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Las expediciones efectuadas en India y en el golfo Pérsi- co constituyen la parte de la conquista que ha suscitado los más diversos comentarios entre los historiadores. Atracción por lo desconocido, voluntad de identificarse con Heracles y con Dionisos, pathos, gusto por el descubrimiento geográfico, pretensiones comerciales… tales son las explicaciones que más frecuentemente aportan los investigadores. No obstante, el problema que se plantea es saber cuál fue la motivación de- terminante. Igualmente, debemos preguntarnos hasta dónde quería conducir sus tropas Alejandro Magno, y desde cuándo acariciaba el proyecto de conquistar India.

En primer lugar, sería erróneo ver en su figura una especie de Cristóbal Colón, puesto que el rey no descubrió ninguna tierra virgen. El Punjab y el valle del Indo habían sido conquistados por Darío I y anexionados al Imperio aqueménida, del que aún formaban parte nominalmente. Así pues, Alejandro Magno no tomó la ruta hacia lo desconocido. Por otra parte, contó con datos proporcionados por príncipes indios aliados y, también, por guías locales5. No cabe duda de que el principal objetivo del

rey era restaurar para su beneficio los límites del imperio de Darío I, y obtener de tal restauración todas las ventajas políticas y fiscales que habían logrado los grandes reyes.

Todo conduce a reconocer la realidad de las ambiciones terri- toriales de Alejandro, y a concluir que en el año 334 este tenía una idea a la vez precisa en su conjunto y vaga en detalle sobre

5 Sobre los datos de Alejandro Magno, véase A. B. Bosworth, Alexander and the East,

Esta imagen de Buda (arte de Gandhara) encarna a la perfección el influjo de la escultura helenística sobre el arte hindú, y, por exten-

sión, es testimonio de los estrechos lazos culturales entre Grecia e India a raíz de las conquistas de Alejandro Magno.

la dimensión del mundo que se disponía a conquistar. ¿La razón de su clarividencia no era simplemente que dicho mundo ya había sido conquistado por los aqueménidas?

¿Tal vez, además, tras la derrota de Poros, el rey pretendía tras- pasar las fronteras aqueménidas y llegar al Ganges y al «Océano exterior», tal y como lo afirman algunos textos antiguos o, por el contrario, el único propósito de Alejandro Magno era, entonces, descender el Indo y volver por el golfo Pérsico? Cargada de con- tradicciones graves y múltiples, la documentación disponible hace dudar tanto de la naturaleza como del desarrollo de la «sedición» de sus soldados que, en el Hifasis, condujo a Alejandro Magno a retroceder. Estamos más bien inclinados a pensar que la bajada del Indo y, posteriormente, el regreso por la orilla persa del golfo Pérsico formaban parte integrante de un plan madurado desde hacía tiempo, que pretendía recorrer y hacerse con todas las fron- teras del Imperio aqueménida: el Indo era el límite oriental. 6. LA CUESTIÓN DE LOS «ÚLTIMOS PLANES»

La paradoja absoluta del asunto de los planes territoriales de Alejandro Magno es que la única teoría explícita sobre el tema es también la que suscita más escepticismo. Varios autores antiguos afirman que en el año 323 Alejandro acariciaba el proyecto de conquistar la cuenca occidental del Mediterráneo. Según Diodoro (XVIII. 4. 1-6), después de la muerte del rey se descubrieron, entre sus documentos, proyectos (hypomnemata) que Pérdicas, candi- dato a la sucesión, presentó al ejército (que se negó a aplicar):

Se proponía construir 1000 buques de guerra, más grandes que trirremes, en Fenicia, Siria, Cilicia y Chipre, para la campaña contra los cartagineses y los otros pueblos que vivían a lo largo de la costa de Libia y de Iberia, y la región costera vecina hasta Sicilia; construir una ruta a lo largo de Libia hasta las Colum- nas de Hércules y, para las necesidades de una expedición de

Alejandro Magno 47 tal envergadura, puertos y arsenales en lugares escogidos con sensatez; erigir seis templos magníficos y costosos de 1500 talentos cada uno; y, por último, establecer ciudades y trasladar poblaciones de Asia a Europa y de Europa a Asia, para dar lugar a una comunidad de espíritu (homonoia) y mantener relaciones amistosas mediante matrimonios y lazos familiares.

Pocos textos han provocado un número tan elevado de comenta- rios opuestos, pues el problema que plantea esta tradición es arduo. La coherencia aparente de los planes atribuidos a Alejandro Magno es tal vez ficticia. En efecto, reside al menos una buena parte, en la articulación afirmada entre una expedición de circunnavegación de Arabia hasta Egipto, y el proyecto de continuar la guerra hasta el Mediterráneo occidental. Sin embargo, la primera parte del plan no está confirmada, como implica, además, la tan reservada formu- lación de Arriano. No cabe duda de que en el año 324 Alejandro Magno confió a algunos generales la misión de llevar a cabo esta circunnavegación; sin embargo, también hay que señalar que todos fracasaron, lo que es fácil entender debido a las inauditas dificulta- des técnicas. En efecto, nada permite afirmar que Alejandro pudiera simplemente retomar las tradiciones aqueménidas, a pesar de una declaración de Darío I sobre una de las estelas del canal que él re- abrió entre el Nilo y el mar Rojo (hacia el año 500-490). No existió nunca una línea de comunicación directa y regular entre el mar Rojo y el golfo Pérsico durante la época de la dominación persa6.

Si le concedemos el beneficio de la lucidez mínima de un jefe del ejército, debemos pensar que Alejandro Magno no te- nía intención alguna de poner en riesgo a todas sus fuerzas en una empresa imposible. Aunque estas observaciones no anulan formalmente la existencia de los planes occidentales de Alejan- dro, ellas recuerdan que, por lo menos, el estado del expediente documental debe incitar a la mayor prudencia.

6 Véase J-F. Salles, TMO, 16, Lyon, 1998, págs. 75-102; P. Briant, AchHist, VI, 1991, págs. 76-

Capítulo III