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Chapter III Research Methodology

RESEARCH METHODOLOGY

Ese Pentecostés se me hizo tarde para salir: no fue hasta alrededor

de la una y veinte de un sábado soleado que partió mi tren, tres cuartas partes vacío

todas las ventanillas bajas, todos los almohadones calientes, pasada toda sensación de estar apurado. Corrimos

detrás de las espaldas de las casas, cruzamos una calle de enceguecedores parabrisas, olimos el muelle pesquero; allí comenzaba la extensión fluctuante del nivel del río

donde se encuentran el cielo y Lincolnshire y el agua. Durante toda la tarde, a través del alto calor que dormía

muchas millas tierra adentro

mantuvimos una curvatura lenta y con paradas hacia el sur. Pasaban vastas granjas, ganado de corta sombra

y canales con restos flotantes de espuma industrial; un invernadero destellaba único; los setos se hundían y se levantaban: y de vez en cuando un olor a pastos desplazaba el hedor de la tela abotonada del vagón hasta que la próxima localidad, nueva e indescifrable se aproximaba con acres de autos desmantelados. Al principio yo no noté cuánto ruido

hacían los casamientos

en cada estación en la que parábamos: el sol destruye el interés de lo que está sucediendo a la sombra

y bajando los largos y frescos andenes hurras y chillidos que yo tomé por changarines retozando con la correspondencia y seguí leyendo. Una vez que arrancábamos, sin embargo,

las pasábamos, sonrientes con mueca de sonrisa y encremadas, chicas en parodias de moda, tacones y velos,

todas posaban irresueltamente, viéndonos partir, como si estuvieran al final de un acontecimiento

diciéndole adiós

a algo que lo sobrevivía. Sorprendido, me incliné

hacia afuera, de inmediato, la vez siguiente, con mayor curiosidad, y vi todo otra vez en términos diferentes:

los padres con cintos anchos bajo los trajes y grasosas frentes; madres estridentes y gordas, un tío que gritaba hollín: y luego las permanentes, los guantes de nylon y las chafalonerías de joyas, los limonados, malvas y ocres-olivo que

Marked off the girls unreally from the rest. Yes, from cafés

And banquet-halls up yards, and bunting-dressed Coach-party annexes, the wedding-days

W ere coming to an end. All down the line

Fresh couples climbed aboard: the rest stood round; The last confetti and advice w ere thrown,

And, as w e moved, each face seemed to define Just what it saw departing: children frowned At something dull; fathers had never known Success so huge and wholly farcical;

The women shared

The secret like a happy funeral;

W hile girls, gripping their handbags tighter, stared At a religious wounding. Free at last,

And loaded with the sum of all they saw,

W e hurried towards London, shuffling gouts of steam. Now fields were building-plots, and poplars cast Long shadows over major roads, and for Some fifty minutes, that in time would seem Just long enough to settle hats and say

I nearly died,

A dozen marriages got under way.

They watched the landscape, sitting side by side - An Odeon went past, a cooling tower,

And someone running up to bowl - and none Thought of the others they would never meet Or how their lives would all contain this hour. I thought of London spread out in the sun, Its postal districts packed like squares of wheat: There w e were aimed. And as w e raced across

Bright knots of rail

Past standing Pullmans, walls of blackened moss Cam e close, and it was nearly done, this frail Travelling coincidence; and what it held Stood ready to be loosed with all the power That being changed can give. W e slowed again, And as the tightened brakes took hold, there swelled A sense of falling, like an arrow-shower

destacaban a las chicas del resto de una manera irreal. Sí, desde los cafés

y largos patios para banquetear y anexos empavesados de fiestas de carruajes, los días nupciales

iban llegando al fin. Descendiendo la línea

parejas nuevas que trepaban a bordo: el resto se quedaba por ahí; se arrojó el último papel picado y los consejos

y, cuando nos desplazábamos, cada rostro parecía definir sólo lo que miraba partir, los niños fruncían el ceño ante algo aburrido; los padres nunca habían conocido un éxito tan enorme y completamente farsesco;

las mujeres compartían el secreto como un funeral feliz;

mientras las chicas, aferrando aún más sus carteras, clavaban la vista en una herida religiosa. Libres al fin,

y cargados con la suma de todo lo que veían

nos apresuramos rumbo a Londres, arrastrando gotas de vapor. Ahora los campos eran parcelas de edificios, y los álamos echaban largas sombras sobre las rutas principales, y durante

unos cincuenta minutos, que en el tiempo parecerían

lo suficientemente largos como para instalar sombreros y decir

casi me muero

transcurrieron una docena de casamientos.

Contemplaban el paisaje, sentados uno al lado del otro -pasando por un cine Odeón, una torre refrescante, y alguien que corre hasta lanzar la pelota- y ninguno pensó que nunca encontraría a los demás

o cómo todas sus vidas contendrían esta hora. Yo pensé en Londres desplegada al sol,

sus distritos postales empaquetados como cuadrados de trigo: hacia allá nos dirigíamos. Y cuando corrimos por

brillantes nudos de riel

pasando los Pullman detenidos, paredes de musgo ennegrecido se nos acercaban... y ya casi terminábamos, esa frágil

coincidencia de viaje; y lo que sostenía

estaba preparado para ser liberado con todo el poder

que puede dar haber cambiado. Fuimos deteniéndonos otra vez y cuando los frenos apretados se agarraron, se inflamó

una sensación de caída, como una ducha en arco

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