Part II Status of APEC Paperless Trading & Analysis
2.1 Application Environment
2.1.1 Regulatory Environment
El surgimiento de la ACM se inscribía dentro de un amplio fenómeno de asociacionismo femenino católico en toda Europa que perseguía un doble objetivo. Por un lado, participar en un proyecto más global de defensa de la presencia de la Iglesia en la sociedad frente a la secularización social, y los movimientos revolucionarios
o reformistas que atentaban contra los privilegios de aquélla y con- tra las definiciones religiosas de múltiples aspectos de la vida públi- ca y privada. Por otra parte, sumarse al movimiento por la extensión de derechos civiles y políticos a las mujeres, siempre que no desa- fiaran las bases de la identidad femenina, ni la estructura familiar, ni la autoridad y principios de la Iglesia. Este tipo de asociacionismo femenino, generalmente arropado y protegido por la jerarquía católi- ca, que alcanzó gran expansión durante todo el siglo XX, se hacía por- tavoz y ejecutor de una vertiente del feminismo que se autodenomi- naba feminismo sano, católico, sensato, cristiano, dependiendo de los grupos y países.106
Las militantes de la ACM intentaron consolidar una versión del feminismo según la cual la defensa de los derechos femeninos pudie- ra conciliarse con las bases de la doctrina católica, retomando algu- nos aspectos del pensamiento de Concepción Arenal; pero su cons- trucción del feminismo católico, así como su puesta en práctica del mismo, no sólo estaba modelada por los principios católicos, sino por una posición de defensa abierta de la religión y de la Iglesia en un contexto amplio de progresiva secularización. Es una evidencia, sin embargo, que en el proceso de esta práctica asociativa y en las refle- xiones sobre la cuestión femenina las mujeres católicas defendieron los derechos civiles y políticos de las mujeres y plantearon una vía de acceso real al espacio público. Con esta actitud mostraron desa- cuerdo y pretendieron modificar algunos de los contenidos de géne- ro que el discurso de la domesticidad y de las esferas separadas les asignaba.
Una primera característica que definía a la mayoría de las organizaciones femeninas católicas, y en concreto a la ACM, era su
106 El término hacía referencia a la línea de pensamiento que intentaba conciliar catolicismo y feminismo. Parece que fue popularizado por Marie Maugeret en la déca- da de 1890 en su revista Le Féminisme Chrétien. En España, Concepción Gimeno Gil (de Flaquer) había empleado en sus escritos la expresión «feminismo sensato». Otras organizaciones que se reclamaron feministas católicas fueron la Action Sociale de la Femme, defensora del sufragio en Francia y el Fascio Femminile Milanese italiano liderado por Adelaida Coari, que tuvo una corta vida. No fue éste el caso de la UDC italiana que, en sus comienzos, se centró en la acción apostólica y religiosa, eludien- do afrontar la cuestión social y la defensa de los derechos de las mujeres.
declarada confesionalidad, que les llevaba a no ocultar su fe en la actuación pública y a rechazar cualquier colaboración con las orga- nizaciones neutras, aconfesionales o protestantes, descalificando las iniciativas de las organizaciones feministas no católicas.107Esta
actitud no era sino el reflejo del enfrentamiento, persistente y cada vez más virulento en España, entre posturas clericales y anticleri- cales por diferentes modelos de Estado y de sociedad, que llevaba al reforzamiento de sus posiciones y a la negativa al diálogo con otras mujeres.108
En la práctica, la ACM cumplió al pie de la letra este principio, proclamando públicamente su confesionalismo y criticando la ausencia del mismo en otras organizaciones feministas de talante conservador, como la ANME, así como el carácter (que consideraban demasiado progresista) de algunas reivindicaciones de su progra- ma, a pesar del «sentido profundamente cristiano que, no obstante su neutralismo de etiqueta, palpita en esta obra». Existían en aquél peticiones que, en palabras de María Echarri, «por buena voluntad que tengamos los de las derechas, no podemos admitir. ¿Vamos a pedir que las mujeres se sienten en el Congreso, ocupen puestos en las Cámaras de Comercio, en el jurado y en la policía? ¿Qué sería de la familia y de los hijos, si la madre estuviera siempre fuera de su
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107 En noviembre de 1922 Cristina Loygorri asistió a una reunión de la oficina de la Unión Internacional del Congreso Internacional de Ligas Católicas Femeninas en la que se tomó el siguiente acuerdo con respecto a la actitud que las organizacio- nes católicas debían adoptar en relación con las liberales y neutras: «En conformidad con las enseñanzas de la Iglesia, la Unión Internacional de Asociaciones Católicas Femeninas se opone en principio a toda forma de interconfesionalismo y a la partici- pación en las organizaciones neutras, aconfesionales o protestantes. En los casos en que una colaboración, sea individual, sea colectiva, parezca deseable o necesaria, según las circunstancias de cada país, se acudirá a la dirección del Episcopado»,
RCCS, noviembre, 1922 (335), pp. 294-295.
108 Para una interpretación del anticlericalismo y su necesaria articulación con actitudes y manifestaciones clericales, véase M.ª Pilar Salomón, «La crítica moral al orden social: la persistencia del anticlericalismo en la sociedad española (1900- 1939)», tesis doctoral inédita. Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, 1996. Una revisión historiográfica sobre anticlerica- lismo, en Pilar Salomón, «Poder y ética. Balance historiográfico sobre anticlericalis- mo», Historia Social, n.º 19 (primavera-verano 1994), pp. 113-128. Véase también Emilio Parra López y Manuel Suárez Cortina (eds.), El anticlericalismo español con-
casa? ¿Qué marido iba a consentir, ni qué padre a sancionar que su mujer y su hija actuasen en el jurado y fuesen del cuerpo de poli- cías? ¿Cómo va a ser nunca posible la absoluta igualdad del hombre y la mujer? ¿Qué es eso de suprimir la responsabilidad del marido, o de negarle obediencia como ya lo expusieron las feministas más radicales?».109
En cuanto a las relaciones con el feminismo vinculado al socia- lismo, éstas eran inexistentes, sobre todo con el español, al que juzgaban limitado a hacer declaraciones de ateísmo y poco preo- cupado, como hacían sus homólogas europeas, «de las legítimas reivindicaciones del feminismo». A los ojos de las católicas espa- ñolas, las socialistas europeas habían presentado en la Conferencia Internacional de Hamburgo de 1923 un programa feminista, muchas de cuyas reivindicaciones ellas también com- partían, como la protección de la maternidad, la asistencia médi- ca gratutita a la misma, la protección del niño, la creación de casas cuna y la prohibición del trabajo a los niños menores de 14 años. Como siempre, los límites en la aceptación de las peticiones feministas residían en aquellas reclamaciones que atentaban con- tra la unidad e integridad familiar, en este caso, la igualdad de derechos entre hijos legítimos e ilegítimos, pero «si la excluimos, el programa de protección de la mujer obrera fomentado por las mujeres socialistas, puede muy bien ser suscrito por los católicos, quienes podrían buscarlo en los textos de la Encíclica Rerum
Novarum».110
En segundo lugar, la ACM construía su «sano feminismo» como reacción, sobre el rechazo de las aspiraciones de igualdad
109 María de Echarri tenía gran estima y respeto por María Espinosa de los Monteros, la primera presidenta de la ANME, a quien calificaba como «una mujer de inteligencia, de iniciativas, de una labor que la ha hecho llegar al puesto que hoy ocupa. Se trata, pues, de una persona que no se mueve en el ambiente de la vulgari- dad, y tratada se gana fácilmente las simpatías». RCCS, enero, 1919 (289), pp. 34-35. También Manuel Ferrer aplaudía la iniciativa y reconocía las buenas intenciones que animaban a la ANME, avaladas por la presidenta, «cuyos sentimientos católicos nos parecen sinceros», RCCS, marzo, 1919 (291), pp. 156-161.
110 Manuel Ferrer, RCCS, diciembre, 1923 (348), pp. 351-352. También, María de Echarri, RCCS, octubre, 1923 (346), pp. 234-235.
entre los sexos del feminismo laico y del socialista,111 y de la ima-
gen dominante que se había difundido de sus militantes, a quienes se consideraba egoístas, individualistas, masculinizadas, que ata- caban la familia, la autoridad del marido-padre, la identidad de esposa y madre, y a quienes se atribuía la pretensión de alcanzar la igualdad con los hombres a costa de la pérdida de su feminidad. Según esta visión, ellas eran las culpables de haber puesto de moda nuevos hábitos: fumar, mantener conversaciones procaces, atrevidas, modales desvergonzados, modas escandalizadoras, etc., que constituían claro síntoma de la decadencia social.112Desde el
punto de vista del feminismo católico éste no era el camino ade- cuado para la mejora de la condición femenina, porque apartaba a las mujeres de la religión, de la maternidad, de la familia y de su feminidad, en definitiva, de todos aquellos elementos que configu- raban su identidad.
Además, el feminismo laico e igualitario atentaba, a sus ojos, contra otro dimensión de la identidad por ellas defendida: la nacio- nal española. De ahí que fuera rechazado, no sólo por no confesio- nal y/o igualitario, sino por ser considerado un producto de impor- tación, «extranjerizante», no adaptado a las necesidades de una mujer española, católica y piadosa por antonomasia, y por tanto con pocas posibilidades de triunfar en España. Ya lo había señalado Alarcón a comienzos de siglo: «Fuera de raras y deshonrosas excep- ciones, la mujer española será siempre... mujer, y religiosa y piado- sa, y hará siempre gala de serlo. La mujer española, a Dios gracias,
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111 Para Cecilia Dau Novelli enfrentar ambos feminismos es un falso problema (Società, chiesa e associazionismo femminile, p. 6). Sin embargo, es evidente que forma parte de la definición del feminismo católico su enfrentamiento y divergencia de planteamiento con respecto a los feminismos socialistas o neutros (burgueses o liberales, según otra terminología), así que no hay que confundir «no juzgar» la his- toria con silenciar conflictos y diversidades dentro del movimiento de mujeres y de las mujeres en general.
112 A esta visión del feminismo contribuyeron los libros de los eclesiásticos, preo- cupados por descalificar a las feministas igualitarias, al mismo tiempo que definían cuál debía ser el comportamiento femenino correcto hasta en sus más ínfimos deta- lles. De todos ellos, destaca, por su tono despectivo, el del padre Ricardo Delgado Capeans, La mujer en la vida moderna, La Predicación Contemporánea, Bruno del Amo, Madrid, 1941 (1.ª ed., 1930; 2.ª ed., 1932).
está saturada del espíritu del cristianismo, que es espíritu de for- taleza, para pelear contra todo lo que la degrada y en pro de lo que la dignifica y eleva...».113 Sin embargo, no todo lo extranjero era
rechazado por las mujeres católicas de la ACM, sino que aceptaban y fomentaban las relaciones con aquellas organizaciones que com- partían principios católicos y que también se declaraban confesio- nales, asistiendo a congresos internacionales y formando parte de una amplia red de asociacionismo católico femenino europeo.
Un buen ejemplo de lo profundamente imbricados que se halla- ban los conceptos de confesionalismo, patriotismo y conservadurismo fue la actitud mantenida por la organización ante la propuesta de celebración en España de un congreso internacional sobre el voto de las mujeres, promovido por la UME. María de Echarri exhortaba a los católicos a no apoyar este congreso, «pues organizado por las izquierdas femeninas, y con proyectos que hieren nuestros senti- mientos religiosos, no les es dado a las derechas apoyarlo ni coope- rar a su celebración; tampoco, por su aspecto antipatriótico, es decir, antiespañol, ya que uno de los deseos era no hablar en español, a pesar de celebrarse en Madrid el congreso, acuerdo que en parte hubieron de rectificar, pero nunca concediendo a nuestra patria ni a nuestra lengua el lugar que les corresponden». Seguidamente, anunciaba la celebración de la Asamblea de la ACM, donde se dis- cutiría el tema del voto femenino, pero «se hablará en español, se discutirá entre españolas y se resolverá como mejor convenga a la mujer española, sin que tengamos necesidad ninguna de que vengan a darnos lecciones las extranjeras, y menos extranjeras que no per- tenecen a nuestro campo católico».114
Mientras las ideologías socialistas y liberales eran rechazadas sistemáticamente al ser percibidas como corruptoras de la verdade- ra identidad femenina, la Iglesia se presentaba como la primera y más ardiente defensora de la dignidad de la mujer, además de pro- veedora de modelos femeninos ejemplares de fortaleza y resigna- ción. Por lo tanto, la liberación femenina se encontraba en su propia
113 Alarcón, Un feminismo aceptable, p. 210. 114 RCCS, enero, 1920 (301), p. 35.
identidad como mujer y madre, dentro de los límites en que la Igle- sia católica había definido dicha identidad. La defensa que la Iglesia había hecho de las mujeres las situaba en una posición de deuda con ella, que podía ser saldada mediante la defensa pública y combativa de la institución en un momento de especial amenaza para el cato- licismo.
La sumisión de la organización a las directrices de la Iglesia, al papado y los obispos, así como al clero local era otro de los elemen- tos definitorios del feminismo católico, que será reforzado en la prác- tica con el apuntalamiento de la estructura jerárquica de la organi- zación seglar y la definición exclusivista de apostolado seglar.115Las
mujeres de la ACM se declaraban obedientes a los dictados de la Iglesia y sus ministros, especialmente cuando se trataba de afrontar un cambio en lo que hasta ahora había constituido su acción, un cambio orientado a la acción pública y política. Dada la educación recibida, y ante la inestabilidad de la propia decisión personal, el miedo a equivocarse y la dependencia de pensamiento heredada, se apelaba insistentemente a la autoridad de la Iglesia aunque tam- bién podía tratarse de una mera declaración de intenciones, para recibir sanción de aquellos de quien dependían:
[…] el Sumo Pontífice en primer término, el eminentísimo Cardenal Primado y los demás reverendísimos Prelados, marcarán siempre la conducta a seguir sin dudas ni vacilaciones, sin prejuicios ni restric- ciones mentales, que, como hijas de nuestro propio yo, están tan suje- tas a mudanzas e inseguridades, tan llenas de peligros siempre y mucho más en la materia que tratamos […]. Llegado el momento,
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115 La imagen de la mujer de clase elevada dependiente de un confesor es recu- rrente en la literatura decimonónica anticlerical. Conocidas por todos, La Regenta de Galdós y la Electra de Clarín elaboran la representación de una manipulación de la voluntad de estas mujeres por parte del clero que no es ajena a las motivaciones, dis- curso y acciones de los anticlericales frente a la Iglesia y sus símbolos, y frente a las mujeres. La denuncia anticlerical de la supuesta manipulación femenina a manos del clero, por un lado, y la fuerte dosis de misoginia del discurso anticlerical, por otro, son interpretadas por algunos antropólogos como la expresión de la desconfianza mascu- lina hacia una forma de entender la vida, simbolizada por las mujeres, basada en la sensibilidad, lo desconocido, la religión, que sería percibida como una amenaza para su proyecto de modernidad, masculino, racional y científico. Manuel Delgado, Las
atengámonos fielmente a las normas de nuestros Prelados y hagamos firmísimo propósito de consultarles en toda duda, de ponernos a su lado en cada caso concreto, anteponiendo siempre la causa sagrada de Cristo a todo interés personal, por legítimo que pueda parecer. Así no nos equivocaremos, así daremos paz a nuestra conciencia de católicos y así solamente será beneficiosa para la Patria la intervención de la mujer en los asuntos públicos.116
En todo caso, su intransigente postura de confesionalismo, su contribución al refuerzo de la asociación mujer-religión fomentada por la Iglesia y la aceptación de la dependencia con respecto al clero y a la jerarquía eclesiástica, no sólo afectaron a la imposibilidad de construir un movimiento de mujeres homogéneo, sino que tuvieron otros efectos sobre la política de la época. El confesionalismo de las organizaciones católicas femeninas, con su activismo y expansión, pudieron contribuir a reforzar los ya viejos temores de los anticleri- cales a la alianza entre el clero y las mujeres, lo que fortalecía tanto su discurso misógino como la negativa de los mismos a la concesión del voto femenino, y los llevaba también a retraerse a la hora de defender los derechos políticos femeninos.
La defensa del catolicismo, del patriotismo nacionalista y la dependencia de la Iglesia eran, hasta cierto punto, previsibles en una organización inserta en el movimiento católico. Lo que resulta más singular es la apuesta que la ACM hizo, desde sus inicios, por cons- truir un movimiento en defensa de los derechos de las mujeres que resultara aceptable para la mayoría de la población femenina de edu- cación católica. En las páginas que siguen se analiza cómo articularon sus demandas dentro del marco ideológico del catolicismo. Con dife- rente insistencia, exigieron la reforma de ciertos aspectos de la legis- lación discriminatoria vigente (código civil, penal, laboral, etc.) y la erradicación del código de doble moral presente en la sociedad y en las leyes. Favorecieron la educación y el trabajo extradoméstico femenino y pidieron que las mujeres casadas dispusieran de su salario.
116 «Posición de las Cooperadoras Técnicas frente a los derechos civiles y políticos de la mujer (Ponencia de la señorita Josefina Olóriz en la III Asamblea de Cooperadoras Técnicas)», Boletín de la Institución Teresiana (BIT), octubre, 1929 (179), pp. 166-168; y «Posición... (continuación)», BIT, noviembre, 1929 (180), pp. 182-184.
Defendieron derechos socio-laborales de las madres y las trabajadoras y, por último, abogaron por el acceso al ejercicio de la política.
Las reivindicaciones de María de Echarri, una de las más cono- cidas propagandistas del catolicismo social y fundadora del Sindicato de la Inmaculada de Madrid en 1909, estuvieron centradas en la mejora de la situación de las trabajadoras.117En Nuestro feminismo
(1919) Juana Salas presentaba un programa de feminismo católico «todo lo radical que la Fe y la Justicia y la Caridad permitan». Abogaba en él por el fomento de la instrucción femenina y la entra- da en profesiones como farmacia y medicina, viendo en ellas posibi- lidades para la proyección de las cualidades y aptitudes maternales, y entendía que el matrimonio no debía ser la única «carrera» de la mujer. Señalaba, como funciones de la acción social femenina, procu- rar mejoras para las mujeres y protección en el taller y en las aulas, donde estaban expuestas a la violencia verbal y material de los tra- bajadores y patronos, así como a la promiscuidad sexual. Para lograr todo esto, defendía el derecho al voto, ya obtenido en otros países, y la preparación de las mujeres para ejercer la ciudadanía cuando ésta llegara. Carmen Cuesta del Muro, licenciada y doctora en derecho, utilizó su puesto de secretaria en la Asamblea Nacional de la dicta- dura de Primo de Rivera para exigir que el gobierno contemplase en sus reformas la introducción de derechos civiles de las mujeres.118
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117 Véanse, principalmente, su Conferencia sobre el trabajo a domicilio de la mu-
jer en Madrid, Tip. de El Correo de Andalucía, Sevilla, 1909; El trabajo de la mujer: Conferencia, Publicaciones de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación,
Talleres de la Editorial Reus, Madrid, 1921. Una breve biografía de María de Echarri, en C. Martínez, R. Pastor, M.J. de la Pascua y S. Tavera (eds.), Mujeres en la Historia