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SESIÓN 676, 9 DE JULIO DE I973 H.32 LUNES

Si tenéis respeto y amor hacia vosotros mismos, confiaréis en vuestra propia dirección.

Aceptaréis vuestra posición actual, sea cual sea, como parte de esa dirección, y comprenderéis que en ella disponéis de todos los elementos creativos que necesitáis. Si sois vosotros mismos y confiáis en vuestra propia

integridad, automáticamente ayudaréis a otros. De nada sirve que os digáis «Soy una persona digna; confío en mí y en mi integridad», si al mismo tiempo teméis vuestras propias emociones y os perturba descubrir en vosotros lo que consideráis como una estructura mental negativa.

Así como los amantes pueden ver lo «ideal» en sus amados y a la vez ser perfectamente conscientes de ciertos defectos, ciertas desviaciones de lo ideal, también vosotros, si os amáis, podéis comprender que lo que veis como imperfecciones son en realidad intentos de devenir más completos. No podéis amaros si odiáis las emociones que experimentáis; pues, aunque no sois vuestras emociones, os identificáis tanto con ellas que al odiarlas os estáis odiando a vosotros mismos.

Utilizad vuestra mente consciente y su lógica. Si descubrís que os sentís indignos, no intentéis adoptar una creencia más positiva que oculte la anterior. En lugar de ello, averiguad las razones de la primera creencia. Si aún no lo habéis hecho, anotad vuestros pensamientos sobre vosotros mismos. Sed totalmente sinceros. ¿Qué le diríais a otra persona que acudiera a vosotros con las mismas razones?

Examinad lo que habéis escrito y buscad el sistema de creencias implícito. Hay una gran diferencia entre creer que uno es indigno y ser realmente indigno.

Escribid luego una lista de vuestras capacidades y logros. Incluid en ella cosas tales como llevarse bien con la gente, ser atractivo, ser bueno con las plantas y los animales, ser un buen carpintero o cocinero. Debéis anotar cualquier talento o logro con la misma sinceridad con que antes apuntasteis los más minúsculos «defectos».

No existe ningún ser humano que no posea capacidades creativas propias, logros y buenas características, así que, si seguís estas instrucciones, descubriréis que sois realmente individuos valiosos.

Si en algún momento os sentís inferiores, observad vuestra segunda lista, la de capacidades y logros. Luego emplead la sugestión positiva para convenceros de vuestra propia valía, respaldada por vuestro autoexamen. Podríais decir: «Pero yo sé que poseo grandes capacidades que no estoy utilizando. Cuando me comparo con los demás, todos parecen superarme. ¿De qué sirve tener algunos logros comunes que son compartidos por muchas personas, y que de ninguna manera son únicos? Sin duda mi destino incluye más que eso. Tengo anhelos que no puedo expresar».

En primer lugar debéis comprender que, dada vuestra propia unicidad, es inútil que os comparéis con los demás, porque al hacerlo intentáis emular cualidades que son de ellos, y de esa manera negáis vuestro propio ser y visión milagrosos. Una vez que comenzáis a compararos con otros ya no podéis parar. Siempre encontraréis a alguien con más talento que vosotros en algo, y así continuaréis estando insatisfechos. En vez de eso, trabajad con vuestras propias creencias y repetios que vuestra vida es importante. No os despreciéis por no haber alcanzado algún gran ideal: empezad a utilizar de la mejor forma posible los talentos que poseáis, con la seguridad de que en ellos se basa vuestra realización personal.

Sólo podéis proporcionar ayuda a otras personas si utilizáis creativamente esas características que son sólo vuestras y de nadie más. No os disgustéis con vosotros mismos cuando veáis que estáis pensando en aspectos negativos de vuestra vida. En lugar de ello, preguntaos de forma constructiva por qué lo estáis haciendo. La respuesta vendrá sola.

Utilizad el conocimiento como un puente. Dejad que surjan las emociones involucradas. Si lo hacéis sinceramente, los sentimientos de falta de valor propio o abatimiento pasarán y se desvanecerán, cambiando espontáneamente. Incluso es posible que tales sentimientos os produzcan impaciencia o aburrimiento, y de ese modo los hagáis desaparecer. Pero no os digáis simplemente que son erróneos para luego tratar de ocultarlos bajo una creencia «positiva».

Tened sentido del humor con vosotros mismos, no de un modo malicioso sino con afabilidad. La seriedad está bien cuando es natural, pero puede volverse pomposa si se la fuerza.

Si os permitís ser cada vez más conscientes de vuestras creencias, podréis trabajar en ellas. Es necio intentar luchar contra lo que pensáis que son creencias negativas, o dejarse atemorizar por ellas. No son misteriosas. Veréis tal vez que muchas sirvieron para buenos propósitos en algún momento, y que sencillamente les habéis prestado demasiada atención. Es posible que tengáis que remozarlas más que desecharlas.

Algunas creencias pueden haberos servido positivamente en cierta época de vuestras vida. Pero, como no las habéis examinado, podéis seguir conservándolas cuando ya no os sirven sino que os perjudican actuando en contra vuestro.

Por ejemplo, es normal que los niños crean en la omnipotencia de sus padres, una creencia muy práctica que les da un sentimiento de seguridad. Al llegar a la adolescencia sufren una conmoción al descubrir que sus padres son humanos y falibles, y a menudo se impone otra convicción: una creencia en la incompetencia e inferioridad de las viejas generaciones, y en la rigidez e insensibilidad de aquellos que manejan el mundo.

Muchas de las personas que entran en la edad adulta piensan que las viejas generaciones lo han hecho todo mal. No obstante, esta creencia las libera de la idea infantil de que las personas mayores no sólo tenían siempre razón sino que eran infalibles, y las enfrenta al reto de solucionar los problemas personales y mundiales.

Durante un tiempo los nuevos adultos suelen sentirse invencibles, incluso más allá de sus límites como criaturas; este creencia les proporciona la fortaleza y la energía que necesitan para comenzar una vida independiente y dar forma a su propio mundo. Pero tarde o temprano, todos deben comprender no sólo sus

retos particulares, sino sus -otras características peculiares como criaturas, para lo cual poca aplicación tienen tales creencias generalizadas.

Si a los cuarenta años todavía creéis en la infalibilidad de vuestros padres, mantenéis una idea que ya no os resulta ventajosa. Con los métodos propuestos en este libro, deberíais descubrir las razones de esta creencia, que os está impidiendo conseguir vuestra propia independencia y construir vuestro propio mundo. Si tenéis cincuenta años y todavía estáis convencidos de que las viejas generaciones son rígidas y están a punto de volverse seniles, mentalmente incompetentes y físicamente deterioradas, os estáis aferrando a una vieja creencia sobre la ineficacia de las viejas generaciones y repitiéndoos sugestiones negativas para vosotros. Y a la inversa, si tenéis cincuenta años y todavía creéis que la juventud es la única parte gloriosa y eficaz de la vida, obviamente estáis haciendo lo mismo.

Un joven adulto con dotes en algún campo específico puede llegar a creer que esta capacidad lo convierte en alguien superior a los demás. Esto puede resultar muy beneficioso para la persona involucrada en cierto momento, pues le proporciona el ímpetu necesario para el desarrollo y la independencia que precisa a fin de desarrollar ese talento. Años después, esa misma persona puede descubrir que ha mantenido la misma creencia demasiado tiempo, y que se priva de un intercambio emocional muy importante con sus contemporáneos, o bien se limita de otras maneras.

Una joven madre puede creer que su hijo es más importante incluso que su marido, y, según las circunstancias, esta creencia puede ayudar a que preste la debida atención a su hijo; pero, si mantiene este concepto cuando el niño se hace mayor, éste puede volverse muy restrictivo. Podría estructurar toda su vida sobre esa idea si no aprende a examinar los contenidos de su mente. Una creencia que aporte resultados positivos para una mujer de veinte años no tendrá necesariamente el mismo efecto para una mujer de cuarenta, que tal vez siga prestando más atención a sus hijos que a su marido.

Es cierto que muchas de vuestras creencias son culturales, pero aun así habéis aceptado aquellas que sirven a vuestros propósitos. Es habitual que los hombres en vuestra sociedad se consideren lógicos, mientras que las mujeres se consideran intuitivas. Las mujeres, intentando ahora hacer valer sus derechos, suelen caer en la misma trampa e intentan negar lo que ellas consideran como elementos intuitivos inferiores a cambio de lo que ellas consideran que son elementos lógicos superiores.

Así pues, ciertas creencias estructuran vuestra vida en determinado período. Luego superáis muchas de ellas, y la estructura interna cambia, pero no debéis aceptar cobardemente creencias «sobrantes» una vez que las hayáis reconocido.

«Me siento inferior porque mi madre me odia» o «Me siento indigno porque era escuálido y pequeño durante mi infancia». Mientras trabajáis en vuestras creencias podríais descubrir que un sentimiento de inferioridad parece provenir de tales sucesos. Depende de vosotros como adultos controlar vuestras creencias, comprender que si una madre odia a su hijo es porque tiene serios problemas, y que tal odio dice mucho más sobre la madre que sobre su hijo. Depende de vosotros comprender que ahora sois personas adultas, y no niños a quienes se puede intimidar.

EL PUNTO DE PODER ESTÁ EN EL PRESENTE

Ese punto no se encuentra en el pasado a menos que decidáis aceptar servilmente creencias anticuadas que ya no os son de ninguna utilidad.

Si creéis que sois indignos por haber sido escuálidos y asustadizos, sin duda habéis utilizado de alguna manera esta creencia para provecho propio. Admitidlo. Descubrid las razones. Quizá compensasteis vuestra supuesta condición convirtiéndoos más tarde en alguien atlético, o utilizasteis el ímpetu para avanzar en vuestro camino. Si vuestra madre os odiaba, tal vez habéis utilizado eso para reafirmar vuestra independencia, para proporcionaros una excusa o un sendero. Pero en todos los casos sois vosotros quienes dais forma a vuestra propia realidad, de modo que estáis de acuerdo con ella.

Muchas personas que me escriben sienten que poseen una inusitada capacidad psíquica o de escritura, o sienten una extraordinaria necesidad de ayudar al prójimo. Comparan constantemente lo que hacen con lo que creen que son capaces de hacer, pero no suelen hacer nada para desarrollar sus propias capacidades.

Por ejemplo, quieren escribir grandes teorías filosóficas, pero jamás han puesto la pluma sobre el papel, o no confían en sí mismos lo suficiente para comenzar. Algunos desean AYUDAR AL MUNDO EN SU CONJUNTO -en letras mayúsculas- pero todo lo que hacen es pensar sobre este deseo sin intentar nada para llevarlo a la práctica. El ideal en sus mentes se hace tan grande que siempre están descontentos con su propia actuación y así temen comenzar.

El reconocimiento amoroso de su propia unicidad les mostrará la manera de comenzar a utilizar sus propias capacidades a su manera, y a confiar en su situación actual. El ideal aún no se ha materializado; es tan sólo la esencia de una dirección. Pero sólo pueden hallar esa dirección utilizando lo que poseen y conocen ahora, y aceptando sus propias oportunidades y capacidades, y utilizándolas con el poder del presente.

SESIÓN 677, II DE JULIO DE I973 21.36 MIÉRCOLES

No hay nada de malo en pedir ayuda a los demás cuando creéis que la necesitáis, y a veces tenéis mucho que ganar.

Hay algunos que por sistema buscan la ayuda de los demás, y lo hacen como una forma de eludir su responsabilidad. Cuando se trata de problemas físicos, debéis buscar ayuda si poseéis pocos conocimientos sobre el asunto. Pero muchas personas acuden a otros -ya sean psíquicos, médicos, psiquiatras, sacerdotes o amigos- para buscar respuestas a situaciones globales de la vida, y al obrar así descartan su propia capacidad para comprenderse y crecer.

A causa de vuestro marco educativo, el individuo aprende a recelar de su ser interior, como mencioné anteriormente, por lo cual, desafortunadamente, la gente suele buscar soluciones a los problemas personales fuera de sí misma, donde menos las puede hallar. Con los métodos dados en este libro podréis conoceros con mucha más profundidad que antes, y estaréis mejor equipados para manejar vuestra realidad personal. El solo hecho de saber que creáis vuestra realidad puede liberaros de algunos conceptos restrictivos que os han limitado en el pasado. Podréis entonces examinar creativamente vuestras creencias y descubrir las correlaciones entre ellas y vuestra experiencia. El mero conocimiento consciente desencadenará respuestas intuitivas en el ser interior, y así recibiréis información útil a través de los sueños, los impulsos y el patrón ordinario de pensamientos.

Si afirmáis la gracia básica de vuestro ser, automáticamente se debilitarán las creencias contrarias a ese principio. Seréis capaces de mantener un equilibrio en vuestra experiencia entre la visión de un «ser ideal» y todas las desviaciones naturales de éste.

Comenzaréis en el punto en que estéis y, alegremente, iréis desarrollando los atributos que ahora poseéis, en lugar de esperar que aparezcan ya plenamente desarrollados. Os amaréis y no tendréis dificultad en amar a vuestro prójimo, lo cual no significa que no veáis las divergencias con respecto a vuestro concepto ideal de lo amado. Y repito que esto no significa que debáis sonreír constantemente, sino que afirmáis vuestra validez y gracia como criaturas.

Tan pronto como comenzáis a compararos con algún concepto idealizado de vosotros mismos, automáticamente os sentís culpables. Si no trabajáis en vuestras creencias, esta culpa puede ser provocada por los episodios y características más inofensivos. Es muy aconsejable hacer una lista de los actos o incidentes concretos que os despiertan un sentimiento de culpa. A menudo veréis que se remontan a creencias de la tierna infancia, inculcadas por padres bienintencionados para protegeros, u originadas en la ignorancia de los adultos. Muchas de ellas se desvanecerán cuando las saquéis y las comprendáis.

Cuando afirmáis vuestra propia rectitud en el universo, vuestra propia naturaleza os lleva a cooperar fácilmente con otros. Siendo vosotros mismos, ayudáis a otros a ser ellos mismos. No envidiáis los talentos que no poseéis, y de ese modo podéis estimularlos sinceramente en otras personas. Como reconocéis vuestra propia unicidad, no necesitáis dominar a los demás, ni tampoco rebajaros ante ellos.

Debéis comenzar por confiar en vosotros mismos, y os sugiero que lo hagáis ya. Si no lo hacéis, siempre intentaréis que otros os demuestren vuestros propios méritos y nunca estaréis satisfechos. Siempre estaréis preguntando a otros qué hacer, y al mismo tiempo os sentiréis resentidos con aquellos a los que pidáis ayuda, pues os parecerá que su experiencia es legítima y la vuestra falsa. Exageraréis los aspectos negativos de vuestra vida, y la cara positiva de las experiencias de otras personas.

Sois personalidades multidimensionales. Confiad en el milagro de vuestro propio ser. No hagáis divisiones entre lo físico y lo espiritual en la vida, porque lo espiritual habla con la voz física, y el cuerpo físico es la creación del espíritu.

No deis más importancia a las palabras de gurús, sacerdotes, científicos, psicólogos, amigos... o a mis palabras, que a los sentimientos de vuestro propio ser. Podéis aprender mucho de los demás, pero el conocimiento más profundo debe venir de vosotros mismos. Vuestra conciencia se ha involucrado en una realidad que básicamente no puede ser experimentada por nadie más, pues es única e intraducible, y posee su propio significado y su propio sendero de devenir.

Compartís una existencia con otras personas que están experimentando sus propios viajes de manera singular, así que habéis estado viajando juntos. Sed amables con vosotros mismos y con vuestros compañeros.

Yo también estoy viajando, e intento transmitir toda la información y conocimiento que poseo valiéndome de Ruburt y Joseph, que son parte de mí en vuestro espacio y tiempo. Pero ellos son ellos mismos tanto como yo soy yo.

Las propias creencias de Ruburt sobre la naturaleza de su conciencia ayudaron a que ocurrieran estas sesiones.

Tanto Ruburt como Joseph han trabajado con la naturaleza de la creatividad, y desde una edad temprana cada uno buscó respuestas, pero por encima de todo confiaron en el destino y la gracia de su ser.

A veces sintieron que perdían la dirección y durante cierto tiempo sufrieron problemas que les hicieron olvidar momentáneamente sus metas, pero sus creencias sobre sí mismos, tanto individuales como conjuntas, han sido lo suficientemente fuertes para otorgarles su realidad actual.

Muchos de los que escriben desean desarrollar y utilizar las mismas capacidades, pero de sus cartas se desprende que sus creencias les impiden confiar lo suficientemente en su ser interior. Si teméis a vuestro propio ser no podéis esperar viajar por él para explorar sus dimensiones. Primero debéis realizar el simple paso de afirmar vuestra identidad. Esa afirmación liberará los atributos que poseéis y abrirá nuevas vías de experimentación, que serán propias, como deben ser. Cuando pedís a otros que interpreten vuestros sueños, por ejemplo, automáticamente os alejáis un paso de la realización de vuestro potencial. Cuando le pedís a otra

persona que os indique la dirección de vuestra vida, en cierto modo evitáis reconocer que ésta os pertenece. Sin esa conciencia ningún método podrá ayudaros.

En este libro no hemos incluido instrucciones esotéricas para ayudaros a alcanzar lo que consideráis como desarrollo espiritual o habilidad psíquica. Sin embargo, es el primer paso para todos aquellos que quieran utilizar su condición de criaturas como un marco para percibir y experimentar otras realidades.

Como he mencionado anteriormente, no seréis más espirituales negando vuestra carne. ¡Ésta es la vida que estáis viviendo! Confiad en la vida que fluye a través vuestro. Al hacerlo así, otras realidades se harán patentes y añadirán dimensión y profundidad a vuestra realidad actual.

Vosotros hacéis vuestra propia realidad, adondequiera que va- '1; . yáis y en cualquier dimensión en la que os encontréis.

Antes de iniciar otros viajes de conciencia, debéis entender que vuestras creencias os acompañarán y conformarán vuestra experiencia aquí tal como lo hacen aquí. Si creéis en demonios los encontraréis, en esta vida como enemigos, y en otras esferas de conciencia como demonios o «espíritus malignos».

Si teméis a vuestras emociones y creéis que son equivocadas, cuando intentéis hacer experimentos «psíquicos» creeréis que estáis poseídos. Vuestros sentimientos reprimidos os parecerán demoníacos. Os asustará tener tales sentimientos, así que supondréis que pertenecen a un espíritu desencarnado. Por ello es muy importante que comprendáis que todos los sentimientos son inocuos, ya que, si dejáis que sigan su curso, siempre os conducirán de vuelta a la realidad del amor.

No confiéis en nadie que os diga que sois malvados o culpables a causa de vuestra naturaleza o vuestra existencia física, o cualquier dogma parecido. No confiéis en nadie que os aparte de la realidad de vosotros mismos. No sigáis a quienes os digan que debéis hacer penitencia, de la forma que sea. Confiad en cambio en la espontaneidad de vuestro propio ser y en la vida que os es propia. Si no os gusta la situación en que estáis, examinad las creencias que tenéis. Sacadlas a la luz. No hay nada en vuestro interior que debáis

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