Para Anahí con amor
El dios que creó al sol que nos alumbra, que riza las olas y gobierna las tormentas, aunque oculto tras las nubes, nos contempla. Ve todos los actos de los blancos. El dios de los blancos incita al crimen, pero el dios de los negros inspira la bondad. Nues-
tro buen dios nos ordena vengar nuestras ofensas. Él dirigirá nuestras armas y nos ayudará. Derribemos el símbolo del dios blanco que tan a menudo nos ha obligado a llorar, escuchemos la voz de la libertad, que habla en el corazón de todos nosotros.
Juramento de Bois Caiman, 22 de Agosto de 179174
Introducción
Haití tanto hoy como ayer es uno de tantos países humillados por la colonialidad del poder, cuyo blanco y mudo monarca decide celestial- mente qué sucesos merecen mantenerse en la memoria de los pueblos y cuales deben ser ex- pulsados de la Historia hacia el Olvido. Su boca que desde hace dos siglos silencia la primera y única revolución de afroamericanos esclavizados que logró abolir la institución de las cadenas fácti- ca y no retóricamente, es la misma que en el 2004 -durante el bicentenario de su independen- cia- vocifera su nombre, colocándola en el centro de las discusiones mundiales cuando la ONU pone en marcha la MINUSTAH (Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización en Haití) derrocando a Jean-Bertrand Aristide, teólogo de
74 Citado en: James, 2003, p.93
Guillon-Lethière G. (1822) El juramento de los Ancestros [óleo]
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la liberación, simpatizante de Chávez y Cuba, enterrando e interrumpiendo los festividades de un pueblo rico en historia que los medios visibilizan mediante el pobre y obsceno imaginario de una nación subdesarrollada, tierra de tiranuelos, acompañada por imágenes de una morbosa pornomiseria que se multiplican, funden y confunden en otras idénticas naciones racializadas sin tiempo ni contexto.
Es este prístino Dios –a veces llamado Espíritu del mundo, a veces Destino manifiesto- pin- tado por el mulato Guillon-Lethière en 1822 el que siempre mantiene su ojo atento y avizor ante la posibilidad de asociación solidaria entre hermanos de distinta piel pero misma fantasía. “El juramento de los ancestros” –como se sabe- representa alegóricamente un acto jamás reporta- do en la historia: La unión entre negros y mulatos –representada por el encuentro imaginario de Dessalines y Pètion-. Para el año en que fue pintado el cuadro, las guerras intestinas entre la clase dirigente criollo/mestiza con la Otredad –encarnada en el indio y el negro principalmente- darían posteriormente por resultado la conformación de Estados nacionales más próximos a los designios y exigencias de esta nórdica divinidad, en cuyo nombre se manifiesta en todo su esplendor la colonialidad del poder (Quijano, 2000) que como sostiene el autor, posee su eje rector en la categoría de Raza.
En el siguiente trabajo realizaremos una brevísima introducción a la revolución haitiana (1791-1804) mediante la cultura visual generada a partir de sus acontecimientos, enfocándonos en dos retratos de François Dominique Toussaint L`ouverture (1743-1803) realizados ambos tras su fallecimiento. No nos centraremos en la representación de su individualidad como un caso aislado sino como una alegorización de los y las esclavizadas, acorde a la ideología esté- tica del arte neoclásico que hace de la corporalidad revolucionaria, cuerpo de la revolución75.
Resulta crucial destacar que “las primeras y más antiguas versiones iconográficas de la Revo-
lución de Haití fueron hechas desde Europa, por artistas que tuvieron el mar por medio, o sea, con el distanciamiento y la mirada de otros.” (Wood, 2016). Esta dislocación y exterioridad de la
mirada sobre L`ouverture –y por extensión sobre los partícipes de la revolución haitiana- es la fuente de lo que llamaremos óptica de la denigración, a la cual definiremos como un corpus de rasgos y gestos fetichizados que se legitiman en una corporalidad fenomítica deslegitimada socialmente76. La óptica de la denigración por definición opera de manera oscilante, incidental,
obscenamente –entendiendo el término como “fuera de escena”- y no son excepcionales los casos en que la historia del arte nos ha mostrado la otredad en un segundo plano. La revolu- ción haitiana por su publicidad constituye una iconografía privilegiada porque pese a que la operación es idéntica –si no similar a aquellas obras artísticas donde la negritud e indianidad están en segundo plano-, el Otro es posicionado en un aparente primer plano, exhibiendo más de cerca las contradicciones oscilatorias que definen a este tipo de mirada que como toda ópti-
75 “La libertad guiando al pueblo” (1830) de Eugene Delacroix es quizás el ejemplo pictórico paradigmático en la con-
tradicción fundamental del neoclasicismo que si formalmente se empeña en un meticuloso y académico naturalismo, por contrapartida su contenido permanece en la alegoría. Por otra parte en: James, 2003 se centra en la figura de L`ouverture no en la medida de su singularidad –como en las biografías liberales de próceres- sino en la universali- dad de su cuerpo oprimido que se retroalimenta con el cuerpo social de negros y negras esclavizadas.
76 Somos conscientes de nuestra deuda teórica con Escolar, 2007 de quien tomamos con modificaciones el término y
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ca –parafraseando a Levinas- desea instituir una ética de la mirada. De la mirada objetiva y exterior del relato de viajes a la mirada subjetiva y moralizante de la caricatura; del arquetipo de prócer sobrehumano al retrato animalista deshumanizante; hipersexuado y pusilánime, el oxí- moron es la figura retórica privilegiada por la cual los europeos intentan asimilar esa Otredad inasimilable depositada en el cuerpo revolucionario de la negritud.
Cabe destacar que escribiremos denigración, entendiendo esta última palabra no solo en el sentido común de calumniar o infamar sino en el etimológico de “ennegrecer” que dentro del imaginario iluminista funciona como polo negativo (luces-oscuridad; culto-ignorante; razón- fanatismo) de la totalidad racional a la que aspira el proyecto ilustrado. A su vez, nuestra tesis es que esta óptica denigrante centrada en la mirada como valor absoluto de las ciencias, poste- riormente constituirá una retórica de la denigración legitimada por el racismo científico a media- dos del siglo XIX. En términos dialécticos, la exterioridad de la mirada plástica funda y media la interioridad de la observación científica77
Como última aclaración, escribiremos “esclavizados” y “esclavizadas” en lugar del tradicio- nal “esclavos”, ya que este último vocablo normaliza a la esclavitud como una condición en sí, postulando que determinados sujetos por la mera portación de ciertos rasgos fenotípicos o genotípicos, serían “naturalmente” candidatos a ser –literal y jurídicamente- un “no-ser”.