Chapter 8 draws conclusions based on the results obtained in this Ph.D thesis and presents recommendations for research work topics that could be addressed in the future.
3. GNSS Receiver Processing
3.5. Digital Signal Processing
3.5.3. Scalar Tracking
cada uno, sostienen y guían con razón los esfuerzos de las almas.
No resultan útiles sino a condición de que se sepan abandonar los actos múltiples y ordenados que prescriben, cuando se ha llegado a la meta, es decir, a la intimidad con Dios.
A veces, desgraciadamente, se comprenden mal estos métodos. Se tiene en cuenta el trabajo de las facultades que deman- dan mucho más que el trato de amistad al que deben conducir. Se confunde el modo de oración con la oración misma. Hacer oración, se piensa, es construir un cuadro imaginario, sentir, entender, ver, tener fuertes impresiones, o también hacer consi- deraciones o tener ante los ojos una verdad que contemplar. Se consagran todos los esfuerzos para llevar a la práctica el modo impuesto o escogido; se priva de la libertad de alma necesaria a la vida del amor. Lo accesorio se convierte en esencial, hasta el punto que se olvida que la oración es un intercambio y ni siquiera se piensa en Dios, con quien se debe hablar. Se encierra el alma en un modo de oración particular, o más bien, hace vanos esfuerzos por obligarse a él, y, al no llegar o no encontrar ninguna gracia en un esfuerzo tan rudo, que resulta estéril, se retira desanimada, con la convicción de que no está hecha para una vida de oración.
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En el Camino de perfección propondrá santa Teresa un método, que es la oración de recogimiento. Método que no está ligado a ninguna forma precisa de actividad de las facultades y no exige más que la preocupación de llevar al alma a Dios por Jesucristo.
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Es cierto que el trato de amistad con Dios por la fe nos enriquece Dios es amor siempre difusi- vo. Así como no se puede meter la mano en el agua sin mojarse, o en un brasero sin quemarse, así no se puede tener contacto con Dios por la fe sin participar en su infinita riqueza. La pobre mujer enferma que trataba de llegar hasta Jesús a través de la compacta muchedumbre, en las calles de Cafarnaún, se decía entre sí: «Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré.» Llega hasta él, y por un con- tacto que hace estremecer al Maestro, consigue la curación deseada17. Todo contacto con Dios por la fe tiene la misma eficacia. Independientemente de las gracias particulares que ha podido pedir y conse- guir, logra de Dios un aumento de vida sobrenatural, un enriquecimiento de la caridad. El amor acude a la oración para encontrar en ella alimento, progreso y la unión perfecta que satisface todos sus dese- os.
Hablando de la oración, escribe santa Teresa del Niño Jesús:
«La oración; para mí, es un impulso del corazón, es una simple mirada lanzada al cielo, es un grito de agradecimiento y de amor, en medio de la prueba, como en medio de la alegría; en fin, es una cosa grande, sobrenatural que ensancha mi alma y me une con Jesús...
Algunas veces, cuando mi espíritu se encuentra en una sequedad tan grande, que me es imposible sacar un pensamiento que me una con Dios, recito muy despacio un “Padre nuestro” y también un avemaría; entonces estas oraciones me encantan; alimentan mi alma mucho más que si las hubiera recitado precipitadamente un centenar de veces»18.
Sería difícil decir mejor lo que el trato de amistad manifiesta de sencillo y profundo, de vital y de sobrenatural, bajo las múltiples formas con las que se reviste para alimentarse y expresarse.
C. GRADOS DE ORACIÓN
La oración, que para santa Teresa es el ejercicio esencial de la vida espiritual, normalmente de- be desarrollarse y progresar con ella en perfección. Debe ser posible, y se impone una clasificación por grados de perfección. Pero ¿cómo apreciar la perfección de la oración? ¿Sobre qué bases establecer esta clasificación? Santa Teresa se mantiene fiel a su definición, que pone de relieve el trato de amis- tad con Dios como el elemento esencial de la oración. Juzgará de la perfección de la oración por la ca- lidad de este trato de amistad, es decir, por la calidad de la actividad de amor sobrenatural y sus efec- tos de virtud y de unión.
En el libro de su Vida presenta una clasificación muy conocida de los grados de oración, ilustra- da por la graciosa comparación de las cuatro maneras de regar un huerto:
«Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras: o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo; o con noria y arcaduces, que se saca con un torno (yo lo he sacado algunas veces), es a menos trabajo que estotro, y sácase más agua; o de un río o arroyo, esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortelano; o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho.
Ahora, pues, aplicadas estas cuatro maneras de agua de que se ha de sustentar este huerto, porque sin ella perderse ha, es lo que a mí me hace al caso, y ha parecido que se podrá declarar algo de cuatro grados de ora- ción, en que el Señor por su bondad ha puesto algunas veces mi alma»19.
La Santa explica su comparación:
«De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo... que han de cansarse en recoger los sentidos... Han de procurar tratar de la vida de Cristo, y cánsase el entendimiento en esto... Esto es comenzar a sacar agua del pozo; y aun plega a Dios lo quiera te- ner...20
Digamos ahora el segundo modo de sacar el agua que el Señor del huerto ordenó para que con artificio de con un torno y arcaduces sacase el hortelano más agua y a menos trabajo, y pudiese descansar sin estar conti- nuo trabajando. Pues este modo aplicado a la oración que llaman de quietud es lo que yo ahora quiero tratar... Esto es un recogerse, las potencias dentro de sí para gozar de aquel contento con más gusto; mas no se pier-
17 Mc 5, 25-34. 18 MC 25r.º-v.º 19 Vida 11, 7.8. 20 Ibid., 11, 9.
4. La oración 41 den ni se duermen; sola la voluntad se ocupa de manera que, sin saber cómo, se cautiva; sólo da consenti- miento para que la encarcele Dios...21
La tercera agua... es agua corriente de río o de fuente... Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de mane- ra que casi él es el hortelano y el que lo hace todo. Es un sueño de las potencias, que ni del todo se pierden ni entienden cómo obran»22.
Cuando la cuarta agua cae del cielo, el alma siente en medio de las más profundas y suaves deli- cias un desfallecimiento casi completo. Esta cuarta agua produce a veces la unión completa o, incluso, la elevación de espíritu en la que «coge el Señor el alma... a manera que las nubes cogen los vapores de la tierra, y levántala todo de ella»23.
Cuando santa Teresa escribía el libro de su Vida (1565) no había llegado al matrimonio espiri- tual. La clasificación de la oración que expone en el Castillo interior –entonces está ya en la plenitud de su gracia y experiencia– es más precisa y matizada, más detallada y más completa.
Por ser la oración un trato de amistad con Dios y, en consecuencia, el fruto de la doble actividad del amor de Dios para con el alma y del amor sobrenatural del alma para con Dios, santa Teresa dis- tingue dos fases en el desarrollo de esta doble actividad.
En la primera fase, Dios manifiesta su amor por medio de un auxilio general o gracia ordinaria concedida al alma; es el alma quien lleva la iniciativa y la parte principal de actividad en la oración. En la segunda fase, Dios, al intervenir en la oración por medio de un auxilio particular cada vez más poderoso, afirma progresivamente su dominio en el alma y la reduce poco a poco a la pasividad.
La primera fase, que corresponde al primer modo de regar el huerto, sacando con esfuerzo el agua del pozo, comprende las tres primeras moradas del Castillo interior.
La segunda fase, que corresponde a los otros tres modos de regar el huerto, comprende las otras cuatro moradas, más interiores. La oración de quietud (segunda agua) y el sueño de las potencias (ter- cera agua)24, oraciones contemplativas imperfectas, forman parte de las cuartas moradas. El cuarto modo de regar el huerto, que comporta, toda una gama, de oraciones de unión cada vez más perfectas, se estudia con gran cuidado y una maravillosa riqueza de detalles en las quintas, sextas y séptimas mo- radas.
Al considerar la clasificación que hace en el libro de la Vida se hubiera podido creer que el pro- greso de la oración se determinaba por la intensidad de los efectos sensibles y la disminución del es- fuerzo del alma. Sin embargo, estudiando el Castillo interior aparece con claridad que santa Teresa no considera más que la calidad del amor y la excelencia de los efectos producidos. Habla de una oración más subida cuando la anima un amor divino más calificado, y que la calidad de este amor se apoya en las actividades humanas que debe regular y someter a Dios, que vive en él alma por medio de una efi- cacia mayor25. La oración será perfecta cuando, en el alma transformada por el amor, todas las energ- ías estén constantemente, firmes y flexibles, a disposición de las delicadas mociones del Espíritu de Dios.
21 Ibid., 14, 1.2. 22 Ibid., 16, 1. 23 23 Ibid., 20, 2. 24
En el Castillo interior, santa Teresa no distingue ya, como grado especial de oración, esta tercera agua o sueño de las potencias. Con probabilidad, impresionada fuertemente en primer lugar por los efectos de esta oración, de intensidad nota- blemente mayor que los de la simple quietud, se dio cuenta más tarde, en una visión más precisa y completa de todos los gra- dos de oración, de que el sueño de las potencias no era más que un desbordamiento en los sentidos de los gustos divinos de la quietud, y, como unión imperfecta, podía ser incorporada en quietud.
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«El caso es que en estas cosas interiores de espíritu la que más acepta y acertada es, es fa que deja mejores dejos; no digo luego al presente muchos deseos (que en esto, aunque es bueno, a las veces no son como nos lo pinta nuestro amor pro- pio); llamo dejos confirmados con obras, y que los deseos que tiene de la honra de Dios se parezcan en mirar por ella muy de veras y emplear su memoria y entendimiento en cómo le ha de agradar y mostrar más el amor que le tiene.» Cta. 132, 7 (al P. Gracián, 23 de octubre de 1 576).