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creada. Se trata, en efecto, de una unión personal, por la cual hasta tal punto está unida la Persona del Verbo a la naturaleza humana, que todas las propiedades y acciones de esta naturaleza —como nacer, morir, etc.—, se atribuyen al Verbo como acciones y pasiones del mismo Verbo. Una unión tal excede a toda naturaleza creada, hasta tal punto que hay que decir que se trata de una unión estrictamente sobrenatural.

1. LA ENCARNACIÓN, MISTERIO ESTRICTO.

Se llama misterio en sentido estricto a aquello cuya comprensión trasciende toda inteligencia creada y creable. Tal es el misterio del ser íntimo de Dios, el misterio de la Trinidad. Tal es el misterio de la Encarnación, que es la comunicación del mismo ser del Verbo a la humanidad del Señor.

Los misterios en sentido estricto, como es el de la Encarnación, no se pueden demostrar por la razón natural; sin embargo, la razón sí puede demostrar por vía negativa que la doctrina cristiana no es absurda, y puede mostrar la insuficiencia de las objeciones puestas contra ella.

Niegan que la Encarnación sea un misterio en sentido estricto los semirracionalistas, según los cuales, la mente humana, una vez conocida por la revelación la existencia del misterio, tendría capacidad para captarlo plenamente. Tal proposición, perteneciente a Frohschammer, es condenada por Pío IX (Dz 1669); el Concilio Vaticano I definió la existencia de misterios sobrenaturales en sentido estricto (Dz 1795-1796). Entre ellos se encuentra el misterio de la Encarnación Los SS. Padres siempre han calificado el misterio de la encarnación de inefable, inexcrutable, superior a toda inteligencia humana139. Nótese que la Encarnación comporta la afirmación de que forman una unidad sustancial la Persona divina del Verbo y la naturaleza humana de Cristo, que es creada. Esa unidad tiene lugar porque es el mismo Verbo el que se comunica —asume a Sí— a la naturaleza humana.

2. LA UNIÓN HIPOSTÁTICA COMO DON SOBRENATURAL.

Esta unión entre el Verbo y la naturaleza humana es, ante todo, comunicación que a ella hace el Verbo de Sí mismo; es, pues, un don sobrenatural hecho a Cristo; es también un don a toda la humanidad, "porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). De ahí que a la unión hipostática se le llame también con toda propiedad gracia de unión. Se trata de una gracia absolutamente infinita, pues es la misma persona del Verbo la que se da. Como dice Santo Tomás, "la gracia de unión no está en el mismo género que la gracia habitual, sino que sobrepasa todo género, lo mismo que la persona divina" (STh III, q. 7, a. 13, ad 3). En efecto, mientras que la unión con Dios por la gracia es cierta participación de la naturaleza divina por la que somos hechos hijos adoptivos de Dios, por la unión hipostática la naturaleza humana de Jesús es unida al Verbo sustancialmente. Jesús es hijo natural del Padre, no adoptivo.

3. INDISOLUBILIDAD DE LA UNIÓN HIPOSTÁTICA.

Pertenece a la fe que la unión hipostática comenzó en el primer momento de la Encarnación, y durará eternamente.

139Cfr S. GREGORIO NISENO,Orat Cath., 11; S. JUAN CRISOSTOMO,In Joh. Homiliae, 11, 2; S.

AGUSTIN,De cerrep. et grat., 11, 30; S. CIRILO DE ALEJANDRIA, Quod unus sit Christus ; S. JUAN DAMASCENO, De fide orth., 3, 5, etc.).

CRISTOLOGÍA

Santa María concibe por obra del Espíritu Santo (cfr Lc 1, 26 ss). Lo mismo profesamos en el Credo: "Concebido por obra del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen". Es decir, María no concibió a un simple hombre que después fue asumido o elevado hasta convertirse en Dios, sino que concibió en su seno al Hijo de Dios. No hubo pues ningún momento en que la humanidad de Jesús no estuviese unida hipostáticamente al Verbo. La argumentación teológica es clara: si la unión hipostática no se hubiese realizado en el primer instante de la concepción de Jesús, ni podría decirse con rigor que Santa María es Madre de Dios, ni la unión hipostática podría haberse dado sin que previamente se destruyese la persona humana de Jesús, ya que es imposible que una persona se una con otra en la propia razón de persona (cfr STh III, q. 33, a. 3).

Niegan esta verdad los ebionitas que pensaron que el Hijo de Dios descendió sobre Jesús en el Bautismo; la niegan también todos los que entienden la unión hipostática como una unión moral, porque, como es lógico, tienen que concebir que la unión hipostática se produce, al menos, como repuesta de Jesús a la gracia de Dios; también niega esta verdad Orígenes que, siguiendo el pensamiento platónico, atribuye al alma de Cristo la preexistencia a la Encarnación. La opinión de Orígenes fue condenada por el Papa Vigilio (cfr DZ 205).

Que esta unión de la Persona del Verbo con la naturaleza humana es indisoluble se encuentra enseñado implícitamente en aquellos pasaje en que se habla del reino universal y eterno del Mesías (cfr p.e., Lc 1, 32), y del sacerdocio eterno de Cristo, que "posee un sacerdocio eterno, porque permanece para siempre" (Hebr 7, 24). Conviene no olvidar que la razón última de este reinado eterno es precisamente la unión hipostática. La expresión paulina Jesus Christus heri et hodie, ipse et in saecula (Hebr 13, 8), ha de tomarse en sentido estricto.

Niegan la indisolubilidad de la unión hipostática algunos autores antiguos que, al pensar que es el Verbo el que daba la vida al cuerpo de Cristo —y no el alma, como es en los demás hombres—, pensaban que el Verbo se tenía que haber retirado de Cristo para que éste pudiese estar muerto durante el triduo sacro. También niega esta tesis Marcelo de Ancira y algunos origenistas del siglo VI, que decían que el Verbo, el día del juicio universal, dejaría el cuerpo con el que se había unido, como algo indigno de Dios.

El Magisterio enseña con claridad la indisolubilidad de la unión hipostática: esta unión es

inseparabiliter ( cfr Conc. de Calcedonia, Dz 148), de forma que —enseña el Concilio XI de Toledo—

"Creemos que hay dos naturalezas en el Hijo de Dios; una, la naturaleza de la divinidad; la otra, la de la humanidad, a las cuales de tal forma unió en Sí misma la única Persona de Cristo, que ni la divinidad puede separarse de la humanidad, ni la humanidad de la divinidad" (Dz 283).

De los argumentos teológicos empleados para mostrar la indisolubilidad de la unión hipostática, uno de los más usuales es el siguiente: la unión hipostática es el don máximo que Dios pudo conceder a la naturaleza humana de Cristo. Dios no retira los dones concedidos, a no ser por el pecado de aquellos a quienes los ha concedido. Y como Cristo es impecable precisamente por la unión hipostática, esa unión no se romperá jamás (cfr STh III, q. 50, aa. 2 y 3).

La indisolubilidad de la unión hipostática hace que se pueda decir con especial vigor que "Dios fue muerto y sepultado".

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