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Chapter 7: Conclusion and Future Work

B.1 Script used for phase I of assignment processing

Los espíritus -sean los de los muertos, los de los ancestros, los domés- ticos, los de la naturaleza, el bosque o las alimañas- encaman poderes de vivencias humanas. Hicieron su aparición ya mucho antes del cristianis- mo, individualmente o en tropel, con o sin sustrato sensible. Por su núme- ro eran legión. Si no obtenían sacrificios, vagaban sin reposo causando enfermedades, epidemias, locuras y muertes. También terremotos e inun- daciones. En la Edad Media cristiana amenazarían asimismo la potencia, la cohabitación sexual, el embarazo.129

Ya entre los súmenos se expulsaba a los demonios con la ayuda de máscaras animales. La religión védica sabía de clases enteras de demo- nios: antropoformes, zooformes, deformes, es decir, raksas, yatu, pisak. Especialmente fértil en demonios era la demonología egipcia. Presuponía la existencia de demonios en el más acá, en el más allá y, en su caso, en el submundo y hacía obrar a los demonios en un marco dualista, bajo el aura de lo extraordinario, lo milagroso, lo peligroso, bien a favor, bien en contra de los hombres.130

A menudo estos espíritus eran dioses demonizados con todo su séqui- to. Tales los 42 jueces compañeros de Osiris, cuyos nombres hablan por sí mismos: «triturador de huesos», «chupasangres», «devorador de entra- ñas», «devorador de cadáveres». Este último tenía cabeza de cocodrilo, trasero de hipopótamo y torso de leona estando al acecho, fauces abier- tas, de muertos juzgados con excesiva benevolencia. Algún que otro de- monio se transformó al correr de los tiempos y de ser un dios bueno se hizo malo. El ejemplo más siniestro fue el de Seth, el asesino de Osiris. Perdió su templo y acabó siendo el símbolo del mal por antonomasia. El enano Bes siguió más bien un desarrollo opuesto y de ser mero protector de las mujeres en el puerperio ascendió a protector universal convirtién- dose en uno de los dioses benefactores de culto más difundido en la Anti- güedad.131

Más tarde, Egipto, que pasaba por ser el país de la magia por excelen-

; cia, fue cuna de una demonología sincrética que perduró hasta bien entra- Ldo el cristianismo, de recepción y asimilación más intensas que las habi- |das en otros países, de creencias judías, griegas, gnósticas y coptas relati- |vas a los espíritus. Figura entre éstos Abraxas, de pies de reptil, cabeza de 1

gallo, cubierto de un caparazón, el más conocido de los demonios de esta era sincrética. En los amuletos aparece asimismo con frecuencia la ser- piente Khnoubis, de cabeza de león. Pero son sobre todo los espíritus de los muertos los que se concentraban en Egipto. Una oración típica en tex- to grecoegipcio va dirigida a un numen de carácter difuso cuyo nombre se compone de cincuenta letras: «Guárdame de todo demonio del aire, de la tierra, de debajo de la tierra, de todo ángel y de toda visión engañosa, de toda aparición y fantasma, de todo tropiezo demoníaco».132

En Mesopotamia, Siria y Asia Menor el demonio femenino Dimma (o Lamastu) ponía enfermas a las parturientas y a los lactantes y también devoraba a hombres y doncellas con huesos y sangre. Encumbrada sin más a diosa maligna, era representada de la forma más cruel: con cabeza de león o de águila, dientes de perro, cuerpo de asno y patas con garras. Un cerdo y un perro maman de sus pechos, lavados con sangre. La tríada de- moníaca surgida de la furia de las tempestades, Lilú, Lilitu y Ardat Lili, corruptoras del nacimiento, del placer del amor y de la noche de bodas, es probablemente la encarnación del fracaso sexual desde la perspectiva masculina y femenina, como el íncubo y el súcubo.'33

El monoteísmo israelita combatió ciertamente la creencia en los espí- ritus, pero ésta se extendió después de la época de los reyes y especial- mente en las tendencias más piadosas del jahvehísmo. El mismo Yahvéh adoptó rasgos demoníacos. La naturaleza en general fue demonizada. Los astros, el mar, el huracán, el desierto (poblado entre otros por gran profusión de demonios caprinos), todo lugar yermo, algunas horas del día, como los ardientes mediodías; también los avestruces, las lechuzas, todos los animales peligrosos, las mismas enfermedades, todo ello fue sentido como demoníaco o vinculado a demonios, lo cual estimulaba la creencia en espíritus. Los demonios tenían también su morada bajo el umbral de la puerta y a algunos de estos engendros, los Sedím, les fueron ofrecidos sacrificios; incluso sacrificios humanos.134

Los querubines y serafines eran entidades semidemoníacas. Sobre aqué- llos, serpientes aladas, cabalgaba la deidad. Éstos rodean el trono de Yah- véh. También la frontera entre los ángeles punitivos, los «emisarios de la muerte», los «ángeles de la peste», los «ángeles crueles» y los espíritus malignos es difusa.'35

El judaismo primitivo y el helenístico veía el origen de los malos es- píritus en la denominada caída de los ángeles. Los ángeles rebeldes, jun- tamente con su cabecilla, fueron precipitados a los espacios aéreos y pau- latinamente, el supremo de entre los espíritus malignos, el ángel de las ti-

nieblas, fue apareciendo como encamación de todos los poderes hostiles a Dios y al hombre. Cargó con la responsabilidad de la caída de Adán y Eva y se convirtió en el tentador por antonomasia. Pero en su papel de Satán, el primordial, permitió sobre todo que la divinidad se desprendiera de sus rasgos negativos. El diablo, figura que condensaba en sí concep- tualmente a todos los poderes y espíritus malignos, penetró en el judais- mo procedente de Persia, cuyas religiones antiguas habían desarrollado especialmente la creencia en los demonios: Belial, Belcebú (el «Dios de las moscas» o «Dios del estiércol»), pero llamado generalmente Satán: originalmente uno de los «hijos de Yahvéh», de sus herederos.136 , Entre los rabinos había exorcistas de profesión que iban de aldea en aldea expulsando demonios. Y aunque Dios había dispuesto verdaderas legiones de ángeles protectores para los buenos, tan poderosos, incluso, que por causa suya «caían mil demonios de un lado y otros tantos del otro» y uno podía llevar textos bíblicos como protección contra los malos espíritus, sobre todo el salmo 99: «No es menester que temas los espan- tos de la noche [...]», muchos israelitas, incluidos los muy piadosos, lleh vaban adicionalmente amuletos. A causa de la inmensa eficacia del malig- no, estaba permitido salir, sábados inclusive, con un huevo de langosta, un diente de zorro y un clavo de horca.137

Los rabinos del judaismo talmúdico, que reputaba a Dios como crea- dor de los demonios (creados según Gen. R. 7, 7 como cuarto género de los seres vivos durante el crepúsculo del sexto día), creían casi sin excep- ciones en la existencia de éstos. Sobre ellos imperaban -como sobre otras cuestiones- las más diversas ideas. Rabi Johanam sabía de 300 cla- ses de demonios. Y los que protegían el templo eran miríadas. Poblaban sobre todo las regiones aéreas. (Todavía hoy, según la mentalidad de los habitantes de la moderna Palestina, el aire está tan cuajado de demonios que una aguja caída del cielo tendría indefectiblemente que tocarlos.) Los de- monios intentan encaramarse hasta el divino sitial para acechar el futuro mirando la cortina de su trono. También penetran en los congresos de los estudiosos, deambulan por campos y casas y se sienten especialmente atraídos por las inmundicias. De ahí que sientan predilección por los ce- menterios, los retretes, los restos de comida, desagües y charcos. También, desde luego, por determinados árboles, especialmente las palmeras.138

Estos demonios carecen de pelo, de sombra, de cuerpo. Dejan no obs- tante huellas en forma de patas de gallina y se les puede matar, dejando entonces restos de sangre. Llevan una máscara que se quitan frente al pe- cador. Actúan especialmente miércoles y sábados y sobre todo de noche. Después del canto del gallo pierden, no obstante, su poder. Por supuesto que en su mayoría son malignos. Simulan figuras humanas y voces celes- tes, suscitan «sueños quiméricos», causan enfermedades múltiples, daños en los alumbramientos, temblores de rodillas en los doctos, enfermeda-

des en los pies y también desgaste en los vestidos. Pueden penetrar en personas y animales y tomar posesión de ellos.139

Era forzoso protegerse contra tal legión de demonios, tanto más si se era débil o enfermo. Aunque los rabinos prohibiesen curarse con «citas de la Escritura» más de un piadoso no podía por menos de aplicar, por ejem- plo, el versículo 26 del capítulo 15 del Éxodo en la parte del cuerpo dolo- rida: «No te afligiré con ninguna de las enfermedades con que he afligido a los egipcios, pues yo soy el Señor, tu médico». El Talmud ofrece un sinnú- mero de recetas contra todos los males posibles. «Contra la fiebre tercia- na, toma siete puntas de siete palmas datileras, siete cenizas de siete hornos diferentes; no olvides siete pelos de siete perros diferentes y cuélgate todo ello, atado con un cordel blanco, delante del pecho: ¡eso es infalible!».140

La defensa frente a los espíritus malignos requería el exacto conoci- miento de su número y nombres y también el de su conjuro. Se han con- servado muchas fórmulas de conjuro; también citas de versículos bíblicos. La invocación de Dios, la observación de sus mandamientos y la oración asidua también constituían una protección; y no la última. Ahora bien, los demonios podían ser puestos al servicio de los hombres, ser interro- gados sobre el futuro para lo cual eran invocados y se les ofrecían sacrifi- cios de animales, de forajidos y exvotos de metal fundido. El interés má- gico centrado en ellos era considerable y muy difundido.'41

La obsesión espiritista de los antiguos apologetas cristianos y Padres de la Iglesia procedía de distintas fuentes: del sincretismo religioso pro- pio de la época; de concepciones filosóficas y populares y de nociones del judaismo tardío. Con todo, esas creencias tenían su base más firme en la Sagrada Escritura.142

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