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2443 CLXXLX. El emperador hace sonar sus clarines y luego ca­ balga con su gran ejército. Han hecho dar media vuelta a los de España y todos juntos emprenden la persecución. Cuando el rey ve que acaba la tarde, desmonta sobre la verde hierba de un prado, se postra en tierra y ruega a Nuestro Señor que por él haga parar el sol, que la noche se demore y el día sea más largo.

He aquí que un ángel que solía hablar con él, le ordena darse prisa:

«Carlos, cabalga, que no te ha de faltar la claridad. Dios sabe que has perdido la flor de Francia; podrás vengarte de esta gente criminal.»

A estas palabras el emperador monta a caballo, a o i.

2458 CLXXX. Por Carlomagno Dios ha obrado un gran milagro, pues el sol se ha quedado parado132. Los paganos huyen y los

131 Carlos se refiere a Satanás y a los demonios tal como se dice ale­ góricamente en el ofertorio del oficio de difuntos: libera eas de ore leonis.

132 Se reconoce en este pasaje el milagro del sol detenido que Dios hizo por Josué (Josué, 10, 13) aunque en ciertos Anales Anianenses o

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francos los persiguen. Allí, en Val Tenebrosa los han alcanza­ do y los persiguen, y, hostigándoles hacia Zaragoza, los van matando a grandes golpes y les cortan sus vías y los caminos mayores. Delante de ellos está el río Ebro, profundo, terrible y rápido; no hay allí barca ni galeaza ni chalanda133. Los pa­ ganos invocan a uno de sus dioses, Tervagán, y saltan al río pero no se salva ni uno. Los que llevan armadura son los que más pesan y algunos de ellos cayeron al fondo, otros van flotando a la deriva; los más afortunados han bebido tanta agua que se han ahogado con grandes sufrimientos.

Gritan los franceses: «¡En mala hora visteis a Roldán!» a o i.

CLXXXI. Cuando Carlos ve que todos los paganos han 2476 muerto, unos por las armas y la mayoría ahogados, y que sus caballeros tienen gran botín, el noble rey echa pie a tierra, se arrodilla y da gracias a Dios. Cuando se levanta, el sol se ha puesto. Dice el emperador:

«Es hora ya de acampar, es tarde para volver a Roncesva­ lles; nuestros caballos están cansados y agotados; quitadles las sillas y las riendas y que se refresquen por estos prados.»

Responden los francos: «Bien decís, señor», a o i.

CLXXXII. El emperador ha establecido su campamento. Los 2488 franceses desmontan en la tierra desierta; han quitado las si-

Rivipullenses, tal vez de mediados del siglo X, al anotar el año 778 se

dice que Carlos fue a Zaragoza y dio una gran batalla un domingo, en la que murieron muchos sarracenos y en la que «en la hora nona el sol se hizo hora segunda», lo que significaría que la hora del ocaso (hora no­ na) se convirtió en la hora del amanecer (hora segunda), o sea que la duración del día fue doble porque el sol se paró, según argumenta Me- néndez Pidal, La chanson de Roland, págs. 283-288.

133 barge, barcas de transporte fluvial; drodmund, galeaza, barco de

la clase de las galeras que se usaba para el combate, su capacidad le permitía llevar hasta trescientos hombres; caland, chalana, salandra o

salandria era un navio largo y muy rápido con dos pisos de remos que llegaron a ocupar hasta ciento cincuenta remeros. Para estas naves, véa­ se, J. Rubio Tovar, Cantar de Guillermo, Madrid, Gredos, Clásicos Me­

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lias a los caballos y sacan de sus cabezas las riendas de oro; los sueltan en los prados donde hay hierba fresca; no pueden darles otros cuidados. El que está más cansado, duerme en la tierra. Aquella noche no hubo centinelas.

2496 CLXXXIII. El emperador se ha acostado en un prado; en la cabecera ha puesto su gran lanza: esta noche no quiere estar desarmado. Viste su blanca loriga jalde, enlaza su yelmo ge­ niado de oro y ciñe Joyosa, nunca hubo otra igual pues muda de reflejos treinta veces al día.

Podríamos decir muchas cosas de la lanza con la que Nues­ tro Señor fue herido en la cruz; Carlos, por la gracia de Dios, tiene su hierro y lo hizo engastar en la empuñadura dorada. Por este honor y por esta bondad le fue dado a la espada el nombre de Joyosa. Los guerreros franceses no lo deben olvi­ dar: por ella tienen por enseña gritar «¡Monjoya!» y por ello ningún pueblo puede oponérseles.

2512 CLXXXIV. Clara es la noche y la luna brillante. Carlos se acuesta pero se duele por Roldán y mucho le apena Oliveros y los doce pares y los franceses que se han quedado muertos, cubiertos de sangre en Roncesvalles. No puede evitar llorar y lamentarse y ruega a Dios que proteja sus almas.

El rey está cansado, pues es muy grande su dolor y se ha quedado dormido: ya no puede más. Los francos están dor­ midos por los prados. Ni siquiera los caballos pueden estar de pie: el que quiere hierba, la pace echado. ¡Mucho aprende el que bien conoce el sufrimiento!

3. SUEÑOS DE CARLOMAGNO

2525 CLXXXV. Carlos se duerme como hombre atormentado. Dios le envía a San Gabriel al que ha ordenado que vele por el emperador. El ángel está toda la noche a su cabecera y por medio de una visión le anuncia que habrá una batalla contra él y le muestra su grave significado.

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Carlos mira hacia el cielo y ve los truenos, los vientos, los hielos y las tormentas y las terribles tempestades, los rayos y las llamas que caen velozmente sobre toda su gente. Arden las astas de fresno y de manzano y los escudos hasta las blo­ cas de oro puro; se rompen las astas de las cortantes azconas; crujen las lorigas y los yelmos de acero. Ve a sus caballeros con grandes dolores, pues los quieren devorar osos, leopar­ dos, serpientes y víboras, dragones y demonios y más de treinta mil grifos; no hay ni uno que no se lance contra los franceses.

Los franceses gritan: «¡Carlomagno, ayúdanos!»

El rey siente dolor y compasión; quisiera ir pero hay algo que se lo impide. Desde un bosque viene hacia él un gran león: es muy cruel, bravo y feroz, y salta sobre él y le ataca; ambos se cogen por los brazos para luchar; pero no se puede saber quién derriba ni quién cae.

El emperador no se ha despertado.

CLXXXVI. Después de esta le viene otra visión. Estaba en 2555 Francia, en Aix en un estrado y tenía un osezno [sujeto] con dos cadenas. Ve venir a treinta osos del lado de las Ardenas que hablaban como si fueran hombres, y que le dicen:

«Devolvédnoslo, señor. No es justo que esté más tiempo con vos; debemos ir en socorro de nuestro pariente.»

De su palacio viene corriendo un lebrel que ataca al más grande de los osos sobre la verde hierba, lejos de donde es­ tán sus compañeros. El rey contempla la feroz pelea; pero no sabe quién vence ni quién es vencido134.

El ángel de Dios ha mostrado esto al noble. Carlos se duerme hasta que amanece el claro día. *

134 El segundo sueño significa que el osezno sujeto con cadenas es Ganelón, preso en Aix; los treinta osos son sus parientes, que serán con­ denados a muerte con él; el lebrel es Terrín d’Anjou, el campeón que luchará por Roldán contra Pinabel, el mayor de los osos, en el juicio del final del cantar.

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