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A partir del siglo ni, los llamados ortodoxos y los llamados herejes falsifican bajo el nombre de renombrados autores de la Iglesia. Cuanto más conocidos son, tanto más se abusa de su autoridad. Precisamente el número de falsificaciones realizadas bajo su nombre es indicativo de su prestigio.

De Clemente Romano, al parecer el tercer sucesor de Pedro, a quien este último ordenó supuestamente para la sede romana, hay un único es- crito auténtico; todos los seudoclementinos se falsificaron con el propó- sito de que se les tomara por verdaderos; «toda una biblioteca» (Bardy). Entre ellos la llamada segunda epístola clementina, «el sermón cristiano

más antiguo que conservamos», como se pone de relieve en Patrologie de Altaner; «un discurso exhortatorio para mejorar las formas a la vista de la proximidad del fin de las cosas», como escribe Kraft sobre la falsi- ficación. Además: veinte homilías falsificadas, (numerosos) presuntos sermones de Pedro en los que Jesús, según la tendencia judeocristiana, dice: «no está permitido curar a los gentiles, que parecen perros [...]»; diez libros falsificados de Recognitiones sobre los viajes que al parecer hizo Clemente con san Pedro; dos epístolas seudoclementinas Ad virgi- nes, por así decirlo un libro de conducta cristiano para vírgenes y ascetas y según el cual, por razones de honestidad, Jesús prohibió tocar a María: falsificaciones evidentes, que aparecieron casi todas en los siglos ni y iv.

El falsificador cristiano, que escribe en la época de la esclavitud, la peor forma de explotación, se encuentra al parecer muy satisfecho con el orden social imperante. Todos los ricos que aparecen son la bondad en persona, el emperador es alabado en tono máximo. Por supuesto, se con- dena el politeísmo, pero se recomienda la conservación de muchas cos- tumbres paganas, como la del baño después del coito. Mientras que para unos Clemente de Roma (el auténtico) fue un liberto o hijo de un liberto, según otras falsificaciones procede «de una familia de senadores y es de la estirpe de los cesares» (Hennecke). No se sabe nada de él y lo que po- dría saberse sería sólo cierto a medias. Pero fue muy famoso.256

Del obispo Ignacio de Antioquía, fallecido a comienzos del siglo ii, nos han llegado siete cartas, cuya autenticidad se pone en tela de juicio con motivos bien fundados. En cualquier caso, a finales del siglo iv las cartas (auténticas) fueron revisadas y completadas con fragmentos ten- denciosos. Y de nuevo este falsificador cita y desvalija otra falsificación, las Constituciones apostólicas. El mismo embaucador, un católico, falsi- ficó seis cartas. Mezcló con suma habilidad las del Pseudo-Ignacio entre las verdaderas y las editó todas juntas, comenzando con dos falsificacio- nes y siguiendo «en la proporción 2:2:2:3:2:2» (Brox). Otras cuatro falsi- ficaciones latinas, en las que María es el punto central, se incorporan en la Edad Media -también una carta a la Virgen María y su respuesta-, y estas falsificaciones «se consideraron en general como auténticas» (Alta- ner/Stuiber).257

Durante siglos se falsificó también bajo el nombre de san Justino, el apologista más importante y gran antisemita del siglo n. Poseemos de él tres escritos auténticos, aunque incompletos, probablemente mutilados, y nueve falsificados, redactados estos últimos en los siglos iv y v. Las tres apologías falsas, cuyos títulos se respaldan en la obra de Justino verdade- ra, pero que se ha perdido, surgieron quizá todavía en el siglo m: un «ex- horto», un «sermón» (ambos dirigidos a los paganos, a los que sermonean porque sólo ofrecen algo verdadero cuando lo toman de Moisés o de los profetas, los únicos maestros fiables de la verdad), así como De monar-

chía (sobre la unidad de Dios). Esta última faÍsificación pretende demos- trar la verdad del monoteísmo con citas de literatos griegos, falsificándo- se también en parte dichas citas.258

Bajo el nombre de Tertuliano, nacido alrededor de 150 en Cartago y más tarde «hereje», se falsificó el tratado De exsecrandis gentium díis, que ataca las indignas ideas de los paganos sobre Dios; además, en cinco; libros escritos en un mal latín, el Carmen adversas Marcionitas, del si- glo iv; así como una recopilación de 32 «herejías» bajo el título de Ad- versus omnes haereses, una falsificación que tiene por autor al papa Ce- ferino (199-217) o a uno de sus clérigos.259

Se compusieron docenas de escritos bajo el nombre de san Cipriano de Cartago, tratados, cartas, poemas, oraciones y también un libro. Con- tra los judíos. Muchas de las falsificaciones proceden con seguridad o mucha probabilidad de obispos católicos de África, tal como Ad Novatia- num, De singularitate clericorum, Epistula ad Turasium, Adversus alea- tores. Por otro lado, 150 años después de la muerte de Cipriano, por parte católica se declararon falsificaciones todas sus cartas (verdaderas) sobre el bautismo de los gentiles, ya que no se correspondían con la doctrina católica.260

Los seguidores de Pelagio, después de que se le declarara hereje, dis-; tribuyeron sus escritos bajo el nombre de «ortodoxos» tales como Jeróni- mo, el papa Sixto, Atanasio, Agustín, Sulpicio, Severo, Paulino de Ñola. El llamado Praedestinatus, un pelagiano desconocido -quizá el monje Arnobio (el menor) o el obispo Juliano de Ecíanum-, intentó proteger su falsificación apareciendo bajo el aspecto de ortodoxo como defensor de Agustín, aunque lo que en realidad quería era atacar sistemáticamente su doctrina de la predestinación y de la gracia.261

Cuanto mayor autoridad tenía un santo, con tanta mayor predilección los cristianos falsificaban bajo su nombre. Sin embargo, aun siendo tan grande la masa de estas falsificaciones, los nombres de los falsificadores se conocen por lo general tan poco como lo eran probablemente entre sus contemporáneos.

Con una gigantesca cantidad de escritos se honró al santo Padre de la Iglesia Atanasio, él mismo un gran falsificador ante el Señor. Luciíera- nos, apolinaristas y nestorianos lo mismo revisaron y modificaron libros auténticos de Atanasio que le atribuyeron otros ajenos. Y algunos de és- tos se volvieron incluso más conocidos que los verdaderos. La Historia imaginis Berytensis, falsa y de intenso carácter antisemita, se leyó por ejemplo en el segundo niceno (787) y en la Edad Media se la reprodujo más veces que cualquiera de los títulos verdaderos.

Ya que el «padre de la ortodoxia» era una roca de la ortodoxia nicena, se le atribuían a él de modo preferente libros sobre los temas de la trini- dad o de la cristología, toda una invasión de escritos dogmáticos. Bajo su

pretatio in symbolum, dos Dialogi contra Macedonianos, cinco Dialogi de sancta trinitate. De todos sus resúmenes de la fe católica , en el mejor de los casos dos son auténticos. Seis sermones seudoatanasianos tienen como autor al metropolitano Basilio de Seleucia (fallecido hacia 468), de los 41 sermones ofrecidos bajo el nombre de Migne, algunos son falsos. Sin embargo, rara vez es posible nombrar a los falsificadores. Los llama- dos maurinos, la rama francesa de los benedictinos, fundada en 1618 y confirmada papalmente en 1621, cuyo monasterio central era Saint-Ger- main-des-Prés, en París, declararon dudosos o falsos todos los sermones manuscritos de Atanasio.262

También el famoso Symbolum Athanasianum, que alcanzó gran pres- tigio y entró a formar parte de la liturgia, resultó ser falso como se reco- noció en el siglo xvii, sin que hasta la fecha se conozca al verdadero autor. Lo que es bastante seguro es que este Symbolum Athanasianum (llamado también Cuicunque por su comienzo) surgió hacia finales del siglo v en el sur de las Galias.263

Un amigo de Atanasio, el obispo Apollinaris de Laodicea (fallecido hacia 390), que fue declarado hereje, «una personalidad sobresaliente, un hombre de espíritu y ciencia, conocedor de primer rango de la escritura» (Bardenhewer), falsificó con notable éxito toda una serie de libros, que san Cirilo utilizó como documentos verdaderos. El obispo Apollinaris es- cribió bajo los nombres de Atanasio, Gregorio Taumaturgo y del papa Ju- lio I. También sus discípulos falsificaron bajo el nombre de Atanasio, lo mismo que los obispos Julio y Félix de Roma, que falsificaron una carta del obispo Dionisio de Alejandría al obispo Pablo de Samosata, otros do- cumentos y una carta dirigida a Atanasio, así como un intercambio epis- tolar completo entre el Padre de la Iglesia Basilio y Apollinaris y un cre- do, que fue editado como símbolo de los sínodos de Antioquía (268) o de Nicea y que consta en las actas del Concilio de Éfeso.264

Los monofisitas, que recogieron muchas falsificaciones apolinaristas en sus florilegios, falsificaron ellos mismos con harta frecuencia como por ejemplo las epístolas con el nombre de Simeón Estilita, una corres- pondencia entre Pedro Mongo y Acacius acerca del henoticón, otra entre Teodoreto de Ciro y Nestorio. Falsificaron (en árabe y en etíope) extrac- tos de las cartas de Ignacio de Antioquía. Combatieron a los nestorianos con escritos falsos, e incluso entre ellos mismos. Interpolaron asimismo numerosos tratados católicos.265

Bajo el nombre del Padre de la Iglesia Ambrosio hay igualmente nu- merosos escritos falsos, como por ejemplo una traducción al latín, Hege- sippus sive de bello ludaico (también se les atribuyeron traducciones a Sexto Julio Africano, Eusebio y Jerónimo), la Lex Dei sive Mosaicarum et Romanarum legum collatio, que es importante para la historia del de-

recho al haber intentado encontrar una dependencia del derecho romano con respecto al Antiguo Testamento, una serie de obras en verso falsifi- cadas bajo su nombre, Tituli e himnos. El famoso aleluya ambrosiano Te Deum laudamus tampoco se debe a Ambrosio. Bajo su nombre se ha fal- sificado también un comentario a la decimotercera epístola de Pablo, aparecido en Roma bajo el papa Dámaso (366-384) y que desde Erasmo recibe el nombre de Ambrosiaster (Pseudo-Ambrosio), sin que, como su- cede tan a menudo, se haya podido resolver la cuestión de su autoría; en cualquier caso, se trata de un «trabajo excelente» (Altaner/Stuiber), pero ciertamente no de Ambrosio. Una carta también falsificada de éste con- tiene la asimismo falsa pasión de los mártires Gervasio y Protasio, cuyas piernas descubrió el propio Ambrosio de una manera tan inspirada que muchos investigadores (coincidiendo con la corte imperial cristiana de aquel tiempo) hablan de «mentira piadosa» y «engaño de gran alcance», no el único que se permite el Padre de la Iglesia.266

Una enorme cantidad de escritos ficticios se atribuyeron a san Jeróni- mo. Sólo en la colección de sus 150 cartas hay varias docenas que no son verdaderas. Está igualmente falsificada una correspondencia entre Jeró- nimo y el papa Dámaso I, que de manera significativa introduce el Líber Pontificalis, el libro oficial del papa, que a su vez está tan repleto de fal- lí sifícaciones que hasta más o menos las postrimerías del siglo v y a co- mienzos del vi carece prácticamente de valor para nosotros. El Pseudo- Isidoro ofrece otro intercambio epistolar falso entre el papa asesino y el Padre de la Iglesia. Las frecuentes falsificaciones no hacen más que seña- lar «lo grande que era el prestigio de que disfrutaba como autor ortodoxo de tratados eruditos» (Krafí).

Pero este santo (lo mismo que Ambrosio o Atanasio) era a su vez, también él, un falsificador. Al patrón de los eruditos le debemos toda una biografía falsificada, la Vita sancti Pauli monachi, que describe la vida realmente maravillosa del que al parecer fue el primer monje cristiano, Pablo de Tebas, el precursor de san Antonio. Este «protoeremita» literal- mente fabuloso, que según Jerónimo vivió en una cueva durante noventa años sin ver a ningún ser humano, aunque todos los días un cuervo iba a llevarle medio pan, hasta que finalmente dos leones cavaron su tumba, fue puesto ya en tela de juicio en vida de su creador. Pero por parte cató- lica esta historia inventada sigue contándose entre los «escritos históri- cos» (Altaner/Stuiber) del santo; lo mismo que su Vita sancti Hilarionis y su Vita Malchi, biografías de monjes también muy legendarias y en las que abundan los milagros increíbles.267

Los cristianos falsificaron infinidad de escritos bajo el nombre de Agustín y no sólo acerca del tema de la gracia, especialmente cercano. No se daban por satisfechos con un escrito (auténtico) de Agustín Contra los judíos, sino que se redactaron otros dos, falsos, bajo su nombre: Sér-

mo cmtra Judaeos,Paganos et Arianos de symbolo y la Alteratio Eccie- siae et Synagogae. Una obra ascética asimismo atribuida a Agustín, Soli- loquia, procede probablemente del siglo xm, pero se la leyó con mucha frecuencia y todavía en la actualidad se la sigue editando, por lo general junto a otros dos libros de fundación que se atribuyen a Agustín, Medita- tiones y Manuale. El Sermo de Rusticiano subdiacono a Donatistis re- baptizato et in diaconum ordinato es incluso una manifiesta falsificación moderna. Sin que se hubiera descubierto todavía el manuscrito, fue edita- do por primera vez por Jerónimo Vignier (fallecido en 1661), un «orato- riano conocido como falsificador de documentos» (Bardenhewer), es de- cir, miembro de un oratorio fundado en Roma en 1575 por san Felipe Neri, una comunidad análoga a un convento pero que englobaba sacer- dotes y laicos. Pero todavía en 1842, A. B. Cailiau presentó en París 164 sermones no editados de Agustín, de los que apenas hay uno que sea ver- dadero. Y de manera idéntica o muy similar sucede con el (presunto) ser- món de Agustín S. Augustini sermones ex codicibus vaticanis, que diez años después, en 1852, editó en Roma el cardenal A. Mai. De los más de seiscientos sermones que existen bajo el nombre de Agustín, más de cien han sido falsificados.268

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