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Rules of Statutory Interpretation and enforcement of the Electronic

El estilo

C

uando la vendedora entró por las puertas de la agencia, todos voltearon a verla. Había preparado su reaparición con gran esmero y, ¡vaya que el resultado había sido espléndido! El pelo recogido en medio chongo que dejaba listones de cabello sueltos que hacían ver su cuello más largo, continuaba en unos largos aretes que enmarcaban el rostro maquillado a la perfección, en el que destacaban los labios nacarados extremada- mente brillantes. Su salida de compras a la avenida más fashion de la ciudad y el deseo de alguna prenda nueva se tradujeron en un vestido strapless corto de color guinda, estampado con motivos que adelgazaban su silueta. Bolsa y sandalias altas color oro viejo con cintas que se cruzaban hasta la mitad de la pantorrilla comple- taban la impactante visión que hacía desvanecer a su compañero vendedor, que cual perrito faldero de socialité caminaba detrás de ella y quien, para no variar, seguía en el look retro involuntario combinado con sport desempleado. Cuando la vi no supe qué decir y sólo acerté a saludarla de manera atropellada, dándole un abrazo que me permitió aspirar una delicia de perfume. Ella se mostró complacida ante el efecto causado.

Nos sentamos alrededor de la mesa inglesa de juntas, pedi- mos café y té, por supuesto con galletitas, y nos dispusimos a escu- char la historia que ella había vivido durante la última semana y que ansiaba compartir con ambos. Conforme iba escuchando, me di cuenta de que el filósofo me había ahorrado mucho tiempo de

trabajo, explicando la esencia como sustento de la imagen y que, además, había realizado una contribución muy oportuna al con- cepto de las ventas con imagen, relacionando importantes princi- pios filosóficos con la actuación del vendedor. “Quien los aplicara ganaría una mejor imagen vendedora”, pensé. Mientras tanto, el vendedor iba leyendo con mucha atención los apuntes que ella le había fotocopiado y le hacía muchas preguntas, que con mi com- plemento quedaron satisfactoriamente respondidas. Así él se puso al corriente en cuanto a nivel de conocimiento. Casi al fina- lizar su presentación, la vendedora añadió:

—Ojalá y lo hubieran conocido, era un tipo genial, amable y muy inteligente aunque algo excéntrico, como todos los de su nivel —volteó a verme y empezó a reír—, deberías haber visto el gorro que llevaba, era francamente ridículo con dos extrañas motas amarillas —vio que yo daba un salto en el asiento por lo que de súbito interrumpió su risa—... ¡Qué! —exclamó.

—¿Y usaba lentes redondos y barba blanca desarreglada? —casi le grité al tiempo que daba en la mesa con la palma de mi mano.

—Sí, aunque se la arregló poco tiempo después que lo co- nocí, pero… ¿Cómo sabes?

—Porque nos lo hemos topado un par de veces en nuestro camino. La primera vez afuera de la mansión de los espejos.

—¡Creo haberlo visto! —añadió el vendedor.

—La segunda en el juego de baloncesto, parecía un fanático más pero llevaba el mismo gorro extraño en ambas ocasiones por lo que estoy seguro que ese personaje y tu filósofo son la misma persona. tiene que haber estado siguiéndonos y haber sabido de nuestra búsqueda —hice una pausa—. tengo muchas incógnitas que por el momento no puedo resolver, pero ahora sé que tu encuentro con él no fue casual… Él lo provocó… El filósofo es uno de los tres huéspedes no convidados que de acuerdo con El Oráculo arribarían cuando uno cayera en el agujero y debería- mos honrar para tener ventura, ¿se acuerdan? —miré el gesto de asombro en ambos vendedores y me dirigí a ella:

EL EStILO —¿Cómo que lo honré?

—Aceptando sus enseñanzas.

Nos quedamos un rato en silencio, sorprendidos y cavilan- do. finalmente, salí de mis pensamientos y dije:

—Al menos sabemos que de seguir todo así, el final será venturoso. Estemos tranquilos y confiemos en lo que nos depare el destino. Por lo pronto, les propongo que sigamos adelante, sin prisa pero sin pausas, ¿de acuerdo? —ambos asintieron así que me dispuse a abordar el nuevo tema que había preparado con gran cuidado, pues sabía que haría una aportación novedosa que merecía la dedicación de toda la mañana. Se trataba del estilo.

—tenemos claro que la esencia es la base de la imagen y que la personalidad es el conjunto de características que te dife- rencian de los demás. Ahora bien, cuando esa esencia, ese conjun- to de características se manifiestan y salen a relucir en cada uno de nuestros actos, al hecho se le llama estilo —hice una pausa y escribí en el pizarrón electrónico:

EL EStILO ES LA EXPRESIÓN DE LA INDIVIDUALIDAD. Y continué:

—Si el temperamento es innato y es parte de la persona- lidad, podemos también afirmar que se nace con estilo. ¿Se han dado cuenta que en los niños existe una forma de expresarse dife- rente? ¿Cómo insisten en vestirse y comportarse de una manera peculiar? ¿Cómo en muchos casos desde pequeños llevan la contra a sus padres?

—Díganmelo a mí, si no lo sabré —dijo ella resignadamente. —Existen diferentes tipos de estilo y debemos aclarar desde un principio que ninguno es mejor que otro y que todos tienen sus fortalezas y riesgos. Lo importante del estilo es reconocerlo en cada uno de nosotros para después adaptarlo a las diferentes ocasiones y situaciones de la vida cotidiana y de esta manera implementarlo en sus múltiples aplicaciones. El estilo influirá no solamente en la imagen física, sino también en el resto de las imágenes subordinadas a la imagen vendedora: la verbal, la pro- fesional y la visual.

—Perdón, maestro, pero ahora sí no sé de qué está hablan- do —dijo respetuosamente el vendedor.

—De las imágenes que deberemos crear por separado para que juntas conformen la gran imagen vendedora. Desde ahora quiero dejarlas planteadas pues su producción dependerá del estilo. Ya llegaremos en su momento a ellas. Déjenme continuar. Si conocemos la teoría del estilo, podremos aplicarla en nosotros para reconocer qué tipo de estilo somos y mejor aún, practicarla con nuestros compradores potenciales. De ahí podremos después hablar de estilo de empresas y de productos, y sacaremos interre- laciones interesantes. Vamos por partes, conozcamos primero los diferentes tipos de estilo que existen. Sé que surgirán dudas de cada uno, pero se irán despejando conforme vayan conociendo los siete, así que les ruego que traten de no interrumpirme y que vayan ubicándose en el que mejor vaya con ustedes. Cabe aclarar que las palabras que se utilizan para nombrar cada uno de los estilos no son adjetivos calificativos, sino sustantivos —la ven- dedora puso tal cara de confusión que estuve a punto de reírme, pero me contuve—. Hice una pausa, encendí el proyector y mi lap top para hacer una presentación apoyada en diapositivas, corrí la primera y en la pantalla apareció el título:

TIPOLOGÍA DEL ESTILO

Y empecé la descripción de cada uno de los siete tipos: