, para un cambio mayor aún en nuestra vida personal y comunitaria. Que no se quede en aprenderse nada más que las tesis, o recordarlas con más o menos claridad en el futuro, y que no hayan servido absolutamente para nada.
Que estas tesis os sirvan para hacer con ellas el recto juicio, el sobrenatural juicio, de vosotros mismos, y no caiga la simiente en tierra mala o anodina. Que la tierra sea aquélla que haga florecer en sus surcos esa forma de eternidad. Apenas la harán florecer quienes llevan una vida de mediocridad, con mezcolanza de sublimidades y vilezas, y tampoco quienes, en manera alguna, no han hecho nada para progresar en la gracia. De todos modos, no obstante su vacuidad humana, no quedan excluidos sino incluidos, precisamente por razón del dolor, en esa misma forma de eternidad que a todos, sin exclusión, nos predestina, puesto que Dios, por su poder divino, a nadie predestina al mal; antes al contrario, a todos llama al bien.