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Which Roads or Projects Should be Audited and When?

GUATEMALA, 1959

Diseñad

o p

los soldados abandonaron los alrededores del ár- bol en el que estuvo atada.

Con las maletas llenas de horror por estos bruta- les asesinatos sufridos en propia carne, el exilio era la única salida ya que Rigoberta era buscada por los mismos asesinos que perpetraron estas matanzas. Aun así no se dio por vencida y no se instaló en México a gozar de la notoriedad que empezaba a despuntar. Intentó la vuelta a Gua- temala en dos ocasiones pero tuvo que salir co- rriendo. En una de ellas incluso fue encarcelada. Llamar a puertas, hacerse escuchar y continuar con las reivindicaciones de los pueblos indígenas ha sido su trabajo a lo largo de más de 20 años. El reconocimiento a estos pueblos, a los que dio voz y presencia en el mundo, le llegó a través del Premio Nobel de la Paz en el año 1992, coinci- diendo con el 500º aniversario del primer viaje de Colón a América. En ese momento más de 150.000 personas habían sido asesinadas y ha- bía 50.000 “desaparecidas” en Guatemala; mi- les se habían convertido en refugiados. 40 años duró la guerra civil. Los Acuerdos de Paz no se firmaron hasta 1996.

Bien conoce Rigoberta Menchú que las puertas que cuesta tanto abrir se pueden cerrar con el dedo de una mano. Se podría comparar con la tierra de la que ella se siente nacida por cultura y unida por convicción. La tierra que los indígenas trabajan con tanto sudor se la llevan los terrate- nientes con mucha impunidad.

Las puertas de la Audiencia Nacional en Espa- ña se abrieron cuando en el año 2000 presentó una querella contra cinco militares y dos civiles guatemaltecos, por el genocidio perpetrado entre 1962 y 1996 en su país. Sin embargo en 2007 el Gobierno guatemalteco le volvió a dar la espalda cuando la Corte de Constitucionalidad, el máximo la. De fondo, escuchaba las palabras de Vicente

Menchú y Juana Tum recordándole que los indí- genas y sobre todo las mujeres nunca consiguen lo que ambicionan; no hay posibilidad de tener lo anhelado.

Pero Rigoberta quería aprender a leer y escribir y a hablar castellano, intuía que se puede ser diferente, que necesitaba comunicarse con los demás, incluso con aquellas etnias vecinas que hablaban otra lengua distinta a la suya. Pensaba que a través de la lectura conocería a los otros, a los que no eran “diferentes” como lo era ella dentro en su propio país.

Pero entonces aparecía en su cabeza la música de papá y mamá diciéndole que otros ya habían aprendido y no habían sido útiles a la comunidad, que no había nadie que le pudiera enseñar y que se alejaría de los suyos. Una música celestial para una mujer reluciente como recién salida del temascal (casa baja de adobe típica en Centro- américa donde se toman baños de vapor), deci- dida a luchar por los derechos y la dignidad de los indígenas en Guatemala. Por sus hombres y mujeres. Por que las madres no tuvieran que “re- galar” a sus hijos e hijas a los terratenientes para trabajar las fincas de los hacendados, sin salario y sin límite. Vidas “regaladas” que difícilmente lle- gaban a los 15 años.

Las mujeres y los niños de su comunidad fueron los primeros que escucharon a Rigoberta. Les en- señaba cómo defenderse de los terratenientes, de los soldados y pedir lo que era suyo.

Más tarde llegó el dolor y la necesidad de ayudar a sus amigas violadas por miembros del ejérci- to, la defensa de aldeas vecinas y por fin formar parte del Comité de Unidad Campesina junto a su padre, que acababa de salir de la cárcel. Y so- bre todo, comenzaba una caminata larga y ardua

para alcanzar aquellos sueños por los que nadie hubiera apostado y que en 1979 Rigoberta Men- chú decidía perseguir.

Siguió el camino de la comunicación con los de- más para poder llegar a todos. Aprender otras lenguas mayas, castellano, a leer y escribir fue su objetivo por mucho tiempo y su único equipa- je por todas las aldeas, fincas y departamentos. Hasta que lo consiguió y se hizo su propio hueco en una organización integrada en su mayor parte por hombres indígenas y ladinos pobres.

Empezaron las huelgas, las manifestaciones y la lucha de todos los campesinos. Unidos tenían que buscar la raíz de sus problemas y juntos buscar la solución. Luchar contra los muros de las propias lenguas indígenas, contra los prejuicios, contra la discriminación y sobre todo contra la pobreza le hizo reflexionar sobre lo común y lo que se puede compartir y descubrió que todos y todas eran de maíz y que su experiencia, entonces su único pe- tate, contribuía a la esperanza.

Pero pronto descubrió también la otra cara de la entrega, de la solidaridad y del combate por los derechos de los pueblos excluidos. La tortura hasta la muerte pasó muy cerca, tanto, que se lle- vó a un hermano. Conoció los castigos públicos, los secuestros, el asesinato. La impunidad. La muerte de su padre en el asalto por parte de la policía y el ejército guatemalteco a la Embajada de España en 1980 le reafirmó en que la deci- sión que había tomado de luchar por su pueblo era inquebrantable. Se mantuvo fuerte ante una muerte más dura que la de su padre. Su madre Juana Tum fue secuestrada, torturada, violada y asesinada tras una larga agonía. Después los zo- pilotes, aves carroñeras, y otros animales se co- mieron su cuerpo. Sólo cuando ya no había nada,

RlGOBERTA MENCHÚ

tribunal de justicia de Guatemala, dejó sin efecto el proceso judicial abierto por la justicia españo- la.

La vergüenza de la injusticia seguramente ha sido una de las poderosas razones que le han he- cho recorrer otro camino: el también complicado e incluso violento en muchas ocasiones en Gua- temala camino de la política. Y esta vez la puerta se quedó cerrada, una vez más. A pesar de la ser la primera mujer indígena que era candidata a la presidencia de su país, no lo consiguió. Guatema- la y Menchú se perdieron mutuamente.

Es difícil para una mujer indígena quiché, acti- vista de los derechos humanos, que ha vivido de cerca la matanza de gran parte su familia, que ha sido humillada, perseguida, encarcelada, exilia- da, premiada, reconocida y apoyada internacio- nalmente, luchar y vivir entre dos mundos: el que acepta su huipil, su vestido, como el símbolo de los derechos de los pueblos indígenas y el de los que sienten que su huipil ha volado lejos.

Es la primera presidenta del Parlamento Pana- fricano, creado en 2004. Figura internacional de gran influencia y prestigio, esta veterana política, feminista, profesora y madre, es una convencida defensora de que el futuro del continente pasa por el desarrollo económico de sus mujeres, que tienen que ocupar puestos de decisión. En 1995 presidió la IV Conferencia de la Mujer en Pekín. Desde entonces se la conoce como “Mamá Bei- jing” (“Beijing” significa “Pekín” en inglés).

“Las mujeres siempre han estado al lado de los hombres en la lucha por abolir la esclavitud, libe- rar a los países del colonialismo, desmantelar el

apartheid y lograr la paz. Ha llegado la hora de

que los hombres se unan a las mujeres en su lu- cha por la igualdad”. Gertrude Mongella pronun-

GERTRUDE

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