4.4 RESPONSES TO PART 1 OF SECTION B
4.4.1. Responses to Question 1 of Part 1
Como hemos visto, el discurso eugenésico dominante en este período configura a la mujer como un blanco de intervención privilegiado. En este marco, sus funciones naturalizadas relativas a la reproducción y al cuidado de la población operan como legitimantes de un espacio de enunciación. La “mujer maternizada” (Nari, 2004) de la eugenesia integró los planes de higiene y profilaxis no sólo como “destinataria” sino también como “celadora”, habilitada por las funciones maternales de cuidado prescriptas (Lavrin, 2005: 210). Esta situación contribuyó a ubicar al feminismo en el espacio de interlocución acerca de la sexualidad que coincidía mayoritariamente tanto en la figuración de la maternidad como una “(…) función femenina, enaltecedora y natural (…)” como en el mandato de su optimización (Cfr. Lavrin, 2005: 210).
A partir del XX, en Argentina la interpelación al Estado se convirtió en la estrategia fundamental para lograr la emancipación de las mujeres. El feminismo apostó a las instancias parlamentarias y logró instalarse en la agenda pública como un actor asociado a la actualidad y el progreso (Nari, 2004: 227- 228). La palabra “feminismo” adquirió una gran popularidad en las primeras décadas de ese siglo, su presencia atravesó distintos espacios de saber: médicos, filósofos, sociólogos y economistas abordaron el tema (Barrancos, 2007). Si bien esta proliferación de discursos sobre el feminismo no fue homogénea, es posible trazar algunas convergencias. En esta discursividad, la lucha feminista no planteaba la igualdad absoluta entre los sexos, sino que mantenía la diferencia sexual entendida como la causa natural de diferencias entre hombres y mujeres. El objetivo era, principalmente, obtener la igualdad jurídica (en algunos casos se agregaba la igualdad civil y, minoritariamente, la igualdad social) y permanecía incuestionada la jerarquía diferencial de los rasgos masculinos y femeninos atribuidos a la biología de los sexos (Cfr. Nari, 2004: 265; Barrancos, 2007: 475; Barrancos, 1990). Este planteo es coherente con la función que opera la maternidad como núcleo de la identidad femenina:
El instinto maternal, más fuerte que cualquier educación, subsistirá siempre intacto a pesar de todo y por consiguiente, entonces como ahora, su papel en la vida será el sacrificio continuo y constante, la noble abnegación del cariño que se inmola por la felicidad de los demás; esa es también la esencia de su alma y las feministas lo están probando: sus ligas a favor de la paz
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responden de ese sentimiento maternal que vibra en todo corazón de mujer. (López apud Nari, 2004: 240)
La capacidad reproductiva y amorosa homogeneiza a las mujeres mediante la figura de la madre. Pero está operación no es exclusiva del feminismo, sino que la maternidad constituye un ideologema que se desplaza con soltura en el discurso social de la época.
En esta línea de sentido, con respecto a la educación sexual, las feministas acuerdan en términos generales con la dimensión maternológica del discurso dominante eugenésico pero formulan algunas ampliaciones. Dado que la educación es una de las estrategias privilegiadas de este feminismo en su lucha emancipatoria, la educación sexual aparece como un componente más de este proceso. En este horizonte, el discurso feminista también se encuentra atravesado por uno de los topos del discurso biomédico eugenésico que sostiene que la función de la educación sexual es mejorar las habilidades vinculadas a la reproducción y el cuidado doméstico. Sin embargo, en el discurso feminista, esto aparece orientado hacia un objetivo específico: se pretendía elevar a nivel científico estos saberes tradicionalmente considerados femeninos y, en el mismo movimiento, promover a sus portadoras naturales.
Entre las iniciativas referidas a la educación sexual en el campo feminista, se destaca la participación de dos referentes: Alicia Moreau de Justo y Paulina Luisi. Ambas médicas49 participaron en la Liga Argentina
de Profilaxis Social y publicaron con recurrencia en la revista Nuestra Causa editada por mujeres socialistas y del Partido Feminista Nacional. Para ellas, la solución a gran parte de los problemas sociales de la época residía en una nueva educación que incluyera la educación sexual. Alicia Moreau de Justo abordó la temática de manera discontinua pero toda su participación pública, sostenía que la educación sexual “traspasaba los límites de la Medicina y se convertía en un asunto social” (apud Lavrín, 2005: 183). En este discurso, esto no implicaba una exclusión del campo médico y sus enunciadores legítimos de esta temática, sino que por el contrario impulsaba una pedagogización de la medicina: “los médicos debían convertirse en educadores y entregar a padres y maestros los conocimientos y el apoyo para impartir informaciones responsables y veraces a la familia y en las escuelas” (apud Lavrin, 2005: 183). En otro sentido, la trascendencia de la Medicina que propone puede entenderse en su definición de educación sexual que no se limita a la transmisión de conocimientos sino que también abarca la dimensión afectiva: “Esto es lo que entendemos por educación sexual. No sólo la adquisición del conocimiento, sino la formación de sentimientos que permitan dignificar la vida” (apud Lavrin, 2005: 183).
49 En los últimos años del siglo XIX, se permitió por primera vez el ingreso de mujeres a las escuelas de Medicina y se convirtió rápidamente en la carrera más elegida por la primera generación de mujeres universitarias.
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La otra referente que emerge con notable legitimidad en esta escena es la médica feminista uruguaya Paulina Luisi. En este caso, la educación sexual ocupa el centro de sus intervenciones en la esfera pública aún desde antes de su obtención del título en medicina. Mediante la presentación de propuestas en numerosos congresos referidos a la salud pública, higiene social, profilaxis y niñez, Paulina Luisi se consolidó como la mayor referente en educación sexual en Uruguay y Argentina. Se opuso a las propuestas de educación sexual que consideraba restringidas. Criticó con insistencia las propuestas avaladas por instituciones médicas que “confunden la educación sexual con la reeducación de las prostitutas” y sólo se ocupaban de “los aspectos físicos de la sexualidad” (apud Lavrin, 2005: 185) reduciéndola a la prevención de enfermedades para los varones (apud Darré, 2005: 62). La propuesta de Paulina Luisi incorporaba “el conocimiento técnico del proceso reproductivo, las consecuencias de la actividad sexual y una ética personal estricta” (Lavrin, 2005: 185). Estos principios deben regir los actos sexuales, para ello la enseñanza debe ir más allá de los consejos acerca de la prevención e higiene implicando la formación de la conciencia, los deberes y la responsabilidad colectiva (apud Darré, 2005: 61). En este marco, los actos sexuales no son entendidos como actos meramente individuales sino que se considera que sus efectos trascienden esa esfera. Inscripta en los entramados del discurso eugenésico, su propuesta sostenía que la sexualidad era un asunto colectivo, ya que de su ejercicio dependía la salud de las generaciones futuras. La procreación, para ella, no era un “derecho personal” sino un “deber eugenésico y racial” que había que cumplir de manera sana y eficiente y que la sociedad tenía la responsabilidad de vigilarlo (Lavrin, 2005: 1). La educación sexual aparece como una herramienta para “controlar los instintos sexuales”, impulsar medidas de profilaxis de las enfermedades venéreas y promover la castidad y la moral única para ambos sexos. Se propone que esta educación de la sexualidad empiece en la escolaridad primaria “amalgamada dentro del conjunto de conocimientos” ya que los aspectos morales no deben aparecer disociados de los conocimientos científicos (apud Darré, 2005: 62- 63). Para ella, la educación sexual abarcaba varias disciplinas:
(…) la pedagogía ayudaba a educar la voluntad; la educación moral ayudaba a subordinar el instinto a la voluntad; la ciencia impartía instrucción precisa sobre anatomía, fisiología, higiene y profilaxis; la eugenesia llamaba a tener conciencia de las generaciones futuras. (Lavrin, 2005: 186) La médica sostiene que se trata de una “tarea ardua” ya que “implica cambios y desafíos frente a los prejuicios de la época”, por esa razón propone incorporar esta temática en los Centros de Formación Docente.
En este espacio discursivo, la educación sexual continúa atravesada por los principios eugenésicos del discurso dominante que la conciben como una estrategia al servicio del desarrollo saludable de la especie. Sin embargo, las propuestas situadas en el feminismo producen algunos desplazamientos. El eje
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de estos tiene lugar en torno a la medicina como la sede de enunciación más legítima en esta temática. No se trata de un cuestionamiento científico a los postulados médicos, sino que las propuestas de educación sexual inscriptas en el discurso feminista cuestionan la restricción a la transmisión de conocimientos planteando una articulación con aspectos sentimentales y morales. El cuestionamiento a la restricción o reducción de la educación sexual a las dimensiones biomédicas será un tópico recurrente en la memoria discursiva de este discurso. En este caso, las propuestas feministas o bien apuestan por una estrategia de pedagogización de la medicina fortaleciendo la figura del “médico educador” (Moreau de Justo) o bien plantean una escolarización de saberes médicos amalgamados en la currícula con otras disciplinas e impartidos por docentes en las escuelas (Luisi). En ambas situaciones, se plantea trascender la transmisión de conocimientos científicos biomédicos estableciendo una interacción con componentes morales tendientes promover modelos de conducta sexual y criticar patrones vigentes regidos por la doble moral. Si bien la articulación entre moralidad y biomedicina no resulta novedosa en el marco del discurso eugenésico, la apuesta feminista consiste en la orientación de los contenidos morales hacia un horizonte de condiciones igualitarias para mujeres y varones. De acuerdo con Lavrin, el interés por la sexualidad para el feminismo en estas coordenadas históricas y espaciales era adyacente a una preocupación medular: el doble criterio moral que aparecía como el origen de la desigualdad de los sexos (Cfr. 2005: 176-183). Por esa razón, la educación sexual constituye una pieza táctica en esta discursividad ya que permite incrementar el espesor de los componentes morales en la estrategia educativa que compone históricamente la tradición feminista.
En esta posición feminista, dadas las condiciones de filiación discursiva funcionan los presupuestos eugenésicos acerca de la función civilizatoria de la educación sexual y la concepción de la sexualidad como un impulso natural de la especie que debe ser civilizado para lograr la prosperidad de la nación. Sin embargo, la articulación específica que se produce desde este posicionamiento entre las formaciones discursivas de la medicina y la educación permite aportar algunos elementos novedosos. Fundamentalmente, la formación discursiva de la educación ocupa un lugar de mayor relevancia habilitando la figura docente como un enunciador legítimo y reemplazando al médico por el “médico educador” y, en el mismo movimiento, otorgándole mayor peso a las dimensiones morales y afectivas entramadas con los conocimientos científicos y técnicos de la biomedicina. El rasgo diacrítico de esta operación consiste en la extensión hacia la educación sexual de las propiedades emancipatorias atribuidas a la educación desde el posicionamiento feminista.