4 MONTE CARLO EXPERIMENTS
4.3 Results of the Experiments
En primer lugar, debe destacarse que, de forma general, los países escandinavos –con la excepción de Islandia- informan de una incidencia muy baja de casos de lo que denominan “violencia per se” (para Björkpvist y Jansson, 2003, agresiones con un alto grado de violencia), destacando, por el contrario, una gran preocupación por el alcance de los casos de maltrato entre iguales.
El carácter pionero de las investigaciones sobre maltrato entre iguales en las escuelas de este grupo de países, nos invita a dedicarles un espacio prioritario. Como es sabido, Dan Olweus, con su decisiva influencia en el desarrollo de las investigaciones en Europa y el resto del mundo, es el investigador responsable de los primeros cuatro grandes estudios sobre maltrato llevados a cabo en la península escandinava (Estocolmo, 1970; Noruega, 1983-1984; Suecia, 1983-1984; Bergen, 1983-1985), así como de instrumentos de evaluación empleados en un amplio número de países y de un programa de intervención desarrollado a partir de los resultados de investigación. Los resultados más relevantes en relación con este trabajo se comentan en lo que sigue.
Estudios de incidencia
Finlandia.- El informe sobre Finlandia realizado por Björkpvist y Jansson (2003) comenta ocho episodios documentados de violencia extrema ocurridos recientemente en las escuelas finlandesas, registrados por Markkula (2001), presentando, asimismo, los principales resultados de los estudios sobre maltrato realizados en el país por Lagerspetz et al, (1982); Salmivalli et al., (1996); Koivisto, (1999); Rimpelä, Orre y Jokela, (2002) En cuanto a los casos de violencia general, los autores indican que se conocieron a través de informes realizados por las escuelas entre los años 1998 y 2000, siendo ampliamente difundidos por los medios de comunicación. Entre sus características destacan que los implicados eran mayoritariamente niños y jóvenes de 8 a 15 años, y tan sólo uno fue entre alumno y profesor, siendo el resto entre bandas. Uno de ellos era de carácter étnico, y los seis que implicaban el uso de armas (bates de béisbol o navajas) situaban la edad de los protagonistas entre trece y quince años. Aparte de estos episodios, no se cuenta con datos de incidencia general sobre conflictos en las escuelas.
(1982), de acuerdo con la revisión de Björkpvist y Jansson, presenta unos resultados que, con diferencias en incidencia debidas sobre todo al instrumento de medida utilizado, se han corroborado en los demás trabajos realizados con posterioridad. Son los siguientes: los episodios de maltrato –contemplado únicamente como violencia física en ese momento- implicaban, como víctimas o agresores, entre el 10% y el 12% de los alumnos de 12 a 16 años; hay una mayor incidencia entre los chicos (8% de víctimas) que entre las chicas (2,2% de víctimas) y no hay diferencias entre centros rurales y urbanos ni debidas al tamaño de las escuelas. Asimismo, se observó un descenso con la edad, produciéndose una mayor frecuencia en la práctica de las conductas en los 12 que en los 16 años de edad.
Los autores del informe presentan, igualmente, los trabajos de investigación realizados en la década siguiente por Salmivallli et al. (1996) Los datos obtenido por este equipo resultan de gran interés por la información que proporcionan sobre los papeles de los observadores de las agresiones: quienes las refuerzan (reinforcers) (19,5%) o apoyan activamente (assistants) (6,8%), quienes defienden a las víctimas (defenders) y los que las presencian pero no se implican de forma directa en la agresión o la defensa (outsiders) Esta diversificación de roles en las manifestaciones de maltrato que propone la autora, incide en dos ámbitos de gran relevancia para este campo de investigación: por una parte, al incluir a quienes apoyan de alguna forma las agresiones, el alcance del maltrato es notablemente mayor del que señalan los datos de los estudios que no los tienen en cuenta, por lo que la comparación de la incidencia hay que realizarla con extrema prudencia.
Por otra parte, la exposición de la complejidad del fenómeno que supone el enfoque al grupo, en contraste con los que se centraron en las características individuales de víctimas y agresores en los primeros momentos, abre el camino a diferentes tipos de intervenciones dirigidas a la mejora del contexto social en donde tienen lugar las agresiones (el aula) De esta forma, las actuaciones ante el maltrato adoptan un carácter esencialmente preventivo- educativo, al conceder un valor central al trabajo realizado por el profesorado en la escuela. Asimismo, el papel del alumnado, en los distintos tipos de intervenciones que pueden impulsarse a partir de esta visión del problema, obtiene un potente respaldo. En cuanto al género, Salmivalli ha encontrado que los varones actúan más apoyando a los agresores principales, mientras que las chicas son mayoritariamente testigos o acuden en defensa de las víctimas.
57.385 adolescentes de 14 a 17 años, llevado a cabo por el Centro Nacional de Desarrollo e Investigación para el Bienestar y la Salud (STAKES, 2002), que ofrece datos de incidencia de maltrato segregados por edades y frecuencias (Rimpelä, Orre y Jokela, 2002) De acuerdo con sus resultados, el 5% de los chicos y el 4% de las chicas de 14 años informan haber sido víctimas al menos una vez a la semana; con 15 años, el 3% (para chicos y chicas); y con 16 y 17 años, sufren las agresiones el 1% de los varones y ninguna chica.
Noruega.-Roland, Bjørnsen y Mandt (2003) destacan en su informe sobre Noruega que, a pesar de la dificultad de estimar la evolución de la violencia en las escuelas, por la debilidad de los datos disponibles y los distintos resultados obtenidos, podría observarse un leve aumento de la violencia física entre niños y adolescentes en la última década. Los datos obtenidos por Myhr y Ringheim en 1995, entre 3.000 alumnos de 14 y 15 años, en donde se definía la violencia como agresiones físicas, más allá de los episodios de maltrato, muestran que el 23% de los alumnos han sido víctimas de violencia, el 29% reconocía haber actuado violentamente, y el 66% informaba haber presenciado hechos violentos en las escuelas. Otro estudio, realizado por Haaland (2000) entre alumnos de secundaria (de 15 a 17 años) de cuatro grandes ciudades del país, señala que más del 30% dice haber sido víctima de hechos o amenazas violentas en el último año. Los chicos aparecen más implicados en todos los casos, habiéndose observado un aumento de chicas víctimas de violencia.
En cuanto al maltrato entre escolares, como es sabido, los primeros datos se obtuvieron a partir del primer estudio nacional a gran escala, realizado en 1983 a iniciativa del Ministerio de Educación, aunque previamente se había llevado a cabo el del Gran Estocolmo en 1970, y estaba en curso el estudio intensivo en la ciudad de Bergen (1983-1985) Los datos principales del primero, en el que participaron 715 escuelas de 2º a 9º grado (equivalentes a segundo y tercer ciclo de Primaria, más los cuatro cursos de Secundaria) han sido ampliamente difundidos (por ejemplo, en español, en Defensor del Pueblo-UNICEF-UNICEF, 2000 y en Olweus, 1993) Los que aquí se recogen están relacionados con los resultados sobre el maltrato en nuestro trabajo: el 15% del alumnado se ha visto implicado, como víctima (7%) o agresor (1,6%) en distintos episodios, el 5% en hechos de victimización grave (en una frecuencia de una vez por semana), los porcentajes de víctimas decrecen según aumenta la edad y el curso, los más jóvenes y más débiles son los más vulnerables, los agresores –y sus víctimas- son mayoritariamente varones, se agrede menos en los cursos más altos y las agresiones suelen estar
las víctimas. El estudio de Bergen se interesó de forma especial en dos aspectos, uno, relacionado con los agresores y las víctimas y otro, sobre los efectos del programa de intervención. Los participantes fueron 2.500 chicos y chicas de cuatro cursos consecutivos (4º grado a 7º, equivalentes los dos cursos del tercer ciclo de Primaria y al primero de Secundaria (entre 10 y 15 años) de 28 y 14 escuelas de cada etapa respectivamente. También se recogió información de 300-400 profesores y directores y de 1.000 familias. Como en el caso del alumnado se tomaron datos en distintos momentos durante un período de dos años y medio. Los resultados más relevantes para este trabajo, referentes al primer aspecto, muestran, en relación con la edad y curso del alumnado, que las agresiones descienden según se avanza en la escolaridad, siendo los más jóvenes y más débiles quienes comunican mayor exposición al maltrato, así como que una “parte considerable de las agresiones era obra de alumnos mayores[...] destacando sobre todo en los grados inferiores” (Olweus, 1998, p. 32)
Roland, Bjørnsen y Mandt (2003) comentan, asimismo, los resultados de un amplio trabajo sobre la situación de la convivencia en las escuelas noruegas, el Estudio de Ambiente Escolar (School Environment Study) realizado por el CBR (Centre for Behavioural Research) en dos ocasiones. Este instituto de investigación, de ámbito nacional, perteneciente a la Universidad de Stavanger, tiene como tarea principal la colaboración con las escuelas en la prevención y tratamiento de los alumnos con problemas emocionales y sociales. El objetivo principal del estudio, realizado en los años 1995 y 1998, era conocer los cambios producidos en el período de tres años en la incidencia de la violencia física en los chicos y chicas de Primaria y Secundaria, centrándose de manera especial en el maltrato entre escolares. La primera recogida de datos, en 1995, se hizo con dos muestras de alumnos de sexto de Primaria (1049 alumnos, 12 años) y noveno de Secundaria (1071 alumnos, 15 años), ampliándose la muestra en 1998 con alumnos de quinto (1801 alumnos de 11 años), sexto (1822 alumnos), ambos de Primaria, y de octavo (2083, 14 años) y noveno (2002) de Secundaria. Los cuestionarios distribuidos entre el alumnado entre chicos y chicas en cuatro franjas de edad permitieron analizar la evolución de la violencia física presente en los episodios de maltrato, aunque la definición del concepto que se incluía en los cuestionarios también indagaba sobre agresiones verbales y exclusión social.
En función de ese interés, los principales resultados sobre este tipo de conductas de victimización, presentados por los autores del informe sobre Noruega a partir del trabajo de Roland, Bjørnsen y Westergaard (2001), son los siguientes: entre los años 1995 y 1998 parece haberse observado un leve incremento de la violencia física; en cuanto al género, es mayor la
número de varones implicados en las agresiones en todos los cursos analizados. Las diferencias de género, además, se detectan en Primaria y aumentan con la edad. La relación entre edad y experiencias de victimización es inversa para ambos géneros, pero mayor en chicas que en chicos: considerando la frecuencia (un episodio por semana), las cifras de víctimas femeninas descienden de forma rotunda, mientras que entre los chicos, aunque parece observarse una tendencia de sentido contrario, las diferencias no llegan a ser significativas. La evolución por género y etapa educativa, por tanto, es la siguiente: según se avanza en la escolarización, el grupo de las víctimas está formado por un número cada vez mayor de varones, mientras que desciende progresivamente el grupo de chicas y aumenta la frecuencia de las agresiones protagonizadas por los chicos. Los datos del estudio muestran que, aunque las conductas violentas en Primaria afectan tan sólo al 1% de alumnado, en Secundaria el porcentaje aumenta hasta el 2,5%. Es decir, los porcentajes de chicos agresores aumentan 1,2 puntos desde el curso de quinto (11 años) y en 4,9 en noveno (15 años) Por tanto, se comprueba que, a mayor edad, mayor frecuencia (y mayor implicación de varones)
Suecia.-De acuerdo con el informe sobre Suecia realizado por Svensson (2003), los datos de incidencia de la violencia general en las escuelas de mayor interés, no referidos a los episodios de maltrato, son los resultados procedentes de un cuestionario distribuido a nivel nacional entre los alumnos de noveno curso (15 años), con la participación de 5.000 jóvenes, recogidos en BRǺ (2000), y Ring (1999) a finales de los noventa. El cuestionario indagaba sobre la exposición a conductas violentas en todos los contextos en donde actúan los jóvenes, no únicamente el escolar, en los años en que se realizaba la encuesta. Se llevó a cabo en tres ocasiones en 1995, 1997 y 1999, aunque la comparación longitudinal de los datos no presentó diferencias significativas entre los tres años.
Los resultados más relevantes del último año (1999) son los siguientes: en torno al 20% del alumnado sueco informa haber sido víctima de violencia “poco grave”, y el 6,0% “más grave”. De ambos porcentajes, casi la mitad de los casos (en el primero, 47%, en el segundo, 42%) habían tenido lugar en las escuelas o los patios escolares, con lo que el contexto de la escuela aparece como el más probable para experimentar episodios violentos. En total, estos porcentajes corresponden, en el entorno de los centros, a un 9% de jóvenes que dicen haber sufrido violencia leve y el 2% más grave. Por géneros, el 12% de los chicos informan de violencia leve, en comparación con el 5% de chicas; en los casos más graves, el porcentaje de
género masculino, representan en total en torno al 15%, y las víctimas, también más varones que chicas, el 7% en las escuelas. A pesar de estas informaciones, se cuentan con pocos datos sobre los participantes en actos de violencia, entre los que Svensson señala los recogidos por Weinehall (1999) Según este autor, el 2% de los alumnos ha sido agredido por algún adulto en la escuela, y el 20% por otros alumnos; el 3% dice haber presenciado actos violentos contra un adulto y el 36% contra un alumno; y más de tres de cada diez comunica haber visto a un alumno cometerlos.
Sobre el maltrato entre escolares, los datos recogidos por Dan Olweus en Sueciaen los años 1983 y 1984, en el estudio de escala nacional, informan de resultados equivalentes. Participaron 60 escuelas y 17.000 alumnos y alumnas de 3º a 9º grado (últimos tres cursos de Primaria y los cuatro de Secundaria) Aun así, se encontraron diferencias que muestran mayor incidencia de las conductas de exclusión en este país y de agresiones directas (más en Secundaria), desde el punto de vista de las víctimas. En general, Olweus informa de que agresores y víctimas son más numerosos, y los episodios de maltrato más graves, en Suecia, aunque al mismo tiempo encuentra que los profesores y padres de este país son más conscientes de los problemas relacionados con el maltrato. En este sentido, hace una valoración positiva de este dato, en el que recuerda que “los problemas en las escuelas suecas habrían sido aún mayores si los adultos hubieran tenido un nivel de conciencia sobre ellos más bajo” (Olweus, 1996, p. 40)
Dinamarca.- Ebbesen y Jensen (2003), de acuerdo un interés global por conocer la situación de la violencia y las relaciones interpersonales en las escuelas, más allá de la incidencia del maltrato, señalan la ausencia de datos específicos. Según informan estos autores, en
Dinamarca se cuenta con datos relacionados con violencia en general (profesiones, accidentes
laborales, etc.), pero no con información sobre conflictos en las relaciones diádicas entre alumnos o alumnos y profesores, ni sobre diferencias de edad y género, o entre distintos grupos étnicos, estatus socioeconómico, tipos de escuelas u otras variables de interés. En este sentido, sustentan su posición en datos de organizaciones internacionales que señalan la necesidad de la intervención en las escuelas (por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud), extrapolando algunos datos procedentes de encuestas de tipo general que informan del rápido aumento de los accidentes en el ámbito de la educación (Agencia de Supervisión Laboral Danesa)
investigación, ceñida de forma casi exclusiva a algunos estudios de ámbito local cuyos resultados no es posible generalizar. No obstante, la publicación de la encuesta The Health of Youth – A Cross National Survey, realizada por la Organización Mundial de la Salud en 1996, con datos referidos a este problema, situaba a Dinamarca entre los tres primeros países de mayor incidencia de casos de maltrato.
Islandia.- En Islandia, Ólafsson y Norðfjörð (2003) informan de un pequeño grupo de estudios sobre violencia general realizados recientemente con cuestionarios y muestras amplias, realizados por þórlindsson y Bernburg (1996), þórlindsson et al. (1998), Bjarnason et al. (2000) con alumnos y con profesores (Ólafsson y þór, 2000), como parte de estudios sobre violencia en diferentes entornos. Centrados en el ámbito escolar, los resultados del trabajo de þórlindsson y Bernburg (1996) con adolescentes de 15 a 16 años en el último curso de la etapa obligatoria que recogen Ólafsson y Norðfjörð, señalan que el 15% de los alumnos dicen haber experimentado violencia física una o más veces durante el último año y el 3,7%, tres veces o más en el mismo período. No obstante, destacan un aumento notable de la incidencia cuando se pregunta por tipos específicos de conductas violentas. Además, los chicos están más implicados que las chicas en estos episodios. La revisión del informe TIMSS (1999), realizada por estos mismos autores, señala que cerca de la cuarta parte de los alumnos entre 12 y 14 años habían tenido miedo a sufrir experiencias violentas en las escuelas en el último año, así como de la percepción general de que el problema de la violencia había aumentado.
Continuando con los datos sobre maltrato, en el estudio Ólafsson, Ólafsson y Björnsson (1999a), realizado con una muestra de 1.777 alumnos de 10, 12 y 14 años por medio de cuestionarios, se destaca, desde el punto de vista de los autores del informe de Suecia, un descenso de los abusos con la edad desde el punto de vista de las víctimas. El instrumento utilizado –una escala de frecuencia de cinco puntos con las conductas de maltrato desglosadas-, ofreció porcentajes desde el 11% entre los más jóvenes, hasta el 5% en los más mayores, en los que se informaba de haber estado implicado en peleas, haber sido pegado o golpeado, empujado, herido a propósito y sometido a violencia (en este último caso, más general, aunque categoría del mismo rango que las anteriores, se comunican en todo caso porcentajes menores que en el resto: 8%, 5% y 3%, de menor a mayor edad respectivamente) Asimismo, los datos informan de participación mayoritariamente masculina, como víctimas o como agresores. Por último, Ólafsson y Norðfjörð destacan también que los profesores participantes en un estudio
solicitando formación específica y tiempo para dedicar a este tipo de intervención.
En resumen, como se ha venido observando en los distintos estudios realizados en la península escandinava, parece compartirse la percepción general de un cierto aumento de la violencia en las escuelas en los últimos años. No obstante, los estudios rigurosos sobre violencia general en el contexto escolar, de forma específica, son escasos, por lo que la información ha de tomarse con la debida prudencia. Con estas precauciones, lo que parece influir en mayor medida en esta percepción es el sentimiento de exposición a violencia física, que aumenta en los casos en los que se ha preguntado por los distintos tipos en los que puede concretarse. Por un lado, llama la atención la ausencia de diferencias en la evolución, que no confirma la percepción de aumento de violencia, cuando se analizan los datos de investigaciones longitudinales, como en el caso del estudio de Suecia. Pero al mismo tiempo, el contexto escolar parece ser aquél en el que es más posible encontrarse expuesto a este tipo de situaciones. La mayor implicación de los varones parece confirmarse en los distintos países. Por otro lado, la preocupación por los casos de maltrato, con los datos de investigación obtenidos por los distintos equipos de investigación, ha llevado al desarrollo de numerosos programas de intervención, algunos de ellos, rigurosamente evaluados. El siguiente apartado informa de sus principales resultados.
Intervenciones ante la violencia escolar: acciones y programas
Los programas de intervención contra el maltrato (anti-bullying programmes), como consecuencia de las primeras investigaciones, estuvieron centrados inicialmente en este ámbito. Actualmente, como se comentaba en la introducción, han ido evolucionando hacia un tipo de intervenciones dirigidas a la mejora del clima escolar en el conjunto del centro, como en el caso del programa de Salmivalli-Kaukiainen (2000), o el programa Kempele. Incluso, investigadores como Galloway y Roland (2004), recogiendo las propuestas de Hargreaves (2001), plantean una reorientación de las intervenciones hacia un enfoque holístico, sustentado en una teoría de desarrollo profesional en el marco de la mejora escolar. En este sentido, Svensson (2003, p. 218), al informar del momento en el que se encuentra el debate en Suecia, señala el marco global del centro educativo para plantear la reducción de la violencia y de las conductas de maltrato citando las palabras de Skolverket, (2000): “[...] a good social climate than ensures that