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Los signos del Zodíaco, o los campos vibratorios que ellos simbolizan, poseen múltiples significados desde el punto de vista de la interpretación conceptual. En rigor, cada signo alude a una totalidad coherente; podríamos decir, a "una sola cosa". Sin embargo, para nuestra percepción secuencial y fragmentaria —centrada en el sujeto que se imagina separado de aquello que percibe— la vibración zodiacal significa muchas cosas diferentes, y necesitamos realizar un gran esfuerzo para captar su coherencia estructural. Esta es la dificultad inherente a la distancia que reina entre el pensamiento verbal y el lenguaje de los símbolos. Sabemos que este es infinitamente más rico y sintético que el pensamiento lineal que lo interpreta y, desde esta perspectiva, aprender astrología significa desarrollar la capacidad de leer símbolos. La carta natal aparece así como un mapa, un texto que describe con un mínimo de caracteres la matriz de una existencia. En ella, el astrólogo —capacitado para comprender esos símbolos— lee para el consultante la misteriosa página que contiene los lineamientos esenciales de su vida; es un intérprete, un traductor.

Sin embargo, en este libro procuramos permanecer abiertos a un significado más profundo de la astrología. La entendemos como una expresión tangible de la relación hombre-cosmos y creemos que meditando en ella puede producirse una transformación de la conciencia que nos permita percibir sin esfuerzo la manera como cada hecho de la vida forma parte de un patrón más amplio de acontecimientos; y cómo los escenarios en los que se desenvuelve nuestra existencia son espejos donde es posible reconocer una dimensión más profunda de nosotros mismos. En ese plano en el que el observador es lo observado —dicho en un lenguaje abstracto — o en el que el humano se descubre como un cuerpo de estrellas —dicho en un lenguaje más místico— aquel que percibe sintéticamente puede responder de la misma forma a los acon- tecimientos y estos cobran, en consecuencia, un carácter por completo diferente del que poseen cuando los percibimos desde un nivel fragmentario y nuestra relación con ellos es también fragmentaria.

Desde este punto de vista, podríamos decir que el destino es el sendero —enigmático para quien lo experimenta— que nos lleva de la multiplicidad a la síntesis, tanto en el plano de la conciencia como en el de la acción. La compleja trama de acontecimientos aparentemente dispersa y aleatoria va revelando su estructura y el holograma del instante de nacimiento puede hacerse transparente para sí mismo y descubrir la ley a la cual responde. Eso queremos decir

cuando nos referimos al "viaje de la conciencia", a través de la energía del Ascendente10.

Captar la estructura sintética de los símbolos que se despliegan en acontecimientos y relaciones es el trabajo del astrólogo, en tanto intérprete. A su vez, permitir que la conciencia se identifique con la dinámica de la ley que ordena las manifestaciones del holograma energético (el Sí mismo vincular) es lo que posibilita la astrología en tanto aprendizaje transformador. Esto último es muy diferente a "conocer el propio destino" en el sentido de "lo que está escrito" para un supuesto individuo separado, que "sabe" lo que le va a suceder. Por el contrario, hablamos de una conciencia que ha captado de un modo diferente la dinámica de su acoplamiento con el mundo. Esto se traduce en una .transformación psíquica en la cual los miedos y controles — asociados a la creencia de ser un individuo separado— se diluyen progresivamente, dando lugar a una espontaneidad en la cual el deseo deja de estar en conflicto con la ley.

La compleja relación entre ley y deseo es precisamente el nudo a desatar cada vez que Capricornio domina en una carta natal; en particular, cuando éste es el signo que asciende.

Como hicimos en los casos anteriores, a fin de comprender más adecuadamente qué significa expresar la cualidad de Capricornio en sus distintos planos deberemos referirnos primero a esta energía en sus niveles más abstractos. Luego podremos apreciar sus matices en el plano psicológico y en los acontecimientos a través de los cuales suele manifestarse en nuestras vidas cotidianas.

La montaña

Si buscamos una imagen que pueda dar cuenta del símbolo, podemos decir que Capricornio es la montaña que se yergue majestuosa, solitaria y atemporal.

Estaba allí, como un testigo inmóvil, mucho antes de la aparición de los seres humanos y permanecerá en el mismo lugar cuando hayamos desaparecido, sosteniéndose sólidamente a sí misma y —pareciera— sosteniendo al mismo tiempo el Cielo sobre sí. El impulso de alcanzar su cima, de llegar al límite más allá del cual no se puede seguir, es casi irresistible para el ser humano y —por ello— conseguir escalar una montaña es para nosotros sinónimo de logro y culminación.

Toda montaña es un conglomerado de rocas; sobre ellas construimos nuestras casas con la

10 Es evidente que lo que llamamos "el viaje de la conciencia", se presenta en el conjunto de la carta natal, así

certeza que nos brinda lo inamovible y duradero. Cada roca está constituida a su vez por una trama de minúsculas redes cristalinas, y estas por estructuras moleculares que obedecen a patrones férreos. De ellos quedan excluidos sistemáticamente todos aquellos átomos que no se disponen de determinada manera, que no adoptan una forma precisa. La regularidad de los cristales, con la sensación de solidez y belleza que nos transmiten, expresa el leit-motiv de Capricornio: una estructura de máxima cohesión interna, que inhibe al máximo la variación o el movimiento a fin de mantenerse siempre igual a sí misma.

En el reino mineral, el principio de la forma única y excluyente —la uniformidad— predomina a tal punto que establece lazos casi indisolubles en el nivel molecular, dando lugar a sustancias tan sólidas como el diamante. En este reino que Capricornio simboliza, no existe libertad alguna para alterar los patrones que se revelaron como exitosos. Una vez lograda la forma perfecta, esta habrá de repetirse indefinidamente, rechazando toda variación posible o experimento ulterior. Podríamos decir que en el reino de los cristales no es posible el error; se ha manifestado la estructura más eficaz y ahora esta debe reiterarse, idéntica a sí misma, sin desviarse jamás de la perfección alcanzada.

Sobre la sólida regularidad del reino mineral, se apoya lo viviente. La tierra fértil, los árboles y las praderas descansan sobre esa masa cristalizada; el agua corre entre sus intersticios y, sobre ella y con ella, los humanos construimos nuestros refugios. Con piedra hacemos los caminos y, repitiendo el mismo motivo, endurecemos la superficie de la tierra para poder deslizamos con mayor libertad; con roca construimos las casas que perduran y nos dan seguridad, así como los monumentos a través de los cuales intentamos atrapar el tiempo e inmortalizarnos. Pirámides, murallas, obeliscos, columnas, todos ellos expresan el mismo principio: lo permanente y duradero que, gracias a su inmovilidad, permite que todo lo demás pueda moverse y cambiar.

Pero más allá del mundo de los cristales y minerales, y del uso que de ellos hacemos, lo viviente también está organizado de acuerdo al mismo diseño por el cual una parte de cada sistema debe mantenerse relativamente constante para que el conjunto pueda crecer y desarrollarse.

Los seres vivos respondemos al código genético que determina nuestra estructura; la reproducción celular, en cada una de sus etapas, obedece estrictamente a las órdenes que emanan de él a fin de mantener la forma a lo largo de la existencia. En el interior de cada célula, las moléculas de ADN preparan primero una copia exacta de sí mismas antes de que se inicie la división o reproducción. Nuevamente: en la base de todo movimiento y en el origen de la diversidad se encuentra aquello que se replica a sí mismo, lo que no debe alterarse jamás y que por ello renuncia a la libertad de variar o cambiar; es lo que debe ser, lo constante. Para

que cada individuo biológico pueda enfrentar exitosamente los desafíos del variado y exigente medio que lo rodea, su nivel básico debe mantenerse inmutable, repitiéndose indefinidamente para sostener a aquellas partes que pueden —y deben— alterarse y cambiar, de la misma manera que el hueso permanece inmóvil por debajo de los tejidos más elásticos, a fin de sostener y posibilitar el movimiento de la totalidad del cuerpo. Capricornio es el signo que simboliza este nivel de realidad, en el que la presencia de aquello que no varia se manifiesta como esencial.

Desde un punto de vista general, podemos decir que en la base de cada campo de experiencia distinguimos leyes y constantes. En el nivel capricorniano de la realidad se hace visible que todo cuanto existe debe estar sujeto a una ley. Allí donde esa ley o esa constante deja de regir, nos encontramos en un campo diferente, en otra realidad que deberá responder a su vez a alguna otra legalidad, que se hará manifiesta tarde o temprano. La ley de atracción gravitatoria, por ejemplo, es propia de nuestro universo de masas: por otra parte, hasta donde sabemos, nuestro universo en su conjunto obedece a la ley E=mc2. En esta ecuación, la

velocidad de la luz es una constante que fija las relaciones posibles; si ella variara nos encontraríamos en un universo diferente, en otra realidad.

Este nivel en el que se hacen explícitas las constantes que sostienen —o las leyes que gobiernan— a toda estructura, proceso o individuo es, como dijimos, Capricornio. Dondequiera que percibamos formas, sean estas simples o complejas, fluidas o cristalizadas, siempre existirá algún factor fijo o una relación invariante entre factores que, gracias a su inamovilidad, mantiene la cohesión necesaria entre los elementos de la estructura para que esta continúe siendo sí misma. El movimiento sintético que habíamos observado en Sagitario, con su enorme capacidad para incluir variaciones y contradicciones dentro de si, culmina en el signo que le sigue cuando se revela la ley que gobernaba aquel movimiento; aquello que gracias a su casi imperceptible constancia, hacía posible la fluidez y la abundancia sagitarianas.

En general, es necesario un alto grado de abstracción para que esta dimensión de la realidad nos sea perceptible. Así como la mirada de Escorpio atravesaba la belleza del paisaje libriano para mostrarnos la danza de muerte y deseo que lo hacía posible, la percepción de Capricornio despoja cada escenario de sus determinaciones concretas, haciendo explícita la estructura que lo gobierna y define. Muestra la geometría, el mundo de leyes, ecuaciones o arquetipos inalterables que operan por debajo de las infinitas variaciones y formas, a través de las cuales aquellos se manifiestan. La síntesis alcanzada en Sagitario expresa su esencia —la unidad de la cual brota toda multiplicidad— en la fase siguiente del Zodíaco.

Cuando en el girar de la rueda se produce el pasaje a Capricornio, el viaje ha terminado. El campo dentro del cual se realizaba la experiencia aparentemente ilimitada que se nos había

revelado en Sagitario, desnuda su íntima estructura y ya no hay nada más por recorrer, salvo las infinitas variaciones de lo mismo; la esencia o ley se ha hecho explícita. Hemos llegado al límite, que es al mismo tiempo la fuente o condición de posibilidad de todos los movimientos anteriores.

Un salto de plano (hacia otra dimensión de la realidad)

Mirando hacia atrás en el Zodíaco, podemos decir que la forma incipiente que germinó en Cáncer se ha realizado en el signo de Capricornio en tanto forma final llevando en su interior, esencializadas, todas las transformaciones que se produjeron en los signos precedentes.

De hecho, entre Sagitario y Capricornio tiene lugar un gigantesco salto de plano que no es fácil de describir y que probablemente sea el responsable de nuestras dificultades para comprender y encarnar esta energía. Este cambio de nivel suele representarse, en el plano de las imágenes, como el pasaje de la planicie a la montaña. Apartarse de la llanura y ascender a la montaña implica, por un lado, esfuerzo o contracción; abandonar el mundo fluido de las potencialidades para concentrarse exclusivamente en la realización. Por otro lado, encierra la posibilidad de percibir la realidad desde una nueva dimensión.

El sentido de expansión que encontrábamos en el viaje sagitariano, culmina en el cambio de perspectiva que ofrece la cima de la montaña. Aquí la amplitud de movimiento propia de lo expansivo se transforma en una nueva posición desde la cual, permaneciendo inmóviles, pode- mos abarcar la totalidad. De esta manera, la síntesis y la comprensión de Sagitario dan lugar, en su paso siguiente, a la ley viviente que caracteriza a Capricornio.

Lo difícil para nosotros es comprender la naturaleza del aquietamiento propio de este signo y lo que esto posibilita. Desde un punto de vista podemos decir que Capricornio expresa el nivel algebraico de la realidad, en el cual sólo existen las constantes universales que aparecerán en los infinitos casos particulares. Sin embargo, al decirlo de esta manera no podemos evitar reducirlo a un concepto, a una idea que permanece en el nivel teórico y que, en consecuencia, remite a lo que es abstracto y carente de vida propia. Así, la exuberancia y vitalidad de Sagitario parecen haberse desvanecido ante la fría presencia de las estructuras capricornianas como si un soplo helado hubiera aniquilado la vida convirtiéndola en cristal. De un modo análogo a lo que vimos en el pasaje de Libra a Escorpio, la conciencia que acompaña las transformaciones del Zodíaco reacciona con fuerza cada vez que debe enfrentar la pérdida del mundo con el que había aprendido a identificarse y, cuando se encuentra con lo que se ocultaba detrás de él, su primera respuesta es la de negarse a aceptar el cambio manifestado. En este caso, la reacción habitual ante el pasaje de Sagitario a Capricornio es experimentarlo como un

retroceso o alguna clase de deterioro. O arribar a la conclusión de que el Zodíaco culmina en un "más allá" desencarnado que sólo existe en tanto modelo a seguir o meta inalcanzable, intrínsecamente contradictoria con lo vital.

¿Cómo reconocerse en la concentración y austeridad de Capricornio si se lo compara con la abundancia de Sagitario? ¿Dónde se han escondido la alegría, la generosidad y la entrega, en este mundo de cristales? Desde el punto de vista psicológico este es un signo tan misterioso como Escorpio y presenta, para quien debe vivirlo, enormes desafíos. Quien encarne a Capricornio deberá afrontar las peculiares tensiones que ofrece una energía cuya tendencia natural lleva hacia la contracción, la concentración y la exclusión de variaciones. Se corre aquí el riesgo de la cristalización, con toda la rigidez, el exceso de abstracción y la pérdida de sensibilidad que esto conlleva. Como todo estudiante de astrología sabe, la fuerte presencia de Capricornio en una carta natal suele traducirse psicológicamente en un sentido extremo de la autoridad, tanto externa como interna. Esto lleva a fortalecer en demasía la voluntad, atenerse a modelos estrictos de conducta y realizar juicios implacables acerca de sí mismo y los demás. Es habitual también que conduzca a enfatizar una pseudosabiduría con la que se pretende conocer el resultado de todos los actos, a priori de la experiencia concreta. Se pierde entonces toda espontaneidad a cambio de una rigidez que en realidad encubre un profundo temor a lo desconocido.

Lo difícil en este momento zodiacal, desde el punto de vista psíquico, es comprender que la naturaleza inexorable de la ley que caracteriza a este signo no es un dato teórico o ideal sino una presencia viva y palpitante en lo real. Se trata de la encarnación de la ley —más allá del matiz inevitablemente dualista de esta frase— y no de un esfuerzo para adecuarse a alguna ley abstracta; por eso decíamos en los párrafos introductorios que el nudo central de la experiencia en Capricornio es la relación entre ley y deseo.

La ley y el deseo

Captar "lo esencial" implica el desarrollo de una sensibilidad extrema, capaz de discernir entre los más sutiles matices y diferencias. Permite distinguir las repeticiones de la multiplicidad, pero sin dejar de resonar con ellas porque la conciencia no se ha disociado de las mismas. Psicológicamente, sin embargo —es decir, en el nivel del yo separado— la esencia se convierte para nosotros en abstracción; es considerada como el resultado de una toma de distancia de la experiencia y la respuesta al anhelo de permanecer "más allá" de lo múltiple y relativo. Así es como la cualidad esencializadora de Capricornio suele ser interpretada rígidamente por el nivel psicológico, reflejándose ello en una fuerte tendencia a excluir todo lo

que parezca contradictorio.

Sin embargo, astrológicamente hablando, la percepción de la ley o esencia es en realidad sólo la profundización natural de la síntesis alcanzada en el signo precedente. Nuestra captación de lo esencial reduce dimensiones de la realidad para hacerse "objetiva" y por ello se nos hace difícil imaginarla como un hecho vivido. Nos cuesta asociar la capacidad de conexión con formas sutiles, con la conservación de toda la carga vibratoria que la existencia implica: o sea, no la concebimos más que como una mera abstracción mental.

Impulso vital y legalidad se nos aparecen habitualmente como términos contradictorios e incluso irreconciliables. Solemos entender la ley como algo que desvía o impide el libre fluir del impulso, el cual debe aprender a refrenarse y obedecer las restricciones que aquella le impo- ne. Sea que la entendamos como resultado de un acuerdo social, imposición de alguna autoridad —humana o divina—, simple registro de lo inevitable o captación "objetiva" de un orden universal, la ley aparece como un factor externo al deseo, como si la legalidad de la vida fuera una dimensión separada de su pulso básico. Nuestra percepción primaria, condicionada socialmente, nos dice que la ley es siempre una constante exterior ante la cual cada ser viviente debe adaptarse y obedecer, o pagar las consecuencias de su transgresión o ignorancia. Consideramos habitualmente el impulso como interior y subjetivo y la ley como exterior y objetiva. Pero es evidente que si esta relación queda así definida, se postula una distancia insalvable entre sus términos, que nos obligará a buscar alguna adecuación o compromiso en el cual uno de los polos deberá ceder ante el otro.

La tensión entre lo que se percibe como subjetivo y lo que aparece como objetivo y la presencia de leyes en todos los aspectos de la existencia —con las consecuencias que derivan de su comprensión, desconocimiento, obediencia o desacato— serán temas centrales en la vida de una persona con Ascendente en Capricornio. Pero el modo como esto es abordado por cada individuo no es independiente de las interpretaciones colectivas que imperan acerca de esta relación. Si se observa atentamente, se verá que el planteo por el cual el deseo es contradictorio con la ley, tiene como trasfondo el contexto de conflicto o guerra entre opuestos que percibíamos en un nivel de Escorpio. Dicha arquetipización de la batalla, tras haber intentado alcanzar una efímera resolución mediante el idealismo de Sagitario, no tiene otra opción que convertirse en obediencia a una ley exterior, en el paso siguiente que es Capricornio.

Si superamos la percepción fragmentaria de los signos como espacios independientes entre